No es nunca fácil dar con las claves que definen y justifican una nueva edición de un festival de cine. Y menos cuando éste no ofrece al cinéfilo un itinerario definido (una suerte de “línea editorial”) sino una programación heterodoxa, inabarcable y algo desaprovechada. En esa tesitura me encontraba yo mientras daba vueltas a la redacción de este artículo. ¿Es posible establecer un balance de l’Alternativa sin haber visitado la sección de documentales y de animación? ¿Son las retrospectivas y la sección oficial de largomentrajes muestras fidedignas de la calidad de un certamen? ¿Se deben valorar sólo los filmes proyectados o también la asistencia de público, el exquisito trato de la organización o las numerosas propuestas gratuitas? ¿Hasta qué punto la selección de películas reseñables depende del presupuesto y de la inalcanzable competencia (¿Gijón?)? Son demasiadas dudas como para caer en lo temerario y atreverme a dar aquí con un diagnóstico sólido de un festival que, eso sí, me resultó cercano y arriesgado. Algo de lo que no pueden presumir —doy fe de ello— otras muestras estatales demasiado preocupadas por el politiqueo, el glamour y las finanzas.
¿Qué vimos entonces en esta decimoquinta edición de l’Alternativa? ¿Qué quedará de ella en nuestra arbitraria memoria? Pues, sobre todo, un considerable número de propuestas que —en el limitado lenguaje de los críticos— solemos calificar de interesantes. Es decir, una serie de filmes que, aun siendo imperfectos o directamente fallidos, justifican su visionado por razones que van de lo temático a lo estético, de lo mitómano a lo sensorial. Obviando apreciables títulos ya vistos anteriormente en España —Cochochi (Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán, 2007) Night Train/Yu Che (Diao Yi Nan, 2007), Pas a nivell (Pere Vilà, 2007)—, la sección de largometrajes a concurso nos deparó una grata sorpresa y un considerable fiasco. Empecemos por lo bueno y refirámonos a Huanggua (Pepino, Yaowu Zhou, 2008), un auténtico sleeper que pasó sin pena ni gloria en la última Mostra de Venecia (allí se nos escapó por las inevitables solapaciones) y que tampoco arrastró a demasiados espectadores en el único pase [1] al que asistimos. Alejándose tanto del costumbrismo chino (a lo Zhang Yang) y del “realismo tímido” (Àngel Quintana dixit) como de las historias cruzadas (a lo Iñarritu) y de la poética de las ruinas (a lo Jia Zhang Ke), el director esboza aquí tres relatos familiares que apenas se tocan y que, de algún modo, ofrecen una mirada limpia —ligera, austera, con una captura de la cotidianedad bien entendida— de una serie de pequeños conflictos que atañen tanto a la China contemporánea como a cualquier individuo del presente. Formalmente rigurosa —es reseñable el constante trabajo con los planos fijos generales y el acertado uso del fuera de campo—, Huanggua es una película que va calando lentamente en el espectador y que, gracias en parte a un finísimo sentido del humor (en el que, en ocasiones, los pepinos se revelan como objetos cómicos y simbólicos al modo de Tsai Ming Liang y sus sandías), consigue sorprender por su honestidad y osadía. Ligeros apuntes en exceso melodramáticos impiden que Zhou consiga una pieza redonda, pero sólo por su habilidad en la construcción de ciertos ambientes enrarecidos —tres instantes hay, al menos en su filme, en los que el espectador asiste perplejo a un completo “extrañamiento” visual— ya merece la pena recuperar esta obra modesta que, si nadie lo remedia, pasará a engrosar la lista de pequeñas joyas que nunca verán la luz en las salas comerciales españolas.
Tampoco (esperemos) se estrenará nunca Las Meninas del ucraniano Ihor Podolchak. Quizás la única película verdaderamente irritante entre todas los que tuvimos la ocasión de ver en esta edición. Nada tengo, en principio, contra el amplio campo de las artes visuales, pero enfrentarse al debut cinematográfico de uno de sus más prestigiosos artistas no es siempre motivo de alborozo. Más si éste nos presenta un filme relamido y fatigoso que pretende ser transgresor e “interactivo”, pero que se limita a ser caduco en su concepción y pomposo en su plasmación estética. Otros pensarán lo contrario, pero el salto de Podolchack al largometraje apenas nos interesó por momentos y vino a demostrar que las tan cacareadas transfusiones entre distintas disciplinas artísticas no siempre llegan a buen puerto y, en demasiadas ocasiones, nos dejan platos de difícil digestión. Más bien nos sentó en el paladar, en cambio, la juguetona Año Uña, sorprendente ópera prima de Jonás Cuarón, hijo del responsable de Children of Men. Escrita, montada y fotografiada por su director, la película llegaba a l’Alternativa tras un largo recorrido en festivales internacionales e incluso se había proyectado en una sección paralela de la última edición de San Sebastián. De ella, sin embargo, yo sólo conocía su argumento y la sorpresa fue mayúscula al descubrir que se trataba de un ejercicio formal concebido a partir del uso único de fotos fijas en blanco y negro —aunque, a veces, haya zooms para dar sensación de movimiento— que inmediatamente me remitieron a La Jetée de Chris Marker y al reciente filme ensayístico de José Luis Guerín. Tras el efecto inicial, uno pronto se da cuenta que Año Uña juega en otra liga menor y que, en ningún momento, pretende ser un diario filmado o una poesía visual. Pero poco importa porque el filme resulta un ágil y agradecido relato de (des)amor adolescente que, si bien peca de cierta ingenuidad en la concepción de los roles femeninos y masculinos, consigue transpasarnos a aquella compleja edad que es la pubertad; a aquel lugar espacio-temporal donde algunos instantes —para bien y para mal— quedan congelados en nuestro recuerdo como fotografías difusas imposibles de revelar.
En las antípodas de la propuesta de Cuarón se encuentra Yumurta (Huevo, 2007), segundo trabajo del cineasta turco Semih Kaplanoglu que ya compitió (y ganó) en l’Alternativa 2006 con su anterior —y para mí desconocida— Angel’s Fall. No sé como sería su debut, pero su calculado filme de esta edición parecía concebido para cumplir los requisitos de lo que debe ser (para algunos) una respetable “cinta festivalera”. A saber: bajo presupuesto, producción exótica, escasos diálogos y personajes, parsimonia narrativa, bellos paisajes, planos largos, historia mínima y un cierto exhibicionismo autoral. Es bien sabido que existen directores singulares capaces de sacar jugo a muchos de los elementos anteriormente citados —ahí están, entre otros, Michelangelo Antonioni, Bela Tarr o Tsai Ming Liang—, pero también es conocida la existencia de realizadores que se limitan a repetir una fórmula estética —pensada para un espectador más curtido— que, sin un aliento personal, se demuestra rígida, agotada. Es lo que le está sucediendo últimamente al otrora interesante Nuri Bilge Ceylan y es el gran problema de una propuesta —por lo demás, correcta— como Yumurta. Ciertos apuntes auto-irónicos, una secuencia fantasmal con un perro y un final de inesperada sencillez redimen ligeramente una película que inicia una trilogía que ya cuenta con una segunda parte completada: Süt (Leche, 2008), un filme que —cosas de la vida y de la distribución— tuve la ocasión de ver hace unos meses en la última Mostra de Venecia y que reincide en los errores de la propuesta que nos ocupa. Confirmándose así que, aun sin hacer un cine desdeñable, Kaplanoglu sigue sin imprimir vida y fulgor en un nuevo relato (aquí me refiero a Süt) que, por más inri, se aleja de la ligereza y se acerca a un molesto tremendismo. Y todo con los excesivos aplausos de un considerable sector de la crítica que, mucho me temo, no ayudarán demasiado a mejorar la futura carrera de este realizador turco.
Despidiendo la breve sección oficial de largomentrajes —y ya que no vimos Dah be alaveh Chahar... (Mania Akbari, 2007), una de las dos ganadoras del certamen junto a Ye Che (ya comentada en el reportaje publicado en Miradas del último BAFF)—, toca hablar de Momma’s Man, quizás uno de los filmes que mayor curiosidad despertaban entre la comunidad cinéfila. ¿El motivo? Pues que la película cuenta con la presencia actoral del matrimonio artístico formado por Ken y Flo Jacobs y está dirigida por el hijo de ambos, Azazel. Esto permite asistir al espectador —dentro de los límites de una ficción— al hogar real (donde se rodó la película) de dos figuras reconocidas del cine de vanguardia y de la pintura. Un indagamiento, por tanto, decididamente autobiográfico y entrañable —el relato, protagonizado por un estupendo Matt Boren, es un claro homenaje a la relación del director con sus padres— que afortunadamente no cae en el sentimentalismo y que, sin apenas grandes recursos técnicos, consigue retratar un retorno transitorio y peterpanesco al hogar de un adulto asustado por la inevitable llegada de la madurez. No es una gran película, pero cumple con lo que promete. Lo cual no es poco en tiempos de más buenas intenciones que resultados.
Fuera ya de las secciones competitivas, el espectador de l'Alternativa tenía la ocasión de elegir entre cinco retrospectivas bastante diferentes entre sí. Decidimos dejar para otra ocasión las dedicadas a Tony Gatlif, los hermanos Taviani y Sonia Herman Dolz, y apostamos por un valor seguro: el cineasta brasileño Glauber Rocha y una verdadera incógnita de la que teníamos, sin embargo, buenas referencias: el documentalista alemán Andres Veiel. Del primero tuvimos la ocasión de visionar cuatro copias restauradas en 35 mm de algunos de sus primeros filmes [2] y el impacto, no por esperado, fue enorme. No es éste quizás el lugar para referirse en profundidad a una de las figuras más complejas de la historia del cine (del que hablaremos, más a fondo, en un próximo especial en Miradas); al director que fue, sin duda, estandarte de lo que se vino a conocer como el Cinema Novo. Pero sirva, al menos, este comentario para advertir de la completa vigencia de su obra. Es cierto que sus excesos experimentales nos resultaron un tanto demodé y reiterativos en una propuesta tan fallida como la película (¡filmada y producida en Cataluña!) Cabeças Cortadas, pero fue esa misma incontenible locura cinéfilia la que nos fascinó en la alucinógena Terra en transe, quizás una de las piezas más ricas y marcianas —el uso de todo tipo de recursos estilísticos va mucho más de toda lógica autoral—que este cronista haya tenido nunca la ocasión de contemplar —extasiado— en una sala de cine. Por lo demás, Barravento, su seductora ópera prima, nos pareció —en su gran trabajo con la música, los ritos y los rostros— algo más que una reescritura de los principios neorrealistas y Deus e Diabo na Terra do Sol, su segundo trabajo, nos confirmó que estábamos ante un cineasta revolucionario en todos los sentidos del término. Alguien que, en su prosa fílmica, puede recordarnos tanto a Godard como a Jodorowsky, pero que, por encima de todo, supo apostar por un cine imperfecto, sin ataduras, político y radical. Tan vivo que, a día de hoy, uno sigue saliendo afectado físicamente del visionado de sus películas.
Otro tipo de efectos nos producieron, en cambio, los documentales de Andres Veiel que, más que a una experiencia sensorial, nos invitaban a un sano debate ideológico post-sesión. La más controvertida de sus películas —presentada in situ por el propio realizador alemán— fue Black Box BRD (Caja Negra RFA, 2000), un filme que indaga y equipara las vidas de dos personajes aparentemente opuestos: Alfred Herrhausen, expresidente del Deutsche Bank, que murió en 1989 al explotar una bomba en un atentado, probablemente cometido por el grupo terrorista RAF, y Wolfgang Grams, presunto miembro de la banda armada en cuestión y que falleció, en un tiroteo de circunstancias no esclarecidas, cuando debía ser detenido —cuatro años más tarde— en la estación de ferrocarril de Bad Kleinen. La osada jugada de Veiel —que, en el montaje, da los mismos minutos de metraje a los familiares y conocidos de una y otra víctima— invita a la especulación y reflexión del espectador sobre unos hechos aparentemente vinculados, pero que no son tan sencillos como la historia oficial nos los ha querido contar. La experiencia cinematográfica —que incluye pequeños elementos de ficción; la constante presencia de unos coches que evocan el día del atentado— es ciertamente estimulante y resulta, dentro de sus límites locales, equiparable a la que proporciona un documental tan ambiguo como El abogado del Terror (Barbet Schroeder, 2007). Una pequeña trampa argumental que se desvela al final del filme no resta fuerza a una historia que, días después de su visionado, seguía resonando aún en mi memoria.
No tan potente me resultó, en cambio, Balagan (1993), un acercamiento deslavazado al conflicto palestino —con instantes, eso sí, propios del direct cinema y ciertamente aterradores— que interesaba más por su atractiva temática —tratada a partir de un grupo de artistas trangresores que aseguran, entre otras cosas, que “el holocausto es el opio del pueblo israelí”— que por su rudimentaria plasmación formal. Más conseguidas me parecieron Die Überlebenden (Los supervivientes, 1996) —que indaga, 16 años después de los hechos, en los extraños (y no probados) suicidios de tres estudiantes de la misma promoción escolar que Veiel— y, sobre todo, Die Spielwütigen (El furor de actuar, 2003), un documental que sigue durante varios años el recorrido de cuatro futuros estudiantes de arte dramático que —observados respetuosamente por la cámara del realizador alemán— adoptan caminos muy dispares en sus vidas. Por último, se proyectó la última obra del cineasta germano, Der Kick (El golpe, 2006), que no tuvimos la ocasión de ver. Aunque, a esas alturas, ya teníamos una idea aproximada de lo que puede representar en el mundo del cine la figura de Veiel. Un documentalista no tan sobresaliente como nos vendió la organización, pero sí atrevido y honesto. Tanto como para afrontar temas controvertidos preocupándose más por las ideas y el sentir de las personas anónimas que por exhibirse como autor. Algo que, de vez en cuando, es de agradecer entre tanto cineasta pretencioso.
A modo de despedida, permítame el lector un breve retorno a las dudas que me planteaba en el primer párrafo de esta crónica. Pues me temo que, habiéndome limitado al comentario crítico de ciertas películas proyectadas, no he conseguido transmitir el verdadero sentir de un evento que —al menos en esta edición; era mi primera visita al certamen— supo reunir entorno al céntrico Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona a un público heterogéneo y entregado. A unos espectadores que, mientras tomaban unas cervezas sentados en el Hall del edificio, podían disfrutar gratuitamente en pantalla grande de algunas de aquellas películas mal llamadas “invisibles” que, al menos por diez días, salían de los márgenes y estaban al alcanze de quien quisiera descubrirlas. Un esfuerzo loable por parte de la organización que muchos pudieron aprovechar y que, más allá del nivel circunstancial de la programación, sigue dando sentido y justificando a un festival que, por ahora, no entiende de poses y de elitismos. Algo que —crucemos los dedos— debería mantenerse en futuras ediciones de l’Alternativa; una muestra de cine quizás pequeña y limitada, pero independiente, acogedora y abierta a todos.
[1] Uno de los aspectos a mejorar de l’Alternativa es el escaso número de proyecciones de cada uno de los filmes seleccionados. Pues, al incomprensible hecho de que no haya ninguna sesión matinal, cabe añadir que la mayoría de las películas sólo se proyectan en un solo pase. En ocasiones ése se da, además, a altas horas de la noche y entre semana, cuando el transporte público de Barcelona ya es ciertamente limitado.
[2] Vimos Barravento (1961), Deus e o Diabo na Terra do Sol (1964), Terra em transe (1967) y Cabeças Cortadas (1970), pero, en total, se proyectaron gratuitamente hasta seis filmes de Glauber Rocha. Lamentablemente, una solapación impedía al espectador ver toda la representativa retrospectiva completa. Asimismo, un par de las películas se programaron en la Casa América de Catalunya, un lugar acogedor que, sin embargo, no cuenta con una sala de cine en unas mínimas condiciones aceptables. Hasta el punto que, para leer los subtítulos de la pantalla, uno debía ponerse en primera fila o sentarse literalmente en el suelo. Condiciones que no ayudaron demasiado al disfrute de las —ya de por sí complejas— obras del realizador brasileño.