El fundador de los estudios Universal, Carl Laemmle, siempre fue más que reacio a la entrada del cine de terror en las producciones de su sello. Tras muchas dudas, a principios de los 30 dio su bendición a la adaptación cinematográfica de la obra teatral Dracula, que estaba arrasando en Broadway por aquel entonces. La película de Todd Browning, que tenía que haber interpretado el malogrado Lon Chaney, fue un éxito sin precedentes, que abrió la veda a la era dorada del cine de terror de formas góticas y fondos expresionistas. Durante los 10 años siguientes, Universal fue imbatible en el terreno, gracias a la solidez de unos profesionales técnicos y artísticos cuyos nombres se repetían en la mayoría de las producciones y al fabuloso tándem compuesto por Bela Lugosi y Boris Karloff, cuyo gancho comercial se tambalería a finales de la década.
Los ejecutivos de la Universal siempre prefirieron a Karloff que al actor húngaro, que en los últimos años de la década se vio confinado a la división de películas B de la compañía. Lugosi tuvo una segunda oportunidad en el estudio de la mano de la revindicable La sombra de Frankenstein (Rowland V. Lee, 1939), interpretando al jorobado Ygor, el ayudante de Wolf Frankenstein, también científico como su mítico padre. Ese mismo año, y en el seno de la MGM, su figura se revalorizaría con su pequeño papel de comisario Razinin en Ninotchka, de Ernst Lubitsch. Se trataba de un espejismo. Su carrera se hundió durante los años 40 en el cenagal de la serie B, al tiempo que se aceleraba su deterioro físico y mental, provocado por la adicción a la morfina y la metadona.
Karloff, antes de interpretar al monstruo por última vez en La sombra de frankenstein, se dejó ver en las películas de bajo presupuesto protagonizadas por el famoso detective privado James Lee Wong. Lugosi y Karloff, coincidieron, por cierto en 1940 en Black Friday, aunque no comparten escena en ningún plano. Pese a que Black friday fue vendida como una producción de corte terrorífico, se trata de una película de intrigas criminales sazonada de elementos fantásticos.
La Universal necesitaba un nuevo gancho con presencia escénica y renombre para afrontar con garantías el cambio de década y ¿qué mejor que echar mano de la estirpe del mismísimo hombre de las mil caras? Lon Chaney Jr sólo se animó a seguir los pasos de su afamado padre tras la muerte de éste, que siempre se opuso con firmeza a que su hijo siguiese sus pasos cinematográficos.
La primera aparición de Chaney a sueldo de la Universal fue en El hombre que fabricaba monstruos, una historia que debía haber sido protagonizada por Karloff y Lugosi en 1935, pero que se aparcó hasta 1941. Dirigida por George Waggner, esta floja producción protagonizada por un hombre que puede electrocutar a quien toque, se rodó en tan solo tres semanas y con un presupuesto de 86.000 dólares. El primer gran papel de Chaney tuvo lugar en El hombre lobo (1941), de nuevo dirigida por Waggner. La compañía ya había abordado el mito de la licantropía en la recuperable El lobo humano (Stuart Walker, 1935), que reinventaba el mito del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, aunque el actor Henry Hull impuso un maquillaje que no ocultase completamente sus rasgos.
A diferencia de sus ilustres predecesores, El hombre lobo carecía de una base literaria explícita. No existía ninguna novela de referencia ni obra de teatro que poder adaptar. El guión de El hombre lobo, que narra las desventuras de un noble que regresa a la mansión de su padre en Gales y al ser mordido por un lobo se convierte en licántropo, fue obra de Curt Siodmak, que volcó en el texto sus experiencias en la alemania nazi. Para el guionista alemán, el propio licántropo, un buen hombre que se transforma en un animal despiadado e irracional, es una metáfora del fenómeno de sugestión colectiva que tuvo lugar en su tierra natal durante los años de Hitler.
Las labores de maquillaje corrieron, como era habitual dentro de la casa, a cargo del maestro Jack Pierce, si bien las transformaciones de hombre a bestia en pantalla eran más bien escasas. En las dos primeras, tan sólo vemos transformarse los pies del atribulado Talbot en peludas garras. La tercera y definitiva transformación tan sólo se ve durante seis segundos en pantalla, aunque para su elaboración se requirieron hasta diez horas de trabajo. Pierce elaboró un molde en el que el actor colocaba su cabeza para que le aplicaran las sucesivas capas de maquillaje y tomasen las sucesivas fotografías (hasta 17) que integran el plano.
El hombre lobo, que combinaba de forma desprejuiciada el folclore europeo con cierta estética pop, funcionó de forma formidable en taquilla, convirtiendo a Chaney en el icono por excelencia de la compañía durante los años 40. Frente al histrionismo de Lugosi o la elegancia de Karloff, Chaney, un actor tan mediocre y torpe y entrañable, representaba al hombre corriente, marcado por una maldición milenaria que le perseguirá de por vida. Al igual que nuestro Paul Naschy (el actor que más veces ha interpretado al hombre lobo en pantalla), Chaney siempre reconoció su cariño por un papel que le dio fama pero le encasilló para siempre, aún a pesar de ser el único actor de la compañía que dio además vida en pantalla a Drácula, la criatura de Frankenstein y la momia.
Chaney intentó salir del rol en El hijo de Dracula (Robert Siodmak, 1943) pero su voluminoso cuerpo desentonaba con la espigada figura del original literario. Esta producción ambientada en el sur de Estados Unidos y con cierta estética del cine negro de los 40, tiene un par de momentos memorables para los amantes del fantástico. Además de ser la primera vez que un vampiro se transforma en murciélago en escena, resulta imposible olvidar la bella y sugerente aparición del vampiro sobre las aguas de un brumoso pantano.
El buen resultado comercial de El hombre lobo fue un mero espejismo. El estreno de The ghost of Frankenstein al año siguiente ya marcaba la pérdida de confianza de la compañía por su entrañable colección de monstruos. En la película de Erle C. Kenton ya no estaba Karloff para protagonizar a la patética criatura, desencantado con la deriva de serie B a la que estaba abonando la franquicia. En esta cuarta entrega (tras Frankenstein, La novia de Frankenstein y La sombra de Frankenstein) tampoco hay rastro de los sugerentes decorados expresionistas que ambientaban los episodios anteriores.
La negativa de Karloff provocó que los ejecutivos de la Universal, por miedo a que el público le diese la espalda a la producción, mantuviesen el mismo maquillaje para el nuevo portador de los electrodos, Lon Chaney Jr, al que el armazón de goma le provocó unos cuantos disgustos y moratones. En The ghost of Frankenstein la criatura ya ha perdido toda su dignidad para convertirse en un elemento de atrezzo al servicio de un argumento delirante, en el que el jorobado Ygor, que supuestamente había perdido la vida en La sombra de Frankenstein, revive al monstruo con la ayuda de Ludwing, un nuevo vástago del doctor Frankenstein surgido de la nada.
A pesar del éxito de El hombre lobo, la película no conoció una secuela explícita. En 1946 llegaría La mujer lobo de Londres (Jean Yarbrough) un título-trampa para un folletín melodramático en el que no tiene lugar ninguna transformación licantrópica, aunque sí varios saqueos de Luz que agoniza, de George Cukor, que se estrenó dos años antes.
Larry Talbot volvería a aparecer en pantalla, aunque ya compartiendo protagonismo con el resto de la terrorífica plantilla de la Universal. Llegaba la era de los cócteles de monstruos, que reunían en pantalla a varias de las criaturas en argumentos cada vez más disparatados, con tan poco presupuesto que en ocasiones se echaba mano del metraje de películas anteriores. Las producciones de este subgénero solían tener estructura episódica, para que cada una de las criaturas tuviera asegurada su minuto de gloria. El legado de los cócteles de monstruos fue recuperado años más tarde por Paul Naschy en películas como Los monstruos del terror (1959) y, recientemente, en la fallida Van Helsing (Stephen Sommers, 2004).
El subgénero se estrenó con Frankenstein y el hombre lobo (Roy William Neill, 1943). A Bela Lugosi le tocó en suerte en esta ocasión interpretar a la criatura. Siempre se ha dicho que el actor húngaro había rechazado el papel en el primer Frankenstein porque la criaturano decía esta boca es mía en toda la película, en la que se supone que fue una de las decisiones más desafortunadas de su carrera. Lo cierto es que Lugosi fue descartado tras unas desastrosas sesiones de maquillaje que provocaron las risas del equipo técnico.
En Frankenstein y el hombre lobo, la criatura camina de forma tope, con los brazos extendidos hacia adelante, en un gesto que ha sido imitado hasta la saciedad en gran parte de las películas que se han hecho sobre el personaje. Con ello se pretendía establecer cierta continuidad con The ghost of Frankenstein, en la que la criatura queda ciega tras el experimento fallido que lleva a cabo Ygor para trasplantar su cerebro a la criatura. Sin embargo, la explicación se acabó suprimiendo del montaje final. El papel fue a parar a Lugosi, por cierto, tan sólo después de que Chaney se quejara amargamente de tener que interpretar dos papeles distintos sin que ello supusiera un incremento de su salario.
A pesar de que el listón de calidad seguía descendiendo de manera preocupante con cada nueva producción de terror, La zíngara y los monstruos (Erle C. Kenton, 1944) se puede contemplar hoy como un gozoso divertimento, en parte por el brío con el que está narrada. La producción aunaba a Frankenstein, Drácula, un doctor loco, un jorobado y el hombre lobo, con una estructura en forma de sketches. A la criatura la interpretaría Glenn Strange, quien recibió el asesoramiento de un Boris Karloff que en la función interpretaba al doctor Niemann.
El despropósito iría a mayores en La mansión de Drácula (Erle Kenton, 1944), en la que el Conde Drácula y el licántropo Larry Talbot acuden a la clínica del doctor Franz Edelmann para que les cure de su maldición (sic).
Los dos únicos monstruos que se libraron de estas reuniones de viejos alumnos, el hombre invisible y la momia, tampoco tuvieron mejor suerte. A diferencia de Dracula o frankenstein, la momia no tuvo secuela, aunque sí una suerte de remake protagonizado por una nueva momia de nombre Kharis, llamado The mummy´s hand (Christy Cabanne, 1940), cuyas andanzas continuaron en The Mummy's Tomb (Harold Young, 1942), The Mummy's Ghost (Reginald Le Borg,1944) y The Mummy's Curse (Leslie Goodwins, 1944).
Si en la primera de las entregas el poco agradecido papel de momia recayó en el cowboy Tom Tyler, en las tres siguientes iría a parar al voluntarioso Lon Chaney, al que no gustaba el papel y que tuvo que sufrir sesiones de maquillaje de hasta ocho horas. Un trabajo inútil, por cierto, porque resulta imposible defender o distinguir entre sí ninguna de las secuelas.
En cuanto a la saga de El hombre invisible, y como bien señalan Ramón Freixas y Joan Bassa en la obra colectiva "El cine fantástico y de terror de la Universal", secuelas como El hombre invisible vuelve (Joe May, 1940) «no deben a la novela original más que sonoras disculpas».
Para los numerosos fans del cine de terror de la Universal, la pareja de cómicos Abbot y Costello es algo así como Yoko Ono para los beatlemaníacos, un chivo expiatorio en el que descargar la frustración por la decadencia del ciclo. El estreno de Frankenstein (James Whale, 1931) provocó escenas de pánico en las salas de cine, pero 15 años después el público, tras sufrir los horrores de la Segunda Guerra Mundial, prefería que le devolvieran la sonrisa perdida y no clavar las uñas en la butaca.
Bud Abbot y Lou Costello eran dos eficaces artesanos del vodevil que habían atraido la atención del público en sus números en Broadway y en la radio. De la mano de la Universal se convirtieron en los cómicos más populares de la década de los 40. En su trayectoria cinematográfica evolucionaron hacia un tipo de humor físico, muy basado en el slapstick, descuidando los brillantes diálogos y contrarréplicas que les hicieron famosos. En 1948 la Universal tuvo la infeliz idea de entregarles sus defenestrados monstruos para que hicieran mofa sin piedad de los mismos. Abbot y Costello contra los fantasmas (Charles Barton) fue un fenómeno comercial que encumbró a la pareja pero mandó al geriátrico a los tres grandes de la Universal (el hombre lobo, drácula y la criatura de Frankenstein), inaugurando una serie de películas en las que siempre se seguían el mismo esquema: un palurdo Costello asistía horrorizado a una una serie de fenómenos terroríficos ante la incredulidad de Abbot, el contrapunto serio del dúo.
En Contra los fantasmas Bela Lugosi interpretó por segunda y última vez a Drácula, Lon Chaney repitió como hombre lobo y el papel de criatura de Frankenstein fue a parar a Glenn Strange. Boris Karloff se negó a aparecer en una película que en su opinión denigraba los personajes, aunque colaboró activamente en la publicidad del film, dejándose fotografiar comprando una entrada para la película,
Karloff sí participó en la siguiente película del duo, Abbot y Costello meet the killer, Boris Karloff, a cambio, eso sí, de que sus honorarios doblasen los de Lugosi en Contra los fantasmas. El guión original de la película, Easy does it, fue escrito para el cómico Bob Hope, aunque Universal compró los derechos y lo reescribió a mayor gloria de la pareja.
La saga de Abbot y Costello supuso el injusto y lamentable broche al periplo de los añorados monstruos de la Universal. Jack Arnold se encargó de resucitar la franquicia en la majestuosa La mujer y el monstruo (1954), pero el público ya estaba más interesado en aquellas producciones de ciencia-ficción que amplificaban la paranoia anti-comunista de la década.