No parece nada caprichosa la decisión de Mary W. Shelley de emplazar los episodios de juventud de su “Frankenstein o el moderno Prometeo” tras los muros de la Universidad de Ingolstadt (Alemania). En la cuna de la Ilustración, su criatura será capaz de desplegar el arrebato romántico que impulse al joven Víctor a la búsqueda de los ideales racionalistas a los que no es posible ni deseable renunciar. De algún modo, lo que anima al protagonista de la obra de Shelley a quebrar los límites de la ciencia y la moral es su afán por conocer —y, ulteriormente, dominar— las fuerzas que impulsan al hombre; el reino material de la razón que anhelamos alcanzar. Como en la obra de Shelley, en El hombre leopardo existe ese afán por conocer las fuerzas que mueven al hombre, por derribar el muro de ignorancia que, como en el caso de la pelotita que baila sobre el agua de la fuente, nos explica una parte de la historia para, a continuación, escamotearnos el resto.
En el filme de Tourneur lo importante es el escenario que marca la ausencia o la presencia del leopardo huido. La forma en la que las cosas se equilibran o se descompensan cuando actuamos movidos por la razón o por el temor a perderla; cuando el miedo a no poder controlar la situación nos dirige hacia una caza que no se limita a la captura del felino, sino a la búsqueda por recuperar ese control que garantiza que no tengamos que vivir una situación idéntica en el futuro.
En este sentido, el auténtico protagonista del relato es el director del museo de Historia de Nuevo México, el Dr. Galbraith (James Bell). Presentado como ejemplo de deducción y conocimiento, por oposición a unos personajes que se mueven por fines más bajos, como la venganza o la voluntad de capturar al animal para expiar la mala conciencia; el Dr. Galbraith es, quizá, el único personaje que muestra la verdadera preocupación por lo que supone el leopardo en la vida de las personas; por lo que supone convivir bajo una situación incontrolable que nos aboca al miedo irracional. Por eso, el verdadero drama del filme, como también lo era el de la obra de Shelley, radica en el preciso instante en el que sus protagonistas quiebran el límite, lo traspasan y acceden a un mundo desconocido, cuya visión no pueden compartir con el resto porque ni siquiera lo entenderían.
En el caso de Galbraith, el acceso al miedo —tal es el mundo en el quedará confinado— se produce cuando acaba con la bestia y restablece el orden, cuando percibe que nada ha cambiado en los miedos de los demás, a pesar de haber matado al leopardo. El rostro descompuesto de sus víctimas, que temen andar por la noche cuando la ciudad está libre de la amenaza, enloquece a una figura criada entre la ciencia y el estudio atento de la Historia, y lo sumerge en el abismo del miedo. En otras palabras, cuando se da cuenta de que no existe una sola verdad que haga falsas al resto y que, por tanto, eliminar al leopardo no es la clave para restablecer la seguridad ciudadana, del mismo modo que el ideal ilustrado de una verdad absoluta y una sociedad armoniosa no conducía necesariamente a ese fin. Así, lo interesante de El hombre leopardo consiste en mostrar la descomposición de los ideales de Galbraith, quien, en el último acceso de locura, llega a la conclusión de que sólo es posible restablecer el equilibrio emulando al leopardo, asesinando a todo aquel con quien se cruce por la noche, para mantener el miedo que genera la necesidad de ser protegido, que prácticamente acaba constituyendo nuestra definición.
El título del texto, y de una de las mejores obras de Isaiah Berlin, está extraído de unas palabras de Kant que señalan que «con un leño tan torcido como aquel del cual ha sido hecho el ser humano nada puede forjarse que sea del todo recto». Me gusta pensar que los errores de Galbraith responden a nuestro interés por conocer todo aquello que forma parte de nuestra vida, por emular a los ilustrados e imponer su certidumbre sobre una sociedad convulsa. También lo fue la de El hombre leopardo.