Llegamos con un propósito el pasado 2 de octubre a la ciudad de Sitges: lograr cubrir todas las películas, 23, que concursaban en la Sección Oficial Fantàstic. Durante las crónicas diarias que hemos dedicado a la programación del festival, nos hicimos eco de 14 de ellas. Ahora en este final de fiesta presentamos los 9 comentarios correspondientes a las películas restantes y otros 11 de otras películas de otras secciones (incluyendo uno dedicado a 2001, el film homenajeado, y otro a City of Ember, film que clausuró esta edición). Cumplimos por tanto el objetivo, aunque en realidad sea uno secundario ya que cada uno de los amigos y compañeros (los que hemos elaborado este reportaje somos solo una parte) que compartimos la vorágine de este certamen teníamos metas prioritarias, a veces compartidas, que pasaban, más o menos, por entender y aprender el significado de todo lo que ocurría a nuestro alrededor. En mi caso (hoy la introducción va con firma), la experiencia ha sido enriquecedora pero desconcertante porque no creo haber conseguido ninguna de mis metas, incluso pienso que algunas de ellas no tenían demasiado sentido. Esta es quizá la primera enseñanza. La inmediata es que vivir, por primera vez, tantos días seguidos el día a día de un festival ha sido tan agotador que dudo vuelva a repetirlo tal cual: menos días, menos presión, menos en general. Si bien, he de reconocer que este escenario me ha permitido darme cuenta de varios aspectos globales y particulares, externos e internos, de todos y míos, que nunca antes (y es el quinto año, consecutivo además, que cubro el festival) me habían dicho nada en concreto o los cuales dejé pasar sin fijarme adecuadamente. En God's Puzzle (uno de los mejores films que pude ver y que ya tuve ocasión de comentar: ver reseña) se establece entre sus dos jóvenes protagonistas una relación extraña sustentada sobre suposiciones y mentiras que se resetea cuando ambos, cada uno a su manera, expresan lo que sienten: ella se convence que debe hacer aquello para lo que se supone está en el mundo (aunque ello pueda acabar con este), y él cede y va en su busca para salvarla y salvarse a sí mismo toda vez que comprenden que (en)cerrarse sobre sí mismos no podía conducir a nada bueno. La confrontación de ideas, de aptitudes y de talantes debe servirnos para aprender a relacionarnos, a sentirse mejor con los demás y con uno mismo. El film La posibilidad de una isla, de cuyo pase salí cabreado y asegurando categóricamente que era una mala película (como creo que le había parecido a la mayoría del público, a tenor de los muchos silbidos que se oyeron a su conclusión), me adviritó una cierta desconexión: hablando de ella con colegas y amigos (a los cuales les había gustado o no), pensando en sus imagenes e ideas en solitario, me di cuenta que me había interesado mucho más de lo que estaba, al salir de la sala, dispuesto a reconecer. Del mismo modo que a veces nos cuesta aceptar que podemos estar equivocados o que nuestra valoración de una película, de un partido de futbol, de un cuadro, de una chica puede estar condicionada o restringida por el contexto y por lo que sabemos, que desventurada pero afortunadamente no es todo. Así el festival de Sitges, caótico, suicida, contradictorio, limitado, espectacular, enfermizo, entrañable e imprescindible, es un verdadero caldo de cultivo para algo que dificilmente se puede olvidar, tenga o no que ver con el cine... aunque en el fondo nos cuesta muy poco, o mejor dicho, nos cuesta mucho no encontrar la relación de la mayoria de cosas que nos suceden diariamente con el cine, aun con propuestas tan feéricas y alejadas de nuestra realidad como la que plantea el belga Fabrice du Welz en su muy notable Vinyan. Por cierto, que en esta película y en Tokyo! aparece en papeles secundarios Julie Dreyfus, la actriz que en Kill Bill Vol. 1 interpretaba a Sofie Fatale: a falta de lograr otros objetivos más serios me llevo esta pequeña satisfacción ya que varios colegas me aseguraron convencidos que no se trataba de ella.
José David Cáceres Tapia
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Este año Sitges celebró el 40 aniversario del estreno de 2001: Una odisea del espacio, obra maestra de Kubrick y una de las experiencias cinematográficas más fascinantes de la historia del séptimo arte. Porque más allá de las teorías e interpretaciones sobre su significado, la película pervive como uno de los relatos visual, sonora y musicalmente más sugerentes que se han producido. En 2001, una película sobre la evolución de la vida humana, Kubrick evoluciona y revoluciona el lenguaje fílmico con la introducción de nuevos conceptos en sus tres fuentes elementales: imagen, sonido y música, hiladas en un montaje simbólico que trasciende la racionalización verbal. Cada secuencia, desde el arrollador prólogo hasta el alucinante viaje final de Bowman, exhibe soluciones técnicas que llevan el discurso audiovisual a una dimensión desconocida hasta entonces. La impresión se impone a la comprensión de la historia. Como el monolito al protagonista, el film abre al espectador una puerta hacia una nuevo espacio en las posibilidades expresivas del cine. Kubrick imagina un universo cinematógrafico sin apenas diálogos, entregado al poder cautivador y alegórico de la imagen perfecta, que concibe en hermosísimos planos fijos con mucha profundidad de campo o en travellings susurrados, a un ritmo moroso, ingrávido, donde cada escena es origen y consecuencia de la anterior, envuelto en una atmósfera en la que la música y el sonido, o su calculada ausencia, suplen las palabras y las explicaciones. El director, gran amante de la música, quería componer una película y actuar sobre la conciencia del público del mismo modo que aquélla: por la vía de la emoción pura. Aunque con frecuencia se califica el cine de Kubrick como frío e insensible, lo cierto es que si algo intenta obra tras obra, y en especial en 2001, es provocar en el espectador un sentimiento o un estado de ánimo. Lo que ocurre es que elige el camino opuesto al de la mayoría de cinestas. No filma sentimientos, aspira a despertarlos. No quiere trasladar una emoción, pretende causarla. Ahí radica la genialidad de su mirada. En ese sentido, 2001 sería al séptimo arte lo que el hueso al satélite de telecomunicaciones en la famosa elipsis del film: un salto evolutivo entre la Prehistoria del medio y su futuro. El monolito era Kubrick y parece que nadie ha tenido valor para seguir su viaje por las estrellas.
Raúl Álvarez

El joven realizador Gil Kenan sorprendió con su ópera prima, Monster House, una cinta de animación imaginativa y eléctrica que reciclaba con excelentes resultados una determinada estética ochentera, la novela juvenil y un subgénero de terror tipificado, el de las casas encantadas. Ahora con su segundo trabajo como director, esta vez un live action movie, construye, siguiendo parámetros parecidos pero aplicados a las aventuras y la fantasía, una película que arranca de forma prometedora pero se queda en tierra de nadie. City of Ember no es una mala película y la audiencia principal a la que va dirigida podrá disfrutar en buena medida de ella sin dificultades ni decepciones. Sin embargo, está bastante lejos de resultar satisfactoria: su desarrollo enseguida se estrella contra la excesiva previsibilidad de las situaciones, las cuales se alargan demasiadas veces sin justificación narrativa (ni siquiera como necesidad de ser explicado todo adecuadamente); la música se eleva incesantemente para recalcar lo maravilloso o resaltar el peligro que acecha a los protagonistas, como si no se tuviera confianza en el texto o en las imágenes; los actores adultos invitados (Bill Murray, Tim Robbins, Martin Landau, Tobey Jones, etc.), que cumplen muy bien sus papeles, están desaprovechados (esto no se lo permite ni la saga de Harry Potter, aun con todo bastante más aburrida en líneas generales); y los apuntes más interesantes de la película (vid. la regresión tecnológica, el sentido simbólico de la luz, la descripción del alcalde...) se difuminan por la obviedad del espectáculo y la aspiración de serial de esta tentativa.
J.D.C.T.
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Veit Helmer dirigió hace años una película más que interesante de la que casi nadie se acuerda. Se llamaba Tuvalu y en ella podíamos reencontrarnos con el placer casi mudo de la imagen total y de algún sonido. Helmer desapareció de nuestras vidas (españolas, al menos) hasta que el festival de Sitges decidió traernos (en mala hora) su última película. Absurdistan es una inane comedia coral, reiterativa y sosa, que confunde la musicalidad con la fanfarria, el tono con la voz y la imaginación con la imaginería. Una decepcionante aproximación al slapstick que transita entre la comedia de buenas intenciones y la fábula social con ínfulas antropológicas sin resultar satisfactoria, ni hábil, en ninguna de las dos categorías. Al contrario. Helmer intenta contarnos una historia con la sonrisa en la boca (y en la cámara) pero eso no es suficiente para hacernos reír, ni pensar, ni entender, ni recibir la empatía necesaria para aguantar la hora y media de impostada algarabía, desenfreno conceptual y desazonadora inaptitud. La actitud no basta cuando los mimbres para un cesto no dan ni para un cigarrito. Adaptar un libro no tendría que representar adoptar una personalidad menos interesante que la tuya. Aceptar un reto no exime de su cumplimiento.
Manuel Ortega
De tan honesta, resulta hasta entrañable. El segundo largometraje del norteamericano Sean Ellis, tras Cashback, arranca con una cita textual que invoca a William Wilson, protagonista homónimo de un célebre relato de Poe, para avisar a quien se quiera dar por aludido de que la cosa va de dobles. Lo que sigue después de esa cita es un mcguffin de 88 minutos —entre Hitchcock y el Happy Meal hay un trecho— que se sirve del tema del doble como mera excusa estética para filmar una deslavazada intriga psicológica, tan comprensible como mal desarrollada, de la que, siendo benevolentes, se puede decir que no aburre demasiado. Sería injusto, no obstante, negar las virtudes de la fotografía de Angus Hudson, que se llevó el premio del jurado oficial, y la envolvente planificación de algunas secuencias aisladas, pero The Broken nunca deja de ser un quiero y no puedo que no acierta a cruzar la frontera que hay entre la imagen bonita y la construcción de un misterio. Con todo, resulta casi un consuelo ver una peli que, aunque fracasa, intenta hablar a través de las imágenes en un panorama tan anquilosado y repetitivo como el del thriller norteamericano actual. Aunque lo que más le agradezco a Sean Ellis es que me haya recordado una pequeña joya con una premisa similar, superior en todos los sentidos, que vimos en Sitges hace unos años y de la que nunca más se supo: Trouble, de Harry Cleven.
Toni Junyent

Todas las guerras, sean del signo que sean, tienen algo en común: su irracionalidad. Las masacres no se apoyan en argumentos lógicamente válidos y el dolor no puede filtrarse a través de la razón, porque ésta ha dejado de tener vigencia. De alguna forma, The Burrowers habla de la irracionalidad de la matanza entre blancos norteamericanos e indios; de cómo unos podían erradicar y someter a otros, y tratar de justificar lo que, en esencia, no era más que un intento por expandir la hegemonía de una forma de ser sobre todo el territorio americano. Así, la pureza con la que se inicia la historia, casi un relato de tintes míticos en el que el héroe busca a su amor perdido, se tiñe en relato de horror con monstruo subterráneo que prefigura los bajos instintos que afloran en el campo de batalla. De este modo, lejos de ser una monster movie, The Burrowers funciona como un contraplano siniestro al western según John Ford, en el que los monstruos caminan sobre la superficie y masacran con una única intención —la misma que muestra la desquiciada conclusión del film de JT Petty—: demostrar que en una guerra, el único argumento válido es el del más fuerte.
Óscar Brox
Cuando a Andy Serkis le da por interpretar a humanos, uno, que se creía que el señor metido dentro de Gollum era un enano, se da cuenta de que es mucho más alto que la criatura que le ha llevado a la fama. Lo que no es tan alto en esta película es el cociente intelectual de su personaje, David, a todas luces inferior al de su hermano, algo mostrenco, pero menos zopenco. Con todo, Tracey (Jennifer Ellison), la aparente y voluptuosa fémina de The Cottage, les da a ambos papas con ondas. Se las prometían muy felices tras secuestrarla en pos del dinero de su padre, que además pertenece a la mafia, pero no contaban con una resistencia tan feroz por parte de la muchacha, lo que sumado a sus pocas luces, que hacen que Linda y Chad de Quemar después de leer sean dos auténticos cerebros de la extorsión, se traduce en problemas para ellos que se exponen con un humor inglés muy al estilo de Shaun of the Dead. ¿Y qué hacía en la sección oficial una comedia, se preguntarán? ¿No era esto un festival de terror, fantástico y ciencia-ficción? Pues aquí está más que justificado porque en un momento dado la película pega un giro a lo Psicosis que la transforma en otra cosa aún más divertida, sanguinolenta y también un poquito cafre a ratos. O como pasar de la comedia negra al slasher en cero coma, pala de un metro mediante.
Sergio Vargas
Todos los cuentos terminan igual aunque empiecen diferentes. Todas las historias son de los hermanos Grimm (menos la fallida película de Gilliam, obviamente) cuando no lo son de Andersen o de Terry Gilliam. Por eso hay que tomar los modelos clásicos para subvertir su propio clasicismo y aportar algo, por eso hay que excavar en la corteza para ver que todos los oyentes atentos tenemos la misma edad. Yim Phil-Sung no ha entendido el cuento, o tiene muchos idems, porque su (a)versión de la obra bascula entre la pretensión colorista y el mensaje incoloro, entre la acumulación supina y la planificación insípida e inequívoca de un autor en periodo de (de)formación. Porque si la novísima industria coreana es lo más parecido en mucho tiempo al Hollywood de los grandes estudios, Yim Phil-sung es ese autor wannabe, que tiene que intentar ser un Mark Robson y no tanto un Jacques Tourneur. De ahí que al final su película funcione —como gran parte del cine surcoreano comercial— por aglutinación masiva, por explosión de contenidos, y saturación de continentes. La teoría viene a ser la siguiente: mientras más ingredientes mezclemos en la coctelera, más posibilidades hay de que si algo falla, lo otro te saque las castañas del fuego. Y así avanza este artefacto, soltando lastre y echando humo, despeñando a personajes y exhibiendo contrapicados, hasta llegar a la apoteosis de un final que sabe a postre pasado de glucosa. Demasiada azúcar como para no sentirse empachado y potar antes de tiempo.
Roberto Alcover Oti & M. Ortega
Si la sección oficial a concurso de Sitges 2008 ha superado finalmente las pobres expectativas generadas a la vista de la programación, no ha sido gracias a los dos títulos españoles en liza. Desde luego, Prime Time no alcanza las cotas de imbecilidad de que presume Sexykiller, pero su estulticia formal es tanta que resulta imposible tomarse en serio sus reflexiones en torno al futuro de los medios y los reality-shows, y la responsabilidad en ello del espectador. Reflexiones tan profundas, por otra parte, como las que cabría esperar de una tertulia radiofónica o del enésimo film de serie Z producido allende el Atlántico. En cualquier caso, insistimos: nada que rascar con semejante guión, digno de una práctica final de taller organizado por alguna junta municipal; con esa planificación y esa fotografía, propias de un cortometrajista preconstitucional; y con un reparto tan afásico que uno hubo de recurrir en más de una ocasión a los subtítulos en inglés para captar lo que se balbuceaba en castellano. ¿Qué hacía esto en competición? Y atención a los ejercicios de interés forzado, retórica vacua o silencio elusivo con los que abordará Prime Time más de un colega, sujeto quién sabe si a amistades peligrosas, gracias y favores gremiales, o contubernios mediáticos. Así sigue escribiéndose la historia del cine español, y también la de Sitges. De victoria virtual en victoria virtual hasta la cansina derrota de siempre en el desierto de lo real.
Diego Salgado
Morirás por ella, reza su eslogan. De lo más apropiado. La incompetencia de su director y de su guionista son letales. Puede que sea, después del Mar adentro de Amenábar, una de las películas con la coartada más vergonzosa de la historia del cine español reciente (y van unas cuantas). Máxime cuando trabajan con un material tan sensible como el de las comedias ochenteras con el que crecimos toda una generación. Porque el supuesto homenaje a ese tipo de cine se queda en eso, en supuesto. No hay amor aquí por Freddy, ni por Jason, ni por Myers, nuestros compañeros nocturnos. Cierto, hay algunos guiños a Romero o a Raimi, pero en el fondo, se trata de referencias zombificadas, sin amor y sin alma y no pueden evitar que el espectador se pregunte qué veían los perpetradores de esta afrenta mientras un servidor disfrutaba con las coloridas matanzas de Leatherface. Viendo la antepenúltima de Rohmer, supongo, lo que por otra parte está muy bien, pero equivale a tener un morro que se lo pisan. Martí y Cabezas pertenecen a esa generación que le vieron los euros al postmodernismo macedónico de Tarantino, auténtico santo y seña de este despropósito. No entendieron que, aunque suene cursi, la gracia de Tarantino no está en añadir citas de género a troche y moche, sino en hacerlo con amor, por más cursi que esto suene. En ese sentido, Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (Álvaro Sáenz de Heredia, 1996) puede que fuera mala, pero era mucho más honesta y desprendía mucho más amor por el género que parodiaba, el spaghuetti western, que este producto creado con la única intención de sacarle los cuartos a cuatro adolescentes pajilleros. Tampoco es que tenga nada contra el noble arte de hacer dinero, que diría Warhol, pero de eso a llamarlo homenaje va un paso. Una paso más en la involución del cine español. Un paso más hacia la tumba. Qué país. Qué cine. Hemos llegado a un punto en el que ya ni por los asesinos en serie se tiene respeto.
J.D.C.T.
Los seres humanos estamos condenados a repetir una y otra vez la misma historia diferente de cada error cotidiano. Saber combinar elementos pueden salvarnos del hastío, la rendición, la apatía o la locura. Poder administrar nuestros recursos facilita la comprensión de cosas que hacemos sin pensar. Eso es lo que intenta el griego Alexis Alexiou en esta extraña película que mezcla a Olvídate de mi con Carretera perdida pero con la letra (y sin la música) de Philip K. Dick. Como en la nefasta Your name here (también a concurso) la mezcla de dos elementos tan elevados está a ras de suelo, aunque aquí. al menos, una modestia parcial (o una torpeza total) y la búsqueda de un estilo propio consiguen que su visionado tienda más al sueño que a la pesadilla. Lo malo es que ese sueño es del aburrimiento producido por un ritmo (de)construido a base de frenazos y acelerones narrativos que intentan emular los procesos mentales de un esquizofrénico en formación. La propuesta hace aguas porque en ningún momento llega a despertar el interés formal que despierta su fondo, porque en ninguna de sus disquisiciones llega a plantearnos dudas posibles y porque sus diferentes soluciones dejan de interesar al no entender muy bien en qué consiste el problema.
M.O.

La admirable obra de Michel Gondry, del cual no he visto nada que me haya disgustado o que me parezca insustancial, da un nuevo paso adelante con "Interior Design", su episodio para esta película colectiva. De extraordinaria concreción y sensibilidad, esta pequeña maravilla, inspirado en un comic de la co-guionista Gabrielle Bell, dibuja un escenario cotidiano y extraño a un tiempo, instalado en esa urbe inmensa que es la capital nipona en la que una joven pareja llega en busca de oportunidades, que pasa de lo general a lo específico, de lo realista a lo metafórico, de lo previsible a lo intrigante… Las otras aportaciones a Tokyo! resultan menos conseguidas aunque no dejan de tener bastante interés. "Merde", el episodio firmado por Leos Carax, es un fábula fantástica curiosa y divertida que funciona mejor como parodia que como parábola del mundo actual, cuyo veneno interior (más sutil de lo que parece) está destinado sobre todo a Estados Unidos, próximo destino del duende/diablo (excelente Dennis Lavant, siempre presente en las obras del controvertido cineasta francés) que surge de las cloacas para buscar el caos, el horror y la vergüenza de aquellos que más odia, según sus propias palabras. El último, "Shaking Tokyo" dirigido por Bong Joon-ho, expone con austera eficacia el aislamiento e incomunicación personal al que se ha llegado en las grandes ciudades a través del perfil de un hikikomori (persona encerrada en casa sin salir), cuyo mundo cambia al querer volver a ver a una guapa repartidora de pizza. El único episodio de los tres que más allá del título no hace referencia explícita a Tokio buscando potenciar una mirada universal, sin embargo es el más encerrado sobre sí mismo y el menos flexible (aspecto que tampoco funciona bien como proyección del modus vivendi del protagonista); si bien posee un tono delicado y compone una tenue atmósfera (vid. ese escueto plano de una calle vacía en pleno día) que revela su verdadero y agradable propósito: contar una tierna (y desconectada) historia de amor.
J.D.C.T.
Los trabajos previos como guionista para Spike Jonze y Michel Gondry en películas tan excéntricas como ¡Olvídate de mí! o Como ser John Malkovich auspiciaban que el debut tras la cámara de Charlie Kaufman no sería convencional. Las miras estaban puestas tan altas, incluso puede que el propio director sintiese esa invisible presión cerniéndose sobre sí, que Kaufman se ha hinchado de balón mandando la bola a la grada tras una magnífica jugada individual, porque Synechdoche New York empieza muy pero que muy bien, con unos Philip Seymour Hoffman y Catherine Keener tan intachables como siempre en lo que parece resultará una divertida apología de la hipocondría, pero de repente y a la vez, paradójicamente, de forma progresiva, pues uno no se da cuenta de cuándo, aunque cuando se da cuenta comprueba que hace ya tiempo, todo se ha transformado en algo muy diferente, y Cotard (Hoffman) comienza a percatarse de que lo que está haciendo es morir, dormir, o tal vez soñar, porque ni él ni nosotros lo tendremos claro, y eso funciona, como funcionan magníficas ideas de guión (p. ej. la enorme obra de teatro y también los actores que se replican en ella), pero (siempre hay un pero) llega un momento en que la historia se dedica a girar en torno a un mismo punto, lo que no está nada mal, siempre que se vaya reduciendo gradualmente el radio de giro para converger definitivamente en ese punto, y no dando vueltas con el radio constante durante tres cuartos de hora para descender en espiral en cinco minutos como sucede aquí. Un debut interesante, pesimista y desmesurado y que reconozco que aunque me dejó frío tras el visionado gana enteros por momentos y tal vez merezca esa segunda oportunidad que a veces negamos basados en primeras impresiones equivocadas.
S.V.
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El arte de ligar, como todo arte, requiere de una serie de estrategias y habilidades que han de ponerse en funcionamiento en el momento adecuado. A mí, por ejemplo, nunca se me ha dado bien ligar en discotecas, quizás porque carezco de los códigos necesarios para abordar el coqueteo nocturno. No obstante, lo del protagonista de Embión —película española de bajo presupuesto presente en la nueva sección Discovery, dentro de Nuevas Visiones— no tiene nombre. Lo único que sabe/puede hacer para follar es llevarse a una tía a casa, drogarla, encadenarla, y soltarle durante días una “chapa” sobre el descontento generacional, la insatisfacción personal, la alienación contemporánea, los nexos entre relaciones de pareja y los flujos económicos y la antimoral. Vamos, como para no follar ya por aburrimiento. Lo cierto es que el protagonista de Embrión parece extraído de una novela de Houellebecq, uno de esos tipos rancios que se han olvidado de vivir porque se lo han dado todo y no han tenido que luchar por nada. Yo tengo la duda de si en el fondo es un ser antisocial porque carece de habilidades y ha de refugiarse en los libros —y como todos sabemos, cuando no tienes a nadie con quien hablar, solo puedes hablar contigo mismo para confirmar escrupulosamente cada una de tus teorías—, o si es un convencido del absurdo de nuestra existencia y ha decidido convertirse en un radical de la vida. En el fondo, y como le repite la chica, posiblemente lo que tenga que hacer es follar más. Por lo demás, Embrión es una obra con muchas pretensiones —quizá demasiadas—, valiente en su intento de realizar “algo” distinto —sea lo que sea ese “algo”—, pero cuya debilidad formal, monotonía estética y asepsia interpretativa la convierten en un película mucho más vieja que la que rodó Wakamatsu en los ’60, de la cual, la opera prima de Gonzalo López es relectura contemporánea.
R.A.O.

Esta película supone de alguna manera una reformulación de las constantes de su responsable, Bill Plympton. La eterna lucha entre buenos y malos, con el triunfo relativo a la postre de los primeros, en un contexto cómico explosivo y sensual, tiene lugar ahora en un entorno más gris y matizado tanto en comicidad como en diseño: el propio Plympton lo adelantaba (empleando otros adjetivos que ha utilizado en varias ocasiones, caso de la interesante entrevista en AWM realizada por Taylor Jessen: oscuro, misterioso y el curioso reclamo "es un Lynch animado") en las respectivas introducciones a los dos pases del film (el animador americano pasó por Sitges tras presentar el film, días antes, en Animadrid, donde recibió el primer premio ex-aequo con El lince perdido de Raúl García y Manuel Silicia). Idiots and Angels vuelve a triunfar en los aspectos que mejor controla el realizador de Oregon: los dibujos desbocadamente expresivos de personajes y escenarios, la caricatura hiriente de la naturaleza humana (aquí dos hombres convencionales, un médico y un barman, se pervierten ante la posibilidad de tener éxito/fama/dinero: anhelan las alas que le han crecido al protagonista, el cual trata infructuosamente de deshacerse de ellas), la simbología sexual (con una escena extraordinaria: el héroe imaginando como recorre/lame el cuerpo desnudo de la esbelta mujer del barman) y las siempre creativas transiciones entre escenas... A pesar de que la narración se traba puntualmente (quizá la ausencia total de diálogos, apasionante a priori, es una solución demasiado arriesgada) y que en ocasiones se echa en falta más humor, color y desvarío, estamos ante el Plympton más complejo (Angel es su personaje más interesante probablemente, por encima del matrimonio de la superlativa I married a strange person!, 1997) que propone estimulantes digresiones sobre las personas y la vida terrenal, sin dejar por ello de satirizar, frivolizar incluso (el chiste inicial... completo al final), desde luego divertirnos.
J.D.C.T.
Empecé a ver esta película enfurruñado por la manía michaelbayesca que tienen algunos montadores de no aguantar un plano más de un segundo, y, sin proponérmelo, acabé convirtiendo la peli del noruego Ole Bornedal —firmante de la cinta de terror El vigilante nocturno y de su remake americano— en una de mis favoritas del festival. Just another love story es una película retorcida, que se jacta de no tener los pies en la tierra mientras nos cuenta un romance singular, mixturando drama, cine negro y comedia absurda en un cóctel no siempre verosímil pero entretenido como pocos. La ligereza con la que Bornedal se ríe de los elementos con los que juega —la familia, la rutina, la pareja— me ha recordado, de una extraña manera, los deliciosos alegatos contra la normalidad que solía facturar Bertrand Blier. Y qué demonios, toda película que se meta con lo aburrido que puede llegar a ser vivir tiene mi respeto.
T.J.
Del Festival de San Sebastián salí un rato para perderme con Terence Davies por las sucias calles de un Liverpool universal y desgastado. Era mi primer día en Donosti y no me vino nada mal empezar con ese viaje iniciático. En mi penúltimo día en Sitges decidí abandonar por un momento ese bonito pueblo costero para recorrer junto a Guy Maddin la extraña ciudad canadiense que le vio nacer. Los dos viajes me molaron mucho y me traje un montón de regalos para mi y espero que para los demás. De Winnipeg me traje souvenirs diversos sobre sensaciones distintas. Me traje un poema que como todo poema es música y profundidad no apta para los que narran en la superficie. Me traje alguna anécdota para contarle a los abuelos de mis nietos. Me traje un recuerdo para Eisenstein y el montaje, para Resnais y el recuerdo, para Fleischer y los trenes, para la bruma y los edificios, los fantasmas y los actores que lo interpretan. Me traje la libertad de pilotaje, el frío hasta en verano, los 3 niveles de 1 piscina vacía, los perros que se comportan como se comportaron otros perros, la autobiografía de ciencia ficción y saber que el corazón del corazón está en el centro de cualquier esquina revisitada. Me traje un póster de Guy Maddin para cada habitación.
M.O.

Sólo hay que observar a la gente que ocupa el metro a eso de las 8 de la mañana para darse cuenta que entre los vivos y los muertos únicamente hay diferencias aparentes (o diferentes apariencias). Estar vivo no es garantía de vivir, como estar parado no te posibilita parar. Todo lo contrario: cuando se está hay que luchar por permanecer y dar un sentido al lugar que te ha tocado. Bruce LaBruce lo sabe y por eso, en lugar de salirse de su mundo, se esfuerza por salirse del tópico aunque no para irse, sino para que los demás acudan sin miedos, prejuicios y en libertad. Con Otto; or up with dead people nos trae una de las películas más inteligentes, subversivas, inasibles y demoledoras de todo el certamen, una fábula contemporánea y visionaria que construye/conforma una apología del cine utilizando varios niveles de discurso, que paradójicamente y si dejar de ser paradójicos entre sí, enriquecen en lugar de solaparse, embellecen en lugar de manchar, aportan en vez de confundir. Tomarse en serio la labor del cineasta empieza por no tomarse demasiado en serio a sí mismo y aquí LaBruce utiliza un alter ego femenino llamada Medea (y que tiene un hermano cámara que responde al preclaro nombre de Adolf) para exorcisar todos los lugares comunes del cine independiente egodependiente de su propio ombliguismo. Y lo consigue con una fabula (a)social, insumisa en lo militante, rodada con un amor común hacia lo intangible y Berlin que consigue que todos aceptemos ver un largo rato de porno gay. Aunque luego, a la salida, dejáramos varios meaderos de distancia en los servicios del Meliá.
M.O.
El grueso del metraje de Ponyo, en especial las dos primeras partes, me llenaron de una emoción que puedo sentir como sincera y auténtica; asimismo logran, como las grandes obras, entusiasmar hasta el punto de involucrar al espectador absolutamente en el universo íntimo de sus personajes, de la historia, alineada nuevamente con la fabula fantástica y puesta en imágenes de manera soberbia: su fusión de colores, diseños, música y texto es admirable. Sin embargo, el conjunto o mejor dicho la sensación final, el acabado, se me antoja demasiado distante, como si se tratara de un relato que llega a destiempo cuando ya no es posible creer plenamente en otros mundos o en algo tan abstracto y relativo como el amor. Ponyo, como cuento infantil, existe alrededor de una mirada inocente, que lógicamente solo está presente en espectadores muy jóvenes, lo cual implica en un momento dado la desconexión, parcial o total, del resto de audiencia que vive en otro estadio. No tengo claro que esta sea la razón del desconcierto que me provoca el film. El desarrollo del mismo, coherente y magníficamente expuesto, se precipita hacia una conclusión que se aparece como ajena a nuestra actualidad: no se trata de que ya no seamos niños sino que desde hace mucho no queremos soñar pues nos aterra la idea de tener pesadillas. Hayao Miyazaki siempre nos ha invitado a soñar despiertos con lo maravilloso. A veces nos despierta. Esta vez nos fuerza a convivir con una alegría impostada. Sería interesante analizar al cineasta japonés en paralelo a su verdadero "doble", Steven Spielberg.
J.D.C.T.
A uno ya le empieza a aburrir los perfectos mecanismos de la cada vez más mecánica (y perfecta) Pixar. Desde que nos dejara su última maravilla Cars, han optado por “desamericanizar” para universalizar y sus propuestas han caído en el saco roto del éxito y la aceptación incondicional de la crítica “reconocida”. Si Ratatouille ya palidecía, Wall-e es una mala fotocopia de lo que un día quisieron ser sin darse cuenta de lo que ya habían sido. La estandarización del cine animado no es positiva (lo de igualar por abajo y tal) y prueba manifiesta de ello es este festival donde se ha premiado The Sky Crawlers y From Inside, dos películas de animación para los que no les gusta el cine de animación (el síndrome Persepolis ya está aquí). Por eso es de justicia defender una propuesta tan alucinante y respetuosa con sus menores (y sus mayores) como Terra, la primera película de un director llamado Aristomenis Tsirbas que se convierte por derecho propio en uno de los nombres a seguir del panorama animado. Terra es una obra futurista a contracorriente, de trazo delicado y buen gusto por la composición, el montaje y la fotografía, que es recorrida por una toma de conciencia, ni cansina ni panfletaria, ni obvia ni canibalizadora del discurso, que la convierten en una equilibrada demostración de que en el cine, y más avanzadamente en el cine de animación, la comunión entre el fondo y la forma es posible y necesaria.
M.O.
Aquella noche volví a soñar con Tokyo Gore Police. Soñé que estaba en una vieja sala de barrio, mientras David Cronenberg se giraba y me comentaba cómo un japonés loco llevaba su enfermizo deleite por las mutaciones hasta cotas demenciales. A mi derecha, Brian Yuzna se reía pensando en cómo Yoshihiro Nishimura conseguía readaptar sus tesis socioculturales de Society mediante una perversión física todavía más bizarra. Incluso Paul Verhoeven maldecía en voz alta el no haber nacido en Japón, quizás porque observó que alguien podía coger su Robocop y su Starship Troopers y llevarlos hasta límites insospechados. A mi izquierda Roger Corman se sorprendía al comprobar que detrás de tanta incorrección se escondía una gran compañía como Nikkatsu, y que para producir algo parecido, él tendría que fundar la productora indie más desconocida. Y Ridley Scott asomaba la nariz por el baño de señoras para advertirnos que lo que veíamos era una versión marciana de su Blade Runner. Al final todos disfrutábamos de este festín ultraviolento y gracioso, donde cualquier cosa era posible porque se daban la mano dos géneros tan libres como la comedia y el gore, donde nadie se casa con nadie y la excepción siempre derrota a la norma. Y también soñé que alguien defendía a Tokyo Gore Police sin acudir a los adjetivos de siempre, algo parecido a lo que muchos hacen con Tropic Thunder por apuntarse a un carro que tampoco lleva a ningún sitio.
R.A.O.