Casanova Brown (Sam Wood, 1944)

Por Juan E. Lagorio

La busca del bien

Casanova Brown es un film escrito por Nunnally Johnson, basado en una obra —The little accident— de Floyd Dell y Thomas Mitchell (el excelente actor “secundario” de Only angels have wings y de It’s a wonderful life, entre otras). Dirigida por el escasamente analizado Sam Wood, director que habría que estudiar con mayor detenimiento, al cual la crítica progresista ha soslayado, a menudo por motivos superficiales, entre ellos, por una de sus virtudes: la falta de “exceso de creatividad”. Wood es autor de algunos notables films: Our Town (1940), con guión de Thorton Wilder, el extático Hold your man (1933), y el estático Kings Row (1942) sobre la novela del poeta sureño Henry Bellamann. Además de haber dirigido otros films mucho más voluntariamente famosos, de ser uno de los principales no acreditados en la dudosa Gone with the wind,  de poner en escena a los Marx, de haber hecho nueve películas con Gloria Swanson, y hasta de haber dirigido el primer film de Robert Montgomery (So this is college, 1929) —o por lo menos su primera creación como actor de cine—, Sam Wood es un especialista en la dirección de actores. Virtud que en el cine clásico era condición necesaria pero no suficiente. Es además un director que opera el melodrama con talento de comediante. Veamos el argumento de Casanova Brown: un profesor universitario, (Gary Cooper) descendiente del legendario Casanova (y que ha escrito una tesis sobre su antepasado a manera de anti leyenda negra), a punto de contraer matrimonio, recibe una misteriosa carta que lo exhorta a presentarse en otra ciudad, en un hospital maternal. Al principio cree que se trata de un error pero luego recuerda aquello que ha mantenido en secreto para su futura esposa. Estuvo brevemente casado y de este fugaz matrimonio puede haber nacido un hijo. También recuerda que aquel matrimonio fue anulado luego de que accidentalmente incendiara la casa de su esposa y humillase a su familia. Decide volver para encontrar que efectivamente ha nacido su hija, pero que será entregada en adopción. Allí decide secuestrarla y huir con lo puesto. Sin volver atrás y sin regresar a su pueblo. Buscado por las dos familias y por la policía, se refugia en un hotel, donde, sin dinero, pedirá ayuda a dos empleados para poder alimentar al bebé. Acorralado pero firme en su decisión resistirá hasta el encuentro final.

Analizando el argumento y visto el film,  se puede afirmar que lo que hubiera sido un melodrama perfecto, con pasiones y pasados que vuelven para ponerse contra el presente, es convertido en un grácil artificio que transcurre entre dos estados límites: el de una moralidad alegre y el de la liviandad ñoña. Tal conversión no peca de arbitraria pero sí de exceso de prudencia, característica primaria del paciente Wood. El tema del film es el que está en la cabeza de Cooper: la ejecución del bien puede ser un arduo y equivocado camino. La representación de ese camino es el trabajo de Wood. Con altibajos, y aún así, la primera mitad de Casanova Brown es excepcional. Lo es por una rara cualidad que no siempre asoma en Wood y en pocos, poquísimos directores y escritores: su poder de síntesis. Síntesis que no cuadra luego de la ida de Cooper a Chicago y así el film decae hasta su final incompleto. En aquella primera mitad está el mejor Wood, quien utiliza esa síntesis como argamasa del relato (aquí el mérito es también del guión de Nunnally Johnson). Como la utilización del fuera de campo, en la escena donde Frank Morgan, en off, vocifera un cuestionador discurso político, solamente para defenderse de las acusaciones de un niño (muy bien fundadas) de robarle unos centavos. O la curiosa escena en la oscuridad de la habitación donde Morgan trata de averiguar de un Cooper balbuceante y abstraído, aquel pasado que está pronto a emerger. Pues los recursos utilizados son, a su vez, una síntesis de la filmografía anterior de Wood y precursores de un cine que vendrá. Basta ver la dirección de actores y el timing entre las reacciones, por ejemplo, en la escena del incendio accidental de la mansión de la familia de Teresa Wright. Provocado por la torpeza y tozudez de Cooper al no apagar un cigarrillo, le debe tanto a los anteriores hermanos Marx como a los próximos Three stooges. En el siglo anterior, los románticos se apaciguaban en la melancolía de descubrir el derrotero del mundo moderno, que transformaba lo secretamente ordenado en frívolo desdén, el  arduo afán de lo cotidiano en la abulia grata del nihilista. El romanticismo consumió esa llama en lo artificioso en lugar de neutralizar lo artificial. El cine, en cambio, es ese cigarrillo que Cooper no puede apagar y que consume historia y presente a su paso. Devastador.