Lo que el cine dice es importante pero quizás lo que dice cuando no se dice lo es aún más. Porque tiene que ver con el lugar en el que uno se sitúa para contar algo, con el universo personal del creador que raras veces puede traicionarse a si mismo. La ventana por donde pasan los fantasmas, la ambigüedad de lo real al igual que las puertas, también es un espacio de entrada al cine. En Tourneur parece ser su principal apuesta: si hay dos caminos, si hay dos posibilidades, si hay que decidir, a él lo encontramos en el costado más ambiguo. No sólo por ser clasificado como un director de la clase B sino porque desde esta elección se hace cargo de la diferencia: la clase B, el camino alternativo, es una opción que muchas veces resiste al canon con toda la fuerza e implicancia política del término “resistir”.
La mujer pantera es una película que materializa el bien y el mal, que los lleva a sus extremos a través del suspense, que los interroga desde su construcción mítica, que los desarma con preguntas filosóficas –o cotidianas- como el momento en el que el protagonista reflexionando junto a su amiga le confiesa que a pesar de sentirse enamorado ya no entiende que es el amor.
Pero, por sobre todas las cosas es una película donde a través del juego entre luces y sombras se debaten uno de los cuestionamientos más actuales y a la vez primitivos sobre las posibilidades del cinematógrafo: la inscripción en imágenes de la naturaleza instintivamente ambigua de aquello que denominamos “lo real”. Y desde este lugar, el de la desconfianza de un absoluto, Tourneur apuesta a la construcción de una verdad creativa más que verosímil.
En La mujer pantera el mal viene del este, de las amenazas que arrastraba la guerra fría y por esto el mal es oscuro, primitivo, y desconocido; es el animal diabólico del que hablaba la Biblia. Pero para ser más tentador se oculta en las apariencias de Irene, la protagonista, una frágil mujer por la que los buenos ciudadanos se sentirán atraídos. Es aquí donde el director le da una vuelta más de tuerca al asunto sugiriendo que quizás sea la mujer y no la pantera quien se esconda detrás de su piel. Y es a través de esta mimetización desde donde Tourneur le da su forma a lo indefinible, al pasaje, a la naturaleza de la ambigüedad.
La verdad de los que dudan, los que sienten distinto, los no integrados, los que pese a todo, lo sepan o no, serán siempre otros, independientemente de la etapa político-social en la que el mundo se encuentre. Hoy ese otro son los musulmanes con sus exóticas y terroristas intenciones de acabar con la paz; o las colonias europeas que intentan acceder a algún mínimo beneficio, como alimentarse, de quien los colonizó; o los salvajes latinoamericanos que todavía no se dan cuenta que deben seguir representando el tercer mundo. En todos los sentidos el otro y la otra realidad, la que excede los márgenes de lo previsible, son los portavoces de lo que no encaja. Lo raro, lo B, lo extranjero, como un francés filmando en Hollywod, como una mujer venida de Europa del este, como el instinto sin reprimir o como la cita primaria que Tourneur le hace a los límites del psicoanálisis. Una ciencia que aún hoy se pretende única interpretadora de las emociones humanas. Irene intenta por todos los medios ser una igual, no sentirse más identificada con el rugido de las fieras y en esa tentativa acude a un psiquiatra que la somete a las bondades de la hipnosis, él cree que podrá salvarla dilucidando su mente y ella agradece la intención pero le reconoce que no es con su mente con la que tiene problemas.
El azar es una pantera que se come la racionalidad. El mundo también es oscuro, entre otras cosas…