Cita en Honduras (Appointment in Honduras, 1953)

Por Rafael Arias Carrión

Las declaraciones efectuadas por Jacques Tourneur sobre los recuerdos que tiene acerca de Cita en Honduras son peculiares, cuanto menos, por no decir que éstos son inexactos. Afirma: «Era una película de aventuras. En América todo el mundo conoce la historia del “mensaje de García”: un general manda llamar a su presencia al soldado raso García y le dice “¿Quiere usted llevar esta nota al general Zutano, que se encuentra en algún lugar de la jungla?”. El soldado responde: “Sí, señor”. Y se marcha. Y toda la historia cuenta cómo encontró a ese hombre en la selva. En mi film, Glenn Ford debía transportar un cargamento de oro a Honduras, en la jungla, a través del río, en barco, y le ocurren cosas increíbles. No era una película extraordinaria, pero sí muy sana» (VV.AA, Jacques Toruneur, 1988. Filmoteca Española, pag. 154.) . En Cita en Honduras, apenas aparece nada de lo que cuenta Tourneur sobre el cargamento de oro, lo cual me sirve, aparte del despiste de Tourneur, para señalar una de las características supremas de este director: es tal la invisibilidad de sus tramas, que éstas se hacen a veces sugerentes porque producen en el espectador la sensación de tener que estar continuamente rellenando huecos. Baste decir que Jim Corbett (Glenn Ford) viaja a Honduras para ayudar en una contrarrevolución, para devolver al poder a un amigo de los americanos. Pero del oro, no hay nada... salvo las continuas sospechas del grupo de presos liberados por Corbett, que interesadamente le ayudan, pues creen que está a la búsqueda de un fastuoso tesoro.

Estamos en 1910. En un barco, Jim Corbett indica a un mensajero: “Envíe un mensaje al general Prieto. Prepare fuegos artificiales. Voy en viaje con Lisa. Llegaré a Puerto de Honduras el 18 de junio”. Es un personaje parecido al que encaró ese mismo año en Saqueo al sol (Plunder of the Sun, John Farrow), un americano que se adentra en territorio extraño para resolver una misión, para entregar o llegar hasta alguien, al final de un camino tortuoso. Con ese arranque, y durante la primera mitad de la película, Cita en Honduras es una película con un personaje al servicio de un país colonizador, una especie de “americano impasible” que se adentra en el corazón de las tinieblas.

Durante gran parte del metraje, Cita en Honduras me parece una película excepcional. En ella encajan a la perfección tres núcleos de personajes que se ven obligados a adentrarse en la selva hondureña. El personaje principal es Corbett, quien tiene muy claro adónde tiene que ir y cómo conseguirlo, aún a costa de engañar a los prisioneros a los que libera en la fragata, que son el segundo núcleo, un grupo de maleantes que creen primero que se dirigen a Guatemala y más tarde sospechan que Corbett persigue un tesoro. El tercer núcleo lo forman los dos rehenes, el matrimonio Sheppard, Sylvia (Ann Sheridan) y Harry (Zachary Scott), prisioneros que sirven de contrapunto para engarzar una historia a tres bandas, en donde unos se compinchan con otros siempre en función de los beneficios que puedan obtener. Un modélico ejemplo se refleja en la conversación entre el jefe de los maleantes y Corbett. En ella, le comenta que hizo tratos con el alcalde de Montoya, que tenía oro, el lunes le arrancó el bigote pelo a pelo, el martes, las uñas y el miércoles le llevó donde guardaba el oro. Corbett, sin inmutarse, responde: “Dos hombres se internaron en la selva. Uno hablaba mucho, el otro conocía la selva. Se pelearon, el que conocía la selva se fue a dar un paseo, cuando volvió, del otro solo quedaban los zapatos y el reloj”.

Un cuarto eje aparece más tarde, y lo forman soldados del gobierno hondureño, que han interceptado los mensajes de Corbett, y lo buscan afanosamente. Curiosamente, su aparición produce un giro brusco en la película. Desde ese momento, lo que era sugerente se hace evidente, ya no hay misterios que resolver, Cita en Honduras pierde  dosis de misterio. Mientras la selva ejerce de lugar inhóspito que agranda las tensiones, la aparición del ejército diluye las tensiones existentes, sustituidas por una resolución tan consecuente como inverosímil, alejada de todo tipo de suspense. La selva es presentada como un lugar inhóspito, ausente de placeres, en donde el río es un espacio habitado por animales peligrosos (cocodrilos, murciélagos, insectos voraces), en cuyas orillas se arremolina el lodo, en donde la comida escasea, en donde la luz apenas penetra en el techo que forman la hilera de árboles, un lugar que sólo parece conocer Corbett.

¿Qué sucede para que la parte final sea decepcionante? Es difícil conocer si hubo alteraciones sobre lo previsto, sobre todo, sabiendo que es una película de la RKO, cuando la mal dirigía el inhóspito Howard Hughes, quien se cargaría todo el prestigio del estudio hasta hacerlo desaparecer, poco después. Lo que sí parece evidente, es que debía de ser un proyecto que nada le interesaba al productor y que Tourneur debió de finalizar como pudo. Ese misterio que ofrecen los colores de la selva, el provocador vestido amarillo de Sylvia, los espacios vacíos, acaban por difuminarse, para proseguir como una banal película de aventuras, con rescate casi en el último instante, como si llegara el séptimo de caballería, incluida una frase final, que reafirma la triste sensación de que Cita en Honduras pudo ser una película redonda y se quedó a medias. Corbett concluye su misión; le dice el general contrarrevolucionario: “En cuanto vi al señal de fuego supe que mi país estaba salvado”. Poco después, como si fuera Indiana Jones, Corbett volverá a sus quehaceres cotidianos, como agricultor.