Ser de Barcelona no es tan gratificante como parece. Al menos, si uno (sobre)vive en ella durante todo el año. Siendo turista, las cosas cambian. Aún recuerdo uno de los muchos comentarios laudatorios que me soltaron en una discoteca escocesa: “Es una ciudad fantástica; la arquitectura es deslumbrante y allí encontré las pastillas más alucinantes de mi vida”. Anécdotas surrealistas aparte, lo cierto es que, en los últimos quince años — desde, más o menos, los Juegos Olímpicos—, los barceloneses vivimos en una urbe deseada que ha ido mutando en función de la moda y las tendencias. Un proceso traumático de maquillaje que bien podría darse por concluido con esta grotesca Vicky Cristina Barcelona. Quizás la película que certifica la defunción de un lugar que corre el riesgo —si nadie lo remedia— de convertirse en un parque temático modernista y fashion .
Vistas así las cosas, el filme de Woody Allen es incluso interesante. Pues no deja de ser la visión (matizada) que un turista estadounidense tiene de la capital catalana. No dudo que las autoridades (que subvencionaron gustosamente la producción) saldrán satisfechas del resultado. La Barcelona que ellos han estado vendiendo — la de la multiculturalidad, la del buen rollo, la de los (ejem) encuentros culturales— se parece mucho a la que nos pinta el director neoyorkino. “Hoy he paseado desde la playa hasta el Parc Güell en busca de Gaudí”, suelta uno de los personajes. Y, aunque suene a chiste, la primera hora de la película no es más que eso: un interminable paseo presuntamente artístico. Mientras transcurren (lentamente) los minutos, uno no puede más que preguntarse el porqué de tan considerable dislate. De acuerdo, los barceloneses nos merecíamos —por provincianos— un desastre de este calibre. Pero esto es demasiado. Alfred Hitchcock decía que todo cineasta debe mostrar los lugares más reconocibles de la metrópoli en la que filma. El responsable de Match Point va mucho más allá de eso. No es que aparezcan las Ramblas, la Sagrada Familia, el parque del Tibidabo o la plaza del MACBA (al fin y al cabo, las dos protagonistas son turistas). Es que el filme se recrea, secuencia tras secuencia, en su imposible decorado. Incluso cuando la trama ni tan siquiera lo justifica (cfr. la panorámica inicial para mostrar un grafiti de Miró en el aeropuerto, la cita de Javier Bardem y Scarlett Johansson enfrente de los alejados Pavellones Gaudí de Pedralbes).

El problema de esta acumulación de postales (en las que incluso las prostitutas del Raval son un agradable exotismo) es que restan credibilidad a un relato ya de por sí insulso. Si uno conoce mínimamente Barcelona, pronto se dará cuenta que los personajes de Allen se mueven en un entorno de cartón-piedra que en nada se parece al que cada día transitan millares de ciudadanos de a pie. El efecto (involuntario) sobre el espectador indígena es similar al que uno tiene contemplando el The World de Jia Zhang Ke. Todo es llamativo, sí, pero todo transmite falsedad. No hay quien se crea una ciudad de postín que, asimismo, es retratada sin ningún tipo de matiz cultural. Desde la exhibición de guitarra española hasta las referencias con calzador “a la búsqueda de la identidad catalana” (sic). Todo parece impostado en esta Vicky Cristina Barcelona; un indigesto cocktail (de tópicos, secuencias gratuitas e imposiciones) que en nada hace justicia a una localidad que, pese al exceso de turismo y de especulación, aún goza de espacios genuinos y transitables.
Aunque, como aventurábamos anteriormente, la película va a gustar a quienes esperen de ella una visión idealizada de la capital catalana. El éxito de crítica y público en Estados Unidos no es, por tanto, casual. Todos los co-responsables del filme sabían a lo que iban. Había demasiado dinero en juego y Vicky Cristina Barcelona tenía que ser algo más que otra comedia ligera de Allen. Tenía que ser (y es) el vídeo turístico definitivo; la pieza publicitaria donde se exhibieran las virtudes de una metrópoli ombliguista que necesita constantemente de la aprobación (y del dinero) foráneos. Poco importa que los que hemos vivido siempre en Barcelona quedemos relegados a un segundo plano. Gracias a la cómplice colaboración del gran director neoyorkino (él mismo ha admitido, en entrevistas, que escuchaba la opinión de todos los que se le acercaban a (des)aconsejarle), esta película no hará más que fomentar una imagen superficial (también liberal) de una urbe que sigue perdiendo su identidad a marchas forzadas.
Lástima que los personajes de Allen nunca se dejen caer por el Camp Nou. Si fuese así, los barceloneses podríamos ahorrarnos, al menos, parte de la invasión turística a la que diariamente nos vemos sometidos. Pues estoy seguro que muchos de estos viajeros ocasionales preferirían quedarse en casa contemplando — sin colas ni prisas— los paisajes de Vicky Cristina Barcelona. La impresión visual —si se añade, en un nuevo montaje, la ineludible visita al santuario azulgrana— en poco se distinguiría a la que proporcionan los concurridos paseos en el bus turístico de la ciudad. Siempre desde las bonitas (y cómodas) alturas y siempre sin enterarse de nada. Puro turismo de salón. Pura Barcelona maquillada.