El presente escrito surge tras leer una reseña sobre la película Boarding Gate (2007, Olivier Assayas) firmada por Antonio José Navarro en la revista Dirigido por (n. 380, Julio-Agosto 2008, pág. 22). Dicho artículo está directamente relacionado con un texto que presenté al hilo del tardío estreno en España de demonlover (2002, Olivier Assayas), del cual Navarro reproduce expresiones literales así como recicla (en ocasiones saltándose palabras sin añadir los “[…]” pertinentes) algunas de las citas que figuran en las notas a pie de página. Lo primero que me llama la atención es el hecho de que llegue a extraer, para negarla, la siguiente oración de mi texto: «[Assayas] propone una estudiada reflexión sobre el propio cine y sobre su relación con el ser humano»; y, tras acompañarla del “sic” de rigor, en ningún momento haga referencia explícita a mi nombre ni al artículo, a quienes tan clara e insistentemente alude (a eso se le llama, por cierto, tirar la piedra y esconder la mano). También me extrañó toparme con tan furibundo ataque contra mi escrito nada menos que tres años y medio después de su publicación, y el estupor fue en aumento cuando comprobé que, además de contener una generosa letanía de insultos, la crítica de Navarro apenas hace referencia a la película de Assayas, que prácticamente era tomada como excusa para consideraciones de otra índole. A continuación, sin ánimo de retomar polémicas ajenas y con la única intención de matizar algunas cuestiones, presento (a título exclusivamente individual, por supuesto) una réplica a su texto con la que, al menos por lo que a mí respecta, considero finiquitada la cuestión.
El artículo del Sr. Navarro, contra quien, debo aclarar de entrada, nada tengo en lo personal, comienza afirmando que «detesta» («cordial pero profundamente», añade) a aquellos críticos que no hacen de su labor una búsqueda de la «perfección individual». Por mi parte, diré que nunca he detestado a nadie porque sus ideas sobre el arte sean distintas a las mías, ya que debatir sobre cine es un asunto que, aunque es evidente que me atrae, no ocupa un lugar tan central en mi vida como para llegar al extremo de generar sentimientos de odio. Antes bien, me proporciona bastantes satisfacciones. Además, Navarro se refiere a la actividad del comentarista cinematográfico como “un oficio”, algo que, si bien no dudo será cierto en su caso, es completamente ajeno al modo en que un servidor afronta dicha labor, que no es otro que como una apasionante afición, una dedicación voluntaria que no ha sido emprendida como una forma de “ganarse la vida”. En cuanto al tema de la búsqueda de la “perfección”, puedo imaginar pocos conceptos tan ambiguos y discutibles como ese, en el que cada individuo y cada civilización aportarían axiomas extremadamente alejados entre sí... ¿De qué “perfección” estamos hablando? ¿De la “perfección” en los superficiales términos en los que se presenta en la sociedad occidental contemporánea? ¿De una improbable “perfección” absoluta y universal que sólo Navarro conoce? Pero, sobre todo, ¿por qué es preferible dicha “perfección” a lo que se suele conocer como “imperfección”, cuando resulta que nuestra propia naturaleza como seres humanos se caracteriza por el cambio continuado, por el sometimiento al constante devenir? Un poco más adelante, Navarro insiste en la conveniencia de «superarnos como personas y espectadores»… Sinceramente, no comprendo a qué se refiere con eso de la “superación”, pero a menudo he oído esa expresión en el pasado aplicada en situaciones que, a mi modo de ver, la convertían en sinónimo de “podredumbre”: Tener desmesuradas ambiciones de poder, emplear una ingente cantidad de fuerzas en batallar con nuestros semejantes por lograr el “triunfo” y hacer que éste sea bien perceptible por los demás en el ámbito laboral, social, sentimental... Este tipo de “superaciones” siempre me han repugnado. Y no sé muy bien de dónde viene mi afición al cine, pero tengo claro que nunca he buscado en ella un modo de combatir complejos o evadirme de frustración alguna.
Sigamos. Si, como se defiende en el texto de Navarro, un verdadero cineasta es aquel que muestra lo que no quiere dejarse ver, el valor de una obra estaría entonces únicamente relacionado con la cantidad de imágenes y situaciones insólitas, que no suelen ser vistas en el día a día, que contiene (y si uno siente inclinación por lo macabro o sensacionalista y la película transita esas veredas, mejor que mejor). El discurso se ve sojuzgado entonces por la arbitrariedad de sensaciones particulares, puramente subjetivas, y renunciará a lecturas más allá de lo inmediato, de lo literal. Esta actitud, que imposibilita de raíz el debate racional, provoca, por ejemplo, que se desdeñe una película como Boarding Gate porque la tensión sexual que desprende su actriz principal (Asia Argento) no satisface al comentarista (¿por qué tendría que hacerlo? ¿Tiene el atractivo físico de los intérpretes necesariamente algo que ver con la calidad de un film?), o porque «sus escenas “tórridas” son de chiste». Con relación a esto último, anotar que es reseñable el interés de Assayas, a lo largo de su filmografía, por documentar la manera en que las relaciones sentimentales han evolucionado en los últimos años, afectadas por la constante multiplicación y transformación de los estímulos sexuales, tema que abordaba directamente en demonlover. Las secuencias entre Michael Madsen y Argento en Boarding Gate nos muestran ese caos sentimental y sexual en un marco empresarial que ya refleja claros síntomas de decadencia, pero no creo que en ningún momento pretendan excitar los deseos primarios del espectador. Se describe la deshumanización de las relaciones humanas, no se intenta poner cachondo al respetable (algo que, por otra parte, tampoco tiene por qué ser negativo en un film, pero que no creo que deba exigírsele por fuerza).
El problema viene cuando uno afronta el visionado como un proceso de rastreo afanoso de sensaciones empíricas nuevas que llevarse al cuerpo, y éstas no le llenan porque están tratadas desde un punto de vista cerebral o distanciado (no veo qué hay de malo en ello, la verdad). Por otro lado, se consideran como mejores secuencias aquellas que, aún siendo las más efectistas, se adhieren en apariencia a las convenciones del thriller genérico. Estamos, pues, ante un prístino ejemplo de cómo, en lugar de tratar de buscar el enfoque más adecuado para la obra, se la somete a la tan caprichosa como férrea “plantilla” del gusto particular (basada únicamente en lo subjetivo) y, al comprobar que no encaja en dicho molde, se la desprecia de facto sin miramiento alguno y sin resquicio para la duda de que el comentarista está en posesión de la verdad misma. Y es que otro asunto clave es la negación sistemática de cualquier estrategia de análisis frente a la propia, una tendencia al dogmatismo que, sin embargo, conduce a la atrofia del propio discurso. Viéndose ahogados en unos parámetros sumamente estrechos de miras, los planteamientos pueden desembocar en la amargura, la excesiva segregación de bilis, la inquina hacia quienes adoptan actitudes diferentes, etc.
Lo más triste de todo es que la estrategia de acusar a quienes no piensan igual que uno de “elitismo”, el esfuerzo por enarbolar la bandera de la defensa de un presunto cine “popular” o “artesanal” con objeto de “conectar con el público”, siempre con el miedo a cuestas de no aparecer ante “las masas” como un bicho raro que ve películas de cineastas a los que frívolamente se califica como «iluminados», en realidad no tiene por qué conducir a alcanzar la obsesión de la “fama” profesional y, ni mucho menos, a lograr la satisfacción personal. No creo que porque un articulista centre sus comentarios en películas de supuesto “prestigio popular” y desprecie otro cine menos publicitado vaya a ser apreciado necesariamente por más o mejores personas, y tampoco estoy seguro de que ir (o pretender que uno va) con los gustos mayoritarios (por cierto, bastante más difíciles de acotar hoy en día de lo que podría parecer) le vaya a hacer más popular, sobre todo porque pienso que, después de todo, tampoco hay demasiada gente dispuesta a leer, y en particular a leer sobre el cine que ve o considera ver. Quien esto firma nunca ha escrito nada con objeto de agradar al máximo número de personas posible ni de congraciarse con las opiniones mayoritarias (¿por qué habría de hacerlo? ¿Qué tiene de positivo ese plegamiento? Tampoco con el objetivo opuesto que supondría alejarse voluntariamente del público, del que me considero uno más, no creyéndome con mayor autoridad que cualquiera para hablar de lo que sea (aunque tampoco con menos). Desde luego, no considero que mis opiniones sean más válidas que las de otra persona por el simple hecho de que se vean publicadas en medios más aparentemente “prestigiosos” (algo que, por lo visto, no puede decir todo el mundo). Nada más lejos de mi intención que anhelar insertarme en elite “selecta” alguna, o adherirme a tendencias pasajeras, ante las que quienes me conocen saben que siempre me he mostrado, como mínimo, cauteloso, cuando no profundamente escéptico. En mi manera de escribir, que puede ser intrincada a veces (es curioso, no obstante, que quien acusa a otros de emplear jergas ininteligibles utilice en el mismo artículo términos como «neocatecúmeno», así como abundantes anglicismos y galicismos, que siempre quedan la mar de finos), trato de que prime la rigurosidad en la esencia de lo que intento expresar, sin preocuparme demasiado por aspectos estilísticos. Me tomo mis escritos como parte de una obra personal (más o menos interesante, pero personal) y me limito a tratar de trasmitir ideas que aprecio en, o genero a partir de, los conjuntos de imágenes y sonidos que percibo. Y me consta que hay gente que ha encontrado algunas de ellas enriquecedoras, útiles, reveladoras o entretenidas.
Aunque en líneas generales sigo bastante de acuerdo con las posturas que defiende, conviene considerar que el artículo sobre demonlover echa sobre el tapete cuestiones propias de un escenario audiovisual diferente al actual (fenómenos como las redes P2P, los reproductores/grabadores de bolsillo, o los streamings de audio y video no estaban, por ejemplo, tan desarrollados como ahora). Ello lo convierte en un documento que alberga elementos premonitorios de ciertos movimientos que, posteriormente, se han producido en el contexto de la crítica nacional. Al principio de aquel texto, traté de extrapolar la clásica dicotomía lingüística entre lo “sincrónico” y lo “diacrónico” al ámbito del análisis fílmico. Si lo hubiese escrito hoy en día, probablemente la sustituiría por otra disyuntiva, en este caso entre “crítica constructiva” y “crítica destructiva”. Creo que sería más deseable poner todo el empeño en que nuestros escritos reflejen la pasión por aquel cine que más nos interesa, que malgastar fuerzas en el vulgar vituperio de ideas que no compartimos o personas con las que no concordamos.