Hace algunas semanas que no dejo de recordar esa entrañable película, The Majestic, que dirigió Frank Darabont y en la que Jim Carrey y Martin Landau recuperan, en un desolado y triste pueblecito de Norteamérica, un cine abandonado. Lo restauran y embellecen como si se tratara de un valioso mecanismo de relojería, con el entusiasmo y el tesón propio de la juventud, desde las butacas a las luces de neón que parpadean en la entrada. Y esas imágenes me vuelven una y otra vez a la memoria pensando en esos cines que durante estos últimos años han ido cerrando sus puertas en todas las capitales españolas. Los que nos encontramos relacionados de manera más estrecha con el medio cinematográfico sentimos el cine como un espacio vivo, un lugar que se alimenta, respira y hasta nos brinda, en muchos momentos, cobijo. Un espacio con memoria. Porque es indudable que, y esto en muchas capitales del mundo lo saben, tan importante es la calidad de la propuesta cultural en materia cinematográfica como el espacio en el que ésta se desarrolla. Hay lugares emblemáticos en las ciudades, espacios irrepetibles, lugares singulares a los que el tiempo ha otorgado un valor añadido, algunos incluso tan frágiles que necesitan protección, lugares que contienen en sí mismos la memoria del esfuerzo de los que los han conservado en el pasado tanto como la sensibilidad de los que deberían preservarlos para el futuro. Algunos cines tienen el privilegio de haber conseguido, gracias al paso del tiempo, ese indefinible esplendor, quizás de un tiempo pasado en el que el cine se apreciaba, se disfrutaba y celebraba de otra manera. En el que el cine, no las películas que se proyectan sino sus espacios, su iconografía, representaba algunas veces, más que la vida misma. Y es que el cine, el cine como espacio arquitectónico, como lugar de encuentro y hasta como refugio, forma parte de la esencia misma de una ciudad, de su memoria, de su espíritu, de todo lo que hace fuerte, libre e íntegro al ser humano. La cultura no tendría que evaluarse en términos de beneficios, no tendría que rentabilizarse, la cultura se asienta en nuestro yo más íntimo y profundo, en lo que nos es común y está únicamente en relación con la sensibilidad, la memoria y, en definitiva, la historia de una sociedad.
(El cine Víctor de Santa Cruz de Tenerife cerró sus puertas el 31 de diciembre de 2008)