El perro rabioso (Nora inu. Akira Kurosawa, 1949)

Por Ramón Monedero

A mí siempre me ha llamado la atención el entusiasmo crítico y hasta la popularidad de la que ha llegado a disfrutar el cine de Akira Kurosawa. El cine de Kurosawa ha logrado eclipsar sin demasiado esfuerzo obras, para muchos, bastante más ricas, como las de Yasujiro Ozu o Kenji Mizoguchi. Pero lo cierto es que toda esta misteriosa atención que Kurosawa ha despertado en occidente se evapora, o mejor, se aclara cuando prestamos un poco de atención a las obras del director nipón. Kurosawa, abordó casi todas sus películas desde una óptica sumamente occidente, desde la pasión y la devoción al cine hecho, fundamentalmente en Hollywood. Con el paso de los años Kurosawa se fue distanciando, pero siempre mantuvo un obsesivo arraigamiento al cine hecho en Estados Unidos, sino no se explicaría que un hombre como George Lucas le hubiera producido una de sus películas, Kagemusha (1980). Pero es que además, el cine de Kurosawa es un cine fácil de seguir, aunque el director nipón pueda llegar a proponer complejas disgresiones sobre la sociedad japonesa y su relación con occidente, uno puede ver una película de Akira Kurosawa sin reparar en el fondo. Algo así como sucede con Alfred Hitchcock.

Además, Kurosawa tiene articulada su filmografía en torno a dos obsesiones. Una iniciática, más interesada en los modelos del cine negro y otra de madurez, algo más centrada en la épica japonesa. Aunque íntimamente relacionadas —¿qué es Rashomon (1950), sino una intriga más propia del film noir?— fue gracias a esa primera etapa, por lo que se comenzó a admirar el cine de Kurosawa. El perro rabioso (Nora inu; 1949) pertenece a esa primera etapa, una película que en cierto modo anticipa esbozando determinadas constantes que se darían, ya de forma clamorosa en la magistral El infierno del odio (Tengoku to jigoku; 1963).

El perro rabioso es en este sentido un film algo menos compacto que El infierno del odio, aunque no por ello deje de poner de manifiesto las verdaderas razones por las que el cine de Kurosawa vale la pena tenerlo en cuenta. Su estructura, absolutamente heredera del thriller norteamericano, gira en torno al revolver que un ratero le sustrae a un joven e inexperto policía, Murakami (Toshirô Mifune). A partir de ese momento, Murakami sólo tendrá un  objetivo, recuperar su arma que además, está siendo utilizado por un maleante y de cuyas muertes se siente responsable. Para avanzar en sus pesquisas, Murakami contará con la ayuda de un curtido agente, el detective Sato (Takashi Shimura) y es en la relación entre Murakami y Sato donde saltará el primer punto de interés del film. Una relación maestro alumno, fundamental en el cine de Kurosawa que aquí es llevada con notable fluidez, progresismo narrativo y dramático.

Pero esta relación será particularmente significativa debido precisamente a esa obsesión que está cegando las acciones de Murakami. Una obsesión se convierte en el verdadero perro rabioso del film, como apunta Sato, un animal obcecado con alcanzar un objetivo y que no ve nada más a su alrededor. Un momento que además, Kurosawa convierte en imágenes con ese plano de la vía del tren perdiéndose en el infinito sugiriendo ese camino a seguir, recto, sin fisuras, férreo.

Al final, será Murakami quien, en solitario, tenga que atrapar al maleante. En una portentosa escena en una estación de trenes, Murakami repasa los pies de todos los viajeros esperando encontrar la pista que le de la clave, unos calzados llenos de barro. Kurosawa nos introduce en la óptica de Murakami y planifica la escena con precisión hitchcockiana hasta el formidable momento en el que ambos, cruzan sus miradas, y por un sutil y brillante giro de guión Murakami, no lleva su arma. Sin banda sonora que la acomode (de hecho la banda sonora en El perro rabioso es bastante escasa) Kurosawa filma una larga persecución entre matorrales. Es como si, de una forma similar a aquella escena de Cortina rasgada (Torn Curtain¸1966) en la que Hitchcock quiso decirnos con una tortuosa escena de un crimen lo difícil que podía llegar a ser matar a alguien, Akira Kurosawa anticipara lo que el orondo cineasta inglés desarrollaría con maestría años después, una persecución en donde parece que Kurosawa nos quisiera sugerir, lo difícil que puede ser atrapar a un maleante, por más que estemos en una película de suspense y el héroe tenga las de ganar.

Y es que de hecho, lo que hace Akira Kurosawa con el cine negro de Hollywood en El perro rabioso es precisamente eso. Utilizar sus clichés pero amoldándolos para situarlos en un contexto completamente ajeno, es decir, trasladarlos de las grandes ciudades de Estados Unidos a los bulliciosos mercadillos rurales de un Japón maltrecho por el final de la Segunda Guerra Mundial. Y Kurosawa demuestra que se puede. El perro rabioso es un film, que al contrario que el cine negro más extendido en Hollywood, tiene mucho de costumbrista, de retrato social que por fortuna, no desentona el conjunto, al contrario, lo abraza y lo dota de sentido. A Kurosawa le gusta, y mucho, pasear su cámara por los rincones más humildes de Japón e incluso abandonar el bullicio y penetrar en campo abierto, donde de hecho, tiene lugar el clímax final.

En definitiva, lo que vino a demostrar Akira Kurosawa es que los géneros no son de propiedad exclusiva y que sus clichés y sus códigos pueden ser infinitamente reutilizados si sabe respetar la esencia de los géneros para de este modo ofrecer cosas nuevas. Y eso en gran medida es el cine de Akira Kurosawa.