Hans Zimmer y James Newton Howard vuelven al tenebroso universo de Batman imaginado por Christopher Nolan con el mismo planteamiento narrativo y musical que hizo de Batman Begins una de las mejores bandas sonoras de 2005. El primero aborda las escenas de acción y suspense con su habitual base de sintetizadores, que aplica en crescendos minimalistas de gran fuerza dramática. Y el segundo ilustra los episodios más sentimentales con el apoyo de un melancólico piano y un pequeño conjunto orquestal, en la línea de sus trabajos para Shyamalan. La suma alumbra una música hipnótica, con fines ambientales, más dirigida a plasmar la atmósfera de caos que domina la historia que a retratar las costuras emocionales de los personajes. El tema de Batman, que destaca por el empleo de un recurso sonoro que imita el aleteo de un murciélago, y el tema del Joker, de tono sombrío e inquietante (ambos son probablemente de Zimmer), sostienen una partitura que evita a propósito las melodías reconocibles por la naturaleza del motivo principal de la historia: el caos, que ambos compositores asocian a lo inconcreto y lo inasible. Esta idea explica que la obra camine por la tierra de la indefinición y la imprevisibilidad, con violentos golpes de sonido que rompen el desarrollo melódico, y sea una de las mejores aproximaciones musicales modernas a la demencia y el terror.
Inédito en el cine de animación desde Descubriendo a Nemo, Thomas Newman regresa al género con una de sus más bellas y emotivas creaciones sinfónicas. La obra acompaña perfectamente las dos líneas dramáticas de la historia: la parte sentimental, con temas dulces y delicados, como los dedicados a WALL-E y EVE, y la parte de acción, con piezas orquestales de notable contundencia sonora. Acompaña el trabajo, además, con varias canciones ambientales, entre las que cabe destacar la hermosa versión que interpretó Louis Armstrong de La vie en Rose y Down to Earth, de Peter Gabriel. La maestría del film perpetuará en la memoria una composición que ahonda como pocas en la necesidad de amar y ser amados.

Injustamente olvidada en la última edición de los Oscar y por los distribuidores, llega por fin a las tiendas la magnífica partitura que Marco Beltrami compuso el año pasado para el no menos extraordinario western de James Mangold. El compositor centra su trabajo en la confrontación moral de los dos protagonistas con un conjunto de piezas tensas y asfixiantes que recuerdan al Morricone de la trilogía del dólar, sobre todo cuando cobran protagonismo en la orquestación los solos para trompeta y guitarra eléctrica. Es también un modo de enfatizar la lectura sucia, violenta y desmitificadora que hace el director del viejo Oeste, que recrea como una jungla de tipos sin brutales y sin principios. El asalto a la diligencia y el clímax final se encuentran entre las mejores escenas musicadas del año, con una adecuación perfecta entre el ritmo narrativo y la cadencia sonora.

El éxito de El laberinto del fauno colocó merecidamente a Javier Navarrete entre los cinco candidatos al Oscar a la mejor banda sonora en 2007. La sabia traducción sonora de los elementos bucólicos y siniestros del film de Del Toro produjo una obra de rara perfección cuyos hallazgos tienen continuidad en Mirrors, donde el músico español alterna y enfrenta pasajes brillantes y oscuros, en un intento de trasladar a la composición el juego especular del film de Alexandre Aja. Destaca el tema principal, intenso y asfixiante, con un coro elegíaco que refleja la ambigüedad de la historia. Pero la mejor noticia es que Navarrete elude el efectismo a favor de un tratamiento intimista y psicológico del terror, sabedor, quizá, de que lo que debe asustar no es la música, sino la las imágenes.

Marco Beltrami firmó en Hellboy la que, a mi juicio, es su obra maestra, con uno de los temas de amor más arrebatados y evocadores de los últimos veinte años. Nunca sabremos lo que podría haber imaginado para esta secuela, pero en contrapartida nos reencontramos con el mejor Danny Elfman, aquel que es capaz de fundir comedia, horror, romance y drama en la misma pieza. Con un dominio de la orquesta sencillamente apabullante, el músico de Los Ángeles entrega un trabajo notablemente superior a sus recientes participaciones en el género de superhéroes (los dos primeros Spider-Man y el Hulk de Ang Lee), donde parecía un tanto aburrido y acomodado, sin chispa, sin sentido del ritmo. Todo lo contrario es este ejército dorado, para el que ha escrito una partitura inspirada y gozosa, en la que la percusión y los coros alcanzan una intensidad inusitada. Sin duda, un buen augurio para su inmediata Wanted.