Pregunta: «¿Cómo habrá podido instalar Puzzle en una habitación de hotel un mecanismo tan descomunal para martirizar a su víctima?». Respuesta: «Pieza a pieza. Como un kit». Pregunta: «¿Qué siente al descubrir que su marido tenía como afición la tortura sádica de sus semejantes?». Respuesta: «Era un rasgo de su carácter que no interfería con nuestra vida en común». No son diálogos de Scary Movie. Pertenecen a Saw IV. Dejemos claro desde ya que no vamos a dedicar sesenta líneas a esta película porque pensemos que se trata de una obra maestra. Más bien, estimamos que los condicionantes estajanovistas de producción que hacen de ella un bodrio, como lo son en nuestra opinión la mayor parte de las secuelas anuales perpetradas a partir de la cinta original ideada en 2004 por James Wan y Leigh Whannell, también han dado lugar en ciertos títulos de la saga, y especialmente en el que nos ocupa, a un grado de complejidad narrativa que no sólo entronca con tendencias del audiovisual más celebrado del momento, sino que además aporta insospechadas tonalidades existenciales a las, por ahora, cinco entregas.

Cualidades ambas que para nosotros son fruto accidental de la explotación mercantilista, hasta el tuétano, de las premisas que forjaron Saw, afortunadamente más complejas que las características de longevas series anteriores de terror como Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street. Los infinitos crímenes de Jason Voorhees no requerían más inspiración argumental que la brindada por un catálogo de bricolaje. Los de Freddy Krueger tenían la gravedad de un mal sueño premonitorio de nuestro penoso papel en la representación navideña del instituto. En cambio los de John Cramer (Tobin Bell), el enfermo terminal que ofrece a sus damnificados la oportunidad de replantearse unas existencias que han dilapidado física o moralmente hasta el momento de verse expuestos a sus maquiavélicas trampas, no desmerecen de los cometidos por John Doe y Hannibal Lecter. Uno y otros psicópatas constituyen garantes respectivos de valores férreos, temidos por la hipermodernidad: Ética, Religión, Cultura. Valores cuya influencia trasnochada, asfixiante, creemos haber soslayado, pero a los que nos impulsan a regresar las degradantes carencias de identidad y atributos que distinguen nuestro vivir cada día. Sin darnos cuenta de que, como escribió Freud, «los dioses se tornan demonios una vez han decaído sus cultos».
El hecho de que Cramer, Doe y Lecter maten por propia mano pero, sobre todo, ejerzan como demiurgos frente a quienes los demás personajes escenifican sus fracasos a la hora de sobreponerse a su condición contemporánea, acentúa el carácter simbólico de sus presencias; en Hannibal, Se7en, Saw o la reciente No es país para viejos, los aprendices son advertidos reiteradamente de que no darán la talla en la ceremonia de solidificación de sus pautas líquidas a través de la sangre, el sudor y las lágrimas. Y, sin embargo, persisten en ello. Contribuyendo con sus acciones obcecadas, malbaratadas por la insatisfacción y el egoísmo, al funcionamiento de ese parque de atracciones en el que entrarán, como en cualquiera de los ámbitos que frecuentamos, con sonrisa de suficiencia, y del que saldrán convertidos en despojos de carne tumefacta. Mientras, los gestores primigenios del entretenimiento, sabedores de que le han conferido la categoría de perpetuum mobile, se sentirán libres para desaparecer, satisfechos con su legado.

En ese punto arranca Saw IV. Aunque Puzzle (Cramer) nos ha dejado por fin a resultas de una operación artesanal a cerebro abierto y una semidecapitación con una sierra de carpintero, sus designios han infectado la ficción como un virus. El relato orquestado por Darryl Lynn Bousman vincula a una cantidad ingente de personajes —algunos recuperados de films anteriores— que juegan al gato y el ratón consigo mismos; se desarrolla en un opresivo tiempo real; y no progresa respecto de pasados episodios sino que, en una pirueta estructural digna de Perdidos o "Half-Life", simultanea su acción con la de aquellos. El espectador es obligado a prestar una atención hipnótica, que deviene zambullida traicionera en un infierno por el que no pululan más que condenados. Es curioso que en Saw IV los suplicios físicos que han dado fama a la saga rebajen su intensidad y número; probable constatación de que el averno de sufrimiento a que nos han arrojado nuestras flaquezas, las mismas que nos impedirán escapar de él, ha trascendido a estado de conciencia.