En las sociedades capitalistas, allá dónde las máquinas todavía no han podido reemplazar por completo al ser humano, se requiere de éste que se conduzca con la eficiencia, gélida y mecánica, de aquéllas, y lo que es más preocupante, con su misma capacidad de opinión o voluntad propia. La victoria de este sistema se encuentra en la casi absoluta, inmediata y dócil aceptación de estos fundamentos y especialmente en el no-cuestionamiento de sus métodos, sostenidos por un desmedido y egoísta culto al dinero y el ciego respeto por cualquier tipo de poder, llámese este: patrón, empresa, país o dios, y que revierten únicamente en su propio beneficio. Simon (Mathieu Almaric), psicólogo de una importante empresa petro-química franco-alemana, es el perfecto brazo ejecutor y planificador de éste sistema. Es eficaz, frío e inteligente. Una pieza más de ese invisible engranaje. Gracias a su labor, años atrás, la empresa pudo reconducir su viabilidad al reducir en casi la mitad las ‘unidades’ de trabajadores, eliminando las ‘piezas’ inservibles para sus objetivos. Parte del acierto de la propuesta de Klotz/Perceval/Emmanuel reside en que el desafío a éste sistema —recordemos, ni único, ni inamovible— su cuestionamiento, no procede directamente de su protagonista. Alguien como Simon nunca llegaría, por sí mismo, a equiparar o poner en relación sus propios métodos y prácticas de selección y control de personal, con los establecidos por el exterminio nazi, tan sólo, sesenta años atrás. La puesta en cuestión sólo puede llegar desde la disidencia de éste sistema —las cartas remitidas por Arie Neumann, el personaje que incorpora con exquisita sobriedad Lou Castel— o a través de la 'enfermedad': el hundimiento personal del responsable máximo de la empresa, Mathias Jüst (Michael Lonsdale), del que, al comportarse imprevisiblemente, algo inaceptable dentro de la lógica capitalista, se pone en duda su ‘capacidad sentimental’. Simon es, aún a su pesar, quien hace avanzar la trama. Sus descubrimientos, como los de un Sam Spade o un Philip Marlowe postmodernos, siempre a remolque de los acontecimientos, le afectan en lo más profundo de su organismo.

En la exposición realizada por el film de Nicolas Klotz, la banalización de los métodos de exterminio —a través de la aceptación inconsciente de su terminología altamente tecnificada, desprovista de humanidad—, no se reduce a los estrechos límites del mundo empresarial, sino que atraviesa sus fronteras hasta penetrar en el interior de cada individuo. Todos, en alguna medida, somos herederos y responsables de esa infamia, de la Historia —de nuevo, Dostoievski: “Todos somos culpables de todo, ante todos...”—. En el interior de Simon conviven dos seres; acarrea el ‘drama’ a su cotidianeidad: su amante apenas puede reconocerlo de un instante al siguiente, en sus propias palabras, Simon se vuelve entonces “oscuro como una prisión”.
Pero, aún, dentro de la excesiva rigurosidad del sistema en la que no cabe espacio para desarrollar la verdadera naturaleza (sensual) del hombre, el film propone una vía de escape; aquella que conecta al ser humano con lo irracional, lo inexplicable y, por consiguiente, lo emotivo. Ésta se expresa a través de la relación que los personajes establecen con la música (o puntualmente, con el sueño y la magia). Así, las estrictas composiciones que marcan la descripción de los ritmos de la empresa: esa planificación atravesada de figuras en gris que reemplazan a otras figuras en gris… —que deben tanto a los ritmos creados por Jacques Tati como a la analítica de Harun Farocki—, tienen su correspondencia más visceral en los momentos en los que los personajes asisten a conciertos o escuchan música. De hecho, no faltaríamos a la verdad, si dijésemos que en el germen de La cuestión humana, se esconde un gran musical, o un extraño ballet del siglo XXI. La línea que el film establece desde la pureza primitiva del cante de Miguel Poveda —la voz humana como único instrumento, capaz de expresar lo inexpresable—, pasando por la inmovilidad de la tradición del fado portugués y la emotividad de un cuarteto de Schubert, hasta llegar a los ritmos electrónicos de una rave, nos habla, pese a la dificultad de sortear el aislamiento y la incomunicación, del intento del ser humano de 'trascender', de conectar con otras personas, con uno mismo y con lo inexplicable a un tiempo. De qué otra manera, sino, interpretar el modo en el que la amante de Simon cierra sus ojos al escuchar un fado, o la desesperación infantil del Sr. Jüst al escuchar su imperfecta grabación del cuarteto de Schubert, o el modo en que los cuerpos en la rave se dislocan olvidando por unos instantes su uniformada rigidez.

La cuestión humana pone en escena estas y otras muchas 'cuestiones' e intuiciones, y efectivamente, entre ellas —como ya casi todo el mundo sabrá a estas alturas— se atreve a equiparar los métodos del capitalismo con los del nazismo. Aunque quizá tan sólo se trate de devolver a algunas palabras su significado preciso. De 'llamar a las cosas por su nombre': pretensión recurrente de toda una generación de cineastas europeos, con Godard a la cabeza. Pero de nuevo pienso en Farocki y en su capacidad para analizar la labor de los mecanismos de control, aparentemente inofensivos, presentes en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Lo más interesante de la propuesta de Klotz y Perceval es que, aún distanciándola de la 'objetividad' del cineasta alemán, estas impresiones surgen más bien como una respuesta visceral, como un malestar físico que, incubado en el interior de Simon, contagia a cada uno de los espectadores, provocando el mareo, la náusea, el vómito, la desesperación y la indefensión; un estado en el que, como el propio Simon, no se puede hacer otra cosa que tumbarse en el suelo, en plena calle, e intentar descansar.