[Crónicas del 7 al 11 de octubre]
No era difícil que el festival tendiera a mejorar según fueran pasando los días. El listón estaba demasiado bajo como para errar el salto cualitativo de una sección oficial que comenzaba a oler a chamusquina o peor. Por eso recibimos con menos alborozo del debido la acumulación de propuestas interesantes que comienzan a convertir en una ruleta rusa las parrillas de cada uno. ¡Con lo que las echamos de menos al principio y al final vamos a acabar por echarlas de más! La vida es así y la programación, por desgracia, no la he inventado yo. Lo que también es curioso es que en pleno festival de cine fantástico la resurrección del nivel venga auspiciado por un género aparentemente tan alejado y lejano como el western: The burrowers, The seachers 2.0 (ambas basadas en Centauros del desierto) y The Good, the Bad and the Weird. Aunque si se echa la vista al resto de secciones a concurso (Méliès, Noves Visiones, Midnight X-treme) e incluso a una parte de la oferta que no compite de la S.O. Fantàstic, se aprecia que el problema, como ocurre en la mayoría de festivales, es poder acertar y concentrar cada propuesta en el sitio que le corresponde. Porque se está viendo buen cine fantástico y variado. Más curioso e incluso relevante es comprobar como también en esta muestra el público y la crítica tienden a distanciarse hasta enfrentarse cuando las propuestas no son lo que se espera por unos u otros… Hay algo de simplificación en esta manida aseveración, pero también algo de verdad, porque los lugares comunes no dejan de ser ciertos a veces por muy trillados que estén: me lo recordaba un buen amigo catalán, cuando le recriminé, con pocos argumentos s y acudiendo al mito, lo tacaño que era.

Ya vislumbro los comentarios despectivos alrededor de una gran película como es Red: que si academicismo rancio, que si repetición de la jugada, que si solemnidad impostada, que si posicionamiento moral. Vale, vale… eso es como decir lo mismo de "Ataúdes tallados a mano" porque existe "A sangre fría", y no sería justo armar bronca así con Truman Capote. No es justo porque la película dirigida a cuatro manos por Trygve Allister Diesen y Lucky McKee es un cruce malévolo entre un F. Scott Fitzgerald y el Michael Chabon de "Jóvenes hombres lobo", otra de esas parábolas realistas que surgen del Sur cuando el "Americana" ya sólo puede pervertido. Obra pequeña en lo formal, pero enorme en lo moral, en sus intenciones y en sus resultados; un réquiem que empieza oliendo a café mañanero y acaba en un bosque nocturno con hedor a pólvora y salpicado de sangre. Red es una de esas películas que se atreven aún hoy a tratar temas importantes, a seguir indagando en el porqué de nuestras acciones y de nuestras elecciones. Y ojo, no elude el guiño metacinematográfico, porque ese personaje tozudo encarnado por Brian Cox no es sino la representación de esa manera de contar las cosas, de esa férrea disposición a un arte de narrar que sigue vivo, del cine como vehículo de transmisión de dudas pero también de mensajes. Y encima sale reforzado. Posdata: si el fabuloso monólogo de Brian Cox no parece una adaptación apócrifa de "Encarnación de una generación quemada" de David Foster Wallace, yo me baño en la piscina de nuestra urbanización… de noche.
R.A.O.
El concepto del renacer del hombre cierra el film de cabecera de esta edición, 2001: Una odisea del espacio (1968), como no deja lugar a dudas esa imagen final de un feto que sería el del propio comandante de la misión que va en busca de la fuente original del monolito descubierto en la Luna. Idea, la de soslayar la muerte, que también subyace en la antológica Solaris (1973) de Andrei Tarkovski y en la fascinante Southland Tales (2006) de Richard Kelly, ambas proyectadas en la retrospectiva “Sitges-Clàssics: Ciència Ficció” (ciclo complementado por una publicación colectiva, “El cine de ciencia-ficción. Explorando mundos”, editada por Valdemar en la que se pueden encontrar textos de Jesús Palacios, Tonio L. Alarcón y Tomás Fernández Valentí, entre otros). La primera película larga como director del interesante escritor francés Michel Houllebecq indaga en el mismo terreno adaptando su novela homónima. Las pretensiones son, por tanto, bastante altas. Los resultados no alcanzan a a las anteriores, sobre todo porque Houellebecq no es, desventuradamente, Kubrick o Tarkovski, siquiera Kelly. Y sin embargo La posibilidad de una isla es un film bello y delicado, que contiene notables soluciones, en lo visual (la segunda parte es tremendamente atractiva y sugerente) y en la escritura (hay diálogos soberbios), mostrando ante todo a un director de cine y no a un escritor que hace cine. Es un film complicado, difícil de sobrellevar (bebe de formas francesas tan poco convencionales como Godard y Marker), demasiado ensimismado en su propio discurso y un tanto ajeno al público en general (y esto no implica que busque más a los seguidores del escritor o los admiradores de la novela —está notablemente recortada y el desenlace tiene un cambio importante). En cualquier caso, sus imágenes van creciendo hasta hacerse casi imborrables y su maquinaria interna tiene la facultad de traspasar el tiempo y el espacio; dicho en cristiano: un film que necesita reposarse, pensarse, visualizarse mentalmente con la suficiente calma. Los espectadores deberíamos tener esta paciencia.
J.D.C.T.
Nueva York nunca será tan vieja como tras el 11 de septiembre de hace ya demasiados años. Hasta Abel Ferrara parece haberse dado cuenta entre copas de las que sólo queda el hielo y billetes enrolladísimos enrollados. Chelsea on the Rocks es una homenaje, casi más que al famoso hotel bohemio, a la ciudad de Nueva York y su peculiar estilo de vivir en comunidad, un canto amargo y nostálgico que, entre bromas y veras, va conformando la autopsia definitiva y temporal de una forma de hacer transcurrir los años, las noches y las vidas. La mirada de Ferrara es enfermiza a la par que desequilibrada (a ratos desenfocada, más bien), tan amateur como los descubrimientos, movida (y promovida) por la convicción y la curiosidad malsana, condescendiente, fanática, latente. Las apariciones de Robert Crumb o Milos Forman son los mejores momentos de un conglomerado en el que cada habitación es un universo, que gira en torno a cada habitación, cada puerta un principio y cada ventana un posible final. Los peores momentos son, sin duda, las recreaciones garbanceras de instantes históricos, más mitómanos que míticos, de una esencialidad previsible y/o funcional. Al final, uno se marcha del Chelsea con la sensación de que estamos ante la película de un pijo que reivindica la pijería de la exclusividad y que sabe, como cualquiera que se arrepienta de su presente (su filmografía, sus rehabilitaciones), que cualquier tiempo pasado nos será peor.
M.O.
Con Guy Ritchie siempre tengo la sensación de estar viendo la misma película; con sus pequeñas variaciones —sustituyes a Jason Statham por Gerald Butler, por ejemplo— y sus demostraciones de ritmo, que es la palabra clave del cine de Ritchie. Y, al fin y al cabo, Rocknrolla es eso, ritmo. Su director sigue demostrando lo mucho que conoce Londres y lo bueno que es describiendo el conjunto de ambientes que definen a la ciudad británica; su gusto por mezclar a la mafia rusa —con descojone incluido a costa de Abramovich— con los bajos fondos british, jugando al equívoco constante a partir del cúmulo de situaciones que complican la sencilla premisa inicial. En fin, lo mismo que en sus obras previas… sólo que peor. Supongo que una defensa sería apelar a la coherencia interna de Ritchie, al estilo progresivamente más definido y, no sé, a ese vago aire tarantiniano —que, de hecho, me parece lo peor de la cinta— que se gastan algunos. A mí no me convence ninguno de los tres argumentos y, a pesar de ser un entretenimiento simpático, no deja de mostrar que Ritchie ha acabado siendo víctima de su propio estilo —o de la falta de éste.
O.B.

El periodista y novelista Hunter S. Thompson era un inconformista, un provocador y un loco. Le gustaba tanto las drogas como la fama. La vida y (la idea de) la muerte. Tan profundo y superficial. Gonzo: The Life and Work of Dr. Hunter S. Thompson perfila al mito y su repercusión más que a la persona y su humanidad, utilizando un método periodístico muy similar al empleado por el célebre columnista de Rolling Stone, que él mismo bautizó con el nombre de gonzo: interesa más el entorno, la periferia, que el interior. Opción cómoda pero consecuente que logra captar con fruición el interés por el itinerario, segmentado y tangencial (se escamotean varios periodos de su vida), de Thompson. Siguiendo la misma pauta hace buen uso del numeroso material de archivo (la adaptación de “Miedo y asco en Las Vegas” firmada por Terry Gilliam, el film Where the Buffalo Roam, 1980, grabaciones caseras, programas de televisión, entrevistas…) para construir un documental intenso que no deja espacio para la pausa y se recrea en ciertos efectismos, con mejores (el montaje vibrante, que enlaza unas imágenes con otras, que suele contener una imagen de Thompson, enfundado en sus gafas de sol y el cigarrillo con boquilla; el mito ensalzado y caricaturizado) o peores (vid. la escena de Jan Wenner, director de Rolling Stone, medio llorando: recurso digno del peor Michael Moore) resultados. Gonzo es también un film político que no desaprovecha la carrera presidencial actual para recordar el compromiso del radiografiado con unos principios férreos: odiaba a Richard Nixon pues representaba todo lo malo de la sociedad americana y apoyó al senador McGovern, un idealista que no podía ganar. En 2005 Thompson se pegó un tiro en su casa después de reunir a toda su familia. Su segunda mujer revela que la segunda victoria de Bush en 2004 le deprimió bastante. La tesis y el objetivo son meridianos. “Barack Obama, eres nuestra última esperanza”.
J.D.C.T.
La vuelta a los ruedos cinematográficos de José Mojica Marins, aka Zé do Caixao, es una obra personalísima planteada con intención, escrita con inteligencia y rodada con acierto, de hecho, es el film más puramente sadiano que este firmante ha visto en muchísimo tiempo, por esa relación tan malsana entre dolor y liberación, entre humillación y éxtasis. Lamentablemente no he visto los dos largometrajes que iniciaron una supuesta trilogía que aquí se concluye, aunque la película está trufada de secuencias extraídas de aquella, a modo de pesadillas recurrentes que sufre nuestro delirante protagonista: suerte de enajenado satanista que busca procrearse dada su avanzada edad. Encarnaçao do Demônio es sorprendente porque lejos de convertirse en un simple exploitation "zetoso" y con tetas —que aún así las hay, y muchas—, está próximo a los ensayos metafílmicos de Wes Craven, e incluso a El héroe anda suelto de Peter Bogdanovich: reflexiones sobre la pervivencia de viejos mitos del horror en la actualidad. Al principio Encarnaçao do Demônio resulta un híbrido entre horror neorrealista y bondage carioca, dada la dificultad del propio Ze para adaptarse a los cambios sociales cuarenta años después de su encarcelación, y a la extrañeza que produce en el cuerpo de policía sus atroces crímenes. Y la película no pierde pulso: se adentra en lo abisal con pasmosa facilidad, filma el dolor con sádica fascinación y se recrea en la crueldad con admirable embeleso; y encima nos calza un interludio que parece sacado de la imaginería de un Buñuel o un Pasolini. Encarnaçao do Demônio sería la película ideal para pasar en una residencia de Tercera Edad: o cómo levantarle la "moral" a los ancianos con las fechorías de Zé do Caixao, el protagonista del primer film brasileño de "horror crepuscular".
R.A.O.
::subir::
Ha pasado el primer fin de semana del festival, dejando una sensación de extrañeza y tensión acumulada en espera de ser completamente liberada una vez se haya alcanzado el suficiente bagaje, podamos pararnos a asimilar con mayor detenimiento lo que nos está ofreciendo, y aceptemos (y entremos) en los debates que ya están empezando a generarse alrededor de algunas de las películas más llamativas (no sólo de la "S.O. Fantàstic"). Poco a poco van creciendo algunos títulos que quizá no convencieron de forma inmediata a la salida de las proyecciones (sensación que tampoco ocurre habitualmente, si bien parece más lógico que suceda en el transcurso de un festival donde la comparación no es premeditada y surge de forma natural). Evidentemente también ocurre que otros recibidos con cierta intensidad, se han acabado desinflando hasta desdibujarse o sumergirse en las profundidades de la memoria. Hay que destacar, por otro lado, el considerable repunte que ha supuesto la presentación del segundo largometraje de Fabrice du Welz, el responsable de Calvaire (2004) también presentado en Sitges, Vinyan, y del último trabajo de otro nombre habitual del certamen, el japonés Mamoru Oshii: The Sky Crawlers es seguramente su mejor película hasta el momento. El domingo mostró también ese Sitges diversificado donde tienen cabida propuestas de todo tipo: en la sección "Anima’t" se pudo ver Evangelion 01: You’re (not) alone, primera parte del remake de la delirante y divertidísima serie creada a mediados de los 90 por Hideaki Anno (aquí en labores de supervisión). Vale la pena destacar todos los años esta característica esencial de un festival pensado para todos los públicos. Sin coartadas falsamente intelectuales. Sin necesidad de recurrir a géneros o movimientos, ni a autores o artistas. Solo se trata de cine, el bueno, el malo y el raro.
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Pese a su simbolismo, Cielo e Infierno son conceptos muy terrenales que empiezan a trabajarse aquí y ahora. Elegir uno de ellos no requiere especial relevancia, sobre todo si a la vida le da por jugarte una mala pasada….lo otro depende más de como seamos capaces de afrontar según que acontecimientos y lo preparados que estemos para ello. Fabrice du Welz es un genio que ha rodado dos largometrajes sobre el Infierno en la Tierra, dos films expresionistas de horror que exploran el mundo que nos rodea a través de la percepción extrema de personajes que han terminado convirtiendo su vida en un trayecto directo al Hades. De ahí que sus películas sean experiencias vívidas (y viscerales) de un horror que surge desde dentro para embadurnar el suelo que pisamos y las paredes que tocamos. Así, lo más fácil (y cómodo) para definir Vinyan sería decir que Du Welz ha filmado su particular "Corazón de las tinieblas", aunque ya sabemos que todo viaje al corazón de uno mismo está rodeado de zonas oscuras y puertas que es mejor no abrir. Porque Vinyan no es sino una agonizante travesía al corazón último de nuestra verdad, y la verdad es verdad, pero se escribe con dolor, sacrificio y sufrimiento. Y hay verdades a las que mejor no llegar, porque no hay respuestas en ella, solo más sinrazón. H. P. Lovecraft estuvo a punto de aprehenderla, y el último que lo intentó fue David Foster Wallace, que terminó ahorcado en su casa. Por eso me dices (con razón), y yo te digo/yo os digo que si nos gustamos/os gustáis, aprovechemos esas cosas simples y trabajemos sobre ello/aprovechad esas cosas simples y trabajad sobre ellas, porque no hay verdad más simple que el amor, algo que me gustaría haberle dicho a esa pareja que viaja desesperadamente a Birmania en busca de un hijo que ya no está y que no va a volver. Hay libros donde cada frase importa y nos transmite algo vital: en Vinyan cada plano narra un detalle más de la progresiva degradación de una relación. Obra maestra. Y no es una frase hecha. Créanme.
R.A.O.

Siempre he pensado en Mamoru Oshii como un cineasta preocupado por los pequeños detalles que definen nuestra humanidad; por los viejos dilemas que cuestionan nuestros límites morales y nuestras emociones. De algún modo, esos pequeños detalles están conectados con nuestra manera de enfocar la vida. En este sentido, The Sky Crawlers alude a esos pequeños detalles al plantear el drama de un grupo de niños cuya condición inmortal les impide desarrollarse como adultos, transformándose en el mecanismo que tiene la sociedad de estabilizar el mundo, a partir de la recreación intermitente de una necesaria batalla aérea, que anestesie y proporcione paz a la sociedad. Oshii escarba en el interior de sus protagonistas, situándolos en la brecha entre el sacrificio y el amor, el impulso destructivo o la obediencia pasiva. Y es precisamente a partir de esta dicotomía de donde surge el momento más agónico, más humano y, por ende, el más brillante, que logra capitalizar el interés del filme: un encuentro sexual entre los dos protagonistas que Oshii visualiza en un plano, mezclando el amor de los personajes —los brazos entrecruzados, las manos juntas— con su impulso autodestructivo —la pistola que blande la protagonista femenina—, y revelando a partir de éste su angustiosa existencia emocional.
O.B.
En un festival de cine, la homogeneidad puede convertirse en el peor enemigo del espectador. Película tras película, trama tras trama, plano tras plano: uno deglute y excreta, sin pensar mucho las cosas. De ahí que sean esas pequeñas excepciones las que consiguen sacarte de la monotonía cinematográfica, evitar el bostezo y provocar la erección. Y Repo! The Genetic Opera sin duda lo es. Esta suerte de bizarro musical —definido como una "Opera rock"— perpetrado por Darren Lynn Bousman —Saw II es la mejor— demuestra que en muchas ocasiones la ineptitud puede favorecer el resultado final. Y es así porque este miembro del "Splat Pack" no busca la perfección estilística de un Tim Burton en Sweeney Todd, sino que se entrega a un espectáculo torpe y gozosamente irregular, desmadrado y cutre, repetitivo pero magnético. Repo! The Genetic Opera es una distopía que regresa a los films de la Universal de los años ’30, y que en verdad es algo así como un cruce entre un musical gore escrito por las hermanas Brönte y una versión post-industrial de El Rey Lear "shakesperiano". Bousman no rueda tanta carne como nos gustaría, pero nos lega una obra decadente, una tragedia-rock de personajes impulsados por la fatalidad, y finiquita su película con la mejor explicación posible de su cine: una representación del sufrimiento ajeno convertida en pútrido espectáculo para las masas.
R.A.O.
Una de las elecciones de la crítica especializada para la siempre estimulante sección "Seven Chances", es este pequeño pero muy interesante film de animación elegido por Ruth Pombo. Peur(s) du noir es una obra colectiva compuesta de seis fragmentos de otros tantos ilustradores y artistas gráficos: Blutch, Charles Burns, Marie Caillou, Pierre di Sciullo, Lorenzo Mattotti y Richard McGuire. Un elemento, más o menos novedoso es el que más llama la atención en una primera aproximación: los segmentos no son historias contadas una después de la otra: dos de ellas (las firmadas por Blutch y di Sciullo) se van intercalando durante todo el metraje, y una tercera (la de Caillou) se interrumpe momentáneamente para dar paso a una escena de la primera de todas que vuelve a ceder el testigo de forma inmediata. Una premisa más curiosa que óptima, pero que de alguna manera consigue atrapar el interés del conjunto, asumido el carácter intransferible de cada una de las aportaciones individuales. A partir de una idea común, las pesadillas, cada autor crea, en blanco y negro, una pieza que aborda sus terrores más íntimos. Excepto la urdida por di Sciullo, demasiado plana y recargada de una cháchara diría que hueca, el resto me parecen como poco interesantes. Brillan sobre todo tres: el McGuire, la última de todas, cuyo dibujo y transiciones, magníficos, se ajustan perfectamente a la descripción del aislamiento del protagonista; el de Charles Burns (autor desconocido para mí, pero de notable prestigio entre connaisseurs: "Agujero negro" es su obra de referencia) una turbulenta historia de final demoledor (aunque previsible) que partiendo de referentes conocidos está impreso por una contundente personalidad; el de Blutch, el primero que se va intercalando entre el resto de segmentos, es una propuesta de una violencia descarnada que no necesita del color para resultar cruel y horrible (vid. la escena final); los dos restantes, de Caillou y Mattoti, menos conseguidos, inciden en esos escenarios hostiles, oscuros y deprimentes (los lúgubres e dramáticos paisajes de Mattoti, las rostros horrorizados o temibles que dibuja Caillou) que se abren camino entre las sombras…
J.D.C.T.

Tras cierta sobredosis de pretendido (por pretencioso) cine de terror de autor, no está mal recordar que el cine de terror es un cine de género y que allí siempre se encuentra más a gusto (como en casa de uno, en ninguna parte) que en otros sitios. No todos los nuevos directores pueden ser Kubrick o Tarkovski , ni afortunadamente todos lo quieren ser. Por eso se agradece una película como Splinter y un director como Toby Wilkins que, separando el grano de la paja mental, nos trae un ejercicio atractivo, sugerente y efectivo en el que no falta conocimiento ni buen criterio. Nos hallamos ante una monster movie de condición clásica, tanto en su respeto por las unidades de tiempo y espacio, como en su utilización de arquetipos detonantes y aglutinadores de lo divino, lo humano y lo sobrenatural. No diré que es la panacea, porque ni lo es ni se le acerca, pero su mecanismo funciona con la precisión de un guión que sabe cuales son las notas discordantes que se ha de tocar para turbar al espectador y los personajes. Su dibujo de de situaciones es esquemático, el monstruo no se ve con claridad, la chica no se desnuda, pero con todo, y con eso, Splinter nos tiene y nos entretiene haciendo ejercicios en el alambre de lo ya visto, pero sin la red de lo rutinario que tanto gusta usar a los que experimentan con gaseosa y otros gases más innobles. Su desenlace no decepciona y ver una mano corriendo como si fuera un cangrejo siempre es gratificante.
M.O.
::subir::
Jornada de paréntesis matinal. El pase de la esperada Repo! The Genetic Opera de Darren Lynn Bousman, film que ha generado una gran expectación aun viniendo firmado por el responsable de las secuelas de Saw, se tuvo que suspender por problemas de seguridad, hecho que propició un descanso hasta las sesiones de sobremesa para bastantes compañeros. Por otro lado, la visita de Antonio Isasi-Isasmendi al festival para reencontrarse con su amigo Gary Lookwood, invitado al homenaje de 2001 (que tuvo lugar el viernes en un acto emocionante al que asistieron Christiane Kubrick, Douglas Trumbull, Jan Harlan, Keir Dullea y el propio Lookwood), trajo consigo la presencia del director español David Marqués (Cualquiera y Aislados) que está filmando un documental sobre el cineasta español y con el que, junto con su equipo, estuvimos conversando durante casi dos horas: será el protagonista de la tercera entrega de "Cineastas españoles del siglo XXI". En cuanto al festival en sí mismo, de momento estamos a la espera de un título realmente redondo que convenza a una mayoría o que al menos impacte de alguna manera. Porque aunque se han visto obras valiosas (Deadgirl, Survaillance —comentadas a continuación— Home movie o Peur(s) du noir —de las que hablaremos en próximos días—), ninguna de ellas ha generado verdadero entusiasmo (ya se entre los especialistas o entre el público). Quizá estamos ante el arranque del festival más insatisfactorio de los últimos cinco años. Veremos si la inminente llegada de los trabajos de gente de prestigio como Abel Ferrara, Takashi Shimizu, Mamoru Oshii o Michel Houllebeq mejor el escenario, o serán nombres menos ilustres (el mencionado Lynn Bousman) o desconocidos quienes nos sorprenderán. En cualquier caso esperemos que nos despertemos de esta falsa comodidad donde nos encontramos.

Cuando dudas, tu kitsch se resquebraja. El kitsch, definido por Milan Kundera en "La insoportable levedad del ser" (gracias a ti), es una entidad abstracta que tiene mucho que ver con ese error cognitivo que es el "debería". Abandonar el kitsch supone el no sentirse lleno con nada porque no hay nada por lo que luchar, pero entregarse al kitsch significa dar la espalda a la realidad y negar todo aquello que podríamos llegar a ser. Aicha, la protagonista de Fighter, ya ha dudado, y cuando dudas no puedes volver atrás. Es consciente que hay una parte de su kitsch que debe satisfacer, pero no es suficiente con eso. Su "debería" se reduce a las obligaciones de su raza y de su género, y ella sabe que hay algo más detrás. El arte, la cultura, o el deporte, son estrategias que tienen como fin trascender el kitsch, y en Fighter Aicha elige el camino del kung fu, vertiendo en la lucha física una pelea que se dirime en su propio inconsciente. Otra cosa es que "Fighter" compita en la Sección Oficial Fantástic (!!!) del Festival de Sitges, cuando podría abrir la Seminci o participar en un supuesto "Horizontes daneses" del Festival de San Sebastián. Otra cosa es que Fighter sea un sumatorio de Dogma + "Karate Kid" + "Quiero ser como Beckham", con los mismos tics de (Hollywood) de siempre pero revestidos de una etiqueta de superación femenina a través del deporte, con las coreografías de Xian Gao, el de Tigre y dragón —hay que vender el producto a los "freakies", ya se sabe—. Pero ya digo, esas son otras historias y a mí me interesa el kitsch, me interesa que no tenemos que renunciar a todo nuestro yo para ser felices, y eso es algo que Fighter demuestra, aunque pueda ser tildada de conservadora al respecto.
R.A.O.
Propuesta como una forma de híbrido entre la caricatura y el espectáculo, reciclando iconos, acudiendo a mitos, mirando al pasado, Santos resulta todo lo contrario de lo que pretende ser. Sobre todo es vieja, incluso nostálgica, a pesar de su afán por querer ser nueva, incluso original. Además remite a toda una retahíla de clichés formales y narrativos que aunque se intenten hacer propios se muestra demasiado claramente sus orígenes, los cuales son a su vez copias de sucedáneos de calidad cuando menos discutible: la ópera prima de Daniel Monzón, El corazón del guerrero, es uno de los referentes más directos y recientes. Y al igual que este bienintencionado pero mediocre film, Santos es una película arrítmica, de humor ramplón, torpe recorrido y alcance muy limitado. Las causas de resultados tan mínimos son achacables a la impericia e inmadurez (en la escritura principalmente) de su joven realizador, el chileno Nicolás López, que todavía parecer continuar haciendo su ópera prima (esta en realidad fue Promedio rojo, de paso fugaz por la cartelera española en el verano de 2006), a las limitaciones en el diseño de producción y a unos actores que, exceptuando a Guillermo Toledo, parecen no creer demasiado en sus papeles y en el proyecto. Sin embargo, como me comentaba un colega de tan pueril se hace hasta simpática.
J.D.C.T.
Durante gran parte de Surveillance, da la impresión que Bryan Bertino hubiese rodado una secuela de Los extraños prescindiendo de los crímenes y narrando los efectos colaterales de los asesinatos. El nuevo film de Jennifer Lynch es un retorno más al paisaje gótico, con sus "spree-killers", sus familias disfuncionales y sus polis corruptos. Pero Surveillance es poquita cosa, acaso su viraje final incide todavía más en la degradación moral de los personajes, en la desconfianza en los poderes fácticos, en el discurso facilón acerca de la familia, y en todas esas conclusiones que pueden ser muy post 11-S si no fuera porque Fritz Lang lo explicó mucho mejor hace tantos años. Porque al final, Surveillance revela toda su impostura, un simple juego infantil de una niña burguesa fascinada por lo macabro. Pero no es suficiente con que haya aprendido a rodar en una escuela (cara) de cine, ni tampoco que presumiblemente tenga buenos genes: Bertino también se sabía la lección de memoria, pero tenía muchísimas más ganas de ponerla en imágenes. Por ello, la Coppola sigue siendo nuestra hija favorita.
R.A.O.

Enfrentarse a una obra como Los bastardos es fácil si se le pone un poco de voluntad y buenos alimentos (el bocadillo de sobrasada con queso deglutido en 15 minutos creo que no vale). De otra manera puede levantar indignación o a la gente de sus asientos. Como las películas de su padrino Reygadas o como el hambre acumulada entre casquería fina y fantasmas de trazo grueso. Su estructura y su trasfondo te exigen una concentración a prueba golpes de efectos y guiños cinéfilos, su premiosidad necesita el aplomo del cliente satisfecho, fiel y compromisario. Pero con todo eso y un poco más, Los bastardos funciona, en cuanto y en tanto, despliega una rara capacidad para construir una sátira triste y tremenda donde el sueño americano es expuesto con una virulencia sólo comparable con su esteticismo estático (o al revés) y su contundencia emocional. La segunda película de Amat Escalante trasciende el relato tradicional cuando se convierte en un cuento amoral que no necesita moraleja, mientras es capaz de poner sobre la mesa sus ar/lmas definitorias de puro definitivas. Luego sus referentes más claros se diluyen para ensamblar una mirada lógica y el llanto, el contenido por encima del continente (norteamericano) y la prisa y sus malos consejos (quién lo diría viendo los primeros 70 minutos) recalcitrantes, chabacanos y, paradójicamente, iñarrutinos; el otro extremo de un México no tan lindo. Queda la paz que no deja y el buen hacer de unos actores, un director, un montador y un fotógrafo que sabe hacer de los juegos de sombras, luz de premonición.
M.O.
Deadgirl es un estupendo ejemplo de cómo las grandes historias se van reciclando, como los símbolos se mezclan dando lugar a apasionantes experimentos genéricos. En el ámbito de la cultura popular, los mitos se expanden, vuelan muy alto o se impregnan de lodo, pero ya nunca podremos apreciarlos en su pureza original. Deadgirl comienza como una novela de Jack Ketchum, sigue como una de Stephen King, y termina como un cuento de hadas donde hay un héroe con un machete, una princesa, un dragón, un villano, su lacayo y la mazmorra que los acoge. Y por el camino muta, bascula entre el horror y el humor adolescente: pasa de una historia de amor näif a la crónica de una amistad que se evapora; de la lucha de clases en un high school del Medio Oeste a ser un ensayo sobre la cosificación del cuerpo, o incluso podría definirse como la desmitificación total de un arquetipo del género —que es sodomizado—. Deadgirl quiere ser muchas cosas, quizá demasiadas, pero sale airosa porque está narrada con convicción, con mala leche y creyendo mucho en lo que se cuenta. Y para dos chavales recién graduados en Troma, el resultado es brillante... que alguien avise a Hernán Migoya.
R.A.O.
Una de las ideas más interesantes de la ciencia-ficción es aquella que sugiere la tecnología avanzada —por ejemplo, los biopuertos que conectan el cuerpo humano con Internet— como una herramienta de cohesión social entre las diferentes clases. Con los cuerpos conectados a la red, todas las barreras y limitaciones son superadas al situarse en un espacio despolitizado en el que el diálogo y la comunicación es posible entre todos. En Sleep Dealer, Álex Rivera pone en cuestión esta idea y plantea un futuro en el que la tecnología funciona como mecanismo de opresión entre el primer y tercer mundo, marcado por la frontera entre E.E.U.U. y México, y el trabajo físico se transforma en un esfuerzo virtual —manejando maquinaria pesada a través de simuladores— que progresivamente va absorbiendo la energía de las minorías para fortalecer a la clase dirigente. Así, en lugar de asimilar la tecnología como una herramienta de expansión, el filme de Rivera plantea la necesidad de rebelión —en forma de voladura de una presa— a través de la propia tecnología, como la única forma posible de acabar con cualquier frontera social.
O.B.
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Varias sorpresas buenas nos regalaron los primeros días del festival. La más importante la confirmación de que una de las sesiones sorpresas es el más reciente film del maestro Hayao Miyazaki, Ponyo on the cliff by the sea, visto en la Biennale. La admirable proyección en el cine Retiro, sala de acústica magnífica, de uno de los grandes films de Steven Spielberg, Encuentros en la tercera fase (1979), cuya delicada escritura cinematográfica transmite con fruición, tanto tiempo después, un sentido de lo maravilloso que descarga una emotividad que va mucho más allá del componente religioso que lo sustenta. El delirio visionario e inquietante de Douglas Trumbull en su último film como director, Brainstorm (1983), el cual prefigura algunos de los elementos empleados posteriormente en films de notable éxito, caso de Días extraños (1997) que ¿copia? más de una idea. Un primer contacto con esta edición, la 41, a través de esos caminos alternativos que son las secciones paralelas del festival, una auténtica gozada para los aficionados al cine en general (ya esté hecho en la actualidad o en el pasado). Las otras alegrías tienen que ver con la organización del festival y la prensa: en una sorprendente y acertada decisión se ha optado por eliminar los tipos de acreditación, dejando atrás las diferencias y priveligios que únicamente dificultaban la labor de los periodistas y críticos; igualmente se ha mejorado el protocolo de retiradas de tickets para los pases no específicos de prensa, especialmente en lo que a horario se refiere: los años precedentes casi siempre era obligado, si se quería conseguir entradas, salir corriendo de las proyecciones o directamente tener que descartar pases.

Cuando Alexandre Aja anunció que su próximo proyecto sería un remake del film coreano Into the Mirror, la pirueta temática recordó a la efectuada por Dario Argento cuando pasó de los entornos urbanos de su trilogía de los animales al caserón gótico rural de Suspiria. Argento superó el cambio de registro en base a la abstracción del contexto y retorciendo aún más su ya alambicada estética, llevando su obra a un registro casi irreal donde cualquier cosa era posible. A Aja le ha costado algo más deshacerse de su forma de entender el horror, de la hosquedad del paisaje, de la fisicidad de su puesta en escena. Su adaptación al contexto urbano, su moderada limpieza del encuadre, o su descripción del desapasionado mundo burgués, deviene en incomodidad, en dificultad para emplazar la cámara y seguir siendo él. Su Reflejos puede significar varias cosas: la primera, que ha querido llegar a un público más amplio —algo presumible viendo que pretendía lograr una clasificación PG-13 para su película— mediante la adopción de una narración más estereotipada; o la segunda, que ha querido "hacerse mayor", madurar antes de tiempo, ponerse serio por la vía rápida, es decir, a través de la ortodoxia del melodrama. Hasta el momento, el cine de Alexandre Aja se resolvía por la vía del instinto, enlazando secuencias que funcionaban como un carrusel "in crescendo" de emociones. En Reflejos, el instinto ha dado paso a la hoja de ruta, al código de manual, algo que no es precisamente malo pero que constriñe a un cineasta joven e irreverente como el francés. Si hasta el momento Aja se conformaba con rodar historias de terror que eran en el fondo tesis sociopolíticas, ahora ha rodado un film de tesis que adquiere ropajes de terror. De ahí que Levasseur brille más, y Aja se difumine por momentos en un Eric Valette cualquiera. Por ello no es hasta los segmentos finales cuando la narración se disloca, el espacio se desgarra, y los cristales dejan de ser ese límpido lugar para reflejarse para convertirse en una fuerza física imparable. Por lo demás, Reflejos es una película muy interesante que explora de forma tangencial la tan polémica "pulsión de muerte".
R.A.O.
La opera prima de Franck Vestiel bascula desde su inicio, hasta su final, entre el cómic desmitificador de colores fríos y pocos bocadillos y el teatro experimental europeo de finales de siglo pasado. O entre la instalación audiovisual de discoteca o galería cool y el videojuego complejo e iniciático de género futurista. Qué pena que entre tantas referencias artísticas se les haya olvidado la principal: el cine. Porque Eden Log como película bascula entre el cero y lo negativo, entre lo pretencioso y el balbuceo, entre lo vacío de todo y lo repleto de nada. Porque esta incomprensible película francesa es una de las experiencias más desafortunadas, idiotas y ombliguistas que un aspirante a algo se haya atrevido a hacer y que un festival, más ocupado de sus inventos que de su inventario, se haya atrevido a programar. Un batiburrillo donde conviven todo lo peor de los directores más excesivos del género: de lo más funesto de Jeunet y Caro a lo más autoconsciente de Terry Gilliam. Del Zardoz de Boorman a las malinterpretaciones más falaces (y superficialmente profundas) de Tarkovski. Un insulto al género y a sus aficionados, una diatriba procaz y cazurra, barroca y delirantemente rococó, que ningún frotamiento de ojos podrá hacer desaparecer de nuestra memoria. Una de las peores películas que este cronista cinéfago recuerda haber visto en su vida. Y no es una frase hecha. Créanme.
M.O.
Hace unos años llegó a La Coruña un delantero centro torpe y poco efectivo pero que dejó la cintura (y la cabeza) rota a todos los que acudieron a la rueda de prensa posterior a su presentación. En ella Renaldo (nombre "artístico" del jamelgo) dijo algo así como que era una mezcla entre Ronaldo y Rivaldo… pero más rápido. Mathew Wilder, definitivamente, sufre el síndrome Renaldo. Porque no se puede invocar el nombre de Philip K. Dick en vano. Sin haber leído sus relatos o sin haberlos entendido. Algo como lo que hizo Albert Serra en la sitcom Honor de cavallería, pero con más presupuesto y, por lo tanto, peor. Y lo digo porque esta incomprensible película americana es una de las experiencias más desafortunadas, idiotas y ombliguistas que un aspirante a algo se haya atrevido a hacer y que un festival, más ocupado de sus inventos que de su inventario, se haya atrevido a programar. Reclama un universo cuando no sé es ni un pueblo, reivindica una forma de contar que no se ha entendido, nos habla de las drogas sin haberlas probado nunca. Todo en Your name here es un despropósito desproporcionado entre intenciones (todas si se quiere) y resultados (nada aunque no se quiera). Una montaña rusa donde nadie se divierte ni grita, ni nada. Tras fallar con Dick en el planteamiento se invoca el nombre de Lynch para el desarrollo. A ver si me explico: Lynch es Rivaldo. En definitiva, una de las peores películas que este cronista cinéfago recuerda haber visto en su vida. Y no es una frase hecha. Créanme.
M.O.
El camino que ha tomado la carrera de Takashi Miike en los últimos años resulta bastante desconcertante. Sensación que no debería sorprender ya que la obra del cineasta japonés siempre está en continuo movimiento instalada además en una industria que le reclama varias veces al año. La aptitud técnica le permite una fiabilidad y despliegue de recursos que no es fácil de encontrar ni siquiera en Hollywood. Esto le viene permitiendo investigar y profundizar en la formulación cinematográfica hasta el punto de crearse si no un estilo si al menos una marca personal, que se encuentra a caballo entre el desvarío argumental y el barroquismo escénico. También estas facultades le validan como un profesional nato que realiza solventemente dentro de unos parámetros, normalmente preestablecidos, el trabajo que se le asigna o acepta. Una de sus penúltimas realizaciones abre una saga que adaptará un célebre cómic de Hiroshi Takahasi: Crows narra el enfrentamiento entre diferentes líderes de un instituto por el control de la ciudad. Acción, peleas, humor, amistad, traición… una mezcla pueril y necia, que aburre más por la pobreza visual de un Miike demasiado blanco y blando, que por sus excesivos 138 minutos. Un Miike casi inédito hasta ahora (vid. el horrible inserto de la canción de la estrella femenina de la historia durante el enfrentamiento final), el cual solamente parece divertirse (y experimentar) con la planificación de las escenas de lucha y con el empleo de diferente óptica y cámaras según del tipo de escena.
J.D.C.T.

De haberse rodado en los años 40, The Hideout podría ser una referencia inexcusable para películas como La escalera de caracol, The Haunting, o incluso El orfanato. La razón: su sobriedad, su contención visual, su narración reposada, o la sana dosificación de la información. Pero The Hideout data de este mismo año, cuando Alexandre Aja ha filtrado parte de sus arquetipos a través de una imagen que linda lo grotesco, y de la fisicidad de los espacios. Incluso James Wan en la discutida Dead Silence revela que algunos tics ya están muertos y solo pueden ser reformulados mediante el "grand-guignol" y el cartón-piedra. Resulta que hay códigos que se han superado, y lo han hecho porque lo que antes era sugerente ha sugerido tanto que ya ha perdido su capacidad de mostrar cosas. Y ahora más que mostrar, subraya, más que sugerir, evidencia. Alguien puede seguir adoptando esos códigos por varias razones: por comodidad, por conservadurismo, por facilidad, pero también por incapacidad. Y Avati solo confía en esos códigos porque, o bien no conoce otros, o bien cree que es la única manera que hay de contar las cosas. Por eso coloca la cámara donde todos la han colocado siempre, por eso mueve la cámara hacia donde todos la han movido siempre, por eso los personajes declaman lo que han declamado siempre, pero no por reacción a la (pos)modernidad, sino porque no sabe hacer otra cosa. Y eso ya no (me) vale. Lo triste es que Avati ha rodado un giallo con un guión tan malo como los de siempre, pero sin la fuerza estética de los de antes. Lo triste es que Avati rodó en su momento un peliculón que dice muchísimo más que The Hideout. Al final, su película sólo puede entenderse como las dificultades para abrir un restaurante italiano en Estados Unidos.
R.A.O.
Mientras veía la primera (y supongo que última) película de Hernán Migoya estaba pensando en cómo mejorar mi relación con María, en que en cuanto regrese a Madrid tengo que hablar con Antonio para planificar nuestros próximos movimientos laborales y en cuáles eran los calzoncillos más apropiados para bañarme, sin dar el cante, en la piscina de los apartamentos que hemos alquilado. Una proyección muy fructífera sin duda. Pero es que lo que había en la pantalla al principio me hizo gracia mas muy pronto dejó de hacérmela. Y eso fue tan temprano que casi cuando no me había acomodado a la butaca ya la mayoría del público empezaba a abandonar las suyas. Y yo, que no soy ni como Boyero ni como los mariachis de la nada, quizá tendría haber cogido el mismo camino. Lo digo porque esta incomprensible película española es una de las experiencias más desafortunadas, idiotas y ombliguistas que un aspirante a algo se haya atrevido a hacer y que un festival, más ocupado de sus inventos que de su inventario, se haya atrevido a programar. Soy un pelele juega con la cinefilia y con el divertimento de manera aburrida y atroz, tomando como referente a un tipo de cine que provenía de los intestinos más que del cerebro. Si no le sale a Temboury que es un macarra con gracia, imaginaos a este enfant terrible de la provocación intelectual. Si este es nuestro "underground", me da miedo pensar como es el "ground". En definitiva, una de las peores películas que este cronista cinéfago recuerda haber visto en su vida. Y no es una frase hecha. Créanme.
M.O.
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