Vida fácil (Easy Living , 1949)

Por Ángel Santos Touza

Pete Wilson (Victor Mature) es una estrella del fútbol americano en la cima de su popularidad. Pete lleva en secreto una dolencia cardíaca que, de hacerse pública, supondría su retiro inmediato del mundo deportivo al que ha dedicado toda su vida y una consecuente pérdida de privilegios (fama, respeto, económicos...), algo que le cuesta aceptar y que trata de ocultar tanto a sus compañeros y superiores como a su joven y bella esposa (Lizabeth Scott), diseñadora de interiores sin talento para su profesión y profundamente ambiciosa.

La enfermedad se propone desde los primeros compases como la exteriorización involuntaria de una insatisfacción vital indeterminada —durante gran parte del metraje vemos como Pete renuncia a aceptar su estado, negándose a 'ver en su interior'—. Insatisfacción que se relaciona con las dificultades existentes en su vida conyugal y la siempre difícil aceptación del paso del tiempo, y que además, en su profesión, implica un inevitable relevo generacional —de la noche a la mañana veremos como los grandes carteles que anuncian su figura a las puertas del estadio, serán sustituidos por los de otra nueva y joven estrella—. La mayor parte de personajes presentes en el film, se ven obligados en uno u otro momento a cuestionar cuál es su lugar en la vida que les ha tocado vivir y cuáles han sido las renuncias, fracasos y errores cometidos para llegar hasta allí. En este sentido, el filme presenta una cruda galería de 'desencantados’ más propia del cine negro que de la supuesta amabilidad de un melodrama deportivo. Estos ‘fracasados’ representarán sus papeles con distintas suertes: cínicos unos, estoicos, suicidas o melancólicos los otros. Wilson deberá aceptar su declive y el fracaso de su matrimonio, mientras que su mujer busca traspasar las fronteras de su mediocridad mediante el juego de las relaciones sociales y la apariencia.

En estos aspectos la película de Jacques Tourneur —mucho más interesante de lo que él mismo afirmaba— parte de elementos afines a los que habitualmente daban origen a los filmes de Douglas Sirk, con el que comparte además cierto pulso dramático, elaborados a partir de 'material de desecho' (aunque aquí el guión lo firme el nada ‘deshechable’ Charles Schnee a partir de un argumento de Irwin Shaw) y con repartos de segunda o tercera fila (Victor Mature no es Robert Mitchum y Lizabeth Scott no es Lauren Bacall), pero que terminan por superar ampliamente las expectativas. En manos de Tourneur un filme sobre el fútbol americano —deporte del que afirmaba no haber visto ni un sólo partido antes de la realización del filme y que a juzgar por lo mostrado, parece cierto: Tourneur renuncia a la épica del encuentro y se limita a filmar los entrenamientos o mostrar jugadas reproducidas a través de un proyector de 16mm durante su análisis— se convierte en un tratado de inquietudes del alma e insatisfacciones vitales de alto contenido emocional, apoyado fundamentalmente por el tratamiento de la luz —otra conexión evidente con Sirk— y la facilidad en el manejo de los elementos narrativos: ritmo, espacios, edición. Éstos aportan una densidad y ambigüedad que en manos de otro realizador más transparente no se alcanzarían. Las sombras importadas directamente de sus filmes fantásticos se introducen con una pregnancia táctil en los vestuarios del equipo, en los que las rejas, y rincones se vuelven relevantes; en los amplios locales con ambiente de jazz que bajo su mirada se convierten en desolados cementerios de almas o en la misma casa del matrimonio Wilson —en la que las apariciones del personaje encarnado por Paul Stewart tienen la misma capacidad de sugerencia que la de uno de sus zombies—. La luminosidad se reservará para las escenas desarrolladas en la casa de sus amigos Tim y Penny (la imagen del matrimonio feliz, némesis del protagonista) y para los intensos flashes de luz que provienen de la cámara del fotógrafo deportivo, su antagonista y auténtica 'conciencia' diabólica para Mature. La luz lo perseguirá como un modo de exposición de la 'verdad' que Pete trata de ocultar a todos y a sí mismo. El reencuentro de la pareja, una vez que Mature consiga superar su conflicto personal, se desarrollará con pasión y violencia —y con una, afortunadamente, escasa corrección política— bajo el flash escéptico del cronista que pone la rúbrica a un ambiguo happy end.