La bella y la bestia (La belle et la bête. Jean Cocteau, 1946)

Por Carlos Aguilar Sambricio

Cocteau y el mito de la belleza

Jean Cocteau es un cineasta sin igual en la Historia del cine. Extrañamente mencionado en antología alguna, o simplemente en cualquier estudio general sobre el arte cinematográfico, su promiscuidad artística, el hecho de que quisiera hacer de la multidisciplinariedad una virtud expresiva, no le ha reportado el prestigio de un renacentista sino un permanente olvido, sobre todo en el cine, donde a pesar de sus escasas incursiones, realizó un trabajo personal e imaginativo.

Imaginativo en el sentido literal. Cocteau nació como director de cine en 1930 con ‘La sangre de un poeta’, la gran obra surrealista del cine, con permiso de ‘Un perro andaluz’ (Un chien andalou; Luis Buñuel, 1928). Un trabajo desatado, mudo y con un sentido visual de primer orden. Sentido que aún conservará dieciséis años después cuando, tras una época dedica a la poesía y la literatura, vuelva a abordar un proyecto de cine.

Esta vez atrapado dentro de una estructura narrativa convencional, Cocteau sin embargo empieza con ‘La bella y la bestia’ a utilizar la palabra al modo expresivo de un poeta, intentando que sus engalanadas imágenes tengan un compañero de su misma estatura. La desnudez de producción de ‘La sangre de un poeta’ se deja a un lado para ofrecer una visión barroca, más acorde con el recargo del cuento tradicional de príncipes, damas y castillos. Una suerte de palacio, el de la bestia, que la tiene agarrada, como esclava castigada por su avaricia y presuntuosidad, ésas que ahora quedan hechas añicos ante su monstruosa apariencia.

Cocteau era un amante del fantástico, ya fueran mitos antiguos o cuentos medievales, el francés siempre acudió a esos relatos y, especialmente en el caso de esta película, a las ilustraciones de Gustave Doré. Es difícil, sin embargo, trazar una herencia artística a partir de Cocteau, pues sólo Tim Burton ha tenido similares maestros pero, eso sí, muy diferentes padrinos.

La atracción que ejerce sobre el espectador Cocteau se debe a que utiliza el mito pero lo adecua de tal modo que sea cercano, sin que le importe transgredir el código del clasicismo. El francés plasma su universo poético y su retórica visual y es en ese tablero de juego donde asienta el argumento clásico, al que siempre le da alguna vuelta de tuerca para hacerlo más cruel, más trágico. La suavidad de sus transiciones, el carácter sensorial de la naturaleza y el juego continuo de personificaciones fantásticas dan al conjunto un aire mágico de cuento, sí, pero siempre dentro de un marco en el que tú y yo podemos introducirnos y en el que somos capaces de padecer su dolor y su placer.

Y nos introducimos porque carece del maniqueísmo y del romanticismo dulzón del que luego haría gala la versión de Disney. Así dibuja un bucólico ambiente para la familia de Bella, con la bravura y el coraje del común cobarde francés o el esnobismo y la envidia de las mujerzuelas con ínfulas. Y así dibuja el castillo, donde una herida Bestia no nos obliga constantemente a sentir pena por ella.

Cocteau, amante de la belleza, nunca llega hipócritamente a unir a la Bella y la Bestia, sino que sólo cuando ésta se ve amenazada de muerte, Belle muestra un sentimiento afectiva hacia ella, que se convierte en amor cuando la Bestia deja atrás su fealdad. No es un alegato a favor de la aceptación de uno mismo y a la irrealidad de un mundo donde cualquier cosa es posible, sino la pesarosa constatación de la desdicha de unos y otros, en un mundo donde la ley del más fuerte incluye un apéndice para la ley del más guapo.