La historia de Filadelfia que nos traen Cukor, Cary Grant, Kae Hepburn, James Stewart y Ruth Hussey es una suerte de comedia de la vida que engloba numerosos aspectos de las relaciones humanas: el amor de pareja y el amor paterno filial, los celos y la traición, la insatisfacción profesional y la insatisfacción sexual, la condescendencia y la intransigencia… Tenemos de inicio una pareja de paparazzi introducidos en el seno de una familia clase alta americana (entre ivy league y pijísimos) mediante un chantaje que efectúa la revista Espía a cambio de no publicar los devaneos del pater familias con una corista. La heredera de la mansión, Tracy (Hepburn) es una suerte de Diosa glacial que menosprecia a su padre por infiel. Los periodistas acceden al lugar mediante el chantaje ejercido por el exmarido CK Dexter Haven (Grant,), un alcohólico y posible impotente del que ella se separó violentamente. El paparazzi y la fotógrafo (Macauley y Lizzie, Stewart y Hussey) son un escritor y una artista frustrados, él regodeándose en su autocompasión y en el desprecio hacia los demás, ella en un servilismo absoluto por el hombre que ama y la ignora.. Material sin duda para un melodrama a lo Tennesee Williams o para una screwball comedy de Preston Sturgess. Sin embargo George Cukor mezcla y nos sirve con delicadeza proverbial un cóctel sutil, inteligente y socarrón. Es más, evita moralismos o rigideces. ¿Cómo lo consigue? Fácil, de modo tan fácil como sólo los grandes pueden hacer. Haciendo que algo parezca simple cuando en realidad es extremadamente complejo. Y a ello no es ajeno el equipo artístico, coordinado por un experto en tales lides, el aquí productor Joseph L. Mankiewicz (que tocaría temas semejantes en dramas como Carta a tres mujeres o en comedias como Mujeres en Venecia) y el conjunto de actores con la diosa Hepburn a la cabeza acompañada de unos secuaces en estado de gracia (en especial un Cary Grant cuya pose de Yago pícaro estaba evolucionando hacia los canallas complejos y elegantes que compondría en Suspicion y Notorious, Johnnie y Devlin, respectivamente).
Cukor, lejos de la estéril imitación llevada a cabo por Charles Walters unos años más tarde en Alta Sociedad (¿alguien esperaba realmente algo de un remake que substituía a Cary Grant por Bing Crosby y a Hepburn por Grace Kelly?) que recurría al musical como estrategia dinamizadora, utiliza otro juego de piernas o más bien, de lenguas,. Un combate de boxeo verbal dónde todos se baten en un ring en forma de corazón y defendiendo las armas de su clase. En el se enfrentan CK Dexter Haven vs Tracy Lord, ansioso el primero de sabotear la segunda boda de la segunda, Tracy Lord vs Macaulay Connor, arrogancia contra autoindulgencia, Tracy vs. Seth Lord, desafío generacional y también lección mutua de humildad, Macaulay vs Lizzie o la América de la gran promesa. Y, por fin, todos vs Kittredge, desmontando la idea de que todo yanqui puede llegar a presidente. Champagne e hipo. Pobres orgullosos dando su merecido a ricos altivos. Al final caerán las máscaras, la diosa de su pedestal (tras abundantes libaciones y hacia los brazos de la clase inferior), todos se revelarán como personas con virtudes y defectos: el traidor como héroe triunfante y el héroe proletario como un reaccionario machista. ¿Fútil, falsa? No, inteligente y encantadora. Si acaso, admitamos que la vida de algunos nos da envidia aunque nuestros principios morales la rechacen y aunque en voz alta digamos otra cosa.
The Philadelphia Story es fluida, suave, entra bien como las bebidas que ingieren los protagonistas en cantidades ingentes y como ellas nos deja con un burbujeante sentido de felicidad y un sabor persistente en el paladar De la sucinta e hilarante primera escena dónde Hepburn echa a Grant de casa al ritmo de marcha militar, a la confusión de identidades entre invitados o al suspense final al lado de la capilla (¡qué mirada de sufrimiento de Grant y Hussey!), Cukor y sus barman mezclan sin agitar los ingredientes para darnos ese puntillo, ese toque de alegría sin perder el toque de calidad. Para el espectador no hay, resaca alguna aunque el cóctel tal vez genere dependencia y abstinencia precisando nuevas dosis de visionado.
Hay gente que puede valorar The Philadelphia Story como una muestra de un cine anticuado y artificial. Tal vez. Sin embargo son precisamente estas mismas razones las que otorgan a Historias de Filadelfia su gran interés. La obra de Cukor es una obra que pertenece a otra época, una época irrepetible. Y es, también, una obra artificial como puede ser un buen cóctel que, perfecto en sus medidas, apareja elementos muy diversos. En definitiva, un trago clásico.