Colección Fantaterror (Suevia)

Por VV.AA.

La violencia del sexo (Meir Zarchi, 1978)

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Dicen que después de la tempestad viene la calma, pero yo no lo tengo tan claro, porque después de la tempestad viene otra tempestad, pero de signo contrario, y la calma tardará todavía un poco más en llegar. Pasa en la vida y pasa en el cine, en el de terror y durante los ’80. Que el rearme moral, político e ideológico de la administración Reagan puso punto y coma —incluso punto y final— para una generación brillante de realizadores, es un hecho que pocos pueden discutir. Unos se perdieron —Bob Clark—, otros se reciclaron —George A. Romero—, otros se sublimaron —Joe Dante—, algunos fueron muy listos —Wes Craven— y el resto decidió vivir de las efímeras batallas ganadas. Pasó con la prole de los ’70, ocurrió con la generación italiana también de los ’70 —muchos de los que acoplaron a los gialli luego se escaquearon miserablemente—, y posiblemente suceda con este nuevo “Splat Pack” que se ha cocinado en los EEUU de la era Bush. Que el protagonista de Reflejos solo encuentre el horror en otra realidad —la de los espejos— no deja de ser metáfora de que una nueva era -— ¿la de Obama?— se aproxima irremediablemente. ¿Y de qué iba este texto? Ahh sí, de uno de los que se perdieron: Meir Zarchi, que al menos nos legó ese triunfo ético que es La violencia del sexo, epítome del rape&revenge, y que ahora nos trae Suevia en una edición maravillosa que nadie debe perderse.

Roberto Alcover Oti

Apocalipsis Caníbal (Virus. Bruno Mattei, 1980)

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Bruno Mattei estuvo haciendo películas de zombies hasta el día de su muerte, hace poco más de un año. Y aunque los últimos lustros todas iban destinadas de forma indefectible al mercado doméstico, en los ochenta era otra cosa. Con el subgénero (el de pelis de zombies italianas conocido también como spaghetti-zombie) en su máximo esplendor gracias a  gente como Lucio Fulci, Umberto Lenzi o el propio Mattei (que aquí firmó como Vincent Dawn), estas películas tenían el reconocimiento que ahora les intentan devolver, aunque sea como testimonio de una época, lanzamientos como este. Apocalipsis canibal (uno de tantos títulos a los que se tradujo su original Virus) es un auténtico desfase donde se aunan el canibalismo que dicta el título y la comedia involuntaria, digno género en desuso donde los haya, en una aventura selvática cuyos escenarios (al parecer las afueras de Barcelona) recuerdan a los de la isla de Zombi 2 de Fulci. Entorno más que decente para que un grupo militar especial dé buena cuenta de los zombies que han invadido el territorio aborigen infectados por un escape tóxico. Cuenta además a su favor con uno de los desnudos más gratuitos de la historia del cine a cuenta de su nada desdeñable protagonista.

Sergio Vargas

El señor de las bestias (The Beastmaster. Don Coscarelli, 1982)

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En 1982, un film protagonizado por un semidesconocido culturista austriaco triunfaba en taquilla y creaba, de paso, un nuevo subgénero: la fantasía de espada y brujería; dicho film es, por supuesto, Conan el barbaro, de John Milius. Dentro de este subgénero se encuadran innumerables series b como Krull, Ator y sus secuelas o, con un nivel de producción algo superior, el film que nos (pre)ocupa: El señor de las bestias. Dirigida por Don Coscarelli (también director de la infravalorada Bubba Ho-Tep) y protagonizada por Marc Singer (justo un año antes de que interpretara al reportero Mike Donovan en “V”), cuenta la historia de Dar, un guerrero a carta cabal, hijo de reyes pero criado por humildes campesinos, poseedor de habilidades especiales para comunicarse con sus fieles aliados animales (una pantera, un águila y dos hurones), que busca venganza por la masacre de su gente y para ello debe hacer frente a un hechicero sicalíptico y sátrapa (Rip Torn, el padre de Tom Green en la reivindicable Freddy, el colgao). Decorados de cartón-piedra, diálogos absurdos y delirantes, una banda sonora bastante apreciable; en conjunto, una acumulación de (des)virtudes que deviene en una película de aventuras entrañable que nos hará añorar tiempos pasados en los que alquilábamos caspa a tutiplén en el videoclub de la esquina.

José Macías

Latidos de pánico (Paul Naschy, 1983)

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Paul Naschy/Jacinto Molina siempre se ha distinguido por su versatilidad a la hora de afrontar cualquier reto relacionado con los iconos más emblemáticos del cine de fantasía y terror. Su polivalencia le ha permitido encarnar y recrear a licántropos, vampiros, jorobados, psicópatas, asesinos en serie y demás fauna nada recomendable. En Latidos de pánico se enfrenta por tercera vez a la difícil (o no) tarea de dar vida a Alaric de Marnac, un personaje basado en Gilles de Rais, ese “monstruo esencialmente infantil” que decía Bataille y que sirvió a Perrault para dar forma a Barba Azul. Tras ser traído a la vida en El espanto surge de la tumba de Carlos Aured y metamorfoseado por Klimovsky en Gilles de Lancré en El mariscal del infierno, es el propio Naschy en el que se pone tras la cámara para grabarse delante en una sangría enloquecida y demodé que demuestra que Don Jacinto estaba a bastante distancia del polivalente argentino e incluso del firmante de la mítica El fontanero, su mujer y otras cosas de meter. A pesar de eso, la película entretiene dentro de la macabra complejidad de sus tiempos, de su enfermizo y latente tono pretencioso y de una estética feísta que nunca sabremos si era una intención o un resultado.

Manuel Ortega

La rebelión de las máquinas (Stephen King, 1984)

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El célebre escritor del género Stephen King probó suerte en la dirección cinematográfica con La rebelión de las máquinas hace ya más de veinte años y desde entonces no ha vuelto a repetir experiencia. Revisitado ahora lo cierto es que King, que adaptaba, cómo no, uno de sus relatos para la ocasión, en concreto "Camiones" (incluído en el volumen, "El umbral de la noche", 1978), se revela muy poco habilidoso con un medio nuevo para él, recreándose en lo más artificial y acumulando muchos más planos de los necesarios (vid. los insertos de los trailers que sitian a los protagonistas). Sin embargo a pesar de esto y del manido dibujo de personajes (por la historia mejor pasamos de puntillas), el film, ya sea por convicción de King o por adaptación a la rutina o convenciones de aquellos años, tiene varios puntos de interés (sobretodo esa fisicidad cercana a los instintos más primarios: el inminente deseo sexual que surge entre la pareja formada por unos Emilio Estevez y Laura Harrington, ¡qué pasan la noche juntos!—) y resulta, vista en estos tiempos permanentemente neo-tecnológicos, tan desfasada y delirante que mueve a la simpatía y desde luego se disfruta más que algunos films recientes (vid. Planet Terror) que pretenden recrear aquella forma (ramplona y sincera) de hacer cine.

José David Cáceres Tapia

El día de los muertos (George A. Romero, 1985)

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Aunque Zombi (Dawn of the Dead, 1978) capitalice la memoria del aficionado, que recuerda con gusto los muertos antropófagos del inicio, la entrada del grupo de moteros en el centro comercial o los gestos políticos más evidentes de su autor —la secuencia de la cena, el dinero pisoteado por los muertos vivientes o, entre otros, el robo en los grandes almacenes capturado por las cámaras de seguridad—; lo cierto es que El día de los muertos puede ser la película mejor definida dentro del extenso legado zombie de Romero. De entrada, gracias a un excelente prólogo que, en apenas diez minutos, sintetiza las constantes diseminadas en los dos capítulos previos —materialismo, desplazamiento y alienación social—, y a una historia que presenta el punto de partida más atractivo: los muertos caminan por las ciudades y superan en número a los vivos, quienes ocupan ahora el subsuelo que pertenecía a los cadáveres. De este modo, los muertos desplazan a los vivos, ocupan su lugar y les transforman en un pequeño reducto de poderes —militar, político, religioso— aislado en un bunker bajo tierra, progresivamente enloquecido conforme las energías van consumiéndose.  Con los mecanismos que gestionan el buen funcionamiento social enterrados bajo tierra; y el dinero, la medida del valor de cambio, volando por los aires; Romero ensaya un discurso anti-reagan, testigo de las desigualdades —sociales y, sobre todo, económicas— que marcaron la política estadounidense durante la década de los ochenta.

Óscar Brox

Slugs, muerte viscosa (Juan Piquer, 1988)

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Existió cierta tendencia a parecer americano pero sólo en  el fondo de la forma, en la cáscara superficial del envoltorio aparente, en la ambientación, los nombres propios y los lugares comunes. Existió cierta tendencia en el cine español que no quedará reflejada ni en los premios oficiales ni en los gurús oficiosos de nuestra historiografía menos ofensiva. Existió y está muy bien que ahora recuperemos un título fundamental de dicha tendencia, tan “cierta” como sus carencias, sus torpezas y su encanto. Juan Piquer Simón representa como nadie una manera de entender el cine como mimesis y admiración de su propia esencia, una forma de demostrar  a todo el mundo que en España no se hacía ese cine porque no se quería y…probablemente,  porque no se podía. Slugs, muerte viscosa es la obra cumbre de su espíritu compilador, de su verborréica retahíla de referencias casi menos nobles que su resultado final. Si en Manoa le dio por Indiana Jones, en La grieta por Abyss y en Supersonic Man por el reverso volador de Clark Kent, aquí arremete, con más cariño que saña, con el slasher americano más bizarro y sus imposibles circunstancias, transportándonos a un medio oeste donde sin pruebas nucleares ni científicos inadaptados, unas babosas de misteriosa procedencia sembrarán el terror y la muerte ante la complicidad mentecata del alcalde y el sheriff. Si no saliera Concha Cuetos podría haber sido firmada por John Pickett Simon. Y tan panchos.

Manuel Ortega

Licántropo (Francisco Rodríguez Gordillo, 1996)

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1996 tenía que haber sido el año 0 de la merecida resurrección de Paul Naschy. El guionista, actor y director español, que en la época pasaba por algunos problemas personales, guardaba en un cajón el guión de una nueva reencarnación de su personaje fetiche, el hombre lobo Waldemar Daninsky. El proyecto, concebido como un producto de gran presupuesto, contaba además con el visto bueno del productor Primitivo Rodríguez. Su libreto mezclaba nazis, maldiciones zíngaras y una visión crepuscular de un Daninsky aplastado por el peso de su maldición. El resultado final resultó bastante decepcionante, en parte por la inclusión de una prescindible trama alternativa de investigación policial con serial killer de por medio que se acabó tragando a la verdadera estrella de la función. Licántropo (el asesino de la luna llena) sufre de un montaje arrítmico, una fotografía desconcertante (esos azulados nocturnos) y una dirección de actores por parte de Francisco Rodríguez Gordillo más que discutible. A la espera de que se cierre el ciclo del hombre lobo naschyano con una coda digna (a la altura de La marca del hombre lobo, La noche de Walpurgis o La bestia y la espada mágica), al menos podemos disfrutar de uno de los mejores maquillajes de la historia de la bestia, con una artesanal caracterización antropormófica que bebe más de la estética de El lobo humano  (Stuart Walker, 1935) que de los títulos protagonizados por Lon Chaney Jr en el seno de la Universal. El DVD incluye un anecdótico making-off y una entrevista con Paul Naschy, en el que repasa el legado de la criatura que le ha vuelto inmortal.

Javier Pulido

El día de los muertos 2: Contagium (Ana Clavell  y James Glenn Dudelson, 2005)

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Estrenada directamente a dvd, El Día de los Muertos 2: Contagium, es una presunta precuela del tercer componente (y el más flojo, en mi humilde opinión) de la santísima trinidad zombi romeriana (obviemos La tierra de los muertos y El diario de los muertos por motivos... obvios). Aunque tras visionarla, por lo que a mí respecta, la podían haber llamado 28 días antes o House of Dead 0 (ya que es una precuela, restemos y no sumemos, ¿no?), pues la relación con el film de Romero es puramente comercial (o accidental). El film comienza con un prólogo ambientado a finales de los años 60, cuando un experimento científico militar sale mal, propagándose un virus que infecta a la gente (sí, infectados); ya en el presente, nos trasladamos a un centro psiquiátrico en el que se descubre un contenedor que alberga el virus antes citado y que, oh, sorpresa, infecta a los dementes una vez abierto. Escribía Robert Kirkman, en la introducción del primer volumen de la imprescindible novela gráfica "Los muertos vivientes", que las mejores películas de zombis son aquellas que nos muestran el gore, la violencia y todas esas cosas guays, pero en ellas también hay una corriente subterránea de comentario social y reflexión. El Día de los Muertos 2: Contagium cumple con lo primero, dejo a la opinión de cada uno si también cumple con lo segundo.

José Macías