Tras una larga enfermedad, a los 82 años y en el más estricto de los olvidos, Florestano Vancini moría en un hospital romano el 18 de septiembre pasado.
Uno de los inconvenientes de la era actual es que a las personas, —como a los libros o los DVDs— se las descataloga al cabo de un cierto tiempo. Y Vancini estaba descatalogado desde hace ya bastantes años. De una forma tan absurda como injusta ya que el director italiano es el responsable de algunas excelentes películas, aunque solo una pequeña parte de su obra se ha estrenado en nuestro país.

Aunque solo fuera por ser director de películas como La larga noche del 43(1960), Las estaciones de nuestro amor (1966) o El delito Mateotti (1973) Vancini merece un puesto destacado en una cinematografía como la italiana que no tiene rival tanto a la hora de encumbrar falsos prestigios, como a la de olvidar realizadores notables.
La formación de Vancini se parece más a la de un Resnais que a la de un prototípico director europeo. Además de hacer un par de films como ayudante de dirección —con Soldati y Zurlini en La mujer del río (1955) y Verano violento (1959) respectivamente— trabajo durante 10 años como documentalista algo que está muy presente en la forma de hacer cine del realizador de Ferrara.
La larga noche del 43 —su primer film y probablemente el más conocido de todos, aunque quizás no sea el mejor— está situado en su ciudad natal, y basado en uno de los episodios incluido en un libro de relatos de otro ferrarense ilustre, Giorgio Bassani titulado “Cinco historias ferrrarenses” y que narra diversos episodios de la resistencia italiana —de la que Bassani formaba parte y por la que fue encarcelado hasta que Mussolini dejó el poder— editado cuatro años antes. Vancini se centra en uno de los episodios más negros de la historia de la ciudad, la venganza de las Brigadas Negras que, en represalia por el asesinato del numero uno del partido fascista en Ferrara, fusilaron a once conocidos antifascistas. Film colectivo, denota tanto las enseñanzas del documentalismo como una perfecta asimilación del neorrealismo, para lograr una película ejemplar en numerosos aspectos, que alcanzó el premio a la mejor opera prima en el Festival de Venecia de 1961.

Tras dos films interesantes, pero no del todo logrados —La banda Casaroli (1962) y La calda vita (1964)— Vancini dirige Las estaciones de nuestro amor una película extraordinariamente sincera y cinematográficamente excelente. Incorporado con enorme convicción por un Enrico Maria Salerno —al que el director apreciaba grandemente, utilizándole en varias ocasiones, y ya desde su primera película— Vittorio Borghi es probablemente uno de los personajes más conmovedores que he tenido ocasión de presenciar en una pantalla, solo comparable por su intensidad con algunos seres de ficción creados por Ingmar Bergman.
Con tintes marcadamente autobiográficos, el film narra la historia de la crisis de un periodista de izquierdas, en el que coincide un replanteamiento ideológico —donde la gota que colma el vaso es la invasión soviética de Hungría— con una crisis sentimental ya que el final de su matrimonio se encadena con una nueva relación sentimental, que le une a Elena, una mujer bastante años más joven que él. La película sigue extraordinariamente vívida en mi memoria por el dolor y el desgarro con que está contada, pero desventuradamente tuvo un éxito muy limitado.
El caso Matteotti está rodada siete años más tarde, —con films tan significativos entremedias, pero que no se estrenaron en España, como Bronte: Crónica de una masacre que los libros de historia no han contado (1971) o La Violencia quinto poder (1972) en los que hasta los títulos suponen toda una declaración de principios— se centra en el asesinato del diputado socialista Matteotti por parte de las brigadas fascistas, tras que este denunciase públicamente el pucherazo llevado a cabo por el partido de Mussolini en las elecciones de ese mismo año. Film político en el mejor sentido del término, esta razonable y precisa lección de historia podría subtitularse “Crónica de un asesinato que los libros de historia han contado de manera muy distinta”.

Poco después del estreno de la película, Vancini me contaba —no sin un punto de indignación— que mientras a el le negaron todos los permisos para rodar en los centros oficiales donde se desarrollaron los hechos, Rossellini —que por las mismas fechas estaba haciendo una película hagiográfica sobre el sacerdote Alcide De Gasperi, fundador de la Democracia Cristiana, titulada Año Uno (1974) [1]— no encontró el menor problema, y para él todo fueron facilidades.
Para concluir la mayor de las ironías. Los escasos jóvenes a los que en la actualidad les suena —aunque sea lejana e indirectamente— el nombre de Vancini, lo es porque Tarantino utilizó la música que Trovaioli —hay quien dice que también intervino Morricone— compuso para la película de Vancini Los largos días de la venganza (1967) firmada con el seudónimo de Stan Vance. Este único western filmado por Vancini, —que se vio obligado a rodar tras el escaso éxito de Las estaciones de nuestro amor— es un curioso spaghetti-western rodado en nuestro país sobre la base de añadir elementos de “Hamlet” a una historia que consistía en la transposición de “El conde de Montecristo” al Oeste. Dudo que la historia les de la razón y que Vancini sea recordado en el futuro porque Tarantino utilizó en Kill Bill una música compuesta por Trovaioli para una de sus películas menos personales y logradas.
[1] Resulta curioso el extraño silencio existente sobre una película que supondría su último trabajo para el cine. Quizá el carácter militantemente democristiano del film pueda tener algo que ver con tan sorprendente hecho.