El Festival llegó a su fin de manera silenciosa, como si fuese un personaje del cine de Lisandro Alonso, y con él concluyó la oportunidad de ver películas en versión original subtitulada en Asturias (si excluimos los ciclos preparados por el propio Festival durante el año y alguna otra excepción aislada). Una vez más atesoramos buenos recuerdos del certamen gijonés, y no solamente cinematográficos, aunque habíamos imaginado, por comparación con el año anterior, que muchas cosas serían distintas (o sea, mejores) de lo que finalmente han sido. Pero bueno, supongo que el balance final no es demasiado negativo. Me gustaría finalmente agradecer a todos quienes compartieron momentos conmigo a lo largo de estos días, e invitar a los lectores a una última degustación de reseñas que espero sean de su agrado. Un saludo a todos. (A.D.)

De todo el cine gonzo, mi favorito fue el inacabado proyecto Fight Harm (2001) en el que Harmony Korine (quién si no) se dedicaba a faltar a porteros de discoteca hasta que estos le inflaban la cara a tortas. Chris Waitt no se ha enfrentado a los bíceps de los gorilas, pero sí a las lenguas viperinas de sus ex, lo que puede resultar bastante más dañino. ¿Por qué le dejaron? ¿Por qué es incapaz de tener una relación sentimental duradera? Cámara en ristre, el director y masoquista actor visita a sus antiguas relaciones, que le dejan a caer de un burro y sin esperanzas de soluciones futuras. Waitt se empeña en decir que es un documental, y no tenemos por qué no creerle (curioso que ahora también en el documental, el género intervencionista por excelencia, también aparezcan puristas). Sin embargo, dado el grado de edición de las imágenes, ganaría mucho más si sostuviera lo contrario. La visión del filme mejoraría infinitamente si afirmara si es un falso documental o, mejor aún, que en realidad se trata de una comedia romántica que utiliza los recursos del falso documental. Visto desde esta óptica, Una historia completa… es un divertimento delicioso.
Rubén Romero
El panorama que presenta el Festival de Gijón es muy preocupante para el cine europeo, pero esperanzador para el americano. Frente a las formas sobadas y los excesos de buena parte de los directores europeos a concurso (Nuri Bilge Ceylan, Taylan Barman, Patrice Toye), las películas estadounidenses parecen llenas de personalidad, de ideas nuevas y de lecturas polémicas acerca de las realidades que representan. Poco que decir de la sublime Wendy and Lucy, un film que además de poseer una estética atractiva y comprometida, puede resultar ligera y simpática, ganándose los afectos del heterogéneo público que asista. Y menos problemas tiene el cronista con Afterschool, el impactante debut de Antonio Campos alrededor de las mutaciones de la imagen en la revolución de la web 2.0. Las dudas con Ballast eran mayores. Principalmente por la inquietud que nace en cualquier espectador de bien cuando se pronuncia la palabra “Sundance”. La noticia buena es que Ballast apenas parece una película habitual de ese festival (nada de Miss Sunshines o Junos), sino que es un relato mínimo alrededor de tres personajes: un niño negro que vive en una casa aislada y marginal, su madre y su tío, referencia paterna una vez se conoce el suicido de su padre.
Ante este argumento, la película podría ser un dramón de categoría, lleno de redenciones y de situaciones con moraleja, pero la trama desaparece y Ballast se convierte casi en un film de exploración del paisaje. Un paisaje árido y abandonado, gris y salvaje, donde el chaval protagonista se mueve sin rumbo, casi sonámbulo, camino quizás del destino fatal de su padre. La mejor palabra para definir Ballast es hermetismo. Aunque no como en una película de Lisandro Alonso o de Gus Van Sant, donde la dificultad para situar un contexto o un drama lleva a films como Los muertos o Last Days a la abstracción pura. El primer largo de Lance Hammer no tiene tantas ambiciones y su drama perfectamente localizado es lo que mueve a los erráticos protagonistas. Su sequedad debería llevar al espectador atento a preguntarse donde se posa la mirada de Hammer. ¿Una crítica hacia el desplazamiento y marginalidad que sufren las comunidades negras en el interior de los EEUU? Hay una violencia sutil acumulada en las miradas de los protagonistas del film. Protagonistas que destacan por su contundencia física, conformando una extraña armonía con el paisaje despiadado al que hacíamos referencia antes. Sólo queda la duda de si admiramos Ballast únicamente por su potencia visual, por su negativa a venderse a los caminos más trillados del cine independiente y por su original utilización del paisaje, o si realmente hay algo más allá de un drama local narrando con unas fórmulas que pronto pueden ser formalizadas. Pero esta pregunta creo que es demasiado ambiciosa para el contexto en el que se ha exhibido Ballast. Nos conformamos con que se haya alejado del rutinario, insípido y aburrido cine europeo que nos hemos tragado en las sesiones anteriores de la Sección Oficial.
Miguel Blanco

Cuesta entender el porqué de la animación rotboscópica en este filme. A fin de cuentas, salvo contadas escenas (determinados sueños recurrentes de los protagonistas), se trata de un documental sobre la masacre de los campos de refugiados de Sabra y Shatila a cargo de los milicianos cristianos libaneses bajo el consentimiento del ejército israelí. ¿Por qué Folman ha decidido mostrar las conversaciones con sus ex compañeros de guerra en animación? Se lo dice un ex compañero del ejército israelí en Ámsterdam: “Puedes dibujar a mi hija, pero no la puedes filmar”. Ninguno de los entrevistados que participaron en la barbarie (¿qué grado de responsabilidad tiene el que, sin ser el ejecutor, permite un asesinato?) es capaz de enfrentarse a la realidad de una manera frontal. Porque Vals con Bashir lo que plantea es la incapacidad del cine para plasmar el horror de una guerra, justo lo misma idea que latía en Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, o en la serie de Chris Marker sobre el holocausto. No fue la única, pero sí la más memorable (tal vez por ese candor que se le presupone a la animación) de las películas que se pasaron en Gijón sobre la impotencia del todopoderoso cine: lo mismo ocurrió con la ganadoras del Premio al Mejor Documental: Z 32 y Je veux voir. La primera, de Avi Mograbi, nos habla de la guerra sucia israelí como si de la otra cara de la moneda del Munich de Spielberg se tratara, indagando en los motivaciones de un agente del Mossad. En la segunda, los directores Hadjithomas y Joreige, regresan a su Líbano natal acompañados de Catherine Deneuve, con la vana esperanza de que los ojos de hielo de la diva sean capaces de darles un porqué a tanta locura. Sobra decir que ninguna de las dos películas consigue explicar lo inexplicable.
Rubén Romero
Durante las últimas ediciones del Festival de Gijón han comparecido, a menudo desperdigadas por el programa, películas de una serie de directores austriacos (Ulrich Seidl, Ruth Mader, Michael Glawogger, etc.) que han venido a renovar la cinematografía de su país. Barbara Albert, que colaboró con los mencionados en calidad de guionista, no demuestra, al menos con esta Fallen, un compromiso formal o ideológico lo suficientemente profundo como para alinearse con las mejores propuestas de ese “nuevo cine austriaco”. El planteamiento, que promete mucho más de lo que luego el film da, incluye a cinco ex-compañeras de instituto que se reencuentran varios años después para recordar viejos tiempos y confrontar sus situaciones actuales. Cada una de ellas ha seguido caminos vitales bien distintos, y no tardan en aparecer viejas y nuevas rencillas, así como envidias y reproches varios. El problema es que toda esa superficialidad suele ser mostrada de una forma también superficial. Las peripecias que vivirán incluyen situaciones al borde de lo caricaturesco, sobre todo las relacionadas con el desenfreno etílico que llevan a cabo (a Allen no le vendría mal fijarse en las, éstas sí fascinantes, secuencias de fiestas presentes en La cuestión humana o A Zona), y en los instantes finales la película echa mano de formulismos dramáticos cansinos. La selección musical da, por su parte, preponderancia a un pop meloso que termina por ablandar aún más los elementos más afilados del film.
Alejandro Díaz Castaño
La invasión de Irak por parte del ejército norteamericano y sus aliados y las posteriores consecuencias de la ocupación, son probablemente el acontecimiento bélico más ampliamente registrado por los medios audiovisuales en la historia. De algún modo, los espectadores, desde la ficción, el documental, el reportaje televisivo, los noticiarios, o internet hemos ido acostumbrándonos a recibir éstas imágenes ‘desde el frente’ y a aceptarlas como un hecho consumado, como algo ‘natural’ en lugar de considerar su carácter de aberrante excepcionalidad. En esta nueva edición del FICX son varios los filmes que tienen el conflicto iraquí como referente y que tratan de poner en cuestión parte de esa 'fácil' asimilación. Occupation: Dreamland sin ser una película ejemplar, hace hincapié con eficacia en el aspecto más 'humano' (sic) de un grupo de soldados del ejército norteamericano; presentándolos como lo que verdaderamente son: un puñado de jóvenes envueltos en una situación que les supera y repugna en la mayor parte de los casos, y de la que difícilmente podrán salir (de esto se encargarán sus superiores). Los testimonios recogidos en los barracones de modo directo, sin ningún tipo de alarde técnico, o en diversas patrullas por las calles de Fallujah, remiten a algunos de los múltiples ejemplos de ficción que ha generado el conflicto —las similitudes con el planteamiento formal de Redacted son numerosas— y consiguen, aún sin ir más allá, dejar un justo y pausado ‘testimonio’ de lo observado, en un sentido más periodístico que cinematográfico del término, pero, al menos, lejos de la urgencia voluptuosa de los noticiarios.
Ángel Santos Touza

Documental insólito y sorprendente, Profit Motive... es una lección (en su sentido positivo) de historia, más bien de la historia que no suele quedar registrada y se tiende fácilmente a olvidar o, peor, es sustituida por otra basada en datos falsos o manipulados. La sucesión pausada de planos de lápidas, tumbas, mausoleos, monumentos, placas de personalidades importantes y de gente anónima, es la forma que tiene John Gianvito de hacer memoria sobre los hechos del pasado y verterlos en los acontecimientos que vivimos en el presente. Esas personas son los que también construyeron Estados Unidos, pero desde la barrera, es decir, aquellos que lucharon, y a veces perdieron su vida en esa lucha, contra tradiciones intolerantes, leyes mezquinas, sistemas abusivos... contra personas intolerantes, mezquinas y abusivas. El film, basado en el libro de Howad Zinn "A People's History of the United States", no posee una guía aparentemente definida, ni narracion en off o diálogos, tampoco aparecen personas vivas (excepto aquellas de las imágenes de archivo, un tanto obvias, insertadas en la parte final); en cambio hay abundante sonido de ambiente en el que sobresale el de automóviles y naturalmente el del viento que mece esos paisajes verdosos que se van intercalando entre las planos del pasado... El conjunto desvela un proyecto de lirica tenue pero contundene que durante un poco menos de una hora nos hace sentir desasosiego y a la vez un pequeño impulso esperanzador, y que una vez concluido volver a sus imágenes nos invita a la reflexión y a la búsqueda real de esas marcas temporales en nuestra propia historia.
José David Cáceres Tapia
Dentro de las múltiples y diversas 'reivindicaciones' que se incluyen dentro del ciclo dedicado a la "Utopía Yanki", Red Hollywood, pone su punto de mira en el propio devenir de la Historia del Cine y en concreto, señala hacia aquellos rincones que ésta 'oficialmente' ha olvidado o relegado al oscurantismo. Thom Andersen y Noël Burch recuperan la memoria de aquellos autores estigmatizados (condenados y desplazados) por la Caza de Brujas del macarthysmo, y lo hacen restituyendo no sólo el valor e importancia de las ideas progresistas en el panorama de su época, como a través de la puesta en valor (cinematográfica) de sus filmes. Red Hollywood se construye al modo del Scorsese de XX, proponiendo un repaso a través de imágenes y testimonios de gran parte de esos filmes y autores olvidados, en un viaje metafórico que conduce del 'delator' Turkey de Johnny Guitar a la resistencia de las mujeres-piquete de The Salt of Earth, pasando por los certeros comentarios de Abraham Polonsky. Una necesaria revisión de aquello que ha terminado por imponerse como la única ‘verdad’, sin atender a todas aquellas otras ‘verdades’ que conviven simultáneamente con ella.
Ángel Santos Touza