Deberíamos detenernos más en reflexionar sobre por qué Saw es una saga de raigambre tan burguesa, por qué Jigsaw es un personaje cuya razón de ser solo puede ser entendida desde la óptica de las sociedades desarrolladas, de los ambientes donde nuestras necesidades básicas estén ya cubiertas. ¿Cómo podría existir un personaje que obliga a luchar de forma extrema por la vida en contextos donde la lucha por la vida es un juego diario? ¿Sería comprensible la presencia de Jigsaw en las favelas brasileñas o un ignoto barrio de La Habana? Claro que no, porque en Brasil ya tienen a Zé do Caixao, un perverso satanista que sólo busca chicas jóvenes con las que procrear; y en La Habana tienen a la saga Castro, cuyo funcionamiento no difiere mucho al del personaje encarnado por Tobin Bell: colocando trampas imposibles donde la recompensa se advierte muy escasa. Objetivos primarios para necesidades primarias podría ser la reflexión de este párrafo.

Mientras Michael Myers surge de la rabia materna, y Freddy Krueger es el terror de todo niño ante su propio subconsciente —es decir, ambos mitos del horror tienen su raíz en preocupaciones universales—, Jigsaw podría ser el protagonista de la nana que un psicólogo cabreado le canta al paciente depresivo que no quiere avanzar en la terapia: “haz el cuestionario, házmelo ya, que viene Jigsaw y te va a destripar”, o algo por el estilo. Porque Jigsaw es, curiosamente, la última estrategia que tiene el burgués para disfrutar de una vida que ha paladeado tan poco pero que ya ha perdido su sabor: una suerte de “electroshock” físico-emocional para recuperar un sentido que se ha diluido tras la minimización de lo cotidiano. Y eso hoy en día solo puede ser reactivado mediante el tormento físico, habida cuenta de la fragilidad psicológica que ha engendrado nuestra propia comodidad existencial. “Éste lo que necesita es un par de cachetes bien dados”: le diría la abuela que creció en la España de posguerra al nieto que ha entrado en un estado de disforia tras suspender un examen de la facultad. En efecto, la estrategia de Jigsaw podría leerse entonces como una sublimación de los retos primitivos aunque curiosamente Jigsaw nazca con Aristóteles, avance con Seligman, y termine con Palahniuk. Poderosa combinación.
«¿Por qué sólo somos capaces de actuar cuando hay una vida en juego?». Es algo que le dice nuestro demiurgo favorito al protagonista de esta antiépica secuela, un policía de métodos expeditivos presa de un fuerte torrente emocional. ¿Serás capaz de querer a tu hijo fuera de este contexto? ¿Por qué sólo las circunstancias traumáticas nos impulsan a actuar, a cambiar, o a preguntarnos por el camino que va tomando nuestra vida? ¿Por qué preferimos el proceso “a lo bruto” a la evolución progresiva? Es algo que explica mucho mejor Luis Aguado en “Emoción, afecto y motivación. Un enfoque de procesos”, y yo me niego a repetirlo aquí, por lo que os emplazo a su lectura. Pero resulta demoledor pensar que uno necesitaría la presencia de un Jigsaw para enterrar toda la mierda y afrontar la vida de una manera más desprejuiciada. Yo no lo tengo tan claro, porque creo que las legañas de la insatisfacción, de la rutina, de la monotonía o de la comodidad volverían a cerrar los ojos de los más avezados, aunque espero equivocarme. Así, mientras muchos afirman que la saga Saw es un superfluo pastel de carne para multicines —que también—, yo creo que está ofreciendo a lo largo de estas cinco entregas un mapa bastante heterogéneo de las carencias existenciales de nuestra sociedad, de la desilusión ante la imposibilidad de recuperar ciertas virtudes, de ahí que cada película constate el desengaño de un demiurgo que en esta secuela termina con gesto desolado ante el fracaso de su empresa.

Si yo fuera William Castle, habría colocado a la entrada de cada pase de Saw 2 un cuestionario que el público debería ir rellenando a medida que el protagonista del film fuese avanzando etapas, para comprobar si nuestras reacciones serían análogas a las suyas. Porque el truco narrativo de esta secuela, la puesta en práctica de una cierta falsedad de la representación [1] es la prueba que Jigsaw nos pone también a nosotros, espectadores presos del mismo proceso emocional que su protagonista. Por ello, Saw 2 no es un simple film de horror, es también un test sociológico interactivo que demuestra que la mayoría de nosotros también hemos perdido la partida.
[1]Un aspecto que podrían estudiar dos expertos como David Bordwell o Santos Zunzunegui, a la espera de que terminen de analizar el último rollo perdido de la película imposible de Murnau, o el film maldito de los ’70 dirigido por Straub & Huillet.