No creo que nadie ponga en duda que en el terreno artístico se da un proceso de mutación constante. Las categorías antaño rígidas —lo bello y lo feo, por ejemplo— se flexibilizan hasta el punto de llegar a perder su significado, que no necesariamente ejerce un papel destacado en la valoración de la obra; la revolución de los artistas contra la sociedad, propia de la modernidad, deja paso a una expansión de la cultura en el dominio de lo social, propia de la posmodernidad. En suma, la obra de arte parece cada vez más efímera y agotada, incapaz de soportar el paso del tiempo. La impresión es que actualmente resulta más difícil hallar el sentido de la obra, aquello que justifica el trabajo del artista. En The Romantic Manifesto, la controvertida Ayn Rand decía que la característica definitoria de una obra de arte reside en el hecho de que su propósito sirve a una necesidad humana que no es material pero sin embargo está ligada inextricablemente a la supervivencia física del hombre: la preservación y continuada existencia de la conciencia del hombre.
En Hangover Square, la música es lo que confiere sentido a la vida de su protagonista, George Bone (Laird Cregar). Está ligada a la conciencia de éste y, consecuentemente, a su propia existencia física. En uno de los mejores pasajes del film, el Dr. Middleton (George Sanders) explica que la excesiva dependencia musical puede llevar a George a destruir todo aquello que resulte un estorbo para su trabajo, un concierto para piano y orquesta. Desde este punto de vista, no resulta extraño leer el film de John Brahm como la materialización de la torturada mente de su protagonista, en la que el Londres de principios de siglo adquiere las formas de su cerebro —los callejones angostos y pobremente alumbrados representarían los momentáneos lapsos de memoria que cubren sus impulsos homicidas—; los agresivos sonidos que penetran su nuca funcionan como impulso destructivo que le invita al homicidio; y el fuego, en forma de hoguera o de incendio, es el signo de la potencia musical por encima de cualquier otro elemento —sociedad, moral, amor, etc.
Es interesante ver de qué forma todos los personajes y acontecimientos del film acaban filtrándose a través de la música. La traición amorosa de Netta (Linda Darnell), la cantante de vodevil que engaña con sus encantos a George para que le escriba una composición, es objeto de una de las ideas más interesantes. Tras asesinarla, y como consecuencia de su pérdida de memoria, George utiliza como coartada la muerte de la gata de Netta para exculparse del homicidio ante la policía. Y por un momento, Netta y su gata son la misma persona, al explicar George que la gata saltó sobre sus instrumentos musicales —Netta roba su música gracias a sus ardides femeninos—, causando un estrépito —impulso homicida— para huir de la casa y acabar muriendo —George estrangulará a Netta y la arrojará a la hoguera para cubrir su asesinato— atropellada en la calle. Y, de este modo, el sonido agudo de los instrumentos cayendo al suelo se identifica con la traición de la confianza —en Netta, en el mundo— de George, y por ende, de su música.
La representación final del concierto para piano y orquesta supone la parte más interesante del film. Frente a una sociedad en expansión, la de los primeros años del siglo XX, George interpreta su obra. El sentido de ésta, de su propia vida, se materializa en unos planos que cada vez van encerrando más a su protagonista en el centro del escenario, aprisionándole mientras los instrumentos de cuerda taladran su mente, mientras aporrea con violencia su piano hasta, a través de esos sonidos, ser capaz de acceder a todos esos recuerdos escondidos en la profundidad de su mente, en la turbulencia de su música, y conseguir así encontrar sentido a su obra, a su vida. El incendio final, que acaba con la vida de George mientras concluye su concierto, puede ser una de las mejores representaciones de cómo la fuerza del arte, ajena a imperativos sociales, puede dotar de sentido a la existencia de un individuo, en una sociedad que estaba a punto de comprobar cómo los grandes discursos y las promesas heredadas de la Ilustración sucumbirían bajo sus propias pretensiones de dominio.