XXIX Mostra de Valencia

Por Joaquín Vallet

Casi treinta años de existencia y la Mostra de Valencia continúa con su periplo de marcada irregularidad aunque, en éste año concreto, varios elementos organizativos han variado de forma positiva. Ciertamente, se han corregido notablemente algunos de los aspectos que resultaban ya males endémicos como, sobre todo, las nefastas copias de la gran mayoría de las películas integradas en los ciclos u homenajes. El dedicado a Blasco Ibáñez resultó de una impecable calidad general debido a dos motivos: el primero, por presentar las adaptaciones del período mudo que incluía piezas verdaderamente extraordinarias como Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Rex Ingram o El torrente de Monta Bell, así como la exhibición de films verdaderamente difíciles de visionar como la primera versión de Sangre y arena de 1916, en la que colaboró el mismo Blasco Ibáñez o La bodega de Benito Perojo. El segundo, porque, en la mayoría de los casos, se presentaban en copias excelentes cuya proyección iba acompañada con ambientación musical en directo, en un notorio esfuerzo de la organización por mantener la esencia de los pases cinematográficos de las dos primeras décadas del S. XX. Por su parte, los homenajes dedicados a James Stewart, David Lean y Federico Fellini aportaron una ingente cantidad de obras maestras que, igualmente, mantenían las mínimas exigencias de calidad en las copias presentadas. Sí es cierto, pese a ello, que las proyecciones no fueron todo lo acertadas que deberían haber sido porque, por ejemplo, en los pases de Winchester 73 y Las noches de Cabiria hubo un error en el formato, proyectándose en pantalla ancha cuando ambas películas son cuadradas. Error aplicable a los operadores que, salvo en el primer film (y solo cuando habían transcurrido más de diez minutos) apenas se molestaron en intentar subsanar la equivocación. Por otra parte, la desacertada distribución de los films en las salas del ABC Park hizo el resto: resulta incomprensible que una pieza minoritaria como Mare Nostrum de Rex Ingram se proyecte en una de las salas más grandes del cine (apenas éramos una veintena de personas, de hecho) y que un film como Vértigo, por su parte, se pasara a una minúscula con la consiguiente aglomeración de gente, incluídas personas sentadas en las escaleras.

En todo caso, una programación para todos los gustos que no logra salvar al festival de la desidia con la que, generalmente, es cubierto por los medios. Ni tan siquiera en Valencia se le da una cobertura mínimamente holgada, muy a pesar de que éste año se ha contado, como estrella invitada con la extraordinaria actriz francesa Isabelle Huppert y que el festival ha hecho notorios esfuerzos por ampliar su infaestructura económica. Pese a ello, la apatía generalizada convierte, año tras año, a la Mostra en un evento, en el fondo, tan imprescindible para Valencia (comunidad que adolece, por completo, de eventos culturales mínimamente reseñables, fruto del escaso interés que ello despierta en la lamentable política de Camps) como necesitado de adquirir, por fin, una identidad clara y definida con la que iniciar el camino para equiparse con los más prestigiosos festivales del Estado.

El año de The seven days

Como muy bien expresó Fernando Méndez Leite, presidente del jurado (compuesto, además, por la cineasta búlgara Zornitsa Sophia, el actor sirio Assad Fouda, la actriz egipcia Serfinaz Mustafa Quaderry y la directora de cine griega Stella Theodorakis), en la rueda de prensa para anunciar a los premiados, éste ha sido el año de The seven days, la admirable película israelí que ha logrado los más importantes premios. El resto de películas de la sección oficial, salvo muy concretas excepciones, han discurrido por la más pasmosa mediocridad, incluso integrando films de todo punto impresentables. Ésta viene siendo una preocupante constante dentro de la Mostra, ya que de las doce películas seleccionadas, apenas tres o cuatro títulos han mostrado ciertos niveles de calidad. Habida cuenta que, este año, se han presentado 103 películas, no deja de ser necesario el preguntarse si la calidad de las no seleccionadas era marcadamente inferior a las finalistas (¡que ya sería decir!) o si la obsesión por mostrar un panorama lo más ecléctico y versátil posible (tanto a nivel temático como geográfico) ha acabado dejando en la cuneta films infinitamente más interesantes que el grueso de piezas finalmente seleccionadas. Sea como fuere, la calidad no ha sido la protagonista en la sección oficial de la Mostra salvo, insisto, la de tres películas concretas entre las que se halla la propia ganadora.

Trishtimi i zonjes Shnajde, de Piro & Eno Milkani (Albania / R. Checa, 2008)

Ganadora del Premio Especial del Jurado, Trishtimi i zonjes Shnajde es una curiosa producción albanesa que posee tantos aciertos como errores. La película cuenta los avatares personales y profesionales de unos jóvenes estudiantes de cinematografía que se dirigen a un pequeño pueblo checo para rodar un documental en una fábrica de motocicletas. Todo ello durante los convulsos años sesenta. Una de las mayores virtudes del film es la visión que ofrece de la situación artística en los países del Este durante dicha década, un período en el que se produjo una eclosión de nuevos talentos que el film se encarga de esbozar. La necesidad de creación enfrentada a la censura y a la coyuntura política se convierte en otro elemento verdaderamente estimulante de la película, sin embargo, los problemas vienen a la hora de estructurar la historia y definir a los personajes. Se trata de un film desequilibrado que no sabe centrarse en lo verdaderamente importante (la historia de la sra. Snajderová con el joven cineasta), divagando entre diversas ramificaciones argumentales sin atenerse a ninguna de ellas. Ésto hace que los personajes más interesantes queden arrinconados en un segundo plano y, en ocasiones, se hallen un tanto desdibujados, expeliendo a la luz la escasa pericia de los Milkani a la hora de dosificar la cinta. Elementos que, unidos a un ritmo excesivamente premioso, acaban por pasar factura a una pieza que podría haber resultado más certera.

Pravo cudo, de Lukas Nola (Croacia, 2007)

Pravo cudo es una película que, posiblemente, funcione mucho mejor a nivel literario que cinematográfico. No cabe duda que la historia de un padre y un hijo que utilizan sus extraños poderes sobrenaturales para intentar enriquecerse en una pequeña isla croata, posee un inmediato interés y que el guión de ésta película (escrito por el mismo realizador, Lukas Nola) intenta aprovechar al máximo una premisa tan llamativa. Sin embargo, el error del film viene provocado por su más que discutible opción estética y visual. Gratuítamente provocadora, extrema en varias secuencias y, de todo punto, desproporcionada para una película que intenta combinar los resortes argumentales que le sirven de base con una idílica historia de amor, Pravo cudo avanza otorgando un protagonismo casi absoluto a los elementos más recargados y pretenciosos antes que transitar por los caminos de la reflexión sobre el poder y la manipulación que anunciaban sus esquemas temáticos. Irregular hasta el límite posee, sin embargo, un notable trabajo de los actores, en especial, de un Rade Serbedzija verdadermante extraordinario cuya interpretación, inexplicablemente, ha pasado desapercibida para el jurado.

Al-Hadithat, de Rachid Ferchiou (Túnez, 2007)

Sin ningún género de dudas, una de las peores películas (si no la peor) exhibidas en el festival. Ésta insufrible obra de Ferchiou plantea un grotesco drama moralista tan ridículo como escandalosamente previsible. Las dudas de un taxista, padre primerizo, cuando conoce a una bella mujer que comienza a atraerle, se ven expuestas desde una posición exasperantemente conservadora, desligándose de lo que, a priori, podrían ser unas intencionalidades críticas con la sociedad tunecina, en pro de alargar (hasta la desesperación) un presunto drama humano que se precipita hacia lo risible. De hecho, si Al-Hadithat se hubiera enfocado desde la vertiente cómica, sin duda, sus resultados hubieran sido totalmente distintos (tal es el ínfimo nivel de su consistencia dramática), aunque el posicionamiento de Ferchiou nada tiene que ver con ello, insistiendo en la solemnidad de una trama imposible de tomarse en serio. Pésima.

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Versailles, de Pierre Schoeller (Francia, 2008)

Una de las grandes triunfadoras del festival al alzarse con una indiscutible Palmera de Plata, Versailles despuntó, desde un principio, como una de las obras favoritas de, prácticamente, todo el mundo. Un desgarrador drama que incide en el día a día de un grupo de personas sin techo desde el prisma de un pequeño de cinco años abandonado por su madre cuando ésta encuentra a un hombre que, a pesar de su extrema pobreza, puede valerse por sí mismo. Muy bien dirigida por Pierre Schoeller y con magníficas interpretaciones (Guillaume Depardie —tristemente fallecido en los días previos a la Mostra— y el niño Max Baissette de Malglaive, obtuvieron una Mención Especial del Jurado por sus trabajos), la película combina la emotividad de un buen número de espléndidos momentos (el pequeño subiendo las amplísimas escaleras del palacio en busca de ayuda), con la dureza y el desnudo realismo de otros (sobre todo en su primer bloque), todos ellos conducidos con espartana certeza por su realizador. Quizá, lo único que se le podría achacar es el abandono del personaje femenino hacia el último tercio de la película (personaje, por cierto, magníficamente incorporado por Judith Chemla), lo que otorga al conjunto una cierta sensación de desestructuración. Pero ello, ssin embargo, no debe empañar los sólidos resultados de una excelente película.

The Seven Days, de Ronit & Shlomi Elkabetz (Israel/Francia, 2008)

Hace cuatro años se presentó en la Mostra una película israelí, Or, de una cineasta debutante, Keren Yedaya, que acababa de conseguir la Cámara de Oro en Cannes. El impacto que produjo ésta obra maestra a todos los que tuvimos la suerte de visionarla aún no ha sido vencido por el paso del tiempo. Una de las protagonistas de éste film, la extraordinaria actriz Ronit Elkabetz, sin duda, tomó buena nota del impresionante estilo fílmico de Yedaya a la hora de plantear su segundo film como directora, The seven days, ya que la puesta en escena, el concepto de la dirección de actores e, incluso, el mismo sentido del ritmo se hallan íntimamente relacionados con lo expuesto por Keren Yedaya en su, hasta el momento, única película. Dirigida de manera soberbia; con una planificación que utiliza la disposición de los actores en el encuadre como esencial planteamiento dramático; estructurando la gran mayoría de secuencias en un solo plano, sin apenas rectificaciones, y donde el núcleo semántico de la acción se concibe desde la carga emocional de las interpretaciones de manera que, aunque los personajes salgan de campo, se mantiene de forma admirable la tensión del film, The seven days es, sin ningún género de dudas, la mejor película que se ha visto en ésta y otras muchas Mostras. Ganadora de la Palmera de Oro, el Premio a la Mejor Dirección para Ronit y Shlomi Elkabetz y el Premio a la Mejor Interpretación Femenina para todo el conjunto de extraordinarias intérpretes del film, el jurado sí ha sabido valorar en éste caso la indiscutible valía de una obra que posee una intensidad fuera de lo común que, a pesar de tener un guión soberbio que sabe dosificar la información con una destreza admirable, no se sirve únicamente de él para mostrar las aristas de los personajes, sino que incide en el significado de los pequeños gestos, las miradas furtivas o las inflexiones de la voz en un marco que, asimismo y aún de forma secundaria, muestra las particularidades de la sociedad israelí con cierto poso crítico. Obra magistral, en definitiva.

fotoJamr Alhikaya, de Ali Nassar (Palestina, 2008)

Impresentable. No se puede expresar de otra forma ésta cinta palestina dirigida por Nassar. La historia de un hombre que ve desmoronarse todo el mundo que le rodea cuando su esposa descubre que le está siendo infiel (debido a que localiza una novela que él está escribiendo y que trata sobre el tema… ¡como suena!) se alarga hasta extremos insoportables debido a que, desde un principio, Nassar no tiene nada que contar y divaga entre la situación de los ideales comunistas después de la caída del muro de Berlín y el marco islámico con una superficialidad y, paradójicamente, unas ínfulas de dogmatismo insufribles. La película no sirve ni como una exposición social, ni mucho menos como una crítica ideológica, abocándose a un final de aliento simbólico que ya se halla situado en el más absoluto desastre. Sin embargo, Jamr Alhikaya llamó la atención de parte del jurado al serle otorgado un incomprensible Premio al mejor actor para Mahmoud Abu Jazi y el Premio a la mejor banda sonora. Excesivos reconocimientos para un conjunto tan pobre.

Adieu, mères, de Mohamed Ismail (Marruecos, 2007)

El ejemplo más evidente para demostrar la nula personalidad de Adieu, mères se encuentra en que utiliza, constantemente, como banda sonora el tema central de la película Éxodo de Otto Preminger, compuesto por Ernest Gold. Muy a pesar de que la historia trata sobre la marcha del pueblo judío de Marruecos, controlado por la sección de inmigrantes israelí, el hecho de que ni en el apartado musical, se encuentre innovación u originalidad, define lo desastroso del resultado final. Mohamed Ismail muestra escandalosas flaquezas como cineasta al concebir una estructura errática e imprecisa que oscila entre una historia de adolescentes y el éxodo de los judíos, sin atenerse a ninguna de las dos, revelándose dubitativo y conduciendo el film hasta el desequilibrio argumental. Inútil en su atisbo de mensaje y casi amateur en sus formas cinematográficas, Adieu, mères muestra a las claras el mediocre nivel que ha tenido éste año la Mostra de Valencia.

Basra, de Ahmed Rashwan (Egipto, 2008)

Galardonada con el Premio a la mejor fotografía, Basra, es una ramplona producción egipcia que cuenta una historia de encuentros y desencuentros amorosos entre una pareja de fotógrafos en el marco de la invasión de Iraq por parte de las tropas estadounidenses. Rashwan intenta una reflexión de las relaciones humanas desde todas las vertientes posibles (desde la sexual —los escarceos inciales del personaje masculino—, pasando por la romántica o la paterno-filial —la que siente con la marionetista), fracasando en sus pretensiones debido a la trivialidad con la que aborda éstas premisas temáticas, mostrando diversas actitudes y decisiones de los personajes pero sin profundizar en la esencia de los mismos. Por consiguiente, el film vagabundea entre varios terrenos (el personal, social, artístico, el clima bélico), abarcando demasiados propósitos sin que ninguno de ellos adquiera la entidad necesaria.

Sakli Yüzler, de Handan Ipekci (Turquía/Alemania, 2007)

Sakli Yüzler es una película que puede incitar a la confusión. El film de Ipekci denuncia una de las costumbres más repugnantes de parte de la sociedad turca (la muerte o incitación al suicidio de las mujeres que han “deshonrado” a la familia a la que pertenecen) de forma totalmente directa, sin ningún tipo de medias tintas. Ahora bien, ¿es esto suficiente para valorar positivamente una película?. Sin ningún género de dudas, no. Y éste es el mayor problema que posee Sakli Yüzler, que sus nobles intenciones no la eximen de un resultado cinematográfico verdaderamente penoso. La deconstrucción narrativa, con contínuos saltos en el tiempo, solo sirve para dejar al espectador sumido en una especie de confusión perpétua que acaba jugando en contra del propio film, ya que desconcierta de manera gratuíta, sin que se atisbe la más mínima razón que acabe justificando ésta opción narrativa. Ganadora, de manera harto sorprendente del Premio al mejor guión, Sakli Yüzler puede funcionar en su faceta de documento crítico, pero fracasa en su iniciativa genérica, ya que ésta acaba por eliminar cualquier resquicio de personalidad y menguar notablemente el mensaje del film.

Milos Brankovic, de Nebojsa Radosavljevic (Serbia, 2008)

Muy a pesar de que haya pasado despercibida para todos, Milos Brankovic no es, en absoluto, una mala película. Cierto que se trata de una obra de fuertes irregularidades y que posee algunas deficiencias que acaban menguando su valía. Empero, el conjunto mantiene una cierta solidez y es, en líneas generales, una interesantísima pieza. La historia de un joven arquitecto que se ve involucrado en varias tramas de corrupción, muestra una realidad social enloquecedora que las formas cinematográficas de Radosavljevic saben corresponder con una estética oscura, que aprovecha el blanco y negro hasta unos niveles expresivos ciertamente logrados (muy buena, a este respecto, la fotografía de Milos Kodemo) y completa con una, en líneas generales, buena labor interpretativa del conjunto de actores. Los aspectos negativos de Milos Brankovic provienen de una tendencia, en ocasiones excesiva, a la recreación efectista de la violencia o a la omnipresencia del sexo, no tanto como un factor determinante en las idiosincrasias de los personajes, sino más bien como un elemento de provocación que, en ocasiones, roza el sinsentido. Aún así, el film mantiene un ritmo adecuado y no resulta, en absoluto, desdeñable sobre todo cuando ahonda en los aspectos que la relacionan con el cine de género.

L'ora di punta, de Vincenzo Marra (Italia, 2007)

Ésta excelente película italiana se mantuvo, desde su proyección, en las posiciones más altas de cara al palmarés. Y así, en parte, fue correspondido por el jurado al otorgarle la Palmera de Bronce. L´ora di punta cuenta la historia de un agente que se aprovecha de la corrupción reinante en las altas capas de la sociedad para ascender económicamente sin el menor tipo de escrúpulos. Conducida con sabiduría por Vincenzo Marra, la película bascula entre una contundente y muy efectiva denuncia a la coyuntura existente en los altos estratos de Italia y un triángulo amoroso, deliberadamente indefinido que queda totalmente subordinado a la trama principal del film. Magníficamente interpretada por Michele Lastella (en un trabajo de composición de gran sobriedad y eficacia) y con un estupendo guión de base, la película posee cierta complejidad en su puesta en escena, tanto en lo que respecta a la duración de los planos (que confiere al film un ritmo pausado, necesario para centrarse en las expresiones de los personajes), como a la mencionada relación amorosa que muy a pesar de que, sobre el papel, adquiera elementos cercanos al tópico, acaba por escapar totalmente de los aspectos más convencionales (solo hay que ver, para confirmarlo, el larguísimo y excelente plano con el que concluye el film). Una magnífica película.

El amor se mueve, de Mercedes Afonso Padrón (España, 2008)

El amor se mueve ha sido la representante española en la Mostra y, sin duda, ostenta el dudoso honor de ser uno de los peores films que se han visto en el festival. La película de Padrón provocó, incluso, deserciones entre los miembros del jurado, lo que puede dar una idea bastante clara del pésimo nivel del film. Entre el reportaje sobre las bondades geográficas de La Palma y los desvaríos sentimentales de un conjunto de personajes tan planos como escandalosamente insustanciales, El amor se mueve muestra sus credenciales como obra vacía: no cuenta absolutamente nada. Todos los seres que en ella aparecen hablan igual, sienten igual, se comportan igual, haciendo del conjunto una ridícula e insoportable muestra de desdramatización que acaba por provocar el más absoluto de los tedios. Ante ello, muy poco pueden hacer el conjunto de intérpretes, algunos de ellos ciertamente interesantes, por defender unos roles, de todo punto, insostenibles. Incomprensible que una película de tan ínfima calidad sea proyectada en la sección oficial de un festival.