Breve encuentro (Brief Encounter. David Lean, 1945)

Por Josefa Paredes

Tiempo muerto

Si se le pregunta a un inglés sobre los años 40 y sobre las películas que recuerda, responderá 'Breve encuentro'», dice John Kobal en aquel libro que editó tratando de elegir las 100 mejores cintas de la historia del cine. Pero cuando se estrenó, en 1945, al público no le gustó la historia de Laura (Celia Johnson), una mujer casada de clase media que conoce a un médico también casado (Trevor Howard) en la cafetería de una estación de tren y vive con él una fugaz e intensa historia de amor desde el principio condenada a muerte.

La tercera película de David Lean (también la tercera y última vez que adaptó una obra de teatro de Noel Coward) no es absolutamente perfecta (poco le falta) pero su secuencia inicial en la cafetería de la estación sí lo es. Una pareja charla en segundo plano en una mesa. No sabemos quienes son ni oímos qué se dicen. La cámara no se acerca a ellos hasta que una inoportuna mujer les interrumpe con su irritante parloteo y les roba sus últimos minutos antes de que salga el tren. No hay un beso. Ni una lágrima. Ni una sola palabra sobre lo que allí ocurre en realidad. Sólo una mano de él en el hombro de ella y el terror en los enormes ojos de la mujer al oír el silbato que sentencia el final.

Sentada en el vagón, mientras vuelve hacia la que hasta entonces creyó que era su vida, Laura recuerda la historia que empezó cuando un hombre le quitó algo que se le había metido en un ojo. Toda la película es un flashback hecho de ese recuerdo. Y no es un recurso gratuito. Lean nos muestra (casi todo) el final nada más empezar porque da igual que  conozcamos el desenlace cuando, para esas dos personas, no hay otro posible.

Los relojes no tienen piedad. Y la memoria suele viajar en tren. Grandes relojes y ensordecedores trenes invaden las imágenes de Lean, que sabía ambas cosas y se las legó a otros como  Wong Kar Wai, que aprendieron de él a filmar las heridas del tiempo. Sólo un reloj y un sombrero de hombre pueden convertir una casa en una celda. Un espejo frente a una mujer que miente por primera vez es más demoledor que un tratado cristiano sobre la culpa. Un jefe de estación controlando la puntualidad puede ser más severo que las tablas de la ley. “La gente recuerda las imágenes no los diálogos. Por eso me gusta hacer películas”, decía. Y después las hacía de maravilla.

A los críticos siempre les encantó la película. Tanto que muchos años después, cuando Lean estrenó La hija de Ryan, los de Nueva York le invitaron a cenar con la única intención de merendárselo por no haberla repetido.

—¿Cómo el hombre que rodó Breve encuentro puede haber hecho esta mierda?— le dijeron (literalmente). Y otras cosas por el estilo.

—Está visto que hasta que no haga una película en blanco y negro y 16 mm no vais a parar, se defendió.

—Te dejaríamos hacerla en color. 

Pero el mismo público que después alabaría Lawrence de Arabia no entendió que un a historia de amor es también una aventura difícil de superar. David Lean nunca olvidó la primera proyección de Breve encuentro. Durante la primera escena de amor una mujer comenzó a reírse con una risa terrible y todo el cine la siguió. Y así con todas las demás. Cuando acabó aquella tortura él sólo quería quemar el negativo.

Tampoco hoy la película se comprende siempre. A los amantes de la estación no les separa ni la estrechez mental de la época ni un David Lean con afán moralizador. Si Laura no lo abandona todo y se fuga con Alec es por el mismo motivo por el que la secretaria de In the Mood for Love no se larga con su escritor de novelas de artes marciales. No lo hace porque ella no es así. No está en su naturaleza, como tampoco lo está suicidarse. “Me gustaría decirte que no lo hice por ti o por los niños. Pero no es verdad”, acaba su carta mental a su marido. “Simplemente no pude”.

Si el público se siente molesto es, quizá, por su propio papel en ella. La historia de amor de Breve encuentro no es sórdida pese a que sus besos se oculten en el subterráneo de una estación. Es la presencia de los demás —la amiga charlatana de la cafetería o el dueño del piso (el personaje que inspiraría a Billy Wilder para El apartamento)—  lo que la hace parecer miserable.  Lo que Lean critica no es a unos amantes infieles sino a quienes nunca han perdido adrede el tren de volver a casa. A quienes no son capaces o no están dispuestos a cuestionarse su supuesto destino ni siquiera una vez. Y lo que les da a sus personajes es la posibilidad de elegir. Un tiempo muerto para preguntarse si es en él o en el otro, en el teórico tiempo real, cuando estamos vivos.