Callejón de las almas perdidas (E. Goulding, 1947)

Por Diego Salgado

El destino en el umbral

Contaba Lon Chaney que no concebía situación más terrorífica que la de escuchar a alguien llamando a la puerta en plena madrugada y, al abrir, encontrarse con un payaso sonriente en el umbral. A uno le parece, sin embargo, que cabría algo aun más espeluznante: comprender mientras lo inimaginable se abate sobre nosotros que ese destino era inevitable, que lo hemos materializado con cada uno de nuestros pasos en el tiempo. Que la mueca atroz en el rostro pintarrajeado del payaso es cómplice. Lo preciso de la imagen conjurada por Chaney delata sus propias sospechas al respecto, y no es de extrañar que pasase su carrera como actor sublimando frente al espejo aproximaciones a ese monstruoso reflejo último. Porque es propio del artista el arrojar a la pista central del circo a los espectros de sus desajustes existenciales, sus miedos, sus sensaciones de abandono y soledad, para que ejecuten bajo los focos de su supuesta libre voluntad demiúrgica una función que se prevé catártica y que termina cobrando un carácter premonitorio.

Cuando Darryl F. Zanuck adquirió para 20th Century Fox los derechos del best-seller escrito por William Lindsay Gresham en torno a un charlatán de feria —un artista de la manipulación— que acaba convertido en un desecho humano por su obsesión de llegar a lo más alto sin respetar ni lo humano ni lo divino, no imaginaba que su mayor estrella, Tyrone Power, hallaría idóneo el material para él. Aunque la previa El Filo de la Navaja, dirigida como Nightmare Alley por Edmund Goulding, ya había dado cuenta de las nuevas inquietudes dramáticas del actor tras la Segunda Guerra Mundial, las vicisitudes del protagonista adoptaban allí forma de búsqueda espiritual; Zanuck no aprobaba en cambio que Power estuviese empeñado en encarnar a un arribista que acaba aullándole alcoholizado a la Luna.

¿Insistía Power en hacer méritos como intérprete? ¿Sentía la necesidad, como muchos actores atractivos, de castigarse físicamente en la pantalla? ¿Era el papel de Stanton Carlisle una oportunidad de exorcizar el miedo a la madurez, a esa cuarentena que Power había alcanzado recientemente? ¿O había percibido los alaridos distantes de la posible caída tras su ascensión al estrellato? Existe un paralelismo evidente entre su fascinación por Stanton, y la que éste muestra en los primeros minutos de Nightmare Alley por el desdichado geek que alberga la feria donde trabaja. Una fascinación ilógica dada la escasa empatía de Stanton por quienes le rodean y que responde en realidad, como corroborarán los ineluctables hechos marcados a golpe de tarot, temores y desafíos que se suceden, al reconocimiento difuso de la propia perdición. No se trata de que Power acabase sus días, como Stanton, convertido en una atracción babeante de circo; sus biógrafos coinciden en señalar que fracasó, sí, en su pretensión de ser reconocido como actor, y también en la de formar una familia estable. Eso no hizo de él, aun así, nada más que otro ser humano infeliz entre los demás. La estremecedora paradoja final es que en ese contexto común de ilusiones perdidas, sueños insatisfechos y ambiciones decepcionantes, resulta fácil reconocer otro sentido en la atracción de Tyrone Power y Stanton Carlisle por el abismo: los cantos de sirena descompuesta, el espíritu de la perversidad autodestructiva acuñado por Poe, no constituirían el umbral de un castigo sino de una obscena liberación.

Zanuck dio luz verde al proyecto, y puso a disposición de Power los mejores técnicos y medios con la sorprendente intención añadida de competir estilísticamente con el neorrealismo de moda en ese momento. Con escaso éxito, por fortuna: Nightmare Alley es, como indica su título, una pesadilla, el espacio donde la verdad se representa con todo lujo de indescriptibles detalles escenográficos, y en el que palpitan hermanadas con el film de Goulding El Gabinete del Doctor Caligari, El Ángel Azul, Freaks, El Hombre Elefante, La Casa de los Mil Cadáveres y la “Jennifer” de Jones & Wrightson. Que la Fox estrenase la película de puntillas para no dañar la imagen de Power, que una disputa entre la compañía y el productor George Jessel impidiese su exhibición durante años, que el autor de la novela original se suicidase y Goulding reventase debido a sus excesos, son aspectos que han hecho de Nightmare Alley eso que llaman «una obra de culto». En este caso, tan manoseado apelativo está plenamente justificado.