Hace algún tiempo, el arriba firmante se vio envuelto en una de esas discusiones que quienes escribimos sobre cine insistimos en entablar ocasionalmente (debe ser sadomasoquismo, los resultados siempre son catastróficos) con el vulgo. Intentaba venderle a mi interlocutora las bondades de Ingmar Bergman, a quien ella consideraba de oídas (sic) un «soberano coñazo», y cuando le rogué entre sollozos que viera al menos Sonata de Otoño, el mejor estudio que uno ha visto sobre las relaciones paterno-filiales, ella replicó tranquilamente: «¿Cuánto dura tu Sonata de Otoño ? ¿Cinco horas? Pues mira, ese rollo padres hijos se lo ventilaba de puta madre El Imperio Contraataca en cuatro planos, cuando Luke entra en la cueva que le ha dicho Yoda, se encuentra con el Vader, le corta la cabeza con el sable láser, y al romperse el casco contra el suelo resulta que la cara es la del propio Luke. Así que ya le vale al Bergman. Y cierra la boca, corazón, que se te está saliendo toda la cerveza».
Siempre me acuerdo de aquella inferencia salvaje, a todas luces desproporcionada, cuando los críticos nos empecinamos en extraer de películas básicamente reciclables lecturas que bien podríamos aplicar a otras, presentes o pasadas, de supuesto más calado pero que, sencillamente, no nos apetece tanto ver o revisar como esas otras que satisfacen nuestras apetencias a un nivel primordial. Lo que lleva en ocasiones, por aquello de dar la talla frente a los firmantes de manifiestos por la pureza del audiovisual y su apostolado, a justificaciones o racionalizaciones que desbordan el objeto de análisis y desfiguran la valoración del hecho cinematográfico. Mi iletrada tertuliana lo habría resumido con un «matar moscas a cañonazos».

A propósito sin ir más lejos de Los Extraños, hay quien ha seguido redundando en aspectos sociológicos extrapolados del 11-S: inseguridad, paranoia, caos, quiebra generacional… No es que tales apreciaciones resulten superfluas, aunque cuando Timothy Garton Ash afirma que «se ha demostrado falsa la convicción neoconservadora de que el 11-S y el riesgo de un nuevo 11-S están definiendo por sí solos el modelo de la política mundial de nuestros días», uno cree que otro tanto podría decirse de la influencia de aquel suceso en el cine de terror actual. Más aun, estamos convencidos de que en el seno del género se está dilucidando ideológicamente a estas alturas algo de mucha mayor trascendencia, relacionado con nuestras apreciaciones consensuadas sobre el Mal; tema que por ejemplo Mirrors, la nueva película de Alexandre Aja, trata literalmente en términos de reflejos especulares que se rebelan salvajemente contra una realidad empeñada hasta lo censor en cerrar sus heridas en falso.
En cualquier caso, unas y otras inferencias le vienen muy grandes a Los Extraños, película cuyos mayores defectos no tienen por otro lado tanto que ver con sus limitaciones conceptuales o su innegable carácter derivativo en relación con otros títulos citados hasta el hartazgo, como con su condición clamorosa de producto prefabricado, de ópera prima con la que el recién llegado Bryan Bertino se ha esforzado burdamente en ser el niño prodigio de la temporada, demostrando en igual medida su respeto por los ancestros de los setenta y una personalidad propia. Anhelo percibido apenas el rótulo inicial y una voz en off nos informan en tono sensacionalista de que cuanto vamos a ver a continuación está basado en hechos reales, y que impregna cada minuto del acoso nocturno a que son sometidos en una residencia apartada Kristen (Liv Tyler) y James (Scott Speedman) por parte de tres enmascarados.
Abundan pues las referencias, aplicadas con la falta de sentido del humor propia del listillo de la clase; abundan encuadres y efectos de sonido minuciosamente calculados para intranquilizarnos; los escasos ochenta minutos de metraje fluyen sin demasiados tropiezos, de acuerdo con una escaleta de guión milimétrica; y, sin embargo, uno se aburrió colosalmente, consciente en todo momento de la naturaleza exploit del film, tan patente que nos impide gozar a su través de la ficción. Buscando ser el último grito en suspense, Los Extraños se queda en irritante, artificiosa y dilatada hasta la extenuación. ¿También tiene la culpa Bin Laden de que ya esté en marcha una secuela?