My Blueberry nights Reportaje Especial WONG KAR-WAI

Por Antoni Peris i Grao

Recuerdos y desacuerdos

Como acertadamente argumenta Doménec Font, Michelangelo Antonioni es el directo/r referente de Wong Kar Wai. Las soledades de Days of being wild, Happy Together, Chunking Express, In the mood for love o 2046 son el eco de las soledades de Il desserto rosso, La noche o La aventura. El cine de WKW es básicamente el cine de personajes que se buscan incesante, ansiosamente, y que no logran encontrarse más que durante muy breves lapsos de tiempo. El resto del metraje suele recoger la ausencia, la pérdida. Es en este sentido que el cine del realizador de Hong Kong tiene también algo de relación con el de autores como Godard, Marker, Resnais o incluso la más reciente Varda. Todos estos realizadores trabajan el tema de la memoria. Sin embargo, todos ellos nos implican en sus historias, forzando una re/construcción por parte del espectador de las mismas. ¿Qué hay de cierto y qué hay de imaginario en las alucinaciones que vive el anciano John Gielgud en Providence? ¿Qué hay de real, de documental, y que hay de falso, de fabulación, en el metraje de Level Five de Chris Marker? Este juego intelectual no tiene sin embargo una exacta correspondencia en el cine de WKW. Su estrategia no implica tanto una reconstrucción como una reinterpretación de las historias. WKW se permite juegos en los que quien prima no es lo desconocido sino la elipsis. Todo puede ser real. El propio autor tiene su versión de los hechos (filmada y no editada en el caso de In he mood for love) y el espectador no puede lucirse en el juego de este nuevo Marienbad. WKW no ofrece una solución, una respuesta, una conclusión al final de sus historias sino que deja abierta la línea argumental. O mejor dicho, no sólo la deja abierta sino que la línea argumental es más bien intermitente. El juego intelectual se ha transformado en un juego sensorial. Es por ello que en su cine priman esos objetos, aquellas melodías, que recuperan la memoria como la magdalena de Proust. Priman los vestidos de diseño, hasta la suciedad de diseño. Los estampados de las telas hacen juego con los desconchados de las paredes. La lluvia es bella, los reflejos de las luces nocturnas en los charcos son francamente atractivos. Son motivos de ensoñación, de sugestión, los que atrapan la atención del espectador. No se trata de una motivación racional sino de un juego sentimental. WKW nos permite interpretar las historias. Pero no tiene interés alguno en que las reconstruyamos. Su objetivo es que las sintamos.

Así pues, la estrategia de Wong Kar Wai no es la de analizar los laberintos de la memoria sino de contemplar los laberintos sentimentales, Ver aquellos caminos que llevan al encuentro y cuáles al desencuentro. Tras la pérdida de sus respectivas parejas los protagonistas de In the mood for love escenifican su propia pérdida. Hay pistas, hay evidencias, pero no hay opción de juego de la memoria para el espectador. En lugar  de reconstruir la historia de los personajes. WKW nos permite reconstruir sus sentimientos. Así, en 2046, que es la summa de su cine, (una suerte de metahistoria compuesta por tramas recurrentes de otros episodios de su filmografía) WKW nos presenta diversos recorridos sentimentales. No hay sin embargo opción de recuperar una historia, de reconstruir una memoria. En 2046 hay trazos de amor, bastante sexo, ansia, deseo y sentimientos no correspondidos… de nuevo, corazones rotos y esperanzas perdidas. El director no da opción no obstante a que reconstruyamos de modo coherente trama alguna. Tendiendo hacia una suerte de abstracción, WKW construye un collage con los temas que le son queridos y cruza personajes y tramas para que degustemos el producto que sirve con su elegancia habitual.

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Tras una obra magna WKW se enfrentó a una doble coyuntura. ¿Cómo superar el listón? ¿Hacia dónde? Como Antonioni, el director asiático se lanza a las Américas y decide mantener su ideario en un filme hollywoodiense. My blueberry nights es pues coherente con toda la filmografía de WKW (como Zabriskie Point lo sería de la de Antonioni) pero deja de lado la abstracción de 2046 para acercarse, con mucha simplicidad e inocencia, a los laberintos de la memoria que podía lucir Alain Resnais. Así, construye la cinta en base a tres historias, tres historias de desencuentros amorosos: el primero, el de Norah Jones, mujer traicionada que se refugia en las tartas de arándanos de Jude Law. Éste es el segundo, abandonado por una rusa misteriosa tiempo atrás, desde cuando adquirió la costumbre de guardar las llaves dejadas por clientes en su local. La tercera, confidencia de un excelente David Strathairn a Norah Jones, tras la pérdida de una subyugante Rachel Weisz.

Inexplicablemente, WKW da un giro a la trama (y al tono) y pone a la atractiva pero monocorde Norah Jones como contrapunto de una cuarta historia con sabor a déjà vu protagonizada con entusiasmo por una encantadora Natalie Portman. Si los dos primeros episodios mantenían coherencia visual con el cine anterior de WKW (substituyendo al excelente fotógrafo Christopher Doyle por el no menos espléndido Darius Khondji), con sus oscuridades, sus brillos nocturnos, sus interiores, ralentís e imagen congelada, el salto a los exteriores en Nevada y Arizona (ese hálito de road movie) pierde fuerza bruscamente. Y, curiosamente, coherentemente, la debilidad visual se transmite también a nivel estético puesto que WKW no puede transmitir interés alguno por una historia que remata sin fuerza ni interés alguno, debiendo repescar la primera historia para efectuar un cierre tan postmoderno como forzado.

El gran problema de este pastel de arándanos no es sin embargo la falta de fuerza de sus imágenes sino la falta de fuerza de sus ausencias, de sus elipsis. My blueberry nights padece de enfatización, de evidencia excesiva, frente a las sugestivas ausencias que constituían sus películas anteriores. Parece que a Wong Kar Wai le haya fallado su propia memoria.