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Por Javier Castro / Israel de Francisco
Colaboran: R. Arias Carrión, J.D. Cáceres Tapia & J. Paredes

Reportaje de la 53 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, de la que presentamos aquí dos crónicas específicas y una entrevista.

  • Crónica Sección Oficial
    Comentario crítico sobre lo que ha dado de sí la programación a concurso del certamen, con una introducción a cargo de Javier Castro y las reseñas de 21 de las películas presentadas.
  • Crónica Tiempo de Historia
    El ciclo dedicado al cine documental, en la que también se otorgan premios, es uno de los espacios más interesantes de un festival que los úlitmos años no convence en su sección principal. Por Israel de Francisco.
  • Entrevista Roberto Lozano
    El director y productor conversa con Israel de Franciso aprovechando la presentacion, fuera de concurso, de su corto documental Mensajero del Sur, con la presencia de Pau Gasol.

La SEMINCI de 2008 no se recordará ni por la gran calidad de sus películas, ni por que fueran horribles, ni por que el palmarés fuera especialmente absurdo, o la calidad de los ciclos fuera memorable o deleznable, ni porque entrara un nuevo director, o continuara caciqueándola el mismo de siempre. Como mucho se recordaría porque la organización fue especialmente nefasta, pero yo creo que ni eso. Esta edición de la SEMINCI simplemente no se recordará.

Quizá una definición de lo que ha ocurrido en esta edición la dé una anécdota acaecida en el pase especial de una enésima versión restaurada y completada con más metraje inédito de Metrópolis de Lang. El pase en el nuevo auditorio Miguel Delibes el miércoles 29 a las 21:30 con acompañamiento en directo de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León debió de ser una gozada por lo que cuentan, ya que yo no estuve. Pero en la presentación un voluntarioso —y no muy enterado de la realidad política de estos lares— conductor de la gala pidió en un arrebato de ¿júbilo?, ¿histeria cinéfila?, ¿seguidismo? un aplauso para el Ayuntamiento y la Junta de Castilla y León por organizar un evento así. La atronadora pitada y pataleo que siguió cuentan que fue espectacular. Y eso que no pudieron participar en ella los que se quedaron sin entrada, ya que sólo se vendieron unas 190, a las que se pueden sumar aquellos 200 que entraron por tener abonos de noche o completos. Las otras 600 fueron regalos a discreción de algún o algunos jefes.

Siguiendo con el tema de la organización, este año se han externalizado completamente los servicios (creo que hace unos años se hubiera dicho “privatizado”). Esto significa que por ejemplo la venta de entradas ya no es cosa del festival. Así, cuando se duplican las entradas para una sesión y, claro, no cabe toda la gente en la sala porque no hay sitio para dos en cada butaca, la culpa no es del festival. Tampoco debe serlo que se pongan las entradas a la venta con 6 horas de retraso respecto a lo anunciado, los libros y revista del festival no estén a tiempo, que muchas sesiones (inauguración por ejemplo) empezaran con retraso, que algunas se montaran encima de la siguiente (sobre todo en el Calderón cuando había presentaciones), etc…

Y las pobres chicas que atendían tanto a prensa como al público (digo chicas porque casi todas las personas eran chicas jóvenes y bonitas, lo cual no sé si es un comentario favorable o contrario al festival) estaban contratadas por la empresa de servicios de turno (antes llamadas empresas de trabajo temporal), y soltadas sin ninguna preparación ni aviso a que nos las comiéramos las jaurías cabreadas que acudíamos a por entradas, abonos o pases, cuando la culpa no era de ellas y tenían que pagar por los fallos de la organización y de los que no las enseñaron lo que tenían que hacer. Pero eso si, la empresa que las contrató se ganó una pasta a su costa (y a costa de la paciencia del espectador, claro); mi experiencia es que algo así como el 60% del lo que paga el Ayuntamiento a la empresa para contratar al personal se lo queda la empresa, y el 40% restante es lo que gana el esclavo, pero así lo quiere el cacique que acaudilla esta ciudad y su palabra es la ley, que decía la canción.

Hay un nuevo director en el festival, por cierto. Peor que el anterior no es posible que sea, así que veremos si mejora. A su favor hay que decir que, aparte del caos comentado, la calidad de la sección oficial (que daba grima vista sobre el papel, si digo lo que pensaba antes del festival) ha sido bastante decente. Un punto para su equipo por la selección bastante arriesgada y de calidad media aceptable, aunque sin ninguna maravilla. Se ha echado de menos algún título oriental, aunque sólo fuera uno, pero no se puede tener todo. Además, las proyecciones a las que yo asistí en los ciclos paralelos fueron en cine, y me comentan que se ha reducido mucho la proyección en DVD de la que era un auténtico hooligan el anterior director. Démosle por tanto un margen de confianza a ver qué nos monta el año que viene. Espero que el gran jefe no se inmiscuya demasiado en su labor; más raro fue aquel verano que no paró de nevar, que decía otra canción. A ver si además consigue que se vuelvan a llenar las salas como antaño; la espantada de público de esta edición resulta preocupante, y en pocas sesiones he visto más de la mitad del aforo ocupado.

Y pasando ya a un tema más cinematográfico, además de lo comentado sobre lo correcto de la Sección Oficial, se puede celebrar que el palmarés no ha sido tan horrible como me esperaba. Salvo la Espiga de Plata a la convencional El frasco de Alberto Lecci (también Premio del Público), y el Premio del Jurado a Retorno a Hansala de Chus Gutiérrez, que como no la vi no puedo opinar, el resto son premios adecuados, aunque yo hubiera dado otros en algún caso (la Espiga de Oro a la divertida y original Estómago no deja de ser un premio merecido, aunque hubo dos películas que a mi me gustaron más). Lo que no me cabe en la cabeza es inaugurar y clausurar el festival con dos de las peores películas vistas. Ya comentaremos yo y mis compañeros más adelante toda la sección oficial, pero si lo que buscaban era asustar a la gente desde el comienzo, acertaron plenamente.

Antes de comenzar con el desglose de la Sección Oficial, quiero agradecer a Amelia y a Rubén sus valiosas aportaciones y anécdotas como parte del público que ha tenido que sufrir mucho más que yo las inclemencias de la organización.

Javier Castro

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Adoration, de Atom Egoyan (Canadá/Francia, 2008)

DEBATE ABIERTO

Un Atom Egoyan en horas bajas nos presentó una película más interesante por las reflexiones que contiene y por la estética preciosista en que la envuelve (grandes como siempre el músico Mychael Danna y el iluminador Paul Sarossy) que por sus valores cinematográficos. Una historia lastrada por una excesiva dependencia de la casualidad que deja en el espectador una sensación de inverosimilitud que se acentúa a medida que avanza la trama, aunque no por ello la película pierde interés en cuanto a las cuestiones políticas y morales que plantea. Esto es sin duda lo que salva a la película de la catástrofe, pues si no hiciera pensar tanto al espectador en estos aspectos es posible que en algún momento produjera hilaridad. Personalmente doy más importancia a esta faceta reflexiva de la película que a lo demás, lo que me lleva a apreciarla posiblemente más de lo que merece. Por lo demás el sello de Egoyan, su forma de barajar tiempos y espacios y hacerlos confluir en un punto al final de la película, sigue intacto aunque siguiendo la línea de sus últimas obras está más matizado que en sus grandes películas de los 90. En todo caso, tras la tibia acogida que recibió y el vapuleo generalizado de la crítica en Cannes, los que no la hayan visto aquí tendrán que recurrir algún método ilegal para poder verla, como ya ocurre con su anterior película, Where the truth lies, inédita en España.

J.C.

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Exótica (1994) mostró los límites como guionista de Egoyan. Su siguiente y mejor película El dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997) fue su primera adaptación. Adoration es un guión original del propio Egoyan. En ella hay temas nada despreciables: la recreación de la ficción y su confusión con la realidad, vista a través de las tecnologías en donde viven los internautas, y sus efectos sobre todos; el dolor que nace de una educación que se basa en la religión, y cómo —siempre habitual en el director armenio canadiense— un pequeño acto influye en muchas personas. Todo ello es realmente interesante, el problema se encuentra en que todo ha de encajar en la típica arquitectura de las películas del director, en donde cada plano es una pieza de un puzzle, y el último cierra la totalidad. Aquí, lo mejor se encuentra en la intensidad en el retrato del personaje de Sami (Noam Jenkins), sobre el que varia nuestra percepción según conocemos más cosas, desde su presentación como un terrorista musulmán, hasta el plano final, que explica la decisión de su hijo Simon (Devon Bostick) de abjurar de su familia materna, de religión judía. Pero son tantas las casualidades que han de organizarse en torno a los temas planteados por Egoyan, que la hacen, en muchas ocasiones, inverosímil. Un ejemplo: el personaje de Sabine (Arsinée Khanjian), teniendo que ser la pieza que engrase el perfecto mecanismo, resulta estar oxidada.

Rafael Arias Carrión

Animales de compañía, de Nicolás Muñoz (España 2008)

La proyección de esta comedia rocambolesca e hipertrofiada supuso una agradable sorpresa, puesto que ni las referencias ni la sinopsis proporcionada por el festival parecían muy alentadoras. Sin ser tampoco una película maravillosa e inolvidable, si que resulta un espectáculo fresco y muy entretenido, en el que la ironía y mala leche, sorteando el drama familiar que a ratos amenaza con imponerse en la trama, acompañan a una descripción con ensañamiento de las miserias de una familia bien en la noche de celebración del cumpleaños del patriarca de la tribu. Un elenco de actores competentes (a destacar un desmelenado Nancho Novo) que dan la sensación de estar muy a gusto en su papel encarnan una serie de personajes muy prototípicos (la madre que piensa que su familia es un modelo, el patriarca desencantado y aburrido, el hijo medio hippie, la hija pija y con éxito, la otra hija excéntrica con novio engreído mucho mayor que ella, etc…) que consiguen convertir cualquier celebración familiar en una guerra sin tregua de reproches, celos, resentimientos y hastío al que el espectador asiste entre la carcajada y el reconocimiento no del todo asumido de situaciones similares vividas y no bien asumidas. Dentro del mediocre panorama del cine patrio será sin duda una de las propuestas más interesantes y frescas de la temporada.

J.C.

La buena nueva, de Helena Taberna (España 2008).

Oí decir a alguien al salir de la proyección de esta película que a los directores españoles se les debería prohibir hacer películas sobre la guerra civil. Salvo por el aumento del paro que produciría tal prohibición dentro de la industria (no entiendo bien el por qué, pero la mitad de las películas españolas tratan ese tema), estoy en general de acuerdo con ello. Esta película no es ninguna maravilla ni tampoco es mala de solemnidad. Simplemente es cansina. Quizá mis preferencias personales me hacen verla con mejores ojos de los que se merece, y hasta estoy de acuerdo con el maniqueísmo tan exagerado de que adolece, e incluso la película resulta entretenida y tengo especial predilección por la maravillosa Bárbara Goenaga, pero su poca credibilidad (a pesar de estar supuestamente basada en hechos reales) y unos personajes secundarios tan inverosímiles como poco matizados la terminan de lastrar. La cinta se llevó el premio al mejor actor para Unax Ugalde (compartido con el protagonista de Estómago), que aunque está correcto en su papel no llega a la altura del otro premiado ni de varios que se quedaron fuera.

J.C.

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Captain Abu Raed, de Amin Matalqa (Jordania, 2007)

La SEMINCI se inauguró con esta cinta de procedencia exótica (se anunciaba como la película elegida por Jordania para optar al Óscar…) y que aunque parezca inverosímil tiene distribución en nuestro país. Pocas veces ha comenzado el certamen con una película peor. Se trata de la tópica cinta de buenas intenciones protagonizada por personaje entrañable y bonachón que desinteresadamente ayuda a todo prójimo que se le pone a tiro y perdona mesiánicamente cualquier ofensa, siendo querido y admirado por todos los que le llegan a conocer. Esto no tiene por qué hacer mala una película (recordemos a Dersu Uzala o al Georges Bailey de ¡Que bello es vivir!), pero el tratamiento astronómicamente naïf de los personajes y situaciones (ejemplo paradigmático, pero no el único, el vecino que somete a maltrato a su mujer e hijos), la sonrojante presentación del personaje principal así como la conclusión absurda la llevan a caer en muchos momentos en el ridículo e inverosimilitud que desvirtúan el mensaje bienintencionado de la cinta.

J.C.

Desierto adentro, de Rodrigo Plá (Méxco, 2008)

DEBATE ABIERTO

En el convulso México de los años 20 una familia de piadosos campesinos decide, ante la ola de anticlericalismo institucionalizado, marcharse al interior del desierto. Allí el padre decidirá construir una iglesia (con la ayuda de sus hijos… pero sin la de Acuarius) al tiempo que uno por uno sus hijos van muriendo, ahondándose ese desierto interior que padece el cabeza de familia al culpabilizarse (él mismo y su madre) por la muerte de su esposa en su último y precipitado parto. La película utiliza el tema de la religión, la fe y el fanatismo como hilo conductor, pero poco a poco se va convirtiendo en una alegoría sobre el aislacionismo que genera el dogmatismo (ya estemos hablando de Waco y los davidianos o de Corea del Norte y los estalinistas), una forma de entender la vida tan espinosa como los cactus que pueblan el desolado paisaje en el que se ven recluidos los protagonistas, que sufren sus consecuencias con hechos tan previsibles como el incesto o la veneración de sus muertos a través de la sufriente iconografía cristiana y sus mártires. Es cuando el más pequeño de los hijos huye de la crueldad circundante a través de unas pinturas que transforman conceptual y formalmente la cruda realidad a través de su mirada naïf (convirtiendo sus estampas en eso que se llama «tableaux vivants») o metiéndose en un baúl (como el avestruz mete la cabeza bajo tierra en los momentos de crisis). La muerte, tanto al principio como al final, acaba solucionando el embrollo mental de aquellos que caen presos de la superstición.

Israel de Francisco

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Desierto adentro se desarrolla entre 1926, en plena revolución cristera, y mediada la década de los 40, cuando Elías, convencido de que ha cometido un gran pecado, huye hacía las montañas con sus hijos para construir una iglesia como penitencia, buscando obtener el perdón divino, de un Dios vengativo y cruel. Lo que es un prometedor punto de partida se desvanece bajo una acumulación de largas y monótonas diatribas y reiteraciones. Juan Rulfo escribió cuentos similares en apenas cuatro o seis páginas, y supo reflejar las ambigüedades de la religión y de la superstición. Rodrigo Plá necesita dos horas para contar bien poco. Plá busca equivocadamente hacer una película sobre las ambigüedades y/o falsedades de la fe, pero yerra en el concepto. Si de verdad quiere plantear ese tema, como lo realiza Reygadas en Luz silenciosa (Stellet licht, 2007) o Luis Buñuel en Nazarín (1959) yerra al desvincularse de lo terrenal. Durante todos esos años, vemos a un padre cada vez más loco, que somete a sus hijos, pero desconocemos la realidad diaria, cómo viven, cómo sobreviven en pleno desierto. La otra posibilidad que le quedaba al director para retratar la insania de la religión hubiera sido la adscripción genérica, indudablemente habría sido una película gore.

R.A.C.

Dr. Alemán, de Tom Schreiber (Alemania, 2008)

En una de las secuencias iniciales de la película, un joven médico alemán que ha llegado (se supone) por vocación a Colombia, está extrayendo en un quirófano una bala a un sicario. Lo realmente interesante de la situación es el contexto: las paredes pintadas de verde pistacho; de fondo, en la radio, una ranchera preciosa (creo que cantada por María Dolores Pradera); un virgen (que más bien parece un adorno navideño) preside la operación; la sangre chorreando sobre las deportivas del doctor, quien por su inexperiencia tarda un huevo en realizar la intervención. Conclusión: un arranque tan alto solo puede suponer que el resto de la cinta tiene que irremediablemente ir para abajo. Y es que estamos ante otro ejemplo (uno más) de eso que se podría denominar como “cine de favela”, con lo cual llega un momento en el que comienzan a desfilar ante nuestros ojos otras películas, comandadas fundamentalmente por Ciudad de Dios (Cidade de Deus, Fernando Meirelles, 2002). Hay un momento en el que la película podría haber dado un giro interesante, aquel en el que el joven alemán cena con sus compañeros y sus esposas, donde parece abrirse una nueva vía en la que se critica que al lado de la realidad más cruel parece habitar la frivolidad más implacable. Sin embargo, es algo fugaz, pues inmediatamente se vuelve sobre nuestros pasos para adentrarnos en el folklorismo de chabolas, rateros y matones. Es la comodidad de basarse en hechos reales, que luego no admiten ni crítica ni réplica.

I.deF.

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Estómago, de Marcos Jorge (Brasil/Italia, 2008)

Estómago se convirtió, por méritos propios, en una agradable espiga de oro. No sé si es la mejor película de la Seminci, pero sí sé que es una sugerente apuesta que juega con un elemento central, la comida, mezclado con otros dos, que funcionan como metas, el sexo y el poder. Su primer plano abre claramente un paréntesis. Es la boca, describiendo una receta de comida, del protagonista, Raimundo Nonato; el plano final será el del trasero del protagonista, cierre del paréntesis. Entre uno y otro vislumbramos el inicio y el final del aparato digestivo, señalando que mientras todos cagamos lo mismo, no todos comemos lo mismo, ni disfrutamos de ello. Es un film con dos historias temporalmente definidas, en donde te diviertes aunque sepas que no todo lo narrado es placentero. El sexo y la comida (elementos que considero vitales) se unen en una primera historia que se entremezcla con otra, igualmente divertida, que aúna comida y poder, para retratar a un superviviente, alguien que se adapta al entorno para obtener el máximo provecho.

R.A.C.

Flame and Citron, de Ole Christian Madsen (Alemania/Dinamarca, 2007)

Flammen Og Citronen de Ole Christian Madsen narra las vidas reales de dos miembros de la resistencia danesa contra los nazis, dedicados a asesinar a personas concretas, no a salvar a inocentes, y que acabaron convirtiéndose en héroes. Si ya el año pasado causó buena impresión Los falsificadores (Fälscher, Stefan Ruzowitzky, 2007), este año la película de mayor acción corresponde a otra película bastante esquemática en cuanto a la definición de los personajes —nada que se le parezca a la dolorosa ambigüedad de El libro negro (Zwartboek, Paul Verhoeven, 2006)— aunque constante en su acción, pero con un desacierto grande. Son tantos los posibles blancos contra los que atenta este comando anti nazi, que la tensión se pierde, pues no existe una meta, una gran traca final. Aún así, hay que destacar un tramo inicial, antes de caer en la arritmia emocional, en donde hay momentos de tensión muy bien planteados y resueltos, siguiendo un modelo esquemático estadounidense, en donde el retrato coral se va desdibujando en favor de los dos protagonistas, quienes al final parecen Adrien Brody en El pianista (The Pianist, Roman Polanski, 2002), encerrados en su propia jaula.

R.A.C.

El frasco, de Alberto Lecchi (España/Argentina, 2008)

La película ganadora de la Espiga de Plata y el Premio del Público fue para mi una de las peores del festival. Concediendo que la película se ve a gusto (vaya, que no molesta ni indigna), que los protagonistas hacen unas interpretaciones meritorias, y que hay algunas situaciones y momentos divertidos, se trata seguramente de la película más convencional de las presentadas a concurso. Típica película de tipo introvertido y asocial que está enamorado en secreto de una chica joven y poco convencional, lo que da lugar a situaciones absurdas y divertidas y con un más que previsible (no te reviento la película si te lo cuento) final feliz. Una película en definitiva que vemos unas 15-20 veces cada año con mínimas variaciones. Aquí la anécdota que propicia el acercamiento entre la pareja es un frasco lleno de cierta sustancia amarilla procedente de la chica  (profesora en un colegio de un pueblo perdido) que el chico (conductor de autobús que pasa a diario por el pueblo) debe llevar a un hospital a ser analizado. Esta sí que se estrenará más pronto que tarde, y me atrevo a asegurar que será un relativo éxito comercial.

J.C.

Frygtelig lykkelig, de Henrik Ruben Genz (Dinamarca, 2008)

No hay que dejarse engañar por el cínico título de esta película; el único que está feliz al final de la misma es el espectador. Muy agradable sorpresa ajena por completo a la experiencia habitual con el cine danés que nos llega (en las antípodas temáticas y formales del dogma y de Lars von Trier, por ejemplo), se trata de un thirller con más de una y de dos similitudes con la Sangre fácil de los Coen. Un policía que debe espiar sus culpas en un remoto pueblucho, y cuyo único objetivo es salir de allí lo antes posible en dirección a Copenhague, se ve envuelto en la red que a sus pies entretejen los retorcidos y egoístas vecinos del lugar. La presencia de una mujer fatal, el marido de ésta que la maltrata, y las fuerzas vivas del lugar, con la no intencionada colaboración de la policía de la región irán enjaulando a nuestro héroe cuya propia ineptitud e inocencia le pondrán la puntilla. Humor negro y grandes dosis de intriga en un película que no da tregua, con un aspecto visual fascinante y un ritmo in crescendo que no deja indiferente a ningún espectador. Aunque en algunos momentos sea previsible e inverosímil (se anuncia como basada en un hecho real, sin embargo quedan muchos cabos sueltos), y recuerde demasiado a la de los Coen, es una película que realmente se disfruta. A ver si los premios obtenidos (mejor música y mejor guión) y la buena acogida que recibió permiten su distribución en España.

J.C.

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The Guitar, de Amy Redford (EEUU, 2008)

Si al ver Las vírgenes suicidas alguien sintió la tentación de atribuir los méritos de la película de Sofía Coppola al apellido de la directora, que se arrepienta. Y, si no, le sirva de penitencia un pase de The Guitar, el debut detrás de las cámaras de la hija de Robert Redford, una película que despertaba la curiosidad de ver qué puede hacer alguien que se tomó la primera papilla en el plató de El golpe. Desengáñense. Ni el celuloide corre por las venas ni una butaca vitalicia en el Festival de Sundance garantiza que uno aprenda nada. The Guitar empieza bien: Melody (una recuperada Saffron Burrows) pierde su trabajo y a su novio el mismo día en que le diagnostican un cáncer que acabará con ella en un mes. A partir de ahí, la chica decide finiquitar su tarjeta de crédito comprando sillas de diseño y cumplir su sueño de la infancia (desgranado en sonrojantes flasbacks) aprendiendo a tocar una preciosa Fender Stratocaster. Por si eso resultaba muy superficial, la moribunda incluye en su plan vital la tremenda transgresión de cepillarse (alternativa o simultáneamente) al transportista (negro) que le trae los muebles caros y a la repartidora (mujer, latina y casi menor de edad) que la alimenta a base de pizza, en dos consecutivos y eternos videoclips. No hay nada más. Ni asomo de profundidad en una historia hecha de tópicos que podía haber dado más de sí y que empieza bien contada pero sigue (y acaba) como si la hubiera escrito alguien cuya experiencia vital más intensa fuera leer la revista Elle. Si el doctor les augura buena salud, pueden perder el tiempo con esto. Si no, elijan una cualquiera de papá Redford. 

Josefa Paredes

Kirschblüten - Hanami, de Doris Dorrie (Alemania, 2008)

La primera parte de la más reciente película de la ya veterana realizadora alemana Doris Dörrie transita por lugares poco estimulantes, si bien construidos con cierta eficacia, que arrancan con un hecho que parece reclamar sin matices la atención y comprensión del espectador: Trudi recibe la noticia que su marido, Rudi, padece una enfermedad terminal y le queda a lo sumo un año de vida; ella decide ocultar la información a Rudi, y se afana en hacer / compartir con él alguna de las cosas que una vida presuntamente cómoda y sin sobresaltos no ha facilitado, aunque lo más que consigue es que ambos vayan a visitar a la gran ciudad a dos de sus hijos. Un suceso repentino en ese viaje intempestivo cambia todo el panorama: Trudi fallece. A partir de aquí todo empieza a cobrar mayor densidad y dimensión, provocando un cortocircuito al anular la situación de suspenso por la muerte anunciada pero no concretada de Rudi, el cual termina su recorrido vital fundiéndose, literal y metafóricamente, con su mujer fallecida a los pies del monte Fuji, en una imagen conmovedora construida sobre las bases del butoh, que había fascinado a Trudi en vida. Cerezos en flor es un film templado y delicado que a partir de lo convencional y tangible se acercr a lo espiritual y abstracto, que además, como muestra elocuentemente el epílogo o el personaje interpretado de la joven sin techo (una extraordinaria Aya Irizuki en su primer papel en cine), que signficativmente interpreta butoh para recordar a su madre, viene a exponer un escenario donde la familia (y determinados corsés sociales) restringen y/o condicionan nuestro desarrollo individual e incluso creatividad. Una lectura o visión desesperanzadora, incluso discutible, y a la vez sincera y valiente.

J.D. Cáceres Tapia

Kolme viisasta miestä, de Mika Kaurismäki (Finlandia, 2008)

Desde luego (pidiendo perdón por adelantado) con esta película el realizador no dejará de ser conocido por «el hermano de Aki Kaurismáki», pues la realización es tan impersonal (lo que es lo mismo que decir falta del estilo que su hermano hace tiempo que encontró) y la historia está tan vista (durante una noche tres amigos que se reencuentran con el paso de los años conversan y salen a relucir sus miserias) que ni siquiera el título de la película (desconocemos si es una traducción literal del finés original) parece tener ni gracia, ni sentido, ni ironía alguna. De personajes con historias ocultas que tienen cosas que echarse a la cara y que al final se acaban por reconciliar está la Historia del cine a rebosar. Quizás lo más original de la propuesta sea que esta película se rodó en un breve espacio de tiempo (cinco días) y que prácticamente no hubo guión previo, por lo que el peso del rodaje lo llevaron los actores y sus improvisados diálogos. Conociendo este dato la película se ve de otra manera. Desconociéndolo, no se aprecia de manera alguna en el producto final, por lo que acaba por significar una anécdota más.

I.deF.

The Loss of a teardrop Diamond, de Jodie Markelll (EEUU, 2008)

Una de las mayores decepciones del festival fue esta aburrida y cargante por momentos adaptación de un guión de Tennessee Williams escrito en 1957, en sus mejores años, pero que nunca había visto la luz hasta ahora. Aun conteniendo muchos de los elementos que caracterizan la obra del escritor —ambientada en el sur más recalcitrante, protagonizada por una mujer que no sabe usar y malinterpreta su libertad e individualidad, y con la conclusión de que el amor más que ganarse se ha de comprar— la película adolece de unas interpretaciones amaneradas y afectadas, un aspecto visual vanamente esteticista y recargado, y un ritmo cansino y plano que a media mañana resultó una bendición para más de un espectador insomne. Una cinta pretenciosa con cierto tufillo aleccionador cuyo destino inmediato es el olvido.

J.C.

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Maria Larssons evige ojeblik, de Jan Troell (Suecia y otros, 2008)

DEBATE ABIERTO

El mismo día de la terrible inauguración del festival se proyectó la que para mi gusto fue la mejor película de la sección oficial. Jan Troell nos propone un melodrama-río ambientado a comienzos del siglo XX en torno a una familia obrera y centrándose en el personaje de la madre. Casada con un hombre que no para de hacerla hijos, serla infiel, emborracharse y maltratarla, encuentra refugio en la consagración a sus hijos, en una cámara fotográfica y la amistad con el dueño de una tienda de fotografía. La película transcurre con un ritmo contemplativo, recreándose en los detalles y rituales de la vida de la protagonista, sobre todo cada vez que saca la cámara fotográfica. El aspecto visual de la película es fascinante, rodada en un color mate y deslucido que hace que casi se recuerde en blanco y negro o sepia difuminado como las fotos que hace la protagonista, se llevó merecidamente el premio a la mejor fotografía. También la pareja protagonista hace un trabajo ejemplar, con una Maria Heiskanen, premio a la mejor actriz, sublime por su sencillez, sensibilidad y frescura, con una mirada que hipnotiza (si pudiera encontrar su último plano en la película me haría un póster con él para forrar mi habitación). El único “pero” que se podría poner a la cinta es una cierta reiteración de algunas situaciones de la vida familiar que hinchan innecesariamente el metraje, aunque no por ello deja de ser una pequeña joya y mi película del festival.

J.C.

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El veterano realizador sueco quería rendir homenaje a la abuela de su esposa (quien tuviera el honor de ser la primera fotógrafa de Suecia), contándonos su biografía entre unos pocos años antes y otros pocos después (hasta su muerte) en torno a la Gran Guerra, un dramático hecho que toma relativa importancia en el argumento… como la mayoría de los temas que aparecen en el filme (las distintas formas de agrupaciones obreras, el machismo, etc.), ya que no hay un tema más allá del de la buena señora protagonista que parezca interesar a Troell. Y es que el filme se convierte en un álbum vital que, como las fotografías tomadas durante las vacaciones, sólo hace gracia a sus protagonistas. Fuimos muchos los espectadores que no acabamos de entrar del todo en la historia, pues es el realizador quien atrapa para sí toda la empatía de los personajes por formar parte de sus propios intereses sentimentales, y la película se torna en un desarrollo plano, unidimensional, intranscendente en la mayoría de las ocasiones, sin profundidad, el periplo anecdótico de una mujer y los sufrimientos que ella y sus hijos tienen que padecer a manos de un padre alcohólico y violento. Éste es el típico ejemplo de película de jubilado sueco (que no se llame Bergman, por supuesto). El tiempo de reconocer la sensibilidad y el lirismo a estos niveles en el cine coetáneo, con todos mis respetos, ya pasó.

I.deF.

La mujer del anarquista, de M. Noelle y P. Sehr (España/Alemania/Francia, 2008)

Se puede hacer realmente difícil y molesto escribir acerca de aquello que produce un profundo rechazo emocional e intelectual. "La mujer del anarquista", coproducción franco-germano-española dirigida a cuatro manos por el matrimonio formado por Marie Noell y Peter Sehr, trata de contar, otra vez, un convulso episodio que transcurre durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores a su conclusión, pero se estrella con estrépito incluso cuando intenta, tímidamente, apartarse de su parca progresión y roma definción para mostrar los aspectos menos amables de la historia (vid. la escena en la que el joven hijo muerto yace en una cama del piso donde viven porque aun no hay sitio para enterrarle o el reencuentro con el marido y padre interpretado por Juan Diego Botto). El problema principal de esta, desventuradamente, nefasta película no es su espásmico discurrir, las mediocres interpretaciones de la mayor parte del reparto (aunque lo de Maria Valverde no sorprende, soy de la opinión que su sensualidad y belleza siempre han estado muy mal aprovechadas y ha tenido la mala fortuna por lo general de ser dirigida por malos directores en la parcela actoral), el excesivo número de líneas de diálogo estúpidas, la torpeza escenográfica o la negligente realización. El problema es su incapacidad para transmitir sentimientos de cualquier clase, su completo desprecio por la beldad de la tragedia y la fealdad de lo cotidiano (y viceversa).

J.D.C.T.

Plus tard, de Amos Gitai (Fancia/Alemania/Israel, 2008)

Hay en esta película algo que inevitablemente me lleva a pensar en Caché (Escondido) (Cache, Michael Haneke, 2005): el pasado que se cuela por una brecha del presente, provocando una hemorragia con politraumatismo. “Las bases de nuestra cultura se asientan sobre los pilares de la barbarie”, escribía Walter Benjamin, un perseguido por el nazismo que optó por tomar ese atajo llamado suicidio. En su obra, como en estos dos filmes, conviven pasado y presente como dos malos vecinos: el presente es fluido (plano secuencia), el pasado es disperso (montaje rápido). Nuestra percepción de la realidad se diluye como un reloj líquido, mientras que la memoria es un precipitado cúmulo de recuerdos dispersos. Es entonces cuando el montaje (su formato) se vuelve alegoría, pues es el tiempo en el que ya prácticamente no existen los testigos directos (no privilegiados) del Holocausto, y Auschwitz se convierte en el supremo símbolo del horror. Son sus restos, esas cenizas en las que se convirtieron sus moradores, las que llegan hasta nuestros días para emborronar nuestra flamante Historia europea: mientras un tribunal juzga a Klaus Barbie (la TV otorga al suceso carácter de espectáculo) unas funcionarias tasan el precio del miedo, del horror, de la denuncia, de la muerte… Si no estuviéramos tan acostumbrados a esta forma de chantaje tendríamos que vomitar al darnos cuenta de que cuanto más nos pagan más barato vendemos nuestro culo.

I.deF.

Retorno a Hansala, de Chus Gutiérrez (España, 2008)

El 25 de octubre de 2005, un hombre que paseaba por la playa de Rota, en Cádiz, encontró los cadáveres de 37 hombres sembrados en la arena. Después se supo que once de ellos eran de una aldea del medio Atlas marroquí llamada Hansala. Chus Gutiérrez sigue esa historia contando el viaje que emprenden la hermana de uno de ellos y el dueño del tanatorio de Algeciras (estupendo José Luis García Pérez) para repatriar el cadáver. Gutiérrez es competente en su empeño de poner rostro, casa, familia e historia a una tragedia que la mayoría de las veces se pierde en las frías cifras de los periódicos. Pese al más que digno intento, la película cae en los mismos vicios que aquejan demasiadas veces al cine español de ficción con tema social. A saber: masticar bien una historia muy dura y aderezarla con una dosis de buen rollo suficiente como para que el público de conciencia roma sienta que ha entendido el drama pero sin que el estómago se le revuelva ni por un momento. A los demás, los espectadores que entienden que los inmigrantes son personas cuando leen (o escriben) noticias sobre pateras, la película de Gutiérrez les dirá poco, pese a que aprecien su impecable intención y disfruten de la belleza de algunas de sus imágenes. Hay historias que merecen la crudeza con la que Ken Loach mostraba a los malencarados peones de su Cuadrilla y en ella encuentran su ser. Al salir de Los lunes al sol, oí a una enjoyada señora comentar: “¡Qué rabia que este Santa esté en el paro! ¡Con lo majo que es!”. Pues eso.

J.P.

La ventana, de Carlos Sorín (Argentina/España, 2008)

En las antípodas de la anterior se encuentra esta sensible y reflexiva historia de vejez y soledad, en la que un anciano, escritor de éxito pero ahora enfermo y cansado, vive sus últimos momentos mirando por la ventana de su solitaria casa en medio de ninguna parte mientras espera la llegada de un hijo al que hace años que no ve. Sorín nos retrata el aburrimiento sin aburrirnos, el dolor sin herirnos, la soledad sin descorazonarnos. Rezuma empatía con el hombre que, lleno de vida e inquietudes, se muere tumbado en una cama o sentado en una silla de la que no le dejan levantarse. Y nos emociona su mirada anhelante hacia lo que los muros encierran en ese exterior vedado. El protagonista, Antonio Larreta (que hace aquí el segundo papel de su carrera, ya que en realidad es guionista, teniendo en su haber películas como Los santos inocentes, Gary Cooper que estas en los cielos, o El río que nos lleva) se mimetiza con el papel, emocionándonos con su elegancia y dignidad. Para mi era el principal candidato el mejor actor. La cinta se llevó merecidamente el Premio de la Crítica Internacional, siendo quizá la segunda mejor película a concurso. Aunque no creo que su carrera comercial sea ni de lejos tan exitosa como la de El frasco.

J.C.

Villa, de Ezio Massa (Argentina, 2008)

El principal problema de esta película es que no se entiende a los personajes. No sé si es sólo a causa de la jerga bonaerense profunda en la que hablan o también al deficiente diseño de sonido, pero a algunos de los personajes a duras penas se les entienden una de cada diez frases. Deudora de la brasileña Ciudad de Dios, lo cual agradará a algunos y me desagrada a mí, la cinta narra la vida de tres adolescentes que habitan en el gueto que da nombre a la película. Su objetivo en esta vida es poder ver el primer partido de la selección de Argentina en el mundial de fútbol de Corea-Japón. Y en medio de un ambiente de pobreza, violencia y falta de expectativas se lanzan en busca de un televisor que les ofrezca ese momento de esparcimiento. Con su narración atropellada y efectista, y sus personajes planos y convencionales, la cinta va perdiendo interés en busca del previsible final, siendo su brevedad para mi gusto su único valor, aunque quizá pueda tener interés para algunos de los fans de aquella película brasileña. En todo caso no tiene distribución en España y dudo mucho que la consiga.

J.C.

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Young@heart, de Stephen Walter (Gran Bretaña, 2007)

La SEMINCI se clausuró con este documental televisivo carente de interés sobre una coral formada por un grupo de ancianos que se dedican a dar conciertos ni más ni menos que de rock, heavy, punk y otros estilos similares. Sin dejar de ser simpático en algunos momentos, tierno en muchos y dramático en otros (algunos integrantes del grupo mueren durante el rodaje), y reconociendo mi predilección por las personas mayores, de las que tanto deberíamos aprender, lo cierto es que la película no funciona ni como ejemplo vital, ni como curiosidad sociológica, ni como entretenimiento, ni como disfrute musical. Cierto es que parte del público salió encantado y admirando las ganas de vivir de los abuelos, pero me suena más a culpabilidad reprimida (esos padres y abuelos recluidos en residencias…) que a verdadero goce cinematográfico. Afortunadamente la vi el penúltimo día y el último pude resarcirme con un par de maravillas del ciclo de Imamura, de lejos lo mejor del festival.

J.C.