Es inevitable: la apreciación, los juicios y sentimientos que cualquier película provoca dependen de una multitud de factores ajenos a la propia película, externos, aunque más o menos próximos, al propio film. Condicionantes que generan, en definitiva, una serie de expectativas. Digámoslo ya: nunca me ha gustado demasiado el cine de Wong Kar-wai. Tal vez me interese pero verdaderamente no puedo decir que me guste. Si el cine del autor de 2046 busca, antes que la narración de una historia, el surgimiento de intensas emociones, a mí su cine, por el contrario, me deja más bien frío. La inconfundible estética de Kar-wai, más que potenciar la vibración sensorial buscada en su cine, en mi caso la ahoga. Y me resulta difícil sentir interés por sus personajes —aun reconociendo que son ellos el origen de toda la estética de Kar-wai, al servicio siempre de la subjetividad un tanto enfermiza de unos seres atormentados, enclaustrados en su doloroso mundo interior—. Tal vez sea problema mío, no lo niego. Tengo la sensación, viendo su cine, de que Kar-wai es continuamente subyugado por la fascinación que siente por ciertas imágenes en sí mismas, lo que con frecuencia provoca que encuentre algo hueca su obra —o demasiado sobrecargada, que es lo mismo—. Es curioso: me da la impresión —probablemente disparatada, tampoco lo niego— de que la mirada de Kar-wai debe tanto a la de los cineastas de la modernidad —y aún más de la posmodernidad— cuanto a la de los cineastas primitivos, hermanados por una similar fascinación ante la capacidad técnica del cine, al margen de la narración, para la creación de imágenes, registradas en el pasado, reconstruidas ahora, utilizando los recursos propios de esta época: algo así como si los hermanos Lumière filmaran hoy un videoclip de la MTV. Una mirada tan aparentemente inocente como engañosamente autosuficiente.

El de Wong Kar-wai es un estilo muy personal al servicio de unos personajes igualmente idiosincrásicos, eso es cierto: seres heridos por el amor, anclados en un determinado episodio de sus vidas —siempre de naturaleza afectiva— que ha dejado una huella demasiado profunda: Rupturas y desencuentros como motivos principales. Así, creo que el cine de Kar-wai corre el mismo peligro que el de sus solipsistas protagonistas, el del estancamiento en la nostalgia —que en sus mejores momentos es sustituida por un logrado sentimiento de melancolía—, en el ensimismamiento, incluso en cierto narcisismo. Sus personajes son seres enamorados del desamor, que se regodean en él, a los que un dolor intenso los aprisiona, atrapados menos por el dolor que por la intensidad misma, fascinados más que por la persona deseada por el deseo mismo.
Si 2046 significaba una recapitulación de todo su cine parecía evidente que la carrera de Kar-wai precisaba dar un giro considerable, explorar nuevos caminos. My Blueberry Nights —después del paréntesis de La mano (The Hand), episodio perteneciente al film Eros (2004)— era previsible que supusiera la respuesta a esa encrucijada.
Con este equipaje, pues, me enfrento a la nueva, que ya es vieja, película de Wong Kar-wai.
Después de ver la última película de Kar-wai, se impone una constatación: My Blueberry Nights es, como el recorrido que hace su protagonista, Elisabeth, a lo largo de la historia, un largo viaje para volver al punto de partida, lo cual no se sabe bien si importa una patente esterilidad o una convencida autoafirmación por parte de su autor. Tal vez este largo rodeo suponga el inicio de un cambio de rumbo que en esta película aún no se ha materializado adecuadamente. Tal vez lo más fértil de My Blueberry Nights estribe en su fracaso. Kar-wai ha optado por —de nuevo expresado en las palabras de Elisabeth—, el camino más largo para cruzar la calle. Y es que tanto para Elisabeth como para Kar-wai parece que es más importante ese viaje que su destino. Si algunas de las películas de Kar-wai concluían con un viaje que era sobre todo una huida, es lógico, si confiamos en que My Blueberry Nights constituya un primer paso de un nuevo rumbo que parta del cine anterior de su autor, pero con nuevos horizontes, que la película certifique un retorno al punto de partida después del amago de huida de Elisabeth. My Blueberry Nights, y ésta es la principal novedad que aporta a la carrera de su autor, trata menos de la imposibilidad de superar el pasado que de la necesidad de cerrar ciertas puertas para poder seguir adelante. Y esto es válido tanto para los personajes de la película como para el propio director. En esta coherencia, en esta lúcida autoconciencia, encuentra My Blueberry Nights su principal razón de ser.
Sin embargo, considerada en sí misma, My Blueberry Nights aporta muy poco. Lamentablemente, la película adolece de cierta domesticación de los rasgos característicos del cine de Kar-wai —gusten más o menos, hay que reconocerles su rigor y su alto grado de autoexigencia—, heredando en su lugar algunos de los más irritantes tic del llamado cine indie —algo muy patente en el lamentable episodio protagonizado por Natalie Portman—. De la influencia de directores como Bresson, Godard, Resnais o Antonioni, a la del “Modelo Sundance”. Y en este trasvase es indiscutible que se ha perdido mucho.
El film simplifica enormemente el complejo tapiz de intersecciones que cada obra de Kar-wai elaboraba, tanto en el interior de cada una de sus películas como en relación a la obra global de su autor. Y las pone en primer plano, desterrando la que, a pesar de todo, me parece una de las características más elogiables de su cine, la capacidad de sugerencia por encima de la tentación discursiva: si el azar y la memoria son los verdaderos narradores de su cine, aquí se constituyen en sus protagonistas, en materia explícita de la película —de nuevo el episodio de Natalie Portman es paradigmático—, con el sacrificio subsiguiente en elegancia narrativa.

No debe extrañar, no obstante, la aventura americana de Kar-wai que este film rubrica. Ni pensar que constituya una mera estrategia o una impostura. El autor de Chungking Express ha reconocido que en su juventud estuvo marcado por «la cultura de la séptima flota» [1], y su último film parece responder a la impronta que aquellos años dejaron en la formación sentimental del cineasta. Si el cine de Wong Kar-wai se sustenta en los recovecos de la memoria, en las huellas indelebles que dejan ciertos espacios y vivencias a través del tiempo, My Blueberry Nights es un film que podría haber estado asentado, por el contrario, en la idea del descubrimiento y la fascinación de un territorio mítico, del que no se tiene memoria. Y eso al menos habría supuesto una novedad. Pero en realidad más que un viaje del cine de Kar-wai a América, lo que el director hongkonés parece efectuar en My Blueberry Nights es un viaje de América al cine de Kar-wai —lo contrario de lo que ocurre en Happy Together (1997), un film construido sobre la idea del extrañamiento—. Y eso no es bueno ni malo, pero sí define, creo, la naturaleza de su última película, su carácter insobornable pero también profundamente ensimismado y algo superficial.
Flashforward
Como ocurre con las relaciones afectivas, al igual que hay “relaciones bisagra”, relaciones que se revelan de futuro imposible, o incluso aparentemente erróneas, pero que son también necesarias, un paso ineludible para romper con el pasado y por tanto para seguir hacia delante, aunque sea por otros caminos, creo que hay “películas bisagra”, obras fallidas por lo que son pero felices por lo que hacen posible en el futuro. Ese tiempo caprichoso e implacable que tanto obsesiona a Wong Kar-wai nos dirá si éste es el caso de My Blueberry Nights.
[1] Entrevista con Tony Rayns en “Poet of Time”, Sight and Sound, Septiembre de 1995 (citado en Antonio Weinrichter, “In the Mood for Wong”, Nosferatu, nº 36-37, Agosto 2001, pág. 36).