The Spirit (Frank Miller, 2008)

Por Diego Salgado

Ed Wood goes digital

Teniendo en cuenta que uno salió de ver esta adaptación escrita y dirigida por Frank Miller del cómic homónimo creado por Will Eisner en estado catatónico, y que escribe la presente crítica sumido en periódicos raptos de ira y llanto, que nadie espere un análisis reflexivo de la película, centrado en la dialéctica cine/cómic o en los nuevos paradigmas visuales propiciados por la imaginería digital.

No faltarán colegas que se empleen a fondo en esos u otros aspectos de alcance. Quién sabe si por tener más talento que uno, por verse obligados a escamotear la verdad en aras de no enturbiar los tejemanejes de sus publicaciones con la distribuidora de la película, o por considerar poco elegante decir simplemente NO, prefiriendo abstraerse en elucubraciones ambiguas que contribuirán «al menoscabo y cuestionamiento cada vez mayores del ejercicio de la crítica» (Ignacio Echevarría).

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En cualquiera de los casos, The Spirit no podrá pagar la deuda contraída con esos posibles valedores. Es una de las peores películas del año. No importa de qué año, lector del futuro. La clamorosa incompetencia de que hace gala en todas sus facetas creativas inspira una primera consideración taxativa —¿sigue sin haber en Hollywood productores con el criterio y el poder suficientes como para desbaratar antes de que sea tarde una chapuza de esta magnitud? — y, de inmediato, otra muy triste, de corte existencial: ¿Cómo es posible que siendo Frank Miller admirador y hasta cierto punto discípulo de Will Eisner; habiendo compartido ambos amistad y argumentaciones en torno a las historietas, las películas, el arte; habiendo demostrado Miller unas impresionantes dotes narrativas en cómics como “Ronin”, “Batman: Año Uno”, “El Regreso del Señor de la Noche”, “Daredevil: Born Again” o “Give Me Liberty“, su ópera prima como director en solitario constituya tal ultraje a la obra de Eisner y un ejercicio de storytelling tan incoherente?

En efecto, no hay ni rastro en pantalla de la Central City que Eisner y sus colaboradores poblaron durante años con una inolvidable pléyade de personajes carismáticos. Ni rastro de su atmósfera noir, su mágico equilibrio entre géneros, sus infinitos hallazgos formales y su laconismo expositivo —recordemos: historias de siete páginas en las que era usual toparse con varias viñetas, o toda una plancha, mudas—. ¿Ha sido porque Miller ha hecho suya la creación de Eisner? Sin duda, algunos ingredientes de la película remiten a “Sin City” y, curiosamente, a “Elektra Lives Again”, y un par de monólogos interiores del policía asesinado y vuelto a la vida como justiciero enmascarado nos retrotraen a sus inadaptados Matt Murdock y Bruce Wayne. Pero son detalles que podría haber conjurado, como guiño a los frikis, cualquier artesano contratado para facturar una propuesta que combinase de modo oportunista y aséptico la fórmula Croma & Cómic con el propósito de reventar las taquillas navideñas.

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Claro que para sobrevivir en la industria ese artesano se habría visto obligado a dominar el abecé de la escritura de guiones y las posiciones de cámara. Algo que Miller parece haberse creído con derecho a soslayar. ¿Convencido de que con el empeño y sus cojones bastaba? ¿Obnubilados él y sus mecenas por la recepción entusiasta con que fue acogido ese ladrillo infográfico titulado Sin City, dirigido a cuatro pies con Robert Rodríguez? De aquellos polvos vienen estos lodos: The Spirit está filmada con cámaras de alta definición e inauditas velocidades de exposición, y presume de que el noventa por ciento de sus decorados han sido creados por ordenador. Pero son innovaciones reservadas a los títulos de crédito, los planos de transición y algún encuadre muy concreto. La estructura dramática es por lo demás prehistórica, propia de un aprendiz del cine sonoro, cimentada en una insoportable sucesión de diálogos obtusos a dos y tres bandas cuya ininteligibilidad se incrementa exponencialmente por culpa de unas interpretaciones insensatas y una planificación diríase que aleatoria en cuanto abandona la retórica del plano/contraplano.

La aterradora ineptitud de Miller, unida a su vehemencia, hizo que en más de una ocasión nos viniese a la memoria el pobre Ed Wood, convencido asimismo de estar inventando la pólvora cada vez que daba a luz uno de sus engendros. ¿Habrá encontrado por fin un heredero a su altura, un heredero capaz de envilecer el píxel como Wood hizo con el celuloide? Acaba de anunciarse que Miller dirigirá Buck Rogers, adaptación de otro clásico pulp. Se nos llenan una vez más los ojos de lágrimas imaginando el resultado.