Cuando empecé a trabajar en una consultora multinacional pensaba que no me ocurriría a mí. «Empezamos a tragar y lo que no es normal / se ha ido convirtiendo en algo natural», como dice una canción de La Habitación Roja. No, a mí no me pasará, pensaba, mientras firmaba varios papeles entre los que ponía entre otras cosas que yo asumía que la empresa no contaba con representante legal de los trabajadores o que iba a comenzar cobrando 694 euros mensuales por trabajar 43 horas semanales, en el mejor de los casos, pues, y esto ya no lo ponía en los papeles del contrato aunque se podía leer entre líneas, podrían llegar a ser 70 u 80 (en función de las necesidades del proyecto, cabrá la posibilidad de extender la jornada, o algo similar era lo que rezaba la cachonda frase). A mí no me pasará, pensaba, mientras en el metro, de camino al nuevo trabajo, leía La madre,de Gorki, para concienciarme de que a mí no debía pasarme y de que lo dejaría antes que tolerar algo así. Corporativismo, lo llaman. Hijoputismo, lo llamo. Pues aunque de momento no me ha pasado, conozco a unos cuantos a los que sí, y por supuesto, llega el instante en el que revientan (las bajas por depresión o estrés no son infrecuentes, menos aún los abandonos), pero mientras tanto los hijoputas (llamaré a las cosas por su nombre por importantes razones que luego aclararé), sacan todo el jugo que pueden. No mentía Nicolas Klotz cuando decía al presentarla en el festival de Gijón de 2007 que su película habla sobre vampiros. Estos vampiros modernos con mucha menos clase que Christopher Lee o Bela Lugosi no chupan sangre, sino tiempo y energía, y vida, que viene a ser lo mismo, o bastante más.

Y tenía razón Klotz, porque La cuestión humana habla de una empresa como la que me chupa la vida a mí, una empresa de esas en que el uniforme es obligado, aunque sea un traje y una corbata que bajo la irrisoria excusa de dar buena imagen (y es que para todo tienen respuesta por ridícula que esta sea) lo único que pretenden es ecualizar a las personas, personas a las que la propia cuestión humana hace diferentes, una empresa de esas, que no son pocas y cuyo número crece día a día, en las que el ascenso es obligado y donde el que no sirve, se descarta, así que los que van quedando al final tal vez sí sean todos iguales, o muy parecidos, y donde lo diferente no es plato de buen gusto. ¿Política nazi? Puede, aunque no envían a nadie al crematorio, se congela el sueldo de los no válidos hasta que deciden marcharse, o se les echa a la calle escudándose en argumentos no muy diferentes de las distinciones de pureza de razas, y a la vez suficientes para no caer en la improcedencia del despido. Pero decir que la película habla únicamente del vampirismo de las grandes empresas sería quedarse corto, porque también nos habla de la forma en que toleramos este vampirismo sin poderlo remediar y lo que es peor, muchas veces sin intentarlo, ocultando los hechos, tapándonos con una venda que nos permite convivir, por llamarlo de alguna manera, a los muertos en vida con los vampiros, hasta que caemos definitivamente al abismo o nos convertimos en uno de ellos.
La película de Klotz es un extraño, turbio, atmosférico, film noir, que a través de la voz en off de Simon Kessler (Mathieu Amalric), uno de esos tipos de recursos humanos (con el tiempo he llegado a asimilar el término, tras escuchar más de una vez frases del tipo «el lunes se incorpora un nuevo recurso al proyecto») que se encarga de la selección del personal de la empresa y de organizar seminarios para “fomentar la motivación, aumentar la productividad y convertir a los trabajadores en soldados del mundo de los negocios” (sic), y con una puesta en escena fríamente calculada en la que priman los planos generales porque la película quiere hablar de algo general, nos va situando en este contexto hijoputesco donde los hechos se van exponiendo, dejándose caer, pero de momento (y ese de momento es extenso) sin conectar nada de forma concreta. Se van trazando las líneas, tanto de investigación (que Simon va recorriendo adelante y atrás, mientras las dudas le van cercando en un escenario que termina por convertirse en pesadillesco, particularmente desde la genial secuencia del confrontamiento con Karl Rose —Jean-Pierre Kalfon—, cuya semejanza física con el Dracula de Lugosi resulta bastante afortunada) como pictóricas, y que solo al final de la película completarán el dibujo que Klotz quiere hacernos mirar bien de frente. Y eso podría representar un problema para un espectador no alertado, pues a pesar del interés que puede despertar la realización, con atractivas soluciones escénicas (la secuencia en que se contempla al matrimonio Jüst por un lado y a Simon con la secretaria de Mathieu por otro como si estuvieran en un mismo espacio; el inicio mostrando la rutina de la empresa y de sus empleados a través de los ascensores, los urinarios, las comidas), y en general un tratamiento visual sugerente que me atrevería a decir que apela a nuestro subconsciente pues sus imágenes desprenden algo que no puedo definir pero que me atrae de una forma poco usual, puede no ser del agrado de una mayoría del público que no se vea representada en los personajes (grave error), o que no tenga la suficiente paciencia para esperar dos horas y cuarto y finalmente darse cuenta de lo que nos quiere contar Klotz, que es algo que ya sabemos, pero que en realidad es necesario recordar porque tratamos de olvidarlo de forma voluntaria, obviamos la diferencia existente entre llamar a las cosas por su nombre y enmascararlas tras aparatosos términos que nos dejan con una sensación de tranquilidad ante cosas que nos deberían impedir el sueño. Corporativismo por hijoputismo y recursos humanos por reclutamiento son solo algunos ejemplos, pero hay muchos más: Productividad para decir que “la maquinaria del dinero se engrasa con la sangre de los trabajadores” (en este caso, casi es recomendable la sustitución por economía narrativa, pero hay que reconocer que la verdadera expresión es mucho más clarificadora), motivación en lugar de lavado de cerebro, rotación por insumisión, overtime por esclavitud, etcétera, etcétera, etcétera.

Como ocurre en la película, en la que hasta ese esperado desenlace en la conversación con el viejo-niño Arie Neumann, crípticamente reveladora, porque a pesar de exponer sus conclusiones no lo hace abiertamente, sino con una sutilidad extrañamente hipnótica (como lo son esas “raves” que quedan en el camino; secuencias también para la galería), no nos damos cuenta de lo que está ocurriendo, con el paso del tiempo, cuando ya se ha recorrido una buena parte del camino y se han recibido las primeras mordeduras, las que se encargan de ir reforzando el “vínculo”, uno va comprendiendo cómo operan estos vampiros. Carrera profesional, lo llaman. Vivir para trabajar, lo llamo; Aprendamos algo de la película de Klotz, aprendamos a hablar bien. Yo no me convertiré en uno de ellos, pienso, pero pasan los días y me veo obligado a proponer quien debe subir dos equis al año y quien solo equis, y yo puedo pensar que ambos merecen dos equis (amparándome en los criterios nazis de los que hablaba al principio, que esa es otra), pero me obligan a discriminar, y lo que es peor, a justificar (lo injustificable), por si acaso hay “recortes”. Al final se consiguen dos equis para ambos (tendría cojones en una empresa que factura miles de millones de euros al año) pero yo tengo que tomar la decisión. O a decidir que como algo tiene que estar terminado al día siguiente (porque lo dice el cliente, que es un banco, otra panda de chupasangres) hay que quedarse un rato más (horas que no se pagan; y que nadie se queje, que no hay representante legal), y al final me doy cuenta de que me voy transformando, como les pasaba a Mina Harker y a Lucy Westenra. Como no soy Van Helsing, dejo que mi fuerza de voluntad, a falta de ajos, me impulse a no afeitarme con demasiada frecuencia (hay gente que se afeita en el propio lugar de trabajo, yo lo he visto, y doy fe de que el que lo hace en la película no es una exageración con fines dramáticos) y a ponerme camisas y corbatas de vivos colores (y en verano de manga corta, claro está), que no chillones, ojo, en contraposición a los rostros imberberizados artificialmente y a los rancios azul claro, rosa pálido y/o blanco de la mayoría del rebaño en un mínimo intento por desestabilizar la ecualización dando una nota fuera de tono, y como con estos no funcionan los crucifijos ni el agua bendita, pues hago preguntas corporativamente incorrectas en las reuniones que tenemos con los gerentes y socios delante de las víctimas más recientes, y mientras pienso en que todavía no existe la estaca que les clave al ataúd de una vez por todas, porque la crisis le resbala a la mayoría de estas empresas, sigo pensando en que tengo que estar continuamente, cada día que pasa más, pendiente de quitarme los colmillos del cuello, y cada vez que me distraigo un poco se me han clavado un centímetro más, y en que me quiero retirar a tiempo, e ideas no me faltan, pero de momento no puedo, y mientras tanto ellos siguen chupando. Hitler escribió en “su” lucha: «La posteridad olvida a los hombres que laboraron únicamente en provecho propio y glorifica a los héroes que renunciaron a la felicidad personal», una cita que parece hecha a la medida de toda esta lacra que gracias a nosotros, no se nos olvide, domina a nuestros gobiernos y por ende, a nosotros mismos. Yo nunca he querido ser un héroe (los héroes son los insumisos, los que lo dejan, los que no toleran el abuso; insumisión, no rotación, aprendamos a hablar bien), y tampoco creo que haya que sacrificar la felicidad personal para hacer el bien a la colectividad (y menos cuando nos referimos a determinadas colectividades), aunque no dudo de que hay que hacerlo, pero hay formas y formas, así que prefiero seguir pensando, y mucho, porque no pasa un día en que no me acuerde, en aquello que cantaban los Smiths: «In my life / why do I give valuable time / To people who don’t care if I / live or die» o ¿por qué regalo mi valioso tiempo a alguien a quien le importa una mierda que viva o muera? Y así, me pregunto lo propio cada mañana mientras me anudo la corbata enfrente del espejo, inmerso en mi propia lucha, pensando en cuanto tiempo pasará hasta que deje de verme reflejado en él.