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Por Israel de Francisco

No hay duda de que en los últimos años ha habido un boom en cuanto a la producción y consumo de documentales, pero prestar atención a este formato desde hace tanto tiempo supone reconocer la valía de una forma de mirar y narrar que arriesga a la hora de contar una determinada parcela de la realidad que unas veces es invisible y otras simplemente incómoda. Desde Miradas de Cine queremos rendir homenaje a una de las secciones de la SEMINCI vallisoletana que más fiabilidad ha demostrado en los últimos años, convirtiéndose en un claro referente de calidad y, en algunas ocasiones (quizás en demasiadas, sobre todo en la última y nefasta “era Frugone”), en un espacio de escape ante selecciones incomprensibles de una Sección Oficial que, cuanto menos, dejaba bastante que desear. Esperemos que esta tendencia al alza que se ha conseguido con una programación coherente y atractiva no decaiga, y que el espectro que con ella se muestra del planeta en el que vivimos y al cual nos dirigimos no deje de hacernos tomar conciencia sobre la grandeza y la miseria de nuestra condición humana.

Lamentablemente impedimentos de última hora han condicionado la cobertura total de esta sección, limitándonos su asistencia de tal manera que esta crónica es la suma de unos pocos de los maravillosos ejemplos que por ella han desfilado (aunque también ha tenido sus fiascos: no todo el campo puede ser amapolas). Aún así, y completando el repaso propuesto con la entrevista al realizador y productor vallisoletano Roberto Lozano, esperemos que el inicial espíritu de homenaje que nos habíamos propuesto se cumpla. ¡Felicidades, Tiempo de Historia!

Trip to Asia - Die Suche Nach dem Eikilang, de Thomas Grube (Alemania, 2008)

Interesante diario del viaje de la Filarmónica de Berlín a tierras orientales, donde los músicos y el propio director de la orquesta exponen sus puntos de vista sobre diversos temas, el más interesante de todos el que lleva al debate sobre el todo y las partes: difuminar el arte propio en un conjunto, constituirse en un engranaje de una maquinaria que aspira a la perfección, algo que entra en colisión con la individualidad, sobre todo teniendo en cuenta (como resaltan los más novatos de la orquesta) la gran cantidad de espacios que requieren los egos de cada artista. No es extraño que este tema sea el principal de todo aquello que se dice en la cinta, ya que hacer hablar sobre este contenido en un territorio como el asiático (el periplo les lleva de Beijing –nuestro Pekín de toda la vida- a Tokio, pasando por Seúl, Shanghái, Hong-Kong y Taipei) es hablar sobre el cambio de una mentalidad colectiva (la China socialista) a otra más individualista (la japonesa y la de las hipermodernizadas capitales que dominan el cotarro financiero), terminando con una bella reflexión sobre el final de la gloria que, por estar filmada en la capital del Japón, nos remite inevitablemente al maestro Ozu.

Trouble the Water, de Tia Lessin y Carl Dean (Estados Unidos. 2008)

A ratos estremecedor, a ratos desasosegante, este documental sobre la tragedia de Katrina recoge durante su primera parte el testimonio en primera persona de una de las familias que tuvieron que aguantar el embate del huracán en su mismo epicentro, teniendo que refugiarse en el desván de su casa con la única compañía de sus mascotas, sus vecinos y la videocámara con la cual pretendían testimoniar la inevitable y previsible pesadilla. Relatos aterradores, como el de un hombre que fue rechazado, junto a otros ciudadanos, a punta de bayoneta de unas instalaciones militares en las que pretendían refugiarse, o como la de un ex presidiario, que narra el abandono que de los presos hicieron las autoridades de la prisión, teniéndose que alimentar con papel higiénico y dentífrico, hace poner en duda la filosofía de la América profunda, ya que los afectados por el desastre no dejan en ningún momento de vincular a la divinidad su buena o mala suerte, sin ver que son sus demonios, esos que los Estados Unidos deberían exorcizar, los auténticos culpables de la tragedia: la desatención y la hipocresía de las autoridades; la segregación racial, social y económica; el sistema capitalista ultra liberal… y por supuesto al indigesto George W. Bush, al cual lamentablemente tardaremos tiempo en olvidar.

El infierno vasco, de Iñaki Arteta (España, 2008)

En todo documental sobre testimonios queremos (perdón, exigimos) que se nos ofrezcan relatos de ambas partes en conflicto. Aquí, al tratar el tema de la lacra terrorista y sus funestas consecuencias, nos preguntamos: ¿es de alguna manera necesario que sepamos qué argumentos puede argüir alguien para justificar el acoso, la extorsión y el tiro en la nuca? Del documental de Iñaki Arteta se puede criticar que, para hablar de una realidad tan dramática y compleja como la que sufren muchas personas en Euskadi, elija en esta ocasión la de aquellos que se han visto obligados a convertirse en exiliados, lo cual no deja de ser una mirada sesgada. Y es que a uno le embarga la sensación de cansancio, pues a pesar de no dejar de sentir rabia y solidaridad por todas las personas afectadas por esa lacra fascista del que quiere imponer el pensamiento único a través del terror, el hastío puede llegar a apoderarse del espectador al asistir a un nuevo ejemplo (otro más) de cine en torno a ETA, ya que los únicos que no parecen enterarse son los mismos de siempre, esos que jamás verán este desgarrador desfile de seres desarraigados y desubicados que son los únicos capaces de tomar para sí con toda su verdadera carga el título de víctimas. Hay un claro mensaje que compartimos al cien por cien con el realizador: que tengamos que seguir explicando la auténtica dimensión del término «libertad» es, a estas alturas de la Historia, tan frustrante como aterradoramente dramático.

El país del diablo, de Andrés di Tella (Argentina, 2008)

De esta “investigación” (llamémosla así, aunque más parezca una improvisación de cuatro amigos que deciden pasar un fin de semana de aventuras y recogerlo con su videocámara, pues la planificación y los recursos brillan por su ausencia) sobre el exterminio institucional y militar que sufrieron los indígenas argentinos tan sólo cabe destacar dos cosas: que es asombroso que el comité de selección del festival no encontrara algo mejor (y no debe ser barato para un festival traer a su realizador desde su Argentina natal, cobijarlo en un buen hotel y devolverlo a su país de origen, con el único fin de que presente durante unos escasos tres minutos su chapuza) y que (sin el director proponérselo, me juego el cuello) hay unas imágenes que ponen los pelos de punta, donde asistimos en la actualidad a un baile ritual en mitad de la noche de los herederos de los masacrados, viendo en sus rostros los mismos espectros de sus antepasados que se nos acaba de mostrar en unas fotografías. Sobrecogedor… por pura chiripa.

Hollywood contra Franco, de Oriol Porta (España, 2008)

Aprovechando este sugerente título, Oriol Porta ha realizado un homenaje al escritor y guionista Alvah Bessie, quien por sus ideales estuvo luchando en la Guerra Civil española enrolado en la Brigada Lincoln. Su historia es inseparable de su ideología y del devenir político y bélico del planeta (en general) y de los Estados Unidos (en particular), pues sufrió represión durante el «maccarthismo», siendo uno de los integrantes de los famosos «10 de Hollywood», los cabezas de turco de todo el proceso de «caza de brujas». El producto final es un apasionante relato vital e histórico por el que desfilan personalidades de antaño (la presencia de un personaje como Hemingway resulta trascendental) y de la actualidad (Susan Sarandon no se pierde una si le dan la oportunidad), con un amplio repaso a los filmes realizados desde Hollywood y que tocaron parcial o totalmente la contienda española, sirviéndonos de «cicerone» los siempre esclarecedores comentarios de Román Gubern. De entre los mejores hallazgos, cómo el Régimen logró censurar una producción hollywoodiense desde su mismo origen, es decir, mientras se escribía en Estados Unidos, demostrando la connivencia que llegó a haber entre ambos países y sus modelos políticos. Una obra que puede tornarse en fundamental para todo buen cinéfilo, que le costó al realizador ocho años de su vida y una ingente cantidad de tiempo y presupuesto.

Másik Bolygó, de Ferenc Moldoványi (Hungría/Finlandia, 200)

Duro, durísimo documental sobre la situación de millones de niños en todo el planeta a través de algunos ejemplos concretos y reales. La angustia va in crescendo según desfilan las historias (una niña sudamericana vendiendo cigarrillos en mitad de la noche, explicando los malos tratos que recibe cuando no lleva el suficiente dinero a su casa; unos niños africanos que malviven pelando ante las multitudes; unos niños que fabrican ladrillos en Camboya; una niña africana que cuando no se prostituye la violan, contándolo con impavidez mientras fuma un porro; niños rebuscando en los vertederos del sudeste asiático; etc.). Desde luego, la última de la historias es la más terrible, aquella que nos muestra a los niños soldados, con una mirada que no es ni siquiera adulta, pues un adulto es alguien que ha llegado a ese estado pasando sucesivamente por otros estadios vitales. Son niños con la mirada de zombi, carentes de humanidad, acostumbrados a la compañía de su arma, ese objeto que les da el poder de ser dioses, arrebatando y otorgando la vida con su voluntad como azaroso e implacable juez. Es cuando a uno le da la sensación de que la música de fondo y los bellos planos de montañas y estepas que puntean cada nuevo relato están de más, llegando a frivolizar cada transición entre las historias, pues incluso el montaje deja de tener sentido narrativo: no hubiéramos necesitado más que plantar la cámara y dejar que la realidad atrapase el objetivo, salpicándolo con su pestilente hedor.

Al final de la vida, de Carlos Benpar (España, 2008)

Es inmoral criticar o juzgar las obras de amor. Ésta lo es, pues la cinta se convierte en un emotivo homenaje de un hijo hacia su madre, una forma de darle las gracias por el esfuerzo en su educación y por haberle inculcado su pasión cinéfila. Muchas veces uno se ve en la obligación de respetar obras hechas desde la devoción y el cariño (cosa que no suele abundar). Incluso me atrevería a expresar ciertos pensamientos mientras veía a esta venerable señora repasar aquellas películas clásicas de sesión doble y programa en cartulina, comparándolo con la cinefilia que ahora se estila, ya que entonces la memoria creaba un sagrado vínculo con el fotograma, y las circunstancias extra cinematográficas añadían un valor intrínseco a la experiencia sobre la butaca. Hoy en día nosotros, cinéfilos (cinéfagos) de Internet, poseedores de la «filmoteca ideal» en formato digital, estamos perdiendo esa memoria. “La cantidad modifica la calidad”, que decía Engels. Y eso es precisamente lo que a nosotros nos ocurre. Cada experiencia cinematográfica es realmente volátil y no dura en el recuerdo más que algunos breves años (cuando no menos tiempo), perdiendo su entrañable plusvalía sentimental, pues la saturación de material cinematográfico en nuestro recuerdo llega a ser tal que acaba por abrumarnos, haciéndonos perder referencias concretas y, de paso, la perspectiva. Así y todo, debido a la deficiente realización del mítico Carlos Benpar, hubiera bastado con que se hubiera tatuado un «Amor de madre».

El último truco. Emilio Ruiz del Río, de Sigfrid Monleón (España, 2008)

Documental dedicado a uno de esos profesionales que pertenecen a una raza en peligro de extinción, la de los truquistas y los creadores de efectos especiales artesanales. Y decimos bien, en peligro de extinción, porque no es la primera vez que se hace una obra de este tipo y el homenajeado muere justo al terminarse el rodaje. Emilio Ruiz del Río nos dejó el año pasado, y su figura era bastante invisible. No así su obra, que copó una buena parte de la Historia del cine español con sus maravillosos vidrios pintados que creaban falsas ilusiones, algo que le llevó a trabajar para la industria americana en películas como Doctor Zhivago (id., David Lean, 1965) o Dune (id., David Lynch, 1984) como su clímax artístico. Su oficio era mágico (no por casualidad en Estados Unidos se le conocía con el apelativo de «The Wizard» —«El Mago»—) y, como tal, huía tanto de mostrar sus trucos que incluso el documental se abre así, maldiciendo el protagonista los extras de los DVD’s en los que se destripan esos engaños que pretendían (y lo lograban) crear “falsas ilusiones”. “O como éste mismo documental”, añadía él, indignado, sin comprender que alguien quiera perder la inocencia de la mirada al ver de qué forma saca el mago su conejo de la chistera. D.E.P.

The Forgotten Woman, de Dilip Mehta (Canadá/India, 2008)

Alguien dijo en una ocasión que fotografiar en la India era lo más fácil del mundo: allí donde apuntara el objetivo de la cámara había una historia, un drama que hablaba por sí mismo. Una de las muchas tragedias que existen en la India es la de las mujeres viudas: ni más ni menos que 45 millones de mujeres sufren soledad, abandono, humillación, olvido y pobreza al morir sus maridos. Como toda la población de España. ¿Se imaginan? Salir a la calle y, allá donde vayas, no ver más que viudas. Pueden ser viejas o jóvenes, pobres o de clase media, pero todas quedan estigmatizadas, siendo rechazadas por sus familias como apestadas, muriendo la mayoría de ellas en medio de la calle, donde el resto de la gente no se atreve ni a mirar el cadáver para que no les peguen el mal fario. Una situación durísima que queda bien reflejada en un documental que, sin embargo, no deja de ser un catálogo de las distintas tipologías de viudas, un repertorio de situaciones llenas de dramatismo que no parece ir más allá, sin aportar más soluciones que las forjadas por mujeres valientes que crean hogares para estas desplazadas sociales. Su formato es más propio para un programa como Documentos TV que para un festival de cine.

Voces en imágenes, de Alfonso S. Suárez (España, 2008)

Al hablar del documental de Sigfrid Monleón sobre Emilio Ruíz del Río destacábamos que hay colectivos en nuestra industria lamentablemente olvidados. En este documental dirigido por el asturiano Alfonso S. Suárez se presta atención a los actores de doblaje, no ya olvidados (más bien habría que decir que el ejercicio de su profesión pasa muchas veces desapercibida, salvo en contadas y mediáticas ocasiones), sino que han tenido que soportar durante muchos años (un tiempo que llega hasta la actualidad) el desprecio de sus compañeros de gremio, esos que con su presencia física llenan el fotograma, pues a ellos se les considera una de las causas por las cuales el cine extranjero (americano, hablemos claro) se lleva de calle a los espectadores de nuestro país, pues se considera que facilitan su consumo. A ellos se les ve indignados ante tales acusaciones; a mí simplemente me da vergüenza ajena. El auge del espectador de cine en versión original puede que se deba a un cierto espíritu elitista que entre críticos y cinéfilos hemos establecido (como muchos de ellos testifican en el documental). O puede que tan solo se deba a que hoy en día los espectadores nos hemos vuelto más sofisticados. Sin embargo su labor no solo me parece encomiable, sino simplemente necesaria, pues su arte participa igual que cualquier otra de la intransferible capacidad de generar magia e ilusión inherente al formato cinematográfico. Lo lamentable es que en las salas de exhibición no tengamos la oportunidad de poder elegir.