Había varias formas de filmar las cinco historias sobre la Camorra napolitana plasmadas por Roberto Saviano en su inesperado best-seller. Una, recurrir a los códigos ya mitólogicos del cine gánsgters, reciclados últimamente con distinta suerte por David Chase (Los Soprano), Martin Scorsese (Infiltrados) o Michele Placido (Romanzo Criminale). Otra, echar mano de ese costumbrismo nostálgico tan socorrido en el reciente cine italiano (Marco Tullio Giordana en I cento passi). Ambas opciones habrían llevado a Gomorra hacia un callejón sin salida, como probablemente habría ocurrido si Garrone hubiera recurrido al documental como vía de escape. Sólo quedaba un salto sin red (al final, siempre es ésa la única opción para el cineasta con cierta ambición), y ese salto es lo primero que llama la atención cuando contemplamos las imágenes de apertura de la película, un preciso prólogo de presentación en el que la cámara se pega a los personajes, y que se cierra con un plano general de situación (la fortaleza del clan más poderoso), que nos remite directamente al cine clásico. Queda claro, desde ese instante, que el híbrido que contemplaremos tiene poco de acomodado y mucho de personal. Ahora bien, Gomorra es más que buenas intenciones, y pronto se nos revela como la sólida reconstrucción (y subrayamos en este término el prefijo) de un universo engullido por su propia representación. Como se ha destacado en multitud de textos, no hay aquí romanticismo, ópera, honor, ni épica; sólo un paisaje áspero recorrido por supervivientes. El reverso de Scarface, El Padrino, Uno de los nuestros o de algunos viejos y olvidados films como Camorra (Pasquale Squitieri, 1972). Por eso Gomorra, además de una buena película, es una magnífica conclusión, la respuesta –como si de un experimento empírico se tratara- a una serie de pruebas realizadas en Italia sobre el tratamiento del cine criminal. Squitieri trató de importar el espíritu de la serie B americana, y el resultado fue un esperpento. Giordana probó suerte con la fórmula más conocida, la herencia mal digerida de Rocco y sus hermanos, y el resultado fue un mejunje empalagoso. Michele Placido se atrevió a afrontar el gran relato operístico, y el resultado fue un simple aspaviento.

De estos y otros fracasos nace Gomorra como el más valioso y riguroso acercamiento que conocemos a la mayor empresa financiera italiana. Irregular y profundamente imperfecta, sí, pero con una intachable renuncia a transitar lugares comunes que la convierte en la constatación de que aún es posible hacer un cine del presente siguiendo parámetros tradicionales. En esencia, la película de Garrone es un thriller sudoroso y asfixiante, construido sobre estructuras paralelas que (escapando del síndrome Short Cuts) nunca llegan a conectarse, y rodado con una intencionada apuesta por el artificio que lo aleja de cualquier presunción documental. Pero al mismo tiempo es también heredera de un cierto (neo)realismo, optando siempre por la autenticidad de los escenarios, dialectos y diálogos frente a la hegemonía de lo teatral. A veces el plano se fuerza en calculados escorzos. Otras, sobre todo en algunas escenas de acción, notamos ese aire cinéma vérité cuando es la cámara la que sigue atropelladamente a los personajes, y no al contrario. Con esta doble apuesta, que se intercala y se entremezcla inyectando en el metraje una extraña atmósfera de irrealidad, Garrone se vuelca en filmar los cuerpos con una cierta fascinación (patente ya en su anterior Primo amore) que llega casi a deformar los rostros, y que genera algunas secuencias memorables como la que protagonizan los dos jóvenes aprendices de Tony Montana en su particular campo de tiro. Uno puede -y será ésta la opción de los que no aceptan que el buen cine consiga ser mayoritario- concentrarse en los puntos débiles de un film que, aun con su generoso metraje, peca a veces de una cierta imprecisión derivada de la adaptación literaria (de ahí, suponemos, su molesto epílogo escrito sobre la pantalla). Nosotros, por el contrario, preferimos ver Gomorra como la auténtica presentación en sociedad de un cineasta hasta ahora prometedor y, por fin, digno de reivindicar como auténtico valor en alza de una industria tan necesitada como la italiana.