El pasado 26 de Septiembre Paul Newman fallece a los 83 años de edad, y la noticia no tarda en saltar a los diferentes medios de comunicación masivos españoles que, de repente, como suele suceder en estos casos, se acordaron de su “maestría” y de su “grandeza”, desempolvando todos los tópicos sobre su figura (los papeles más populares de su carrera —mencionando, claro está, a Robert Redford—, su matrimonio con Joanne Woodward, sus ojos azules, su afición al automovilismo, etc.) y también algunas de sus películas como intérprete. Cierta cadena televisiva de ámbito nacional anunció durante una retransmisión deportiva que esa misma noche emitirían «la última gran obra maestra de Paul Newman». Torpe de mí, por un momento pensé que iban a programar la película El zoo de tierra (The Glass Menagerie, 1987), su última obra como realizador, la cual aún no he tenido oportunidad de ver, cuando en realidad se trataba de su última aportación al cine como actor, la muy esteticista Camino a la perdición (The Road To Perdition, Sam Mendes. 2002). Por otro lado, en un diario de incidencia regional los pertinentes artículos sobre la carrera de Newman se vieron acompañados además por una nota relativa a los iconos del “Hollywood dorado” que permanecen vivos, mezclando a intérpretes (porque siempre se habla de actores, de “iconos visuales”, nunca de cineastas, guionistas, etc.) de características y fecha de incorporación a la elite actoral tan alejadas como Olivia De Havilland y Elizabeth Taylor, pasando por Kirk Douglas o Mickey Rooney.

Todas estas manifestaciones coyunturales responden a una mirada cinéfila que recurre repetida, perezosa y difusamente a aquellas imágenes míticas de la cinefilia llamémosle “clásica” que han ido sobreviviendo, filtradas por el inconsciente colectivo, a lo largo de los años. Es una visión decididamente superficial y nostálgica, y también falseadora en tanto se conforma con el tópico y dista mucho de ser profunda. En los casos más afortunados, nos encontramos con bienintencionados (aunque este tipo de entrega cinéfila que todos hemos practicado alguna vez suele resultar incómoda de leer, por blanda) panegíricos que apelan a construcciones mentales de un mundo perdido, a esa irrecuperable Arcadia cinéfila a la que tantas veces ha aludido el profesor Àngel Quintana. Pero hay un adjetivo muy socorrido que se ha esgrimido de nuevo con la desaparición de Newman: “irrepetible”. Cualquiera puede constatar que la sociedad en su conjunto, y particularmente el sistema de producción fílmico así como su distribución, han variado de tal forma que resulta imposible pensar que vuelvan a darse las condiciones para la creación de una mitomanía cinéfila tan arraigada (aunque sea epidérmicamente, pero arraigada al fin y al cabo) como la de ese brumoso “Hollywood”, finalmente convertido (cf. Mulholland Drive, 2001. David Lynch) en un espectro que no deja de colarse por las rendijas de muchas nuevas propuestas del cine contemporáneo. Una de las principales causas de esta transformación, tal y como yo lo veo, está en la creciente mezcla caótica de todo tipo de materiales audiovisuales (no sólo el cine) que se puede observar en las costumbres de los ciudadanos de occidente gracias a la presencia y la influencia de Internet, un medio de comunicación demonizado por quienes seguramente han visto amenazado su enriquecimiento a base de explotar con total desvergüenza la ventaja que, en un mundo dominado por unas vías de comunicación férreamente controladas (algo que sucedía hasta hace no muchos años), les daba poseer el dominio absoluto sobre la explotación —económica o no— de diversas manifestaciones culturales.
No es de extrañar que el concepto de “pensamiento único” que se manejaba desde sectores críticos hasta hace unos años haya dejado de parecer vigente en gran parte debido las posibilidades brindadas por Internet. El gusto ha dejado, al menos aparentemente, de ser tan fuertemente estandarizado, cada persona tiene hoy sus muy particulares fetiches, ídolos e inclinaciones, y la educación audiovisual que reciben contempla, creo, muchas más variaciones, a menudo caóticas. Esto impide o dificulta la imposición popular de modelos icónicos que se daba en el pasado, de un Star System como en los viejos tiempos, y también de aquel cine con vocación de obra total, lujoso y prestigioso, de películas “de las de antes”, “de las que ya no se hacen”. Y por otro lado también provoca peliagudas lagunas y descompensaciones culturales y educativas. Estoy casi seguro de que, preguntados hoy en día, los gustos cinematográficos o musicales de la mayoría de jóvenes actuales son mucho más variados (y a veces sorprendentes en su eclecticismo, que roza lo esquizofrénico) que los de personas de la misma edad de hace una década. Aunque, a decir verdad, también creo que muchos menos sabrían relacionar hoy día el nombre de Paul Newman con la profesión de actor. Y esto no tiene por qué ser necesariamente bueno ni malo, sino todo lo contrario.
Las anteriores reflexiones vienen a paliar algunas cuestiones ausentes del texto que a continuación presentamos, escrito en 2002 con motivo de un reportaje sobre Camino a la perdición publicado en esta misma revista, y que por tanto no se corresponde con mi actual mentalidad a la hora de abordar al cine, o cómo escribir y pensar sobre él, y eso pese a los leves añadidos y correcciones que he añadido para la ocasión. Ustedes disculpen pues, los excesos cinéfilos, los lugares comunes o los pecados de juventud que sin duda contiene el escrito, que por otra parte, y aunque no fue pensado ex profeso, creo que puede servir como homenaje al hombre desgraciadamente desaparecido. Y digo “desgraciadamente” porque el hecho de que una persona de valía muera sigue sin resultarme indiferente —creo que por egoísmo, pues nos quedamos sin ella, y también por lógica solidaridad—, aunque no se encontrase en el período más fructífero de su carrera.
El calificativo que mejor podría resumir la presencia en la pantalla de Paul Newman es “inteligente”. Si bien es capaz de asumir personajes impulsivos o faltos de decisión, no cabe duda de que resultaría difícil imaginarle interpretando un papel estúpido (de ahí que casi no se dejase ver en el actual cine americano). La inteligencia también es una cualidad apreciable en su carrera, siempre en productos con cierta voluntad artística (algo que no implica necesariamente que tuviesen gran calidad), con raras excepciones, como pudo ser su participación, excepcional, repito, en El coloso en llamas (The Towering Inferno, 1974; John Guillermin), uno de esos mamotretos catastrofistas de reparto estelar que proliferaron en los años setenta; dando una demostración de que se puede envejecer en Hollywood sin perder los papeles y venderse al mejor postor, algo que le puede haber ocurrido a compañeros de generaciones incluso posteriores a la de Newman...

Dejando aparte esto, lo cierto es que Newman ha conseguido llegar a ser una de las estrellas (con mayúsculas) más respetadas dentro de la industria (la cual, no obstante, no se lo ha puesto fácil en los últimos tiempos a los grandes actores de su generación, que hace mucho que carecían de papeles a su altura), a la que siempre estuvo ligado desde criterios de notable independencia (hubo un tiempo en el que los términos “industria” e “independencia” no estaban necesariamente reñidos), y lo ha hecho por méritos propios, gracias a una trayectoria interpretativa poco menos que intachable e incluso comprometida, que se extiende también al ámbito de la realización cinematográfica, con seis largometrajes en su haber, faceta enormemente reivindicada desde hace tiempo por algunos elementos del panorama crítico (verbigracia Miguel Marías, que allá por 1995 le consideraba el mejor director americano en activo). Por su evolución desde el estereotipo de galán post-clásico de sus comienzos más remotos (un sex-symbol rubio de impresionantes ojos azules) hasta su dosificación de trabajo postrera y su paso a la dirección, la carrera de Newman podría asemejarse a la de Clint Eastwood, quien también rompió con su inicial imagen de cowboy silencioso o policía expeditivo para crecer enormemente como actor y, sobre todo, como director.
Newman debuta en el cine con El cáliz de plata (The Silver Chalice, Victor Saville; 1954), contratado por la Warner Bros. tras cosechar gran éxito en Broadway el año anterior con un montaje teatral de Picnic, la obra de William Inge, y a partir de ahí comienza una curiosa etapa en la que colabora con realizadores primerizos de la época, y también con sonoros nombres del llamado “cine clásico”, como Robert Wise, Leo McCarey, Robert Rossen, Otto Preminger o Alfred Hitchcock, para quien interpretó Cortina Rasgada (Torn Curtain, 1966). Hay una anécdota muy famosa del rodaje de este Hitchcock que algunos consideran menor (aunque a otros nos encanta), y que tuvo lugar durante la filmación de un primer plano del rostro de Newman. Hitchcock le explicó lo que debía hacer: mirar al frente, y luego a un lado, pero Newman le preguntó: “¿Y en qué estoy pensando?”. De manera cortante, Hitch respondió: “En nada”. Está claro que el cine de Hitchcock, que se vertebra principalmente en el trabajo de montaje, no encajaba bien con la generación del Actor’s Studio, a la que pertenecen actores como Newman, Lee Remick, Ben Gazzara, Joanne Woodward o Marlon Brando, y que practicaron una manera de interpretar (influenciada por el famoso “método” de Constantin Stanislavsky) decisiva para entender los cambios que comenzaban a producirse dentro del sistema clásico de estudios en la década de los cincuenta.
En dichos cambios también tiene responsabilidad, faltaría más, la nueva ola de directores americanos procedentes de la televisión, con varios de los cuales ha trabajado Newman: Arthur Penn, Sidney Lumet o, sobre todo, Martin Ritt, que le dirigió en seis ocasiones. Posteriormente, ya alrededor de los años setenta, Newman se adhiere, de algún modo, a la corriente liberal del cine norteamericano en la década, formando un (justamente) famoso dúo interpretativo con Robert Redford, rostro paradigmático de dicha corriente, a las órdenes de George Roy Hill, además de trabajar con directores como Sydney Pollack o Robert Altman. En los ochenta y los noventa, Newman sobrevive como puede, dado el escaso interés de los estudios en contratar actores de su calidad y edad.
Si bien Newman tiene interpretaciones míticas sobre las que ya se ha escrito hasta la saciedad, y en las que no me veo capaz de profundizar más, como las de La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a Hot Tin Roof, 1958; Richard Brooks), El buscavidas (The Hustler, 1961; Robert Rossen), La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, 1967; Stuart Rosenberg), o El golpe (The Sting, 1973; George Roy Hill), el único Oscar de su carrera al mejor actor le es concedido como secundario de El color del dinero (The Color of Money, 1986; Martin Scorsese), una infravalorada secuela de El buscavidas en la que su personaje tutoreaba a un rookie interpretado por Tom Cruise, y al final terminaba reivindicándose a sí mismo en su madurez. Recibió luego un Oscar honorario en 1985 y otro humanitario en 1993.

Pero el papel de “Fast” Eddie Felson no es el único que Newman ha retomado, haciéndolo crecer, a lo largo de su trayectoria. En 1966 protagonizó el policíaco Harper (ídem) a las órdenes del impersonal Jack Smight, un filme en el que interpretaba de modo harto convincente a un detective perdido en la corrupción de Los Angeles, fotografiada de modo inolvidable por el operador Conrad L. Hall (el cual volvió a coincidir con Newman —y con Sam Mendes— en Camino a la perdición). Diez años después retomaría el personaje creado por Ross MacDonald en The Drowning Pool (1976, Stuart Rosenberg), y tornaría a interpretar una suerte de versión crepuscular del detective Harper de la mano de Robert Benton en Al caer el sol (Twilight, 1997), su último gran papel protagonista en el cine si dejamos a un lado su presencia en Donde esté el dinero (Where The Money Is, 2000. Marek Kanievska), en la que algunas de sus secuencias con Linda Florentino aportaban, pese a todo, la calidez que le faltaba a tan discreto film.
A Robert Benton debemos, asimismo, una de las mejores interpretaciones de Paul Newman, en una de las mejores películas de su filmografía: Ni un pelo de tonto (Nobody’s Fool, 1994), era un film de guión ejemplar (escrito por el propio Benton sobre una novela de Richard Russo), que conseguía un ajustado tono dramático, con toques de humor, para describirnos a un “perdedor” (pero con una dignidad poco común) de complicadas relaciones familiares, en una pequeña población nevada. Una buena película y un papel muy apetecible que no fue desaprovechado por Newman, nominado por él a un Oscar que perdió a manos del Tom Hanks de Forrest Gump (ídem, 1994; Robert Zemeckis), la cual, bajo su envoltorio de “visión amable de la Historia Americana”, se revelaba como una de las películas más ferozmente reaccionarias, manipuladoras y sensibleras de los últimos lustros. Pero bueno, la debilidad de la Academia por los personajes discapacitados es de dominio público...