SAW V (David Hackl, 2008). REPORTAJE ESPECIAL SAGA SAW (2004-2008)

Por Ramón Monedero

La sangre como barraca de feria

En su día vi Saw (James Wan; 2004) como un simpático film de horror que había cogido lo más truculento de Seven (David Fincher; 1995) y lo había multiplicado por 10. Su twis final dignificaba por encima de la media un largometraje que de otro modo probablemente hubiera pasado completamente inadvertido. Saw II (Darren Lynn Bousman; 2005) me aburrió poderosamente y Saw III (Derren Lynn Bousman; 2006) simple y llanamente me escandalizó. Mi sentido común me decía que ya era bastante. Mi vida discurría sin truculencias de segunda filmadas a ritmo de video-clip hasta que un colega de Miradas me propuso escribir sobre Saw V (David Hackl; 2008); puede ser divertido, pensé yo. Porque lo cierto es que lo que en un principio no era más que un artefacto propio de una barraca de feria se ha convertido sin hacer demasiado ruido, pero si hincando sus dientes lo suficientemente hondo en el público como para convertir esta singular saga en un fenómeno socio-cultural, de segunda si se quiere, pero un fenómeno al fin y al cabo. A mi modo de ver, lo que hay de interesante en Saw V reside precisamente en la misma existencia de este film. Quiero decir, ¿cómo es posible que una película que fundamenta su razón de ser en la sangre por la sangre y en el puñetazo visual sin más, haya llegado hasta una quinta secuela y la sexta vaya de camino sin que esta saga no se haya condenado al mercado del video-club como única fuente de ingresos? La serie de Viernes 13 o la misma Halloween no tardaron en ser relegadas a las estanterías de los video-clubs como único medio en el que rascar unos dólares al ingenuo espectador que se le antojaba alquilar semejante propuesta. Esto es lo que me interesa. ¿Qué ofrece, en este caso Saw V para que el film sea estrenado en salas comerciales y para que de hecho exista una cierta expectación?

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Uno puede limitarse a poner a caer de un burro al público que no tiene mejor cosa que hacer que meterse a una sala de cine a ver Saw V. También es una opción despotricar contra la película de David Hackl limitándonos a increpar al respetable con una retahíla de descalificativos cada cual más ingenioso que el anterior. Pero en ambos casos estaríamos echando paja sobre el papel. De entrada, hay algo que la saga Saw exhibe con bastante orgullo y es su naturaleza de barraca de feria. No debe entender este término como un apelativo peyorativo, al fin y al cabo, el cine nació como una atracción de feria. En eso, los productores de Saw tienen toda la razón y toda la legitimidad del mundo. Ir al cine a divertirse o a entretenerse no tiene nada de malo. De hecho, el cine de terror lleva décadas sacando a relucir nuestros peores temores y provocándonos alguna que otra indeseable pesadilla. Eso también lo consigue Saw, la saga, se entiende.

Porque si hay algo digno de reconocer a esta sanguinolenta serie es que, con la única excepción de Saw, un poco por encima del resto, Saw II, Saw III, Saw IV y Saw V mantienen un nivel de calidad muy similar. Son tan buenas todas como malas. No hay nada que destaque de la una sobre la otra. Todas son en esencia iguales. Algo lógico por otra parte si se ha demostrado que la cosa funciona. Esto les ha permitido a sus responsables construir una serie de ficciones siempre en torno a primeras figuras del aparato técnico de entregas anteriores. O dicho de otro modo, los responsables últimos de las cinco películas se limitan a tres nombres, James Wan, padre de la criatura y director y guionista de Saw, Darren Lynn Bousman, guionista de Saw II, y director de ésta, Saw III y Saw IV y David Hackl, director de Saw V, que fue previamente instruido entre los bastidores de Saw III como director de la segunda unidad y como diseñador de producción en Saw II, Saw III y Saw IV.

De este modo, el único interés real que tiene la saga Saw reside en ver cómo y de qué manera se riza el rizo. En esencia, la saga Saw es una oda a lo retorcido; sus historias son cada vez más descabelladas y sus asesinatos cada vez más enrevesados. El público va a ver Saw porque quiere dejarse sorprender una y otra vez a partir de la misma fórmula narrativa aunque el precio sea un relato resbaladizo encharcado con la sangre de inocentes que sufren sin ninguna razón. Ésta es la cuestión que más preocupa a algunos. Recuerdo haber leído una crítica a propósito del estreno de Saw IV en la que el crítico en cuestión (no recuerdo el nombre ni el medio), algo ingenuo a mi parecer, arremetía desconsoladamente contra una serie que, según afirmaba el autor, sólo ofrecía diversión a partir de la tortura ajena, del sufrimiento y del morboso placer por ver morir a alguien poco a poco. Esta, creo yo, es otra virtud de Saw.

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Lo verdaderamente terrorífico de la saga Saw, es decididamente horripilante, pero lo es por partida doble. Si el celebérrimo Jigsaw (Tobin Bell) y sus métodos fueran algo más verosímiles el asunto tendría algo de más consistencia, pero aún así, las imágenes que proponen los responsables de la saga, por vacías y manieristas que sean, no pueden dejar de provocar otra cosa que no sea pavor. Eso es así de sencillo. Pero aún más aterrador y bastante más incómodo de aceptar es que en el ser humano existe una inexplicable atracción hacia la sangre, hacía el dolor, lo que comúnmente se denomina morbo. El morbo existe señores, no nos engañemos, y la saga Saw lo explota como nadie.

Con total seguridad, ni Saw, Saw II, Saw III, Saw IV ni Saw V pasarán a la historia del cine. Pero su sola presencia en las salas de cine certifica que el cine sigue siendo en el fondo una barraca de feria, pero también que el público todavía admite, aunque sea de forma implícita y a través de un procedimiento socialmente admitido, que es morboso y que bien entendido, Saw es en el fondo un entretenimiento tan banal como -dolorosamente- lógico en la naturaleza humana.