La mujer pirata (Anne of the Indias , 1951)

Por Rafael Arias Carrión

No es más que una curiosidad, pero a la vez explica muchas cosas, el hecho de que ninguna película de Tourneur sobrepase los ciento cinco minutos. Explica la facilidad de este gran cineasta para la concreción, para la sugestión en vez de la mostración, para dejar que el espectador participe de la película, y la haga suya mientras la ve.

La mujer pirata es una película de la Fox, una de las pocas que rodó para este estudio Tourneur, un director muy vinculado a la siempre emblemática RKO. El mayor atractivo, a priori, de esta película, residiría en el carácter ciertamente particular de su protagonista, una mujer de oficio pirata, siendo ésta una película en donde los piratas son protagonistas absolutos (apenas vemos alguna escena en donde éstos no estén presentes), y éstos habitualmente siempre han sido hombres. Pocas son las películas de mujeres piratas: Cantando dietro i paraventi (Ermanno Olmi, 2003) es la más reciente, que yo conozca, un retrato sobre la piratería femenina en donde aparecen históricas piratas como Mary Read y Ching Shin; Yolanda (Yolanda, la figlia del corsario nero, Mari Soldati, 1953), La isla de las cabezas cortadas (Cutthroat Island, Renny Harlin, 1995), son otros títulos de una filmografía escasa.

Pero lo que diferencia a La mujer pirata de gran parte de las películas de aventuras cronológicamente anteriores, y lo que la hace grande, es el intenso fondo trágico, anunciado desde sus primeras imágenes, cuando lostítulos genéricos aparecen sobre un arcón lleno de monedas (el botín, la recompensa), de fondo, una antorcha (el rojo que da calor, luz, pero también una pasión), después, ya en otro plano, y con los genéricos finalizados, una mano que va borrando de una lista los piratas muertos. Desde ese momento y hasta su final La mujer pirata es un espléndido retrato de las ambigüedades de una mujer, el capitán Providence (espléndida Jean Peters) que ha de ejercer un oficio de hombre. En la primera conversación que mantiene con el doctor Jameson (Herbert Marshall), tras ser herida en un primer combate, señala vehementemente que ella “no es una dama”, que eso es para otras, aunque el doctor sólo tratara de señalarla que le quedará cicatriz en la herida que le han hecho en el hombro. Prefiere no mostrar miedo. Ni compasión. Tiene que ser más hombre que los hombres. Poco después, abofeteará a Pierre (Louis Jourdan) porque la trata de “mademoiselle, cuando ella es “capitán Providence”. Durante la película, más de una vez afirmará: “Mi nombre es capitán”, renegando del de Anne, o de cualquier otro que la haga pensar en su condición femenina. Es, otra vez, la lucha de una mujer por destacar en un mundo masculino. Como si fuera una metáfora del mundo contemporáneo, es una mujer que quiere alcanzar cierto poder, y ha de competir con todos los hombres, teniendo que demostrar que es mejor que todos ellos, día tras día... hasta que se enamora. Es entonces, cuando comienza a tener dudas, que antes no aparecían, cuando su oculto corazón brota y entabla una lucha contra el intelecto. Es la lucha entre Anne y el capitán Providence.

A su alrededor se encuentran cuatro hombres, tres de ellos, de alguna forma la protegen, el cuarto, el que se lleva su corazón, es el Judas encargado de traicionarla. De fondo, otra mujer, Molly LaRochelle (Debra Paget), que representa ese otro mundo al que no ha accedido Anne, pero que quisiera conocer junto a Pierre: no hay que olvidar ese enternecedor y bellísimo momento en que Providence, vestida con un vestido desea visitar París, junto a Pierre, esos lugares de encuentro, tierra adentro, que desconoce.

Esa dureza que ejerce, acaba siendo aplacada cuando se enamora de Pierre, y como todo enamoramiento, produce debilidades. Descubrimos que Barbanegra (Thomas Gomez) protege a “distancia” a Anna, a través de Red Dougal (James Robertson Justice). El inicio de las dudas nace en el combate entre Barbanegra y Providence, dos amigos. Con la victoria de ella, se ufana por ello porque quiere demostrar a Pierre que es la mejor, y con ello cree que conquistará definitivamente su amor. Pero ese combate, que para ella es casi una declaración de amor y de poder, para Pierre significa una exaltación de una parte masculina que nada le interesa; por eso se retira sin ver finalizar el combate. Después Anne, pregunta por Pierre. Le dicen que no lo ha visto, y un plano medio refleja la tristeza y las incipientes dudas de Anna, que irán desarrollándose, hasta su final, uno de los más emotivos y descorazonadores vistos, que me hace recordar al de Duelo al sol (Duel in the Sun,King Vidor, 1946).

El combate final es la muestra de que actúa con el corazón y no con la cabeza. Envía, como si fuera el general Custer, a la destrucción a su barco y a la muerte a sus obedientes tripulantes, destrozado por el de su antaño mentor y protector, el pirata Barbanegra, para así salvar a Pierre, al doctor Jameson, y a Molly, cubriéndoles la huida desde la isla de la muerte.

Por ello, más que una película de aventuras —aún existiendo batallas, pero éstas aparecen para remarcar algún estado de ánimo en el corazón de Anna Providence—, La mujer pirata es un melodrama pasional, en donde apenas tiene cabida el retrato de un oficio, de una forma de ver la vida, de vivir para ser aventurero. Es el sueño de una noche de verano en donde el capitán Providence quiso ser, sencillamente, Anna.