La noche del demonio (Night of the Demon, 1957)

Por J.A. Souto Pacheco

Es mejor no saber

El inicio de The Night of the Demon podría dar a lugar en el espectador a la sensación de estar viendo un thriller o una tragedia de corte psicológico. El conductor de un coche da muestras de desazón e intranquilidad y desconocemos la motivación que le lleva a sufrir estas emociones. Jacques Tourneur se muestra conciso en la planificación de esta primera secuencia… hasta que aparece ese monstruo, una especie de King Kong de aires lovecraftianos, y casi termina por arruinar la función. Si aceptamos que en una película de Tourneur es importante que el ritmo sea rápido, la cosa, aquí, parece que va bien; pero si también reconocemos que sus filmes destacan por evidenciar, a través de la sugerencia, lo auténticamente valioso con una gran economía de medios… algo no funciona.  

Conocida la oposición, y el malestar, del director ante la injerencia del productor que obligó al autor de Cat people a saldar su trabajo con un par de manifestaciones sobrenaturales en el preludio y el final de la película, el visionado de la misma se desliza constantemente entre lo que es y vemos —la materialidad de las imágenes— y lo que pudo ser e imaginamos —el proyecto que Tourneur no puedo perpetrar—. Al irregular son de estas cábalas parecería imposible poder escribir un artículo sobre The night of the demon que recogiese la quintaesencia  del cine de Tourneur; sin embargo, la grandeza de la película es tal que a uno no le queda más remedio, a pesar del bicho de marras, que rendirse a la genialidad y la agudeza de la propuesta.

Night of the demon es una película cien por cien Tourneur. De hecho, muestra muchas similitudes con la anterior Circle of danger. Ambas son la misma cara de una misma moneda. En una y otra, dos americanos, en un principio indiferentes y poco crédulos, se ven obligados a capitular sus convicciones en un Londres cada vez más ajeno. Si Alfred Hitchcock acostumbraba a situar a sus personajes en situaciones que les alejaban de su cotidianeidad (un accidente laboral, por ejemplo), Tourneur habitua a disponer a sus protagonistas en países extranjeros: es el caso que nos ocupa y también el de Irene Dubrovna en Cat people —mujer de origen serbio que emigra a Estados Unidos por cuestiones laborales—; o el de Betsy, la enfermera canadiense que cruza el mar del Caribe para cuidar a una desconocida en I walked with a zombie.Estos movimientos traen como consecuencia infinidad de extravíos y sobresaltos.

Retomando el hilo de las dos películas con las que abría el párrafo anterior, en una, Clay Douglas (Ray Milland) investiga la muerte de su hermano pequeño mientras que en la otra el Dr. Holden olisquea en la de su ayudante y maestro. Ambos progresan en sus averiguaciones a medida que pierden fuerza en sus convicciones. Y es que los espíritus positivistas no tienen cabida en las películas de Tourneur y cuando sus protagonistas se dan cuenta de ello ya es demasiado tarde. En Night of the demon, la sensación de zozobra y desasosiego que se va apoderando del protagonista es el vehículo de la trama y, al mismo tiempo, el asunto con mayúsculas de la historia.

The night of the demon contrapone el emblema descreído del Dr. Holden (Dana Andrews) y el distintivo diabólico del Dr. Karswell (Niall McGinnis). La película que pudo haber sido —seguramente todavía mejor que la presente—, nos hubiera llevado por los vericuetos de la incertidumbre, acompañando a Holden en el extraño viaje de un hombre agnóstico en un mundo de creyentes; la cinta que es, nos mete en la piel del personaje, en la que paulatinamente se va sedimentando la sensación de que el mundo terrenal como espacio compacto y sólido no existe. La ambigüedad impregna la primera parte de la película. Hechos inseguros y misteriosos se suceden aunque el raciocinio (encarnado en el Dr. Holden) acude a nuestro auxilio. Siniestras tempestades se levantan de la nada —como en la reciente The happening de M. Night Shyamalan—, las fiestas infantiles dejan de parecernos inocentes, el Dr. Karswell vestido de payaso —recurso que Tourneur también utiliza en Berlin Express— nos infunde más turbación que tranquilidad, una científica sesión de hipnotismo nos alarma más que una de espiritismo… la estabilidad del Dr. Holden se perturba (y de paso la nuestra), minada por tal número de acontecimientos. Nuestro protagonista desiste a manifestarse sobre la naturaleza de los fenómenos que perciben sus sentidos y, de hecho, al final de la película no aclara nada. Ante nuestros ojos todo estará dicho, la solución racional se deja entrever a través de la puesta en escena. Sólo un personaje, el de Joanna (Peggy Cummins) prefiere mantener la duda: “es mejor no saber”, le comenta al Dr. Holden cuando éste, en la escena que cierra la película, pretende hacer más transparente lo ocurrido.

El final de la película podría haber sido mucho menos esclarecedor de lo que es pero continúa siendo fiel al estilo de Tourneur al no responder de manera directa a ninguno de los interrogantes que la historia plantea. Si jamás hubiésemos visto al monstruo, la incertidumbre habría sido la respuesta; sin embargo, ahora ésta se deja adivinar entre los choques de luces y sombras de su puesta en escena. La sugerencia se vuelve evidencia con la nueva aparición del monstruo. Pero de todos modos, lo mejor queda en el desarrollo de la historia, en la riqueza del contenido de los planos de Night of the demon, en la excelente escena de amor de Holden y Joanna apenas vislumbrada por la composición de los encuadres de su conversación en la comisaría, y sobretodo en la creación de atmósferas tenebrosas —provengan éstas de la luz del día de Stonenghe o de la transformación de un gato en leopardo—.