A pesar de Alan Jones y sus clasificaciones arbitrarias, James Wan continúa siendo un cineasta difícil de reducir. Quizá porque se trata del más despreciado del grupo, lo cierto es que el cine de Wan permanece a la espera de un acercamiento desprejuiciado, que mire por encima de la lógica del gorno y descubra a un realizador preocupado por expresar visualmente los conflictos morales cuya banalización ha acabado desangrando al cine de terror. En definitiva, que sepa ver en Wan la capacidad de construir atmósferas en las que la turbulencia surja del escenario y no de los personajes que forman parte de él, sino de los que participamos como espectadores de él.
Desde este punto de vista, Saw destaca por la fuerza expresiva de sus asesinatos, cuya violencia acaba definiendo a un personaje que no existe —porque la trama lo oculta hasta el final y porque su naturaleza es objeto de especulaciones propias del género al que pertenece— y, en especial, porque no asesina con sus propias manos, sino a través de elaborados dispositivos que, mezcla de Ballard y Barker, despiertan tanto placer —por la explosión de violencia gráfica que supondrán— al espectador como dolor a las víctimas de estos. Por eso, entiendo que Wan extrae la turbulencia del escenario porque, a su manera, no deja de hacernos sentir perversos ante el placer de observar de qué forma los cuerpos se despedazan, se reconfiguran o, directamente, desaparecen dentro de una farsa moral urdida por una figura, la de Jigsaw, que desvirtúa los rasgos de thriller al uso del filme al plantear sus juegos como una exhibición [1] de atrocidades preparada para un público que le demanda eso.

Lejos de la banalidad y el ejercicio moral gratuito, Wan no busca reformular las bases de cierto cine de psicópatas tan característico de la década pasada. Su terreno está más cerca del Argento preocupado por definir con la mayor precisión esa mitad oscura de su mente que le impulsa a diseñar unas escenas cada vez más sádicas, largas y estéticamente extraordinarias. Por eso, en lugar de apoyar la larga lista de derivas surgidas a rebufo de Saw, la carrera de Wan se ha dirigido a reconstruir la estética de Hammer o Universal [2] en Silencio desde el mal (Dead Silence, 2007) o a intentar plasmar a través de los estallidos de violencia callejera de Sentencia de muerte (Death Sentence, 2007) la ambigüedad moral/ideológica de Brian Garfield. En ambos casos, la prueba de que una puesta en escena trabajada puede dar buena cuenta de escenarios desvalorizados —el teatro de marionetas— por el abuso del reciente cine de género, así como de la brutalidad que se oculta tras el relativismo moral que conforma las nuevas sociedades —esas que esconden sus miedos a través de invertir dinero en la (falsa) sensación de seguridad, de vender eslóganes morales que separen, clasifiquen y dicten las pautas para ser buenas personas, etc.—.
El interés de Saw y, por extensión, del propio Wan, radica en su incomodidad. Nunca conseguimos empatizar con los personajes que forman la trama, bien porque son demasiado unidimensionales —Adam y el Dr. Gordon/ el detective Tapp y su compañero, Sing—, bien porque deseamos verlos morir de la manera más espectacular —todas las víctimas, así como la familia del Dr. Gordon, quizá los personajes peor definidos del filme—. El guión es tan deslavazado y predecible que tan sólo nos importa que llegue la resolución final para, a la manera de los clásicos, conocer el destino de los héroes y del villano. Sin embargo, parece que hay algo en la película que hace que continuemos viendo un espectáculo salvaje cuya resolución nos importa relativamente poco.

Ese algo responde a la fascinación por compartir nuestros rincones oscuros con el director, por romper las cadenas sociales y aplicar ajustes de cuentas tan hiperrealistas que acaban denotando su origen fantasioso antes que intentar justificarse, a la manera de Haneke, desde una perspectiva sociológica.
En definitiva, lo que hace que aún hoy Saw me siga pareciendo un buen ejemplo de cine de horror es que se trata de una obra que busca la complicidad del espectador para, a renglón seguido, golpearle con aquello que ha estado demandando. La violencia, en este sentido, se ve compensada por el deseo de ver cuánto más mejor. La diferencia es que Wan no espera aleccionar a nadie, al menos, de forma deliberada, a través de una historia que nunca consigue importarnos lo más mínimo.
Lo importante, en Saw, es hacer notar de qué forma los conflictos morales pueden extraerse a través de nuestro gusto por ser golpeados por lo macabro, por la fealdad y la abyección del mal. Por eso, cuando salimos del cine tras hora y media de tortura brillantemente escenificada, no sentimos el menor remordimiento. Y precisamente porque no lo sentimos, la película y el autor consiguen el objetivo moral que se proponían.
[1]Me gustaría recordar que en un momento determinado de Saw uno de los policías encuentra un pequeño escenario construido por Jigsaw, a partir del cual poder ensayar las torturas que a continuación pondrá en práctica.
[2]En un ejercicio que, en mi opinión, tiene más de indagación en torno a los mecanismos del terror clásico, en el sentido de querer meterse en las carnes de los directores más significativos de la época dorada del cine de horror, antes que de certificación de que las viejas formas de hacer cine han acabado siendo superadas con el paso del tiempo.