My Blueberry nights Reportaje Especial WONG KAR-WAI

Por Carles Matamoros

Reciclaje lustroso

Ante el tan retrasado estreno de la (pen)última película de Wong Kar Wai (su versión redux de Ashes of Time ya lleva tiempo completada), es inevitable cuestionarse sobre la relevancia que el contexto juega a la hora de valorar justamente una obra y su creador. Pues lo que, un par de festivales de Cannes atrás, se dijo sobre My Blueberry Nights puede que, a día de hoy, ya no nos sirva de nada y más cuando la susodicha producción en cuestión —que se vendió como la primera piedra de la que parecía ser una prometedora carrera estadounidense del director chino— no ha cumplido las expectativas que se depositaron en ella y ha dejado al responsable de Happy Together en una inusitada encrucijada tanto a nivel profesional como artístico. Quizás, la perspectiva del paso del tiempo tampoco nos da ahora respuestas satisfactorias a las dudas (razonables) que suscita la futura trayectoria del aclamado cineasta oriental, pero sí nos ayuda a ser más precavidos, a distanciarnos de la urgencia del momento, y a no aseverar —como muchos ya hicieron— que WKW ha perdido definitivamente el norte y ya nunca volverá a recuperarlo.

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Las incógnitas que despierta la futura filmografía de Wong —que, por ahora, sólo tiene en cartera un pospuesto y misterioso remake de La dama de Shangai de Orson Welles— no deberían, por tanto, arrastrarnos a una cómoda crucifixión crítica —no sería el primero, ahí están sus colegas defenestrados (y menos interesantes) Kim Ki Duk y Zhang Yimou— que nos hiciera olvidar de pronto sus indudables méritos como cineasta probados en trabajos tan incontestables como Chungking Express o Deseando Amar. Eso no significa, sin embargo, que My Blueberry Nights sea una buena película. Es más (y aunque me duela afirmarlo), se trata, probablemente, del filme más discreto de toda la filmografía del director chino. Aunque, precisamente por ello, su visionado se me antoja de lo más atractivo para todo el que esté interesado en descubrir las costuras que esconde la obra de un autor importante que, como tantos otros —revisen, por favor, las carreras de genios como John Ford, Jean Luc Godard o Fritz Lang—, se puede permitir, de vez en cuando, un tropiezo grave en una trayectoria prácticamente inmaculada.

Aclarada mi postura, cabe preguntarse qué ha sucedido. Cuestionarse el por qué WKW ha naufragado al cruzar el Atlántico. Para hallar una respuesta plausible es necesario remitirse a los tiempos de Deseando Amar, la obra que culminó el ascenso del cineasta de Shangai al panteón de los dioses de la cinefilia mundial. Aunque pueda resultar paradójico, fue en esa suerte de revisión posmoderna de Breve Encuentro cuando empezaron los verdaderos problemas para el bueno de Wong. El estilo de éste —surgido, en plena armonía, con el de Christopher Doyle, su inseparable fotógrafo— alcanzó tal compenetración con lo narrado que ya nada pudo volver a ser igual. Hasta ese asombroso filme —de métrica tan medida y acertada que aún hoy cuesta de creer que surgiese parcialmente de una cierta improvisación—, las películas del cineasta chino tenían en su imperfección una de sus mayores virtudes. Los trazos formales nunca eran claros, los relatos se fragmentaban y los personajes se desquebrajaban ante los ojos de un espectador aturdido por una estética que dejaba entrever sus claroscuros. Era cine vivo, urgente e intangible; un rompecabezas sensorial en celuloide que no se resolvería hasta la imposible historia de amor adúltero entre Tony Leung y Maggie Cheung. Nunca sabremos si la sutil pareja de Deseando Amar llegó a reencontrarse, pero sí podemos asegurar que, en la memoria de WKW, esos espectros del desamor nunca se desvanecieron del todo y, en cierto modo, alumbraron tanto una pequeña joya —el fragmento “La mano” del filme Eros— como un palimpsesto barroco, bello, excesivo e indescifrable como 2046. Aun sin tener clara mi postura ante este último filme citado, pronto tuve la impresión que Wong debía deshacerse urgentemente de los fantasmas de su relato más perfecto, olvidarse de los regodeos formales, de los bellos rostros de dos actores y de los ritmos de Nat King Cole. Debía dar un paso hacia delante en su trayectoria para no quedarse atascado en un universo alambicado que pedía a gritos un lavado de cara. El presunto cambio llegó en un viaje a los Estados Unidos y se concretó en la obra que debía significar un punto y a parte en su filmografía: My Blueberry Nights. El tiempo ha demostrado que esa película fue resultado de un craso error de cálculo.

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Pues la que prometía ser una apuesta de riesgo es tan sólo un refrito, un retorno al pasado con decorados lustrosos que no disimulan las deficiencias de una fórmula que funcionaba diez años atrás, pero que hoy —en un país ajeno y con nuevos caminos abiertos dentro del lenguaje cinematográfico— se demuestra agotada, inerte. Lo primero que llama la atención del filme en cuestión es la fotografía. Será que nos habíamos acostumbrado a las texturas brumosas de Christopher Doyle, pero cuando uno empieza a ver My Blueberry Nights ya se da cuenta que algo no cuadra, que todo es demasiado nítido, que las imágenes de un pastel derritiéndose nos recuerdan más a la edulcoración de una Isabel Coixet que a la melancolía de relatos como Fallen Angels. Si nos fijamos en los espacios, en cambio, sí reconocemos mejor al que fuera poeta de los no-lugares, al cineasta que descubrió que cafeterías, bares o puestos de venta ambulantes podían ser también puntos de encuentro —anónimos e insustituibles— para personajes perdidos entre los neones de la gran ciudad. Sin embargo, cuando escuchamos conversar a Norah Jones y a Jude Law no encontramos la espontaneidad de los personajes de Chungking Express —el filme con el que esta nueva obra establece mayores conexiones— y sí percibimos un exceso de cálculo, una “guionización” de lo que antes nos atrapaba porque era inesperado, creíble, y que ahora nos molesta porque es demasiado obvio, casi como un reciclaje fílmico en el que se han perdido todas las esencias.

El problema de My Blueberry Nights es, por tanto, de doble calado. Pues, por un lado, imita sin conseguirlo formas que sí dieron frutos en el pasado y por otro muestra a un cineasta en exceso precavido que apenas se aleja de los lugares comunes de su filmografía y prefiere pisar en tierra firme —aquí no hay atisbo de la improvisación de filmes rodados en un eterno “work in progress” como Happy Together— en su primer proyecto estadounidense. Es bien sabido que los mecanismos de producción de Hollywood —y esto también sirve para la mayor parte de producciones presuntamente indies— no permiten demasiados malabarismos, pero a alguien como WKW —que decide, voluntariamente, abandonar su país de origen para rodar en el extranjero— debería poder exigírsele una propuesta de mayor enjundia. Esperemos, como decíamos antes, que esta película se quede tan sólo como un pequeño traspiés y que ayude al director chino a replantearse definitivamente su carrera. Algo que, por cierto, también debería hacer Chan Marshall —la cantante conocida artísticamente como Cat Power— que interpreta un pequeño papel en My Blueberry Nights y canta el tema principal que inspiró el filme. Como Wong, Marshall sigue dando muestras esporádicas de su talento en sus dos últimos trabajos, pero ha perdido parte de su encanto por un exceso de sobreproducción, de barroquismo. Puede que “The Greatest” sea una gran canción y que encaje perfectamente con las imágenes a cámara lenta de esta película de WKW, pero nunca nos estremecerá tanto como cualquiera de los despojados temas que configuraban un álbum robusto e imperfecto como Moon Pix. Y ni mucho menos nos atrapará como sí lo hicieron los desatados tangos de Astor Piazzolla que cobraban vida en los bellos cuerpos de Leslie Cheung y Tony Leung en Happy Together. Definitivamente, algo se ha perdido por el camino y tanto Cat Power como Wong Kar Wai deberían recuperarlo. ¿Serán capaces de conseguirlo sin mirar atrás?