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Enviados especiales: J.D. Cáceres Tapia & A. Díaz Castaño & A. Santos Touza

Crónicas de la 46 edición del FICXixón (Festival Internacional de Cine de Gijón/Xixón) repartidas en 6 volumenes, compuestos a su vez de los comentarios de 21 películas: desde el combo del menú lateral se pueden acceder a cada uno de ellos, asi cómo a los diferentes volúmenes.

En el número 81 de MIRADAS, publicaremos un epílogo con las reseñas de otros títulos vistos durante el certamen.

Volumen 6. 27 y 28 de noviembre

Los días pasan volando en tierras gijonesas con la sensación de que este año estamos teniendo ocasión de conocer multitud de propuestas que siguen gramáticas fílmicas muy alejadas de lo convencional, lo cual se hace notar sobremanera cuando uno, sobre todo después de haber contemplado piezas de directores como Eve Heller (autora de interesantes cortometrajes como Last Lost —1996— o Behind This Soft Eclipse —2004—, que hacen pensar en las películas de Maya Deren), Jem Cohen (cuya One Bright Day —2008— pasa por ser uno de los highlights absolutos de este año) o el propio Peter Tscherkassky, vuelve a toparse de bruces con la realidad audiovisual dominante. La sección conocida como “Llendes” (límites) se ha convertido al fin en una de las más potentes de todo el certamen, con propuestas que exigen un gran esfuerzo al espectador, el cual se ve recompensado con creces en muchas ocasiones, y posibilitan que asista a la proyección de obras que forman parte de un cine oculto, casi maldito, que apenas encuentra huecos para emerger en el marasmo audiovisual de nuestro presente, del que escribe una historia alternativa a la de los medios oficiales. En realidad, muchas de las obras expuestas en otros ciclos podrían haber formado parte de Llendes, y viceversa. Llega un momento en que uno ya no sabe a qué sección pertenece cada film… La Oficial, por su parte, ha levantado el vuelo notablemente ofreciendo películas, al menos, arriesgadas. A continuación, un nuevo ramillete de comentarios urgentes (rogamos benevolencia y comprensión) sobre films vistos en Gijón.

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35 rhums, Claire Denis (Francia, 2008). S.O.

Nueva entrega del cine de Claire Denis, que supone quizás un nuevo caso de aquellos “avances englobando lo anterior” que comentábamos en la reseña de Liverpool. 35 rhums presenta la historia de varios personajes que forman una particular familia, acercándose a sus pieles del modo en que sólo unas pocas privilegiadas como Denis pueden hacerlo. Además, la francesa hace gala de una economía narrativa de enorme eficacia, pues en ningún momento emplea planos superfluos con el objetivo de subrayar aquellas ideas que pone sobre la mesa. Confía en la inteligencia del espectador, al que trata en todo momento como un ente pensante. Sensual, melancólica y provista de una atmósfera de lánguida calidez, la película se apoya en un trabajo de guión (obra de Jean-Pol Fargeau y la propia cineasta) impecable en tanto es capaz de, con los datos justos, concebir personajes cuyo pasado, que intuimos más que conocemos, gravita continuamente sobre el presente, condicionando de raíz sus movimientos. Denis cuida enormemente cada detalle de unos planos que se imbrican de forma perfectamente armoniosa pese a su heterodoxia. La secuencia que acontece en el bar en el que el grupo se refugia tras la avería de su vehículo merece estar en toda antología sobre locales nocturnos en el cine: Es imposible ser más físico (a uno le pueden entrar, como de nuevo me apuntaba Eulàlia Iglesias tras ver el film, ganas de alargar el brazo hacia la pantalla para intentar acariciar a los personajes), más conciso y más preciso. Comparable a cualquier secuencia de bares o clubes del cine de John Cassavetes.

Alejandro Díaz

El cielo, la tierra y la lluvia, de José Luis Torres Leiva (España, 2008). S.O.

La película comienza con un travelling que persigue a un personaje mientras camina. Esta imagen se ha convertido ya en todo un icono de la modernidad, o la post-modernidad (o la post-post-modernidad), cinematográfica, y su semilla puede que se encuentre en el final de À bout de souffle (1959-60), aunque seguramente habrá quien recuerde alguna muestra anterior al film de Godard. El chileno Torres Leiva rueda una serie de estampas costumbristas, pero sin que en ellas se observe complacencia. Los planos que entremezclan de modo aparentemente arbitrario encuadres y panorámicas muy cuidados con otros rodados cámara en mano se caracterizan generalmente por ser sostenidos y contener acciones poco espectaculares, y en el momento más inesperado se detienen en paisajes naturales por los que circulan los seres filmados, lo cual puede hacer pensar en Terrence Malick. Desperdigados entre tanta contemplación ataráxica (que en ocasiones acaba por volverse tediosa) encontramos retazos de unas mínimas historias entrecruzadas, particularmente interesante la que acontece entre la protagonista, una chica humilde llamada Ana, y el hombre para el cual comienza a trabajar como asistenta. Las imágenes de la película se difuminan en la memoria del espectador en un abrir y cerrar de ojos dejando tras de sí un poso casi imperceptible, pero en absoluto amargo. Una película menos grandilocuente de lo que pueda aparentar por su título y algunas de sus resoluciones de puesta en escena cuyas sutiles virtudes tienen todas las papeletas para pasar desapercibidas en una Sección Oficial repleta de propuestas mucho más vigorosas. Volver sobre ella en un contexto off-festival podría deparar, tal vez, alguna sorpresa inadvertida.

A.D.

Una semana solos, de Celina Murga (Argentina, 2008). S. O.

He aquí una de esas películas que se aprecian más pensándolas con posterioridad (aunque no es que hayamos tenido demasiado tiempo para reflexionar sobre ella) que durante su visionado. Menos rohmeriana que la anterior Ana y los otros (2003), estamos ante otro film de la Sección Oficial xixonesa que contiene tan sólo micro-bosquejos de historias, protagonizadas en este caso por un grupo de niños y adolescentes que, con sus progenitores de viaje, conviven con la única compañía adulta de una mucama. Abundan los instantes empalagosos (por melifluos), y la estética remite a veces al ya clásico “¿a qué huelen las nubes?” de los anuncios de higiene femenina, como si Murga recogiese los peores tics de algunas películas de Sofia Coppola. Casi todas las estampas son identificables con la temible, por complaciente y falseadora, corriente de películas consideradas con el engañoso epítome de “el cine de la felicidad”. Los chicos, relamidos y perezosos, viven en un mundo-gominola lleno de comodidades materiales, como si de una versión argentina de The Brady Bunch se tratase (aunque los planos con las bicis remitirían más bien a Verano Azul). En un momento dado, la apática muchachada termina por comportarse “mal”, pero dicho hecho resulta forzado y tampoco va más lejos de una gamberrada tras unos lingotazos de cerveza. Están también la mayoría de tópicos, sobados hasta la saciedad, del “cine iniciático”, sobre todo en lo referente a los primeros escarceos amoroso-picajosos de los chavales. Para acabar de sazonar el guiso, tenemos al chico extraño (y de origen humilde) que irrumpe en su cotidianeidad ejemplificando una lucha de clases expuesta con desarmante simpleza. Lo describe perfectamente Carlos Losilla en el periódico del Festival: «Una semana solos es la antítesis de Afterschool, la película de Antonio Campos que también ha podido verse en este festival». Pues bien: Pese a todo, la película de Murga guarda un as en la manga, que no es otro que su evanescencia (es un caso asociable, en este sentido, al de la ya comentada El cielo, la tierra y la lluvia), fruto del trazo suave, casi inapreciable, de unas historias que nunca se clausuran y llegan a perder casi todo el peso que, para bien o para mal, podrían haber tenido finalmente. Me atrevería a decir incluso que, gracias a esto, el film admite acercamientos analíticos casi infinitos. Dependiendo de qué sea aquello que uno retenga tras evaporarse de la memoria inmediata la mayor parte de sus imágenes, las consideraciones sobre ellas pueden variar enormemente hasta el punto de conciliar visiones contrapuestas. Para poner un ejemplo concreto de este fenómeno basta con comprobar cómo las imágenes de la película en ningún caso desmienten otro fragmento de lo escrito por Losilla, que creo puede resultar tan válido como el primer párrafo de este artículo, en tanto ambos parten de elementos que están en el film: «[…]Una semana solos termina siendo una película de ciencia ficción. La descripción de un universo post-apocalíptico vigilado continuamente por guardas fríos e impasibles, del que ya no se puede esperar nada. Sin duda alguna, el mundo en que vivimos».

A.D.

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A zona, de Sandro Aguilar (2008). Llendes

Los sesenta primeros minutos de esta película portuguesa contienen tal vez la propuesta más apasionante del Festival (también por su carácter inesperado, pues el film llegó por la puerta de atrás y prácticamente nadie tenía referencias del mismo). Una película generada a base de planos prácticamente anarrativos en los que la cámara de Aguilar recoge, a menudo fragmentariamente, los colores, texturas y volúmenes de una serie de cuerpos (humanos o no), así como los espacios que hay entre ellos, estrategia que nos retrotrae a la Claire Denis de L’Intrus (2004), y que incluso llega a funcionar a niveles más profundos. Y lo hace mediante una sucesión hipnótica de imágenes en las que conviven lo aséptico y lo orgánico. Una apoteósica experiencia sensorial que documenta, sin establecer enjuiciamiento alguno, algo tan difícil de aprehender como es la frágil línea que separa la vida del espantoso silencio de la muerte en la lucha por la supervivencia de los seres vivos. En sus minutos finales la película aumenta levemente sus casi inexistentes diálogos y se convierte, como bien apuntaba a la salida de la proyección la compañera Eulàlia Iglesias, en un también fascinante carrusel de escenas de ese “cine flotante” del que la recién estrenada La cuestión humana (2007) es buena muestra. El film, considerado de algún modo por su director como “una historia de fantasmas”, despliega un trabajo conceptual apabullante que, a través de la experimentación más extrema, traduce al lenguaje audiovisual algunos planteamientos ontológicos milenarios de la filosofía occidental.

A.D.

 

Volumen 5. 26 de noviembre

De alguna manera ir al cine en un festival es como conocer a una chica en un sitio o de manera poco convencional, como en las taquillas de Renfe y que la muchacha en cuestión sea quien le atiende a uno, por poner un ejemplo al azar (ejem). Exceptos en los casos más elementales o cuando se tiene la mala costumbre de ir dónde van todos (y todas), lo habitual es encontrarse con dos posibilidades: 1) no se conozcan apenas referencias previas, y solamente se tenga información exterior (un thriller, un falso documental, aparece Drew Barrymore; enormes ojos verdes, labios sensuales y delicados, piernas largas..); 2) entrar a la sala completamente virgen o que sea ella quien te sorprenda a ti lo que apenas te da mucho campo para maniobrar. Después de pensarlo bien creo que prefiero que ocurra esto último ya que en el primer caso siempre se da más tiempo a la película o al encuentro porque se piensa qué puede funcionar, más o menos, a la larga, y luego el chasco es mayor. Además, soy más proclive al misterio y la sorpresa, al menos en teoría. Los tres comentarios que vienen a continuación se corresponden con dos apuestas, A Song of GoodMorscholz, que se ajustarían al caso 1), y una tercera, Bigger Stronger Faster*, que sería ejemplo del 2). En el otro escenario, el de las chicas, seguiré probando, aunque espero como en algunas películas, que haya inesperadas segundas partes...

A Song for Good, de Gregory King (Nueva Zelanda, 2008). S.O.

Durante la proyección de esta nulidad me preguntaba las razones por las que un festival como el de Gijón lo ha incluído en la sección oficial (aunque fuera de concurso), ya que todos sus elementos me indicaban que estaba viendo un film bajo mínimos, rodado en feo video digital (y proyectado en dvd o algo peor), fotografiado de forma bastante falsa y torpe, repleto de tópicos del subgénero en el que podriamos encuadrarlo (drama de superación y redención) y cargado de un profundidad prefabricada pero en realidad hueca (en la línea de lo visto en 9mm, comentada en el volumen 3 de estas crónicas). No obstante, dudo si me percepción es ecuánime, al menos mínimamente coherente o ya padezco los efectos habituales que producen los festivales. Aguanto, como siempre, hasta el final en busca de un punto de inflexión o de algo novedoso, aunque confieso que me tendría que haber ido pues hay demasiadas cosas que merecen la pena en la vida como para perder un par de horas sentado en una butaca contando los minutos para poder levantarse y desaparecer... pero cuando acaba tampoco me largo corriendo: no veo a nadie conocido y decido escuchar, disimuladamente, a los espectadores que tengo más cerca: no obtengo las respuestas que busco, aunque no estoy seguro qué quiero encontrar: el público, abundante, no parece muy disgustado aunque compruebo que en general no la considerarían entre las mejores películas que han visto. Ahora, leo con parsimonia, haciendo tiempo a que empiece un Pistons-Bulls del año 95, el press-book del film: formato HD 1080P: segundo largo de su director tras Christmas (2003); un primer trabajo en formato corto rodado en 35 mm., Junk (2001); además del tema de la redención el director explica que también quería hablar de la transferencia de dolor y sufrimiento. Ahí queda eso.

José David Cáceres Tapia

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Bigger Stronger Faster*, de Chris Bell (EE.UU., 2008). Esbilla - No Ficción / Doc

Siguiendo el estilo puesto de moda por el cineasta norteamericano Michael Moore, el joven Chris Bell (33 años) realiza su primer largo documental alrededor de un tema muy cercano que desde que era joven hasta ahora ha formado parte de su vida: la cultura del cuerpo y el uso de los esteroides anabolizantes. Con ritmo frenético, buena dosis de humor y el ánimo por ofrecer una visión lo más amplia posible, Bell nos narra como sus padres les educaron a él y sus hermanos, Mark y Mike, para llevar una vida sana, y lograr su objetivo común, esto es conseguir ser más fuertes, grandes y rápidos, siguiendo las pautas que publicitaban sus ídolos de juventud, de Hulk Hogan a Arnold Schwarzenegger pasando por Sylvester Stallone, y como con los años ese sueño americano se ha pervertido y se han mostrado todos los efectos secundarios (el subtitulo del film es "The side effects of being American"). El film utiliza dos recursos con notable eficacia para exponer las diferentes partes del recorrido de Bell: el montaje en paralelo sirve para enfrentar opiniones, por ejemplo de dos médicos que exponen sus criterios encontrados sobre los esteroides, o de los atletas Ben Johnson y Carl Lewis; el siguiente son las entrevistas "in person" que realiza a sus padres, hermanos o a su congresista (esta realmente alucinante, por mucho que se aproveche de la ingenuidad del político que no parece ser consciente que le están grabando todo el tiempo). Bigger Stronger Faster* triunfa totalmente por el insidioso dibujo que hace de las contradicciones de la sociedad americana, de las que son partícipes la propia familia Bell (como muestra sin tapujos Chris en varias ocasiones, como cuando uno Mark consigue vencer en un torneo de halterofilia, o cuando el propio Chris se deja utilizar por el ahora gobernador Schwarzenegger), por procurar, quizá sin conseguirlo del todo, desentrañar desde el rigor lo concerniente al uso de esteroides, y por la honestidad de su mirada personal en la que él mismo no aparece muy bien parado y en el que se muestra el lado más cruel y desesperanzado: su hermano Mike continúa grabando vídeos con el anhelo de que la WWE (asociación de lucha libre) le contrate algún día... Por cierto, Mike y Mark toman esteroides. 

J.D.C.T.

Morscholz, de Timo Müller (Alemania, 2008). Llendes

El título de esta ópera prima es el de un pueblo alemán donde vive una pintoresca familia no demasiado normal que busca o aspira, eso sí, a alcanzar una cierta felicidad. El contraste generacional en tres tiempos (la abuela, su hija, y el hijo de esta) es una de las bases desde la que se construye un relato gris y desagradable, que bascula, por ejemplo, entre Todd Solondz, Larry Clark y Michael Haneke, y que tiene la voluntad de intentar trasmitir la sensación de hastío y vacío en el que se han sumido los personajes principales, tratando de mostrar que la familia y por extensión Morscholz se han convertido en una cárcel de la que no saben como escabullirse. Y una escena repetida dos veces viene a representar esa situación que significativamente sucede en un cuarto cerrado y austero: en la primera, la novia del protagonista se desnuda, pero este, tumbado en la cama sin prestarle demasiado atención, la rechaza, reprochándola su actitud infantil; hacia el final del film, la segunda escena donde ahora es el tío del protagonista, que ya se ha liado con la muchacha, quien entra en la habitación y empieza a desnudarse, pero ella ahora no quiere y le dice "no me seas crío"...  Sin embargo ni esta buena solución, ni el equilibrado tono del relato o el loable riesgo (aunque discutible en ocasiones) por no cerrar todas las historias/momentos, consiguen que Morzcholz se eleve por encima de su parsimonioso discurrir, de la obviedad de su simbología, de los subrayados de su narrativa y escenografía... lástima además que su dibujo de los deseos sexuales reprimidos o no de los personajes se queden en lo más superficial. En todo caso, no olvidaría el nombre del director del film, Timo Müller.

J.D.C.T.

 

Volumen 4. 25 de noviembre

El Festival sigue su camino y han llegado ya las primeras despedidas de amigos, siempre melancólicas, también los clásicos desvaríos etílicos (a los que este cronista, que se comporta mucho más profesionalmente que algunos que realmente viven de esto de comentar el cine, ha renunciado por completo) y también algunas ausencias que lamentamos profundamente. Hay quienes, pese a no gozar de las comodidades de los invitados al Festival y tener que conducir día a día más de una hora para ir y volver a Gijón (de ahí nuestra no participación en los desvaríos etílicos), lidiando además con una climatología espantosa, seguimos al pie del cañón durante todo el certamen porque nos gusta el cine, y particularmente nos suele interesar buena parte del que aquí se exhibe, si bien echamos de menos este año algo más de recuperación de obras anteriores a los noventa, algo que solía estar presente en Gijón de diversas formas. También han llegado las primeras grandes sorpresas positivas, como la película portuguesa A Zona, de Sandro Aguilar, que esperamos poder comentar con más calma en días venideros. Y, por su parte, las películas más esperadas de la Sección Oficial han cumplido, en general, con las expectativas. A continuación seguimos desgranando (o esbillando) títulos

Liverpool, de Lisandro Alonso (Argentina, 2008). S.O.

El bonaerense Lisandro Alonso regresa a Gijón por todo lo alto (su visita fue una de las más esperadas del certamen) con la película Liverpool, que sigue el periplo del marino Farrel (interpretado por Juan Fernández, por cierto bastante parecido físicamente a Vincent Gallo —cuando lleva bigote, como en Trouble Every Day—) rumbo a su remoto pueblo natal. Quienes estén familiarizados con la obra del creador de Los muertos (2004) percibirán que este nuevo film tiene un carácter más narrativo que los anteriores, aunque ello no significa que se hayan desvanecido las estrategias más características de su manera de hacer cine (planos sostenidos de duración larga, diálogos mínimos, etc.), así como reflexiones habituales como son el estudio del movimiento de seres vivos y objetos a través de paisajes deshabitados, o la observación de personas que se comportan de manera hosca, básica, y con toda probabilidad "no psicoanalizable" (expresión que Buñuel aplicaba a sí mismo). El movimiento de ficha de Alonso en su filmografía seguiría a su manera una estrategia análoga a la metodología filosófica que Hegel aplicó a la Historia humana caracterizada por continuos avances que englobaban siempre lo anterior. No creo que sea casual que esta evolución de Alonso surja inmediatamente después de la emprendida (también englobando lo anterior) por Gus Van Sant en Paranoid Park (2007).

A.D.

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Afterschool, de Alberto Campos (Argentina, 2008). S.O.

Por fin una película que aborda frontalmente la nueva percepción entre los adolescentes, o el modo en que ésta ha variado respecto a épocas pasadas debido al consumo de videos a través de internet, streamings y otras plataformas. Los docentes del colegio privado de Nueva Inglaterra donde se desarrolla la función se encuentran descolocados y sin recursos a la hora de enfrentarse a ciertos comportamientos de sus pupilos o a las dificultades que tienen para construir interpretaciones (sobre todo racionales) de la realidad. Cuando el joven personaje protagonista, Robert, es invitado a realizar un video como homenaje a unas compañeras fallecidas, es incapaz de articular una gramática unitaria, de articular un discurso, si bien, por otro lado, su trabajo resulta más honesto —y, en el fondo, es verdaderamente hijo de su tiempo— que el tópico montaje que finalmente es presentado. Estamos ante una película que puede considerarse, en algunos aspectos, la actualización teen y ambientada en la era YouTube de Benny's Video (1992), de Haneke. En Afterschool todo es mucho más difuso, los valores morales tradicionales han dejado de ser efectivos y se han sustituido por otra cosa que cuesta comprender o definir, pero cuyas consecuencias se reflejan magníficamente en el film. Otras ideas palpables son la (comprensible aunque lamentable) desmotivación del profesorado, lo engañados que están los padres respecto a lo que hacen sus hijos, o la inutilidad de intentar controlar todo lo que piensan. Un material más que interesante escrito, montado y dirigido por un neoyorquino de veinticinco años llamado Antonio Campos.

A.D.

Eldorado, de Bouli Lanners (Bélgica-Francia, 2008). S.O.

Bouli Lanners se encarga de dirigir, escribir e interpretar el papel protagonista de Eldorado (nada que ver con la masterpiece de Howard Hawks, que, aprovecho para anotarlo, creo notablemente superior a Rio Bravo, por mucho que algunas voces amigas hayan intentado convencerme de lo contrario en nuestras cordiales charlas festivaleras), concebida como una road movie desarrollada en territorios belgas pero de fuerte sabor americano, y no lo decimos sólo por la música del film o por el modelo de coche elegido (un Chevrolet), sino también por muchas de las situaciones que contiene. El resultado, para mi gusto más disfrutable que su anterior Ultranova (2005), es tan simpático e inofensivo como extraño, pues su construcción, que comienza en tono de comedia y desemboca en algo más cercano al drama, no sigue nunca patrones ortodoxos al 100%, en el modo en el que se elaboran y suceden las secuencias, por mucho que los elementos que éstas contienen nos parezcan mil veces vistos. Situaciones absurdas e inverosímiles se combinan sin demasiado rigor con otras de vocación más trascendente, pero la película no llega a enfangarse en el lodo de un moralismo aleccionador verdaderamente oneroso. O al menos no lo he apreciado así, pues en caso contrario lo explicitaría sin dudarlo, ya que es algo que detesto con todas mis fuerzas. Además es un film bastante gracioso a ratos y con algún que otro diálogo ingenioso. No es demasiado, pero menos da una piedra (o Three Monkeys).

A.D.

 

Volumen 3. 24 de noviembre

Ayer comprobé de primera mano como las decisiones sobre qué películas ver y en consecuencia cuáles descartar puede cambiar la percepción de la programación de un festival. Mi experiencia fue totalmente negativa al tocarme dos films (más un cortometraje) de nulo interés, que llegaron a horrorizarme e irritarme como poco durante su visionado: ahora por fortuna, empiezo a vaciarlos de mi mente. Además, como suele ocurrir siempre en estas situaciones, entre las sacrificadas estaban Afterschool, un film que ha gustado a todos los compañeros y amigos con los que tuve oportunidad de charlar, y La mujer rubia, de Lucrecia Martel, que Alejandro Díaz considera lo más estimulante que ha visto en lo que llevamos de festival (por delante, atención, de Liverpool). Aunque ambos films se estrenarán (el de la argentina, el próximo viernes 28; el otro en marzo del año que viene), da mucha rabia, aunque lo malo es que esto se convierta en costumbre y se agote la capacidad de reacción. Y aquí he echado en falta ese ciclo sobre cine del pasado, que en los últimos años del certamen estuvo dedicado, muy coherentemente con los postulados de Gijón, a los denominados Nuevos Cines (Italia, paises el Este, Alemania). No se trata de rancia nostalgia o de creer que el cine antiguo o clásico o como se quiera llamar siempre será interesante o atractivo. Es una cuestión de contraste (que, en otro contexto, podría tener un efecto similar con ciclos de cine reciente) que además se antoja un valor añadido para expandir la propuesta global del festival. A esto hay que añadir que, como he comentado en muchas otras ocasiones, creo necesario mantener constantemente la difusión del cine del pasado porque a buen seguro ofrecerá algo su destinatario ya sea un espectador nuevo o veterano, un aficionado ocasional o un especialista. Y lo digo por propia experiencia: desconozco, por poner un ejemplo que surgió en una reciente conversación con mis compañeros de festival, la totalidad de la obra de Roberto Rossellini. En cualquier caso, el 46 FICXixón nos trae un regalo imprescindible que puede servir de run for cover para aquellos que nos hemos perdido en las miasmas de la monotonía indie: miércoles y jueves, distribuidos en dos sesiones, se proyectarán los geniales trabajos del austriaco Peter Tscherkassky (el cual visita la ciudad asturiana), experimentos realizados a partir de material ajeno que se relacionan de algún modo con la Historia del Cine que evidencian otra forma de hacer cine y otra manera de verlo, de sentirlo.

J.D.C.T.

La mujer rubia, de Lucrecia Martel (Argentina y otros, 2008). S.O.

Se presentaba, a priori, como uno de los platos fuertes de la Sección Oficial (fuera de concurso), y no decepcionó, al menos a quien esto firma. El nuevo trabajo de la responsable de La ciénaga (2001) y La niña santa (2004) oculta, bajo sus aparentemente sencillas imágenes, una propuesta oscura y sutil que abre continuas líneas de fuga ofreciendo, como dirían los Straub, “imágenes que no bloquean la imaginación”. Durante su visionado el espectador puede, efectivamente, establecer multitud de lecturas (o bosquejos de lecturas), también en lo concerniente a los referentes (nunca directos) cinematográficos, que podrían conducir indistintamente a Old Joy o a Keane, a Jordà o a Hitchcock. En el fondo esto es lo de menos, pues lo crucial es fijarse en el modo en el que la cámara de Martel escruta al personaje protagonista (desde una posición que se nos antoja siempre como la más adecuada) y recrea su cotidianeidad de modo completamente verosímil sin renunciar a la profundidad, pues no creo que haya muchas películas en las que se haya retratado la desconexión mental de la realidad a la que puede llegar un ser humano como en este film. Nos hallamos ante una obra impredecible de cuyo argumento no creo conveniente desvelar dato alguno (recomiendo al espectador interesado que lo evite en lo posible), pero de la que sí me aventuro a afirmar que sería merecedora de proyectarse algún día en acciones de formación de ciertos campos del conocimiento relacionados con la psicología humana.

A.D.

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Tulpan, de Sergey Dvortsevoy (Kazajistán y otros, 2008). S.O.

Precedida por su éxito en Cannes, llegaba al FICX la primera película de ficción realizada por Sergei Dvortsevoy, hasta el momento especializado en el terreno del documental. No es de extrañar, por tanto, que sus imágenes y narración estén empapadas de una constante voluntad de acercamiento a lo ‘real en bruto’ y que alcanza, mediante la descripción del modo de vida de una familia de pastores kazajos y el constante fluir de los elementos naturales sus mayores cotas de interés: de las canciones tradicionales que entona la hija menor de la familia, al crucial alumbramiento de una oveja. Dvortsevoy, sin embargo, se ve impulsado a narrar, a envolver  entre los ropajes de la ficción aquello que recoge del natural; para ello recurre a reflejar las colisiones entre la dura vida en la estepa o las promesas de la ciudad, entre las que se mueven Asa, Tulpan o Boni, los jóvenes del film. Pese a que nada resulte verdaderamente decepcionante a este respecto (o sí: las puntuales dosis de humor blando, que no renuncian a la caricatura), estos elementos tampoco ayudan a elevar su interés, sin lograr trascender lo meramente anecdótico. En este caso, la ficción se convierte en la excusa (innecesaria) para albergar una, de por sí, eficaz descripción de la vida en las estepas de Kazajistán.

Ángel Santos Touza

9mm, de Taylan Barman (Bélgica, 2008). S.O.

Lo más irritante de 9mm, segundo film de su director, se encuentra en la negligente construcción formal y narrativa que sirve de cortina de humo para llegar a una conclusión que podría parecer lógica pero que es más bien estúpida, y lo que es peor cargada de falsa trascendencia. Una familia en descomposición compuesta por un matrimonio y su hijo adolescente son los personajes centrales de un relato que arranca de forma intrigrante (y no me refiero al para mi gusto casi siempre molesto empleo del flashforward de apertura) cuya descripción fragmentada desde el punto de vista de cada protagonista procura mantener cierto suspense en la acción, que tiene lugar durante un solo día. Rodada con severos planos de larga duración, alguno de complicada ejecución, 9mm no consigue, siquiera en sus primeros y mejores minutos, alcanzar un discurso honesto o una mirada ecuánime del drama al que se acerca: la falta de rigor (los cortes a negro se abandonan en un momento dado, sin congruencia aunque se le pueda suponer que representa un cambio, un punto de inflexión), la roma progresión dramática (no se entienden bien algunas de las decisiones que toman los personajes y a veces se tiene la nada buena impresión que son producto de la arbitrariedad de la escritura) y el abuso de lugares comunes resueltos a la manera más convencional condenan una propuesta, que concluye de forma especialmente vulgar: los padres discuten con su hijo de testigo, la cámara se va acercando al matrimonio que terminan por ocupar todo el encuadre; se oye un disparo; los padres corren para saber que ha ocurrido; corte a negro; encadenado de imágenes que recopilan, punteadas con una música tendenciosa, momentos del hijo con su madre, su padre y sus amigos, los cuales, nos vienen a decir, no le comprenden. Un sermón en toda regla.

J.D.C.T.

 

Volumen 2. 22-23 de noviembre

el Festival Internacional de Cine de Gijón se ha creado una potente identidad alrededor de un cine específico y unos autores determinados, ambos normalmente alejados de las líneas de mercado mayoritarias y asociados con lo denominado, etiquetado en realidad, como alternativo e independiente. Un planteamiento no sólo válido sino necesario para divulgar aquello que no tiene la posibilidad de venderse, publicitarse a alto nivel. Sin embargo, Gijón, como imagino, otros festivales de similares características, tiene algo de contradictorio y hasta cierto punto molesto ya que suponen a determinados cineastas como incuestionablemente valiosos y se filtra cierta sensación de que no se puede discrepar al respecto. Es por ello que Gijón es el lugar idóneo para presentar los últimos trabajos de Kelly Reichardt, Lisandro Alonso o Claire Denis ya que llegan con esa certificación de calidad de antemano, resultando complicado encontrar voces disonantes (si quiera verdaderamente propias) aun cuando haya algún resquicio para ellas: por ejemplo, a mi entender, el más reciente film de Reichardt, Wendy and Lucy, visto la jornada del domingo, es una propuesta interesante en la teoría, plagada de ideas atractivas pero limitada en la práctica y construida de forma un tanto repetitiva. En todo caso, perogrullada, las opiniones son discutibles, los gustos variados y los (grandes) cineastas falibles, ya se llamen Spielberg y hagan mucho dinero o nos cueste recordar su nombre y tenga enormes dificultades para financiar cada una de sus películas. Lo que me llama la atención de todo esto y me atrevería a decir que contradice esa visión elitista, es que realmente en la práctica el Festival de Gijón amplifica su espacio de acción ofreciendo una programación bastante ecléctica y diversa, en la que, sin ir contra sus propios postulados, procura buscar lo heterogéneo, la diversidad y a partir de ahí, me gusta pensar, el debate. Y en esas estamos.

J.D.C.T.

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Wendy and Lucy, de Kelly Reichardt (EE.UU., 2008). S.O.

La cineasta norteamericana Kelly Reichardt regresa tras la excepcional acogida de su anterior trabajo, Old Joy (2006), transitando por los mismos caminos que aquella. En ambas películas queda patente su gusto por el movimiento del viaje, por retratar espacios y lugares a camino de ninguna parte (de nuevo, algún lugar de Oregón), pero antes que invocar la iconografía mítica de las grandes autopistas norteamericanas, Reichardt se contenta con caminar —nosotros, a su lado— por estrechos senderos rurales, sin prisa y sin necesidad de acarrear pesados fardos; su equipaje, como sus imágenes, es ligero, transparente. La trama es mínima: Wendy viaja hacia Alaska, su particular tierra prometida, en busca de un lugar en el que  encontrar un trabajo y poder establecerse. Los fantasmas que palpitan sobre su viaje no son tanto los del psicologismo y las insatisfacciones personales, como los que nacen a partir de los desequilibrios del capitalismo. Si Wendy huye de algo es de la miseria económica y espiritual de nuestra sociedad. En este mismo festival, otro cineasta hablaba de cómo filmar las 'ruinas'. Reichardt lo logra en varios momentos de su película. Bajo sus limpias imágenes palpita el constante terror del desmoronamiento. El capitalismo no hace prisioneros. Los recursos empleados por Reichardt nos hablan desde una absoluta honestidad, sin necesidad de erigir costosos andamiajes o recubrir de falsas poéticas, aquello que se contenta con ser una impresión, una sensación, un estado de ánimo. 

A.S.T.

Salamandra, de Pablo Agüero (México, 2008). S.O.

Hay películas a las que navegar a la deriva, narrativa y/o conceptualmente, les sienta bien. A otras no. Es el caso de este primer largometraje del argentino Pablo Agüero —otrora ganador en Gijón del premio al mejor corto con Primera nieve (2006)—, la historia de un niño llamado Inti y el reencuentro con Alba, su madre, antaño ausente de su entorno. Juntos emprenden un extraño viaje hacia El Bolsón, un pueblo de la Patagonia. El director dibuja un panorama visiblemente caótico que, aunque querría parecer espontáneo, en el fondo se revela como planeado, y lo acompaña de un aparente desaliño formal asimismo muy calculado. Como ejemplo de ello tenemos el periodo de estancia de madre e hijo en lo que parece una comuna hippie, en el que se priorizan los aspectos más desagradables del modo de vida que llevan los “melenudos” (al menos los ideados por Agüero), y el realizador no abandona su empeño de potenciar una sordidez que, si no se encuentra, se imposta. El film, que parece haber sido afrontado desde un estado de amargura o resentimiento, está repleto de diálogos a menudo desconcertantemente explícitos, impertinentes o inverosímiles, y su indagación en el desorden existencial de los personajes se convierte en un inane trayecto al que cuesta encontrarle el más mínimo sentido o justificación. Momentos como aquel en el que Alba se limpia sus partes íntimas utilizando la hoja de una Biblia (así se aúnan transgresión y sutileza, sí señor) se cuentan entre los menos afortunados vistos en el Festival gijonés.

A.D.

Jo / The Neotema Tape, de Cameron Jamie (EE.UU., 2004 / 1995). Retrospectiva

Antes del pase de sus trabajos en Gijón, el norteamericano Cameron Jamie advirtió que se trataba de un material no disponible en redes P2P o youtube, pues estaba contenido en cintas que eran traídas y custodiadas por el propio director, que, a tenor de sus declaraciones, no parecía demasiado entusiasmado con la llamada “era de Internet”. Estamos ante un caso que, unido a otros fenómenos como las proyecciones o instalaciones audiovisuales en los museos (o, en el terreno musical, el retorno a formatos como el vinilo), parece rebelarse de algún modo contra una época en la que casi todo material audiovisual no destruido o definitivamente perdido puede ser localizado, intercambiado, o descargado. En casos como el de los trabajos de Jamie, la dificultad que supone tener que desplazarse a aquellos eventos en los que se ofrezcan su obras, y justo en el plazo en el que se exhiban, les devuelve un cierto estatus de invisibilidad, de cine secreto, que de algún modo ayuda a restituir el viejo interés cinéfilo por visionar imágenes de difícil acceso, sensación cada vez más difícil de experimentar hoy en día.

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Jo es un proyecto en el que Jamie relaciona, a través de una anécdota personal no explicada en el film, dos acontecimientos. Primero tenemos el desfile que anualmente se celebra en las localidades francesas de Orleans y París en el que una joven virgen (alguna mente maquiavélica como la de un servidor no puede evitar pensar cómo podrán estar seguros que realmente lo es, teniendo en cuenta que hoy en día las cosas son como son) es elegida para representar a Juana de Arco, recibir su espada de manos de las autoridades pertinentes y recorrer las calles a caballo vestida con armadura. Además, también se incluyen imágenes que certifican la utilización que la ultraderecha gala hace de dicho personaje histórico. De ahí pasamos a Coney Island (EEUU), donde cada año se celebra un concurso de ingestión de perritos calientes contrarreloj. Jamie ofrece la competición a través de un plano de los concursantes proyectado de manera inversa, empezando por el final. Todo ello punteado por la estruendosa e inquietante música de Keiji Haino, improvisada mientras veía una proyección de la película, como Neil Young cuando realizó la banda sonora para el Dead Man de Jarmusch basándose en lo que le inspiraban las imágenes.

The Neotoma Tape es una compilación de imágenes televisivas y de video de muy variada procedencia y contenido, como una sesión de youtube pero con las inconfundibles texturas del VHS. Hay anuncios, extractos de programas, videoclips o actuaciones musicales, a cual más chocante, cuando no decididamente bizarros. Muchos se postulan como antepasados audiovisuales de lo que posteriormente se conocería como telebasura, y en general nos hacen pensar en el actual consumo compulsivo de grabaciones cortas de contenido y forma variopintos, sobre todo en los teléfonos móviles. Por eso es posible que se trate de una propuesta mucho más fácil de aceptar para la mayoría de espectadores de hoy que Jo. Me gustaría añadir alguna valoración personal a este comentario, pero créanme si les digo que no soy capaz, al menos por el momento, de levantar planteamientos teóricos a partir de lo ofrecido por Jamie.

A.D.

 

Volumen 1. 20-21 de noviembre

Ha arrancado ya una nueva edición del ahora conocido como FIC Xixón, y quienes hemos tenido la oportunidad de vivir el nuevo parto en nuestras carnes hemos experimentado una vez más los ajetreos habituales: Recogida de acreditaciones, elaboración contrarreloj de un calendario personal para las proyecciones, llamadas de teléfono, tentempiés y cañas consumidos en un suspiro, prisas y colas (de momento escasamente pobladas, aunque a lo largo de este fin de semana la cosa irá en aumento) en pos de las ansiadas entradas… Por supuesto, no olvidamos algo muy reconfortante: Volver a encontrarnos con algunas caras amigas y también con otras que nunca habíamos visto hasta la fecha pero que seguramente querremos volver a ver en el futuro. Y, obviamente, están los primeros pases cinematográficos, así como sus correspondientes corrillos y mini-debates posteriores. También las primeras “fiestuquis” gijonesas, harto recomendables siempre… Es una emoción bastante especial que, un año más, intentaremos que contagie los comentarios festivaleros que ofreceremos a nuestros bienamados lectores. A continuación servimos una primera ración a modo de entrante o aperitivo.

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Choke (Asfixia), de Clark Gregg (EE.UU., 2008). S.O.

Inauguró la Sección Oficial, fuera de concurso, la ópera prima del hasta ahora actor Clark Gregg, que se plantó en Gijón con varios galardones del Festival de Sundance bajo el brazo. Estamos ante la adaptación de una novela de Chuck Palahniuk, autor de la afamada Fight Club, que nos presenta, en un tono de comedia que se nos antoja una suerte de remedo (equivocado hasta la médula) de los productos de la “factoría Apatow” y que poco a poco va transformándose en drama (o así), a un personaje principal ante el que argumentalmente se abren, grosso modo, dos frentes principales: Su cotidianeidad, marcada por continuas correrías erótico-festivas (se trata de un sexoadicto) y su redención final al lograr una “relación seria”, y la indagación en sus raíces familiares a través de la figura de su madre enferma. Sólo hallamos algunos elementos de interés en el primero de los frentes, concretamente cuando se describe (sin el tratamiento reflexivo que habría sido menester, justo es decirlo) el sinvivir obsesivo-compulsivo de ciertos humanos-buitre capaces de las más amorales vilezas con tal de lograr la materialización de sus deseos carnales. La abyección que demuestra el protagonista llega hasta tal punto que cualquier situación cotidiana se encuentra contaminada por dichas urgencias, revelándose sus relaciones y todo su mundo como algo accesorio, como pura fachada. Puedo asegurarles, porque me he topado con alguno, que existen bastantes especímenes así (o muy parecidos) revoloteando por ahí.

Üç maymun (Three Monkeys), de Nuri Bilge Ceylan (Turquía, 2008). S. O.

El responsable de Uzak (2002) presenta un trabajo centrado en las consecuencias que tendrá para los tres componentes de una familia la irrupción casual en sus vidas (motivada por un accidente de tráfico) de una importante personalidad política. El estilo empleado por el turco Nuri Bilge Ceylan, premiado como mejor director en Cannes 2008 por motivos que se me escapan, no puede ser más engolado y falto de modestia, ya que su mirada se sitúa siempre por encima de los personajes así como de un argumento que, a poco que se observe detenidamente, no dista nada del de la más vulgar soap opera. El culebrón está rodado con gran parsimonia y planos interminables en los que parece que no va a pasar nada, aunque al final sí que pasa, y pasa lo de siempre (ahí está una de las trampas: Ceylan parece acercarse al espíritu de la no-narración a la manera del último Van Sant o de Tsai Ming-liang, pero en realidad está todo atado y bien atado, y la maniobra sólo sirve para estirajar el metraje). La exasperante función se eterniza entre cargantes efectismos visuales y sonoros (esos ruidos amplificados) y encuadres fijos que rezuman esteticismo y artificialidad (recuerdan tal vez a los planos pictóricos de enlace de Breaking the Waves, de von Trier, galardonada también en Cannes), y el director incluso descuida la innegable belleza madura de la actriz Hatice Aslan con su propensión al puro sensacionalismo, eso sí, presentado en estuche deluxe.

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Z 32, de Avi Mograbi (2008). Llendes - No Ficción / Documental

Incluida también dentro de la competición por el premio en la categoría de “No ficción y documental” nos encontramos con la más reciente propuesta del inconfundible cineasta israelí Avi Mograbi. Siempre crítico con las políticas de su país y obsesionado, no podía ser de otra manera, con el conflicto palestino y todas sus ramificaciones, y manteniendo una independencia de pensamiento fuera de toda duda, Mograbi ha dibujado en sus películas la historia política de Israel en los últimos años, al tiempo que ha conseguido crear un personaje a partir de sí mismo muy en cierta tradición judía, aunque no podemos olvidar tampoco a gente como Nanni Moretti. Z 32, rodada en gran parte en sencillos interiores, abunda en la escritura, habitual en su director, que dibuja círculos concéntricos cada vez más ensimismados sobre asuntos a los que no parece poder encontrársele una solución. En este caso, tenemos a un ex-militar israelí ejecutor de una operación de venganza (un asesinato) en la que murieron varios palestinos. Mograbi deja que el espectador juzgue si el comportamiento (y dudoso arrepentimiento) del joven merece o no algo de respeto, e incide sin cesar en la incomprensibilidad racional que provocan actos como el mencionado. Todo ello acompañado de un audaz empleo de recursos infográficos, así como de melodías interpretadas por el director (transformado al fin en rapsoda doméstico) cuyas letras glosan dilemas morales y aportan un interesante elemento meta-cinematográfico.

A.D.

Je Veux Voir, de K. Joreige y J. Hadjithomas (Francia-Líbano, 2008). No Ficcion/Doc

La retrospectiva dedicada al tándem de cineastas franco-libaneses formado por Khalil Joreige y Joana Hadjithomas —que viene acompañada además de una interesante publicación a cargo de Gonzalo de Lucas—, alcanzaba ayer con la presentación de su último filme, Je veux voir, uno de los puntos álgidos del primer fin de semana del festival. Las difusas fronteras entre el 'documento' y la 'ficción' continúan, a pesar de todo, generando nuevos filmes y nuevos debates sobre la construcción y la necesidad de las imágenes. La herencia de Rossellini y sus ecos en buena parte del cine europeo contemporáneo, es convocada por el dispositivo creado por Joreige y Hadjithomas y vehiculada a través de la presencia icónica, más que interpretativa, de Catherine Deneuve. El rostro y el cuerpo de la francesa se confrontan, a la manera de Rossellini-Bergman, con el espacio de un Beirut devastado por la guerra. El filme trata de interrogarse entonces por la capacidad del cine, de la 'ficción', de mostrar (sin pervertir) la 'ruina', el conflicto, y su posibilidad de generar espacios para la comunicación; o por el contrario, de permanecer ajeno e inalterable frente a todo ese espacio en off que rodea al dispositivo cinematográfico. Como vemos, el bagaje teórico que sostiene el armazón de Je veux voir, no es nuevo y sus imágenes no pueden sortear en muchos momentos la sensación de déja vu, Catherine Deneuve y Rabih Mroue 'quieren ver' pero puede que nosotros ya 'hayamos visto'. La idea supera a su plasmación, y la confrontación de fuerzas queda entonces un tanto desequilibrada. Si se intuye una nueva ruta que la pareja de cineastas trate de alcanzar en su propuesta es aquella que, pasando por esos estadios ya conocidos, trazando una espiral, se reconcilie con la 'ficción' y restituya su independencia a través de la abstracción y la estilización del relato. 

A.S.T.