El ladrón de cuerpos (The Body Snatcher. Robert Wise, 1945)

Por Ramón Monedero

Siempre que sale a colación un cineasta del perfil de Robert Wise, parece inevitable hablar de los denominados artesanos. A mi me gusta pensar que con el paso del tiempo, el término de marras ha ido perdiendo su cariz peyorativo de meros asalariados para dar paso a una raza de profesionales del cine que anteponían la propia naturaleza del relato a soberbios apuntes personales. Ni mejores ni peores que un Orson Welles o un Otto Preminger —por poner dos casos bien distintos—, que tantos dolores de cabeza provocaron a los estudios de Hollywood, los directores como Robert Wise tal vez no fueron conscientes en su día de que anteponer las exigencias de los estudios, aunque fuera de una forma ejemplar, iba a jugar en su contra a la hora de ser valorados con el paso del tiempo.

De hecho, Wise dio su salto a la dirección tras años montando películas para la RKO tan importantes como Ciudadano Kane o Campanadas a medianoche, ambas de Wells. Pero fue a través de un curiosísimo personaje, Val Lewton, un inmigrante ruso con un turbio pasado afincado en Estados Unidos, con el que Wise dio el paso a la dirección. Lewton produjo para la RKO algunas de las películas de terror más importantes de la década de los 40. Prácticamente todas, merecerían un justo y honroso espacio en este dossier especial, pero a mi Wise siempre me ha parecido un cineasta injustamente ignorado y fue precisamente con Lewton, con quien filmó algunas de sus primeras obras maestras. Una de ellas es sin duda La venganza de la mujer pantera, un film inusual, tanto como secuela de La mujer pantera como película de terror en si. En 1945, todavía de la mano de Lewton, Robert Wise filmaría El ladrón de cadáveres con Boris Karlofff y Bela Lugosi.

Pero para acometer un análisis sobre El ladrón de cadáveres, resulta obligado hablar primero de las características que definieron el cine que precursó Val Lewton. Un cine de terror atípico y absolutamente adelantado a su época situado entre la Edad Dorada de los estudios Universal y las producciones de la británica Hammer Films. En ese espacio de tiempo entre los monstruos en blanco y negro de ribetes expresionistas y los monstruos en Technicolor, Lewton exploró la mente humana a través de sus más aterradoras pesadillas. Lewton se dirigió directamente a los terrores de la mente humano, desterrando del imaginario colectivo propio del terror de la época a monstruos y alimañas. A Lewton le gustaba jugar con nuestras inquietudes y también, escarbar en aquello que no veíamos porque tan sólo, nos era sugerido. Con el blanco y negro a su favor, y un cuidado uso de los decorados y la iluminación, Lewton posaba todo el peso del horror en uno de los elementos clave de su cine, la atmósfera.

Basada en un relato de Robert Louis Stevenson, en realidad, El ladrón de cadáveres es un relato que explora esa dualidad moral que hace del ser humano un ser imprevisible y que años después desarrollaría en su celebérrima El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde. La principal diferencia entre esta y aquella es que en El ladrón de cadáveres los dos lados opuestos de un mismo ser están representados en dos personajes distintos. Por un lado tenemos al doctor Wolfe “Toddy” McFarlene (Henry Daniell), un sobresaliente profesional de la medicina atosigado por un terrible secreto del que no se puede desembarazar, su cochero, John Gray, un avaro sirviente de la residencia McFarlene que encuentra en la medicina su particular gallina de los huevos de oro desenterrando cadáveres para el doctor. McFarlene es en muchos sentidos, la viva imagen del doctor Frankenstein, un médico que un última instancia reconocerá lo que de necesario hay en el hurto de cadáveres si se aspira a que la medicina avance y de ese modo, se salven vidas. El problema deviene cuando McFarlene no soporta más los chantajes de Gray que empieza a asesinar a personas en vez de desenterrar a los cadáveres y entonces lo mata. El doctor queda de este modo, liberado, o al menos, eso cree el. Porque enseguida McFarlene sentirá la necesidad de seguir robando cadáveres (Gray estaba aprovechándose de la situación pero no hacía más que materializar los deseos del doctor). Con el asesinato de Gray, McFarlene lo que hace en realidad es convertirse en un criminal. El siguiente paso será robar el mismo un cadáver. Al final McFarlene morirá víctima de su propia locura, o dicho de otro modo, del peso incapaz de soportar de saber, que Gray no está en absoluto lejos de él, y que de algún modo ambos van sentados en el mismo carro. De hecho, Robert Wise visualizará el momento así, con el cadáver de Gray sentado en un carro junto a McFerlene que termina estrellándose.

La moraleja final de El ladrón de cadáveres tiene su aquel, e incide en esa idea de que aunque cruel y hasta intolerable, y pese a la amoralidad de determinadas decisiones médicas destinadas a la experimentación como en el caso de Frankenstein, los trabajos de McFarlene verán sus frutos. Gracias al transplante de una joven que Gray asesinó, el doctor conseguirá hacer andar a una pequeña que quedó tullida tras un accidente.

Wise director

Cuando Robert Wise dirigió El ladrón de cadáveres en 1945, el futuro director de West Side Story era, a efectos prácticos un completo novato. Aunque experimentado montador, Robert Wise sólo había dirigido otra película en solitario, Mademoiselle Fifi (1944) también con Val Lewton [1]. Es por esta razón que, con casi total seguridad, El ladrón de cadáveres sea tanto, un logro personal del propio Lewton como una ejemplar demostración del buen quehacer de Wise detrás de las cámaras. Signos para pensar, tanto lo uno como lo otro los hay de sobra. El ladrón de cadáveres es un film lewtoniano hasta las raíces Con un guión sólido como pocos, el film descarga casi todo su peso genérico el terror, en su atmósfera. En sus sutilezas de montaje, en su fotografía, en sus acciones en off, en determinadas imágenes que nos alertan de que algo extraño posee la escena. También porque El ladrón de cadáveres es un film que como casi todas las películas que produjo Lewton, ahonda en las pesadillas de la mente humana; la cuestión no se trata tanto de un tipo que se dedique a desenterrar cadáveres, sino del objetivo y de la chispa original que desemboca en esas acciones. Dicho de otro modo, que Boris Karloff ande por el film de Wise desenterrando muertos, cuando no directamente, matando a los vivos, no es más que un reclamo comercial. El quid de la cuestión reside en qué intenciones provocan esas acciones y para qué se llevan a cabo esas acciones.

Pero como digo, también hay en El ladrón de cadáveres señales suficientes como para entrever a un cineasta a tener en cuenta. Robert Wise, que afrontaba los trabajos con ejemplar profesionalidad sabía desde el principio para qué había sido contratado por Val Lewton, para ser eficiente y efectivo y todo, sin resultar nada caro. Por esta razón, El ladrón de cadáveres, entre otras cosas, no deja de ser una película de serie B; un ajustado presupuesto para hacer dinero sin demasiado ruido, la virtud adicional del film viene dado por tanto por las figuras de su productor y director, además de contar entre sus protagonistas con dos vacas sagradas del cine de terror clásico como Boris Karloff y Bela Lugosi [2].

De este modo, Robert Wise contaba con un material inmejorable, Karloff, Lugosi, Lewton y la obra de Stevenson, sólo había que darle forma. Como hemos dicho, Wise, que era un hombre profundamente consciente de su papel en un film como este, rodó la película sin una fisura. Wise siguió al dictado los patrones de Lewton en torno a la atmósfera del film así como a las intenciones últimas de la película. Discurso y forma, por fortuna, no chirrían y Wise aprueba con nota su aproximación a la obra de Stevenson.

Robert Wise sabe muy bien qué quiere decir y cómo lo quiere decir, por eso la película arranca con esa bella joven que canta en las calles de Edimburgo que será el detonante de la monstruosidad de John Gray. Wise no pasa por encima de la joven no, se detiene, y nos llama la atención sobre ella. Igual hará cuando, momentos antes de ser asesinada por Gray, Wise la filme caminando por un oscuro callejón levemente iluminado, perdiéndose entre la bruma. Wise y Lewton, mantendrán el plano más allá de los estrictamente necesario. La esencia del plano no tarda en empapar al espectador y dejarle claro que la joven cantante está sentenciada. Algo similar ocurrirá cuando Joseph (Bela Lugosi) visita a Gray para chantajearlo. Wise planifica la escena con sutiles motivos narrativos, el uso del primer plano y el plano general, así como determinada tendencia al contrapicado cuando encuadra a Gray. No sólo percibimos que algo va a ocurrir, sino que sabeos quien está por encima de quien y no nos resulta muy difícil sospechar el final de la escena, el asesinato de Joseph a manos de Gray filmado en un riguroso plano general. No hace falta acentuar nada. Tanto Lewton como Wise sabían que las acentuaciones, pese a su impacto inicial, rara vez cumplían su cometido. Era preferible dejar que las cosas sucedan frente a la cámara sin maquillar su crudeza con trucos de barraca de feria. De echo, algo similar ocurre cuando McFarlene va a visitar también a Gray. Wise planifica la escena al dictado del anterior encuentro de Gray con Joseph, pero está vez con un sensible sentido a la inversa y es que la resolución, será virtualmente opuesta.

En suma, notable película de Wise, sobresaliente entre los primeros pasos de Wise, envidiable ejercicio de narrativa, admirable producción de Val Lewton, encomiables interpretaciones de Karlofff y Lugosi y sobretodo, terrible cosas, las que nos dice el film acerca del ser humano. Quizá no sea la más pulida de las producciones de Lewton, pero El ladrón de cadáveres bien merece el reconocimiento que otros films del productor de origen ruso le han arrebatado.

[1] Al parecer Robert Wise dirigió algunas escenas adicionales de El cuarto mandamiento de Orson Welles y en La maldición de la mujer pantera Wise fue llamado con carácter de urgencia por Val Lewton al no estar éste convencido de los métodos de trabajo del director inicialmente contratado Gunther Von Fritsch y especialmente en lo que a su economía de rodaje se refería, máxima indiscutible del cine de Lewton.

[2] Dos vacas sagradas y como es sabido dos actores profundamente enemistados en donde Lugosi tuvo que afrontar el hecho de actuar como actor secundario cediendo, de muy mala gana. El protagonismo a Karloff. Y pese a todo, no sería la primera vez que Lugosi tendría que conformarse con un tímido segundo puesto.