El abogado del terror (Barbet Schoeder, 2007)

Por Óscar Brox

Lenguaje, poder e historia

Durante los primeros minutos de El abogado del terror, no he podido evitar el recuerdo de las palabras de Jean Améry con respecto al creciente número de abusos y agresiones contra el ser humano producidos a pesar de la experiencia de la shoah. El prólogo en Camboya, con la intervención de los antiguos jerarcas de la khmer rouge, me ha hecho volver a pensar en la fuerza de la Historia y la presencia del pasado, y en la forma —a través del lenguaje— que tenemos para enmascarar episodios que preferiríamos no haber experimentado.

El escenario podría pertenecer a un documental de Claude Lanzmann o Rithy Pahn, con sus espacios abiertos sobre los que se oculta la memoria. Pero la violencia del testimonio o la agonía de las víctimas desaparecen tras el lenguaje interesado, la media sonrisa de superioridad y un fundamento —el anticolonialismo y la insurgencia— como aval de la violencia histórica. De hecho, el montaje paralelo con las fosas comunes en Pnom-Phen adquiere un carácter desdramatizado, de objeto estético, que minimiza y respalda perversamente las primeras palabras de Jacques Vergés a cámara: la evacuación forzosa de miles de civiles en Camboya no fue culpa del régimen de Pol Pot.

Para Barbet Schroeder, Vergés es una construcción de la Historia, generada para cuestionar su propio rumbo. De este modo, podemos entender cómo los imperativos morales no han sido lo suficientemente eficaces; cómo las agresiones han aparecido cada vez más legitimadas —políticamente, sobre todo—; y cómo, en definitiva, el medio siglo de experiencia tras la 2ª Guerra Mundial no ha servido para cicatrizar las heridas, antes al contrario, las ha puesto nuevamente en cuestión.

Hace unas semanas, comentaba con un amigo que la fuerza de los nuevos villanos del cine no radica sólo en sus características intrínsecas, sino en el debilitamiento de la figura del héroe, que carece de las armas del villano para convencer al espectador. Así, no es difícil dejarse llevar por las acciones del villano, al ser más efectivas, más retóricas y fascinantes —pienso en el Joker o en Anton Chigurh, por ejemplo—. Y de algún modo, pienso que la victoria de Vergés no se basa tanto en su magnetismo o en su capacidad dialéctica, como en la manera de presentar a sus enemigos, el estado francés —al que obliga a reconocer el uso de la tortura en su campaña argelina— y, sobre todo, las víctimas, que carecen de voz y de presencia: son como los héroes de las últimas ficciones cinematográficas, tan debilitados que sólo pueden conseguir que las acciones de los villanos nos inspiren admiración.

Sin embargo, me gusta pensar que El abogado del terror no trata sobre Jacques Vergés, sobre el conflicto entre pro y antisionistas, o sobre el relativismo moral que parece haberse instalado desde hace unas décadas. Me gusta pensar que trata sobre nuestra Historia y la forma de gestionarla. Nos advierte de los peligros del duelo infinito, de no conseguir olvidar —porque nos ha transformado, porque forma parte de nuestra vida— las experiencias traumáticas y recordar, a modo de lista interminable, todas las agresiones sufridas por el ser humano. Nos advierte de la presencia de Vergés, de una figura que pueda transformar todo ese dolor en un argumento contra la Historia, contra la experiencia; que revele que esa forma de recordar, en la actualidad, empieza a mostrar síntomas de agotamiento.

A Barbet Schroeder siempre le ha interesado discutir sobre el poder, aplicado a las grandes y las pequeñas esferas, al general Idi Amin Dada o a una familia del medio oeste norteamericano. Y en todos ellos ha prestado atención al lenguaje, a los mundos, los discursos —de aceptación o negación de la culpa— que creamos con las palabras. En definitiva, ha advertido cómo la fuerza del lenguaje, cuando estamos en mitad de un conflicto, puede transformar a los héroes en villanos y viceversa. Es la forma que tiene la Historia de recordarnos nuestro papel en ella.