Che: el argentino (Steven Soderbergh, 2008)

Por Miguel Calero

La película imposible

Empieza la función. Planos cerradísimos en blanco y negro del rostro silencioso de Benicio del Toro. La mímesis es aterradora: realmente parece el Che. Acto seguido, el desastre: el joven Ernesto Guevara conspira desde México con la disidencia cubana. Diálogos teatrales, extraños acentos (Raúl Castro interpretado por un apuesto actor brasileño), poses caricaturescas en primer plano (Fidel interpretado por un voluntarioso actor mexicano), frases inconexas con vocación de aforismos... y un taciturno Guevara que sólo habla para dictar sentencia. Afloran los peores augurios, confirmados dos horas más tarde. Es el biopic, un género aparte.

Un somero análisis del nuevo film de Soderbergh no obligaría a destacar cómo la dicotomía establecida en los primeros minutos se mantiene durante todo el metraje. Siendo Che: el argentino la mitad de una película que se completará con Guerrilla, llama la atención que sea, a su vez, una desequilibrada suma de dos películas que se intercalan durante el metraje. Una, la rigurosa recreación de la estancia en Nueva York del Che en 1964 con motivo de la asamblea de la ONU. Otra, la insulsa crónica de la batalla de los barbudos contra Batista entre 1955 y 1959. Las secuencias rodadas en un desgastado blanco y negro, casi como un fake documental, mantienen una línea de cierta coherencia en el retrato difuso del cansado icono generacional. Pero la acción manda, y Soderbergh deja claro muy pronto que lo que de verdad le interesa es describir a todo color la falsa épica de la guerrilla, no un acercamiento pausado a la figura hermética en que se convirtió Guevara.

Así que la fórmula está clara: un mínimo de talento visual, un actor carismático, cierto tono humanista heredado del Che! de Fleischer (1969), la atmósfera policíaca de las Historias de la revolución de Gutiérrez Alea (1960), y ya tenemos otro biopic políticamente correcto que arrasa en taquilla. Captadas las intenciones básicas, ni siquiera importa que la película camine con la misma fragilidad con la que su asmático protagonista se gana nuestra compasión. Uno llega incluso a perdonar los desafortunados toques de humor, los subrayados extraídos del Manual del Buen Revolucionario o -es inevitable insistir- las delirantes interpretaciones del vasco Unax Ugalde (guajiro y guerrillero) y la vallisoletana Elvira Mínguez (Celia Sánchez). Resulta muy difícil, en cambio, conseguir responder a la pregunta que nos acecha durante toda la proyección: ¿por qué? ¿Qué (honesta) motivación puede empujar a un cineasta actual a hacer esta película? ¿Desmitificar? ¿Ofrecer un retrato complejo acorde con el personaje histórico? Cuesta creerlo. Incluso en el mediocre film de Feischer se atisbaban más matices que en esta hagiografía casi tan huérfana de discurso propio como Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2003).

Cuando el realizador presentó en Cannes el montaje completo de Che, declaró haber decidido embarcarse en el proyecto tras el encuentro anecdótico con el rostro deformado del argentino en la nalga de una mujer: "estoy seguro de que aquella chica no tenía ni idea de quién era ese tipo que llevaba tatuado. Y ésa fue mi idea: darle una historia a la foto de la camiseta". Ocho años después aparece la película, pero no la historia prometida. Porque ésta no es la historia de la foto en la camiseta. Es, sencillamente, otra camiseta, otra deformación del mito. Esta vez no se explota la imagen del guerrillero libertador e insobornable (la ideología ya no está de moda y hasta el término "revolución" suena ridículo), sino la del romántico decimonónico, el héroe épico, con la carga política justa para que nadie se sienta ofendido. Soderbergh ha vuelto a preocuparse mucho de los aspectos técnicos de su obra, de rizar el rizo visual elaborando una estética distinta a la del resto de sus largometrajes (disfrutando de las nuevas cámaras digitales RED como un niño con zapatos nuevos). Pero cuesta creer que se haya parado a pensar un solo momento en el riesgo real que supone enfrentarse a un mito de la envergadura de Guevara. Si realmente hubiera querido explorar el significado del maldito estampado, se habría dado cuenta hace años de que Che: el argentino era, desde antes de su nacimiento, una película imposible.