V Sevilla festival cine europeo

Por Miguel Calero

Tristes perspectivas de futuro (o Paz Vega nunca cenó aquí)

Introducción

Hace un año abordábamos la crónica del Festival de Cine Europeo de Sevilla destacando una serie de vicios y errores que lo minaban desde su base. Intentábamos también explicar la importancia de una serie de cuestiones fundamentales que convertían la esencia del certamen en un inestable caminante con pies de barro. A las inevitables preguntas retóricas (¿qué es Europa?, ¿qué es el “cine europeo”?) se unía, y se une, un interrogante que sí debería encontrar respuesta con hechos: ¿qué es —o debe ser— este festival de cine europeo?  Pues bien, dando por sentado que ninguna de estas dos ediciones ha ofrecido nada parecido a un verdadero espejo del cine continental, no podemos más que lamentar que la falta de riesgo y personalidad mostrada el año pasado se haya duplicado en este 2008. Asumimos con resignación que la programación de esta quinta cita sevillana debe juzgarse con cautela, a la vista del agitado cambio en la dirección del festival a mediados de año. Pero esta dificultad añadida no puede justificar que las ciento cuarenta películas exhibidas hayan ignorado (más aún que en 2007) las corrientes cinematográficas más vivas del actual panorama europeo, ya vengan desde las llamadas “derivas” del cine contemporáneo, ya desde los revitalizados géneros (im)populares. Si hacemos caso a la mediocre selección de las películas proyectadas, Sevilla parece querer limitarse (y ésta puede ser la respuesta a la  pregunta que planteábamos) a convertirse en un congreso industrial, en el escaparate anual de la EFA y las Film Comission, renunciando a competir con las dos citas cercanas que debería seguir como modelos: Sitges y Gijón. Así, tal y como ocurría el pasado mes de Noviembre, resulta bastante fácil esbozar una esquemática lista de ausencias que deja al descubierto las prioridades de la organización en cuanto al nulo aprovechamiento de su presupuesto, desde la última Palma de Oro (Entre les murs) hasta dos de las sensaciones del último Sitges (Vinyan y Let the right one in), pasando por títulos como Waltz with Balshir, L’heure d’été, Of time of the city, 35 rhums, Tulpan, Le silence de Lorna, Aquele querido mes de agosto, Un conte de Nöel, La vie moderneHunger, La frontière de l’aube o Un lac. Apenas una anecdótica representación de estos y otros muchos films habría elevado considerablemente el interés general de una programación sustentada sobre un abultado número de películas intrascendentes (se optó, más que nunca, por la cantidad antes que por la calidad), adornadas con unas cuantas promesas y dos títulos mediáticos: Il Divo y Gomorra. Muchas dudas ofrece, pues, el futuro cercano de este evento anual.

Secciones a concurso

Cuenta este festival con su correspondiente Sección Oficial, valorada siempre por un variopinto jurado, y otros dos apartados dedicados al cine de ficción con claro carácter corporativo: Selección EFA y Eurimages, que sirven de promoción a las instituciones homónimas y que son juzgados por estudiantes y público respectivamente. Pues bien, poco pudimos sacar en claro de estas tres muestras principales en las que sólo Gomorra (qua ya comentamos con ocasión de su estreno comercial) destacó con autoridad entre la mediocridad general.

Siendo éste un festival tan joven y de tan heterogénea masa de espectadores, aceptamos como una triste necesidad la presencia de unos cuantos artefactos claramente destinados a ganarse a la audiencia fácil como La ola (vergonzante acercamiento de Dennis Gansel al cine político que triunfó, como estaba previsto, entre los más jóvenes), Bienvenidos al norte (prototípica comedia optimista de Danny Boon, en la línea de Francis Veber, que arrasó hasta alzarse con el premio del público) o  Espías en la sombra (producción de multicines que confirma a Jean-Paul Salomé como el autor más americano del cine europeo).

Reconocemos, por otro lado, el valor de algunas películas mínimamente inspiradas, aunque ninguna de ellas llegara a impresionarnos. Boogie (Radu Muntean), imprescindible representante del “nuevo cine rumano” (¿o deberíamos ya decir “viejo cine rumano”?), aportó una sosegada reflexión en planos-secuencia sobre la grises perspectivas de futuro de toda una generación. Back Soon (Sólveig Anspach), a la postre ganadora del certamen, sirvió de agradable digestivo entre la sordidez reinante. Delta (Kornél Mundruczó) nos dejó algunos de los planos más bellos del festival, al tiempo que nos desesperaba por la tendencia de Mundruzcó (pupilo de Béla Tarr) al preciosismo gratuito. My father, my Lord (David Volach) sirvió de prometedora presentación de un joven cineasta ambicioso, con ganas de alcanzar un estilo propio desde la intimidad de las pequeñas producciones digitales. Il Divo (Paolo Sorrentino) nos hizo disfrutar a ratos, casi siempre gracias a sus agudos diálogos y casi nunca gracias a su concepción estética, un tarantiniano ejercicio de excesos que nos hace dudar del futuro del autor de Las consecuencias del amor.

Incluso admitimos como un acto de justicia poética la inclusión en competición de Katyn, el apolillado regreso de un Andrzej Wajda que nos hace preguntarnos dónde está el autor de las memorables Generación, Kanal o Cenizas y diamantes. La admitimos, decíamos, aunque nos sorprendamos al recordar que son los agresivos ajustes de cuentas con el régimen comunista la especialidad del realizador polaco. Esta impersonal superproducción, en cambio, no tiene un ápice de rabia hasta sus últimos diez minutos. En ellos Wajda se descarga y rejuvenece, pero llega dos horas tarde.

Aceptamos, reconocemos y admitimos. El problema es que, dicho esto, llegamos al túnel negro, al vacío. Porque el resto de lo visto en estas tres secciones osciló entre lo desaprovechado (En el séptimo cielo, de Andreas Dresen), lo inofensivo (The tour, Flame & Citron, Correction, The Hollow, Un gran día para ellas) y lo simplemente bochornoso (Black Ice, Katia’s sister, Robert Zimmerman tangled up in love, 3 días, Caótica Ana, y especialmente Three stories about sleeplessness, sin duda lo peor que vimos en todo el festival).

Afortunadamente llegó Eurodoc, la cuarta sección competitiva, para rescatar a última hora a todos los que sufríamos la fatigosa programación principal. Pudieron verse aquí algunas películas decepcionantes como With Gilbert & George (de Julian Cole) o René (de Helena Trestiková, la última ganadora en Eurodoc), pero también fue ésta la única sección en la que logramos encontrar cuatro películas dignas de destacar. A saber. Revue sirve a Sergei Loznitsa para reciclar con ironía la propaganda soviética de mitad de siglo, manteniéndose —eso sí— en la sombra en su función de montador. Con una edición casi invisible, Revue se convierte en el brillante reverso del found footage abiertamente moldeado, es decir, de las creaciones de otros grandes artesanos como Gustav Deutsch o la pareja Gianikian/Ricci Lucchi. Puisque nous sommes nés permite a Jean-Pierre Duret y Andréa Santana poner en práctica un puro documental de observación, adentrándose en las zonas marginales del nordeste de Brasil para acercar su cámara a la intimidad de dos adolescentes a los que filman con una prudente mirada, emotiva pero no sentimental. La Forteresse  (Fernand Melgar) constituye un meticuloso ejercicio de vaciamiento de estructuras. Registrando la vida diaria en un centro de refugiados suizo, Melgar minimiza las referencias y las coordenadas obligándonos a vivir —como sus protagonistas— en una fortaleza que no es más que un oasis, un espejismo construido en las montañas. Finalmente, The Mother (ganadora en esta sección), en la que Antoine Cattin y Pavel Kostomarov nos convierten en acompañantes de una mujer, Liubov, en su viaje de doble dirección: cámara en mano, Cattin y Kostomarov caminan hacia el pasado de una madre de familia durante un viaje en tren que encontrará su destino en un intenso plano final.

Secciones paralelas

Fuera de concurso, en Sevilla se programan algunas —demasiadas— secciones más minoritarias de muy distinto valor. El tiempo no nos permitió siquiera asomarnos a los espacios dedicados a los cortometrajes (Short Matters), la animación (Europa Junior), y a ese paternal “reservado” construido para las producciones caseras (Panorama Andaluz). Las retrospectivas, por su parte, nos hicieron echar de menos —otra vez— un poco más de audacia: en el maltratado mapa del cine europeo, la elección de David Lean y José Luis Borau se nos presenta como una opción discutible. Algo parecido ocurrió con el Focus al país invitado, que se limitó este año a coleccionar lo más conocido del cine danés contemporáneo, desaprovechando la oportunidad de cubrir las habituales lagunas de las distribuidoras (¿dónde estaba Christoffer Boe? ¿Y las primeras producciones de Von Trier?), o algunos clásicos de difícil acceso (¿una copia restaurada de Vampyr?). Se creó en esta quinta edición un oscuro rincón para el cine de terror (Cine de Medianoche) que, hundiendo nuestras ilusiones iniciales, acabó limitándose a rescatar un álbum de cromos con lo más conocido de Murnau o Fisher. En cuanto al refugio infalible del pasado año (Colección ARTE), poco podemos decir sin caer en la redundancia: entre toda la producción de la cadena franco-alemana se optó por exhibir una didáctica serie de reportajes sobre arquitectura sin demasiado interés. En un terreno confuso quedaron, finalmente, Otras Miradas y el correspondiente Día de la lengua (francesa, italiana y alemana), que al permanecer al margen de la agenda preferente no hicieron más que minimizar la relevancia de dos de los mejores films proyectados en todo el certamen: Nuestra música (Jean-Luc Godard, 2004) y Tout est pardonné (Mia Hansen-Love, 2007). La última obra de Godard se recuperó en el marco de una pequeña muestra dedicada a la guerra de los Balcanes en la que también se pudo ver Verso Est (Laura Angiulli), documental que venía precedido por un cierto prestigio y que acabó suponiendo la última decepción en nuestra visita: teatro, performance y cine-ensayo se mezclan sin concierto en esta fallida reflexión sobre los efectos de la guerra que nos hace preguntarnos —es inevitable— si en su selección pudo pesar el hecho de que Angiulli formara parte del Jurado Oficial... En cuanto a Tout est pardonné, no descubrimos nada si afirmamos que se trata de una de las óperas primas más sólidas del cine reciente. Hansen-Love dio una lección de sutileza y precisión al resto de sórdidas tragedias familiares que poblaban la programación, con un brillante drama sobre las heridas del pasado que nos sirve de simbólico cierre para esta crónica. Tout est pardonné se proyectó en un solo pase, escondido, casi clandestino por las confusiones en los programas de mano que marcaban fechas y horas distintas. A la misma hora encontrábamos la première de Espías en la sombra (comentada nadería de fuegos artificiales), el segundo pase de Giorni e nuvole (ignorable regreso del autor de Pan y tulipanes, también proyectada en su día en Sevilla) y el cuarto pase de Il Divo (película-estrella de esta edición). Toda una declaración de intenciones que se ve avalada por la estadística: en su quinta edición, el festival de Sevilla ha aumentado su cobertura en publicaciones de divulgación y ha alcanzado sus más altas cifras de asistencia, recaudación y patrocinio (aunque tampoco este año ha alcanzado su ya tradicional objetivo: que la star local, la trianera Paz Vega, acuda a alguna de las galas). Habrá que ver si el año que viene, sin excusas ya por el tiempo de preparación, comienza a demostrar un poco más de preocupación por el cine.