Will Eisner no inventó la rueda, pero sí logró que se moviera más deprisa. Cuando su criatura más famosa, "The Spirit", vio la luz el 2 de junio de 1940, el cómic norteamericano ya era una factoría de iconos gracias a nombres como Winsor McCay (Little Nemo), George Herriman (Krazy Kat), Milton Caniff (Steve Canyon), Bob Kane (Batman) o Jerry Siegel y Joe Schuster (Superman). En ese contexto superpoblado, Eisner no sólo fue capaz de hacerse un hueco, sino que formuló una de las obras más influyentes en la historia del medio por sus hallazgos estilísticos y narrativos.
Todo comenzó a principios de otoño de 1939, cuando Eisner recibió una llamada telefónica de Busy Arnold, dueño de Quality Comics, citándole a comer con él y Henry Martin, jefe de ventas de la empresa de distribución Register & Tribune. Ambos se reservaron para el postre una proposición inédita en el negocio de los cómics hasta ese momento: querían que Eisner produjera una revista de cómics de 16 páginas que se encartaría en el suplemento dominical de los periódicos nacionales más importantes del país.

Eisner, que entonces trabaja con Jerry Iger en una compañía conjunta que producía comic books para distintos editores, no tardó en decidirse, vendió su parte del negocio a su socio y se puso a trabajar en las historias y personajes que llenarían el nuevo suplemento. En pocos días ideó tres tipos: una heroína tan sexy como vengativa (Lady Luck), un sagaz mago (Mr. Mystic) y un detective con hambre de justicia (Denny Colt, alias The Spirit).
Lo de crear un apodo fue sugerencia de Arnold, que consideraba el nombre de Colt poco vendible, así como la introducción, a partir del segundo número, del famoso antifaz de The Spirit. Eisner cedió en ambos aspectos, pero a cambio impuso la que sería su primera innovación: The Spirit no tendría un emblema o un signo identificativo, como el murciélago de Batman o la “S” de Superman. Sería simplemente The Spirit, el detective que volvió a la vida para combatir el crimen, la corrupción y la injusticia en Central City, una suerte de Nueva York azotada por el gangsterismo y los políticos deshonestos. El autor incluso se negó a fijar una tipografía característica para el nombre del personaje, de modo que los camiones que repartían la prensa pudieran reproducirla en los laterales a modo de reclamo publicitario. The Spirit tenía que ser completamente distinto a todos los héroes que existían. Y la forja de ese carácter particular empezaba por la forma de presentarlo.
"The Spirit" llegó a los quioscos el 2 de junio de 1940 dentro de una revista de cómics que se distribuía en la edición dominical de los diarios nacionales más importantes de la época. Y así siguió publicándose hasta el 5 de octubre de 1952, siempre con la participación directa o indirecta de Will Eisner en el resultado final. Hago esta distinción porque entre 1942 y 1945, por ejemplo, el autor tuvo que abandonar el cómic para incorporarse a filas, si bien se mantuvo al tanto de las nuevas aventuras de su personaje y supervisó la labor de los dibujantes y guionistas que lo sustituyeron, reservándose la opción de introducir cambios tanto en el estilo como en la letra.

Estas condiciones de producción, unidas a la lógica bisoñez de Eisner, que en 1940 tenía tan sólo 23 años, pueden provocar una enorme decepción en los aficionados que abran por primera vez un número de "The Spirit", ansiosos por descubrir El Dorado del noveno arte. En esos casos, paciencia, paciencia y más paciencia. "The Spirit" no deslumbra desde el primer número. Al contrario, a los ojos modernos, acostumbrados al trazo pluscuamperfecto de dibujantes como Jim Lee, el añorado Joe Madureira, Humberto Ramos, Carlos Pacheco o cualquier otro grande del cómic de superhéroes, y a la calidad literaria de un Alan Moore, un Frank Miller o un Neil Gaiman, "The Spirit" se manifiesta como un cómic torpe e inocentón, plagado de arquetipos y situaciones ridículas.
Hay que esperar a la vuelta de Eisner a la mesa de dibujo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, para empezar a apreciar en su justa medida los logros formales y gráficos de su autor. Más maduro en el plano artístico y en el personal, y con la decidida intención de crear historietas para el público adulto, Eisner se vuelca apasionadamente en su criatura y comienza a experimentar con el formato y las historias. Así imagina una trama en forma de verso, otra en forma de pantomima y otra, una de sus favoritas, en forma de fábula moral y filosófica: La historia de Gerhard Schnobble (5/9/1948).
Los personajes también cambian, pasando de los villanos ortodoxos de la primera etapa, como el Dr. Cobra, Palyachi, el payaso asesino, Orang, el hombre mono, Octopuss o el Dr. Prince von Kalm, a los ángeles con caras sucias que ahora encarnan políticos corruptos, policías vendidos a la mafia, abogados sin escrúpulos o jueces indolentes. Esta deriva de los personajes trae consigo nuevos temas, y "The Spirit" se aleja de la típica lucha entre el Bien y el Mal de los cómics de superhéroes para adentrarse en argumentos que beben directamente de las páginas de sucesos. A Eisner le interesa la gente de la calle, las clases bajas y medias y sus problemas para llegar a fin de mes, por lo que da a su obra un tono neorrealista que anticipa la atmósfera de sus novelas gráficas de los años setenta, como Contrato con Dios. La lluvia se vuelve un elemento casi constante, domina el claroscuro en blanco y negro, y los ángulos se fijan más en la puesta en escena teatral que en la fílmica.
Por lógica, esta transformación afecta a sus ideas sobre la composición de las página y las viñetas. Éstas adquieren todo tipo de formas —círculos, rombos, estrellas, triángulos, etc.— y los personajes entran y salen de ellas atravesando sus límites gráficos. Pero, sin duda, la mayor innovación es la denominada splash page, expresión que hace referencia a la primera página de cada número. Como The Spirit iba encartado en un suplemento, Eisner pensó que la mejor manera de captar la atención del lector era convertir la portada tanto en una cubierta como en una introducción a la historia. Así nació un fascinante híbrido en el que el autor dio rienda suelta a su talento para la simbología y la síntesis visual, dando a luz auténticas obras de arte que adelantaban el tono, el tema y los personajes de la historia que estaba a punto de comenzar. Eisner acababa de inventar la portada narrativa.

La etapa que comprende desde 1945 a 1948 quizá sea la más productiva de la serie en cuanto a originalidad y hallazgos formales. Eisner se muestra cada vez más seguro sobre las posibilidades expresivas del medio y se afana en la búsqueda de un lenguaje que eleve la estima del cómic por parte de los intelectuales. En otras palabras, Eisner quiere para su oficio la misma consideración artística que han logrado el cine, la música o la literatura. Una viñeta no es sólo entretenimiento; en ella también cabe la vida.
"The Spirit" persiguió con ahínco este objetivo hasta su desaparición, motivada por el notable aumento del precio del papel a comienzos de los años cincuenta, la crisis de la prensa diaria frente a nuevos medios como la televisión y la pérdida de interés de los lectores en los cómics.
La industria resurgiría en los años sesenta de la mano de Marvel y sus mutantes, pero Eisner no se subió al carro y siguió a lo suyo, que era adivinar el futuro. Como un Frankenstein posmoderno, Eisner recogía piezas de aquí y de allá para coser una nueva criatura: la novela gráfica. Y hoy sus hijos dominan la tierra.