Cuando se estrenó Saw allá por el año 2004, un servidor quedó decepcionado e, incluso, irritado ante el carácter de un film que, la verdad, no era más que una gigantesca trampa de guión la cual, pese a comenzar francamente bien, pronto transitaba por los derroteros de la provocación superficial, el susto fácil y la búsqueda incansable de la truculencia gratuíta. Sin embargo, cuando al año siguiente la segunda entrega vió la luz, el resultado fue muy distinto. Saw II era una pieza de cierta profundidad, muy bien construída y, desde luego, en absoluto tan banal como lo había sido su predecesora. La diferencia estribaba, básicamente, en sorprender al espectador desde los mismos planteamientos argumentales y no desde la casquería más vulgar. Ante esto, la tercera entrega podría haber dirigido sus pasos hacia uno de los dos precedentes. Sin embargo, la película de Bousman opta por desligarse de ambos y recorrer un camino propio que, reconozcámoslo, no llega a concretar con la misma eficacia de la segunda entrega.

Saw III no busca el impacto primerizo, ni la obsesión por integrar al espectador en un ambiente deshumanizado y extremo como buscaba la primera de las películas. Tampoco opta por construír, metódicamente, unas situaciones verosímiles y acompañarlas por personajes creíbles como hizo el mismo Bousman en la segunda. Por el contrario, una vez asentada la dimensión formal de la película y descartada la posibilidad continuísta respecto a la credibilidad de los personajes, Saw III opta, sencillamente, por elevar sus cotas lóbregas. Por plantear, dicho de una forma sencilla, un “más difícil todavía” en el que las situaciones sangrientas se hallan situadas en primer término del film, subordinando todo el resto de aspectos dramáticos (caso de haberlos) a un segundo plano en el que acaban por diluírse, en pro de la tendencia formal de una película que no concibe otro modo de reafirmarse que no sea explotando sus tendencias al exceso.
Es en ésta secuela donde queda clara una tendencia que se extenderá a lo largo de las dos restantes (alcanzando, quizá, su máxima representación en la quinta, recientemente estrenada): los personajes no son tales. Están únicamente concebidos en función a la tendencia cavernosa que la saga comenzó a delimitar en la primera entrega. Y ello es debido a que, por mucho que Saw III contenga un buen número de diálogos con inclinación a la trascendencia (algo que también se ha convertido en el común denominador) estos, al fin y al cabo, solo actúan como un espejismo de profundidad en una película que se inscribe, estrictamente, en la necesidad por acentuar, hasta límites casi paródicos, los lugares comunes de la serie.

Efectivamente, la disposición autoirónica que el film alcanza en más de una ocasión, no únicamente establece su completa diferenciación respecto de las producciones anteriores, sino que llega a situarse en unos insólitos estratos de sinceridad en lo tocante al espectador. Saw III se presenta como un film deliberadamente hueco e insustancial. Una suerte de carnaval protagonizado por vísceras donde es imposible hallar otros elementos más sugestivos. Si bien es cierto, reconozcámoslo, que ello acaba por convertirse en su más evidente virtud y convirtiendo al film en un producto de interés, muy a pesar de sus palpables deficiencias.
Saw III es una película cuya postura queda clara desde un principio. Ante ello, Jigsaw, sus víctimas y sus acólitos no representan más que un cúmulo de títeres utlizados como materia prima para que el espectador entre en un film en el que puede dar rienda suelta y, a la par, reírse del instinto destructivo que lleva (llevamos) dentro.