Una pistola al amanecer es el quinto y último western que rodó Tourneur, justo después de otros dos films del género, el diáfano Wichita (1955) y el invisible Stranger on horseback (1955), ambos protagonizados por Joel McCrea, actor que incorporaba al predicador de la estupenda Stars in my Crown (1950), su segundo western después de la irregular pero interesante Tierra generosa (Canyon Passage, 1946) donde el héroe tenía el rostro de Dana Andrews. (Martin, el gaucho / Way of a Gaucho, 1952, podría ser tenido en cuenta como un western si bien sus códigos se acercan globalmente a las aventuras y además no tiene lugar en el Oeste americano; Tourneur repitió en el género como realizador para televisión en las series “Bonanza”, 1959-1973, y "Northwest Passage", 1958). De progresión dramática precipitada y a la vez delicada, aunque suceda en apenas unos días (algo muy habitual en los códigos del cine negro y que en Tourneur se repite bastantes veces), Una pistola al amanecer es el más complejo de todos: se hace difícil desgranar todos los vericuetos, detalles e ideas que desbordan las enérgicas imágenes de este film tan hermoso como perturbador. Si Dana Andrews y Joel McCrea ofrecían una imagen de honestidad y transparencia a sus personajes de moral intachable, al menos hipotéticamente, en esta reformulación y optimización de las anteriores, Robert Stack aporta una mirada intensa y ambigua en el rol del pistolero sureño Owen Pentecost. Todo sucede muy deprisa como si no hubiera tiempo para mirar atrás (Pentecost huye de un pasado incierto), fuera mejor no reflexionar sobre las decisiones que se toman (Pentecost toma a su cargo al joven Gary, Donald MacDonald, que él mismo ha dejado huérfano), o surgen situaciones que no se pueden dejar pasar (Boston Grant, Ruth Roman, aprovecha la situación para deshacerse de su jefe y retener al aventurero a su lado). El contexto histórico (está a punto de estallar la Guerra de Secesión) acentúa estos comportamientos continuamente al límite, facilitando una vez más a Tourneur elaborar, en breve, un apasionante relato cimentado en pasiones exaltadas y personajes contradictorios (esto es, humanos) que buscan su lugar en el mundo, una escarpada parábola sobre el germen y consecuencias de la intolerancia (del odio incluso), y una estimulante disección alrededor del contraste entre las raíces y el ineludible “empezar de nuevo”. Temas presentes en películas anteriores y posteriores (de la citada Stars in my Crown a la discreta The Fearmakers, 1958, pasando por la magnífica Circle of Danger, 1951) que el director moldea con su estilo preeminente basado, principalmente, en una planificación sensible, una mirada atenta y una ambivalencia dosificada. Sin embargo, si el fondo y la forma se ajustan al Tourneur más recurrente (que generalmente es el más brillante) la construcción narrativa tiene una variante sorprendente por acumulativa y atractiva por compleja: la mayoría de sus relatos giran sobre el conflicto que genera un trío protagonista; aquí este escenario a tres bandas está ampliado y se repite con distintos personajes que comple(men)tan a Pentecost: la morena Boston y la rubia Ann Merry (Virigina Mayo); Boston y el detestable Jumbo (Raymond Burr); Ann y el noble capitán Kirby (Alex Nicol); Gary y su padre; los sureños buscadores de oro y los yankees sedientos de impartir “su” justicia… Este mosaico dibuja un escenario fatídico donde violencia y ambición emanan de los instintos más primarios para entregar resultados tremebundos: los conflictos se resuelven con las muertes de un minero que prefiere probar suerte por un oro que siente le pertenece, un cura que intenta mediar donde ni la razón ni el espíritu (ni nada parecido) tienen cabida, y una jugadora de ventaja pero fiel, sincera y enamorada a la cual el destino, su pasado, le depara un final injusto, atroz… Otros tres instantes instan a creer en una cierta esperanza: Pentecost enseña a un ignorante Gary a disparar seguro, dada su forma de pensar, que de esta manera tomará venganza cuando descubra la verdad, llegando a ironizar sobre ello ante Ann cuando esta le recrimina su actitud: «así nos ahorramos un suicido» sentencia; el individualista Pentecost se une a sus compañeros del sur para lucrarse de forma rápida pero cambia de parecer porque se da cuenta que ya no le importa él solo; en el (conmovedor) desenlace el capitán Kirby, receloso de Pentecost pues ambos están detrás de la rubia Ann, apresa al rebelde pero le deja ir pues comprueba que ambos son las caras de una misma moneda. El diálogo como solución a los conflictos, la violencia puesta en cuarentena, los sentimientos revelados. Un reflejo de nuestros días que desde luego nos debería hacer repensar muchas cosas.