Yo anduve con un zombie (I Walked with a Zombie, 1943)

Por Sergio Vargas

Antes del amanecer (de los muertos)

Cuando en 1968 La noche de los muertos (Night of the Living Dead, George A. Romero) hizo acto de aparición, el cine de zombies pegó un revulsivo vuelco, entre otras cosas porque no había existido hasta entonces. Antes los zombies eran otra cosa, eran fantasmas, muertos vivientes, y también un cóctel, como le dice Rand (James Ellison) a la la señorita Frances Dee (Betsy Connell). Y aunque también los había amenazantes, caso de La legión de los hombres sin alma (White Zombie, Victor Halperin, 1932), tal vez la primera película en abordar el tema, el terror que podían llegar a generar estos seres, siempre engendrados a partir de rituales vudú y casi siempre con el fin de convertirlos en mano de obra barata, nacía de su propia naturaleza antinatural, de la de poder caminar cuando su corazón se había detenido y la sangre no circulaba por sus venas, un hecho que el cine actual se ha encargado de asumir de modo que visto en la pantalla ya no impulse el escalofrío que sí que nos recorrería de arriba a abajo si mañana nos encontrasemos con que un familiar fallecido se acerca caminando en silencio con los brazos extendidos hacia nosotros.

Yo anduve con un zombie es una de esas películas en las que los muertos vivientes son algo más en ese sentido. Es un film donde el terror, el suspense y el fantástico se condensan en torno a un drama romántico de una forma tan equilibrada como admirable. Son sesenta y nueve minutos tan bien hechos, tan mágicos, tan perfectos, que duele pensar que alguien se atreva a hacer un remake, aunque sea cierto. Al margen del miedo, ese extraño sentimiento para el que puede costar predisponernos con una película de una época cinematográfica tan diferente a la nuestra, o precisamente por eso todo lo contrario, cuenta con momentos indescriptibles como la canción Shame and scandal for the family interpretada por Sir Lancelot, que es uno  de esos instantes en que la expresión “puesta en escena” cobra verdadero sentido y que distinguen a los creadores como Tourneur de los sólo creados. Los planos se suceden de la única forma en que deberían hacerlo: La entrada de la música y los contraplanos de Rand y Frances, ella intentando escuchar, él confuso y tratando de cambiar la conversación hasta que envía al camarero a interrumpir y el cantante se ve obligado a pedir disculpas. Pero lo mejor sucede a continuación, tras una elipsis que nos devuelve a un Rand totalmente borracho e inconsciente volcado sobre la mesa, cuando nos encontramos con el espectral regreso del guitarrista entonando la hipnótica música, relatando la continuación de la historia, la parte en la que Frances entra en escena, y la interrupción a cargo de la figura de la Sra. Rand (Edith Barrett) que nos devuelve a la realidad, no por última vez en el film, en lo que supone la presentación de su personaje.

En esta película de 1943, segunda colaboración de Tourneur con Val Lewton tras La mujer pantera (Cat People, 1942) todo comienza en una atmósfera apacible y el miedo y el suspense van tomando cuerpo desestibilizando esa apacibilidad merced al desgranamiento de pequeños detalles basados, como siempre en Tourneur, en la sugerencia: como que Holland (Tom Conway) le diga, y mejor aún, le argumente, a la protagonista en el barco que lo que a ella le parece bello es solo fruto de la muerte y la descomposición; después llega la peculiar presentación de la familia, con las sillas vacías, y la pequeña pausa dramática cuando Rand es interrogado por la de la mujer de su hermano. Más tarde, Frances descubre a esta caminando muda en la oscuridad y se asusta al verse acorralada por ella. Después vendrá el terrorífico, por oscuro y por silecioso y por el bosque, paseo que da título al film, la sobrecogedora aparición de Carre-four y su fría y cadavérica mirada en la casa, interrumpida in extremis por la señora Rand, que de nuevo nos transporta a una realidad que había sido alter(n)ada por una visión espectral. Pero, no es todo. Está la magia negra y esa muñeca que arrastra a Jessica al Houmforth, ese misterioso conciliábulo donde nunca llegamos a saber si se crean muertos vivientes o las ceremonias son solo supercherías alimentadas en el colectivo de los nativos por la propia anciana. Del mismo modo, tampoco llegaremos a saber con certeza si Jessica ha vuelto del viaje del que nadie vuelve o si es sólo víctima de una enfermedad desconocida e incurable, porque como siempre en el cine de Tourneur, el mismo fantasma de la ambigüedad que por ejemplo no nos permite más que sospechar de la naturaleza benigna o maligna del francés en La mujer pirata (Anne of the Indies, 1955), se pasea continuamente por delante nuestro, del mismo modo en que lo hace Jessica en su segunda y definitiva expedición nocturna, justo antes del amanecer, que desemboca en uno de los finales más emotivos, desconcertantes y fantásticos que el cine conoce hasta le fecha.