Tout ça ne vaut pas l'amour (1931)

Por Joaquín Vallet

Opera prima sobre amores tardíos

Jacques Tourneur tiene veintisiete años cuando debuta como director con éste film. Tras de sí llevaba una escueta experiencia como extra o ayudante de dirección y, sobre todo, la influencia decisiva de su padre, Maurice Tourneur, un magnífico cineasta que no ha obtenido nunca el reconocimiento merecido como uno de los más notables talentos del cine silente francés. Es obligado citar a éste director porque Tout ça ne vaut pas l´amour mantiene ciertas vinculaciones con su estilo presentando a un Jacques Tourneur cuya única función reside en familiarizarse con las maneras cinematográficas siguiendo las maneras estilísticas no sólo de su padre sino de autores como René Clair y concibiendo un film sencillo (en ocasiones, deliciosamente simple) y abierto que hace de la simplicidad su identidad estilística.

Evidentemente, poco o nada tiene que ver este Tourneur con el posterior autor de La mujer pantera o La noche del demonio, aunque sí se hallen detalles en ésta pieza primeriza que pueden anunciar la contundencia de las maneras cinematográficas que el cineasta adquiriría en los años siguientes. Hay una inteligente utilización de la fotografía y una muy certera tarea de dirección, tanto en los aspectos vinculados con el tratamiento escénico como a la misma disposición de los actores. Si nos atenemos al primer punto, es conveniente observar que Tout ça ne vaut pas l´amour es una pieza esencialmente oscura. El tratamiento de la luz se encuentra absolutamente distanciado de lo que, a priori, tendrían que ser las formas habituales en una comedia. Sin más, la secuencia que abre la película muestra a una niña caminando por unas calles, de todo punto, tenebrosas donde la contrastada fotografía (obra de Nicholas Bourgassoff, operador de escueta carrera muy a pesar de que la calidad de su trabajo en éste film sea incuestionable) hace que la pequeña se pierda entre las extremas luces y sombras que toman la práctica totalidad del encuadre. Algo que se extenderá a los interiores de la farmacia regentada por Marcel Lévesque. No cabe duda que éste es un momento, de todo punto, revelador de las auténticas intenciones de Tourneur: al cineasta no le interesa la esencia de una historia que se limita a narrar las incidencias de un triángulo amoroso compuesto por un maduro acomodado, una joven sin hogar y un pobretón vendedor de aparatos musicales. Lo que verdaderamente centra la atención del autor de Yo anduve con un zombie es la exploración de las posibilidades que le ofrece el arte cinematográfico a la hora de expresar cualquier aspecto sensorial o emocional mediante la imagen. Algo que el cineasta maduraría completamente a partir de los años cuarenta pero que aquí ya se encuentra más o menos esbozado.

Hay, por consiguiente, una marcadísima escisión entre lo que el film está contando y las maneras con las que Tourneur lo cuenta, de tal manera que Tout ça ne vaut pas l´amour resulta una obra disímil que oscila entre un tratamiento formal excesivamente profundo y turbio para tratarse de una comedia y un argumento, de igual manera, demasiado ligero para amoldarse a unas líneas visuales tan contudentes.

No obstante, aún de manera cincunstancial, el tranfondo de comedia acaba por imponerse aunque Tourneur se desplace, constantemente, de los lugares comunes del género. Se podría decir que el cineasta plantea una labor de dirección esencialmente fría, sin implicarse íntegramente ni en la trama ni mucho menos en los personajes, a quienes observa entre distanciado e indiferente. Sin embargo, y aunque resulte un tanto paradójico, aquí se encuentra el mayor acierto de la película ya que dicho distanciamiento acaba por aportar una dimensión de espontaneidad y verosimilitud absolutamente encomiables que hacen olvidar, completamente, lo baladí de un argumento de todo punto tópico. En efecto, Tourneur no se sirve de los resortes habituales en la comedia con el fin de crear una comicidad forzada. Su (aparente) apatía a la hora de reforzar los momentos en que los mecanismos propios del género toman protagonismo, actúa de catalizador para que el film no fracase en sus intencionalidades cómicas. De hecho, momentos como la excelente secuencia en el parque de atracciones o, sobre todo, el extraordinario “gag” final, hacen ver que la opción escogida por Tourneur no deja de ser tan certera como insólita.

Tout ça ne vaut pas l´amour es una película que, si bien no plantea la complejidad y la espesura del posterior cine del director galo, no deja de ser una obra singular, no únicamente en lo que respecta a la filmografía de Tourneur, sino incluso dentro del mismo cine francés de comienzos de los años treinta. Su condición de obra pequeña y sus vertientes contradictorias, ocultan un film de gran inteligencia. Una película, en definitiva, excelente cuyo desconocimiento general únicamente puede ser imputado a la inmensa calidad alcanzada por el resto de la obra de Jacques Tourneur.